Poéticas

Historial de Marta Agudo

Sin renunciar a las tradiciones, Marta Agudo, la autora de "Historial" (Calambur, 2017) realiza un descenso a las entrañas semánticas del padecimiento sin rehuir la primera persona, pero sin renunciar a lo ajeno.

Historial ha sido uno de los libros de poesía más elogiados por la crítica este año. Sorprendente por su planteamiento sin concesiones en torno a la enfermedad, este libro genera una empatía del dolor que el texto “Crónica de lo indecible” de César Iglesias pone de manifiesto. El Cuaderno ofrece también una selección de poemas realizada por la propia Marta Agudo y una reseña de José de María Romero Barea en la sección de Crítica.


Crónica de lo indecible

/ por César Iglesias /

El pastillero transparente cronometra los latidos cotidianos. Las fechas en rojo del calendario marcan el paso de las jornadas de citas médicas. Las mediciones de la presión arterial, los controles de glucemia, las conexiones a la máquina expendedora de quimioterapia, el encadenamiento a los artilugios de la hemodiálisis… son sólo algunos de los hábitos penitenciarios que cumplen los condenados, los declarados “culpables de vida”.

Estas palabras de Marta Agudo (Madrid, 1971) sustentan la poética y la dicción de un libro inexcusable, Historial (Calambur, 2017), que explora los rostros de la enfermedad y las metáforas que hemos generado para silenciar la que tal vez sea la esencia más perfecta y terrible de la condición humana: la putrefacción y el acabamiento.

Y no es que nos falten fonemas ajenos a la medicina para aproximarnos a la enfermedad. La genealogía de la literatura patrográfica es extensa. Se inicia con la Biblia, llena de plagas, lepra y poseídos, y discurre por los siglos con paradas en la peste, la tuberculosis, el cáncer o el sida…, las patologías generadoras de metáforas.

No es esa la geografía —”el mapamundi del dolor”— que explora Marta Agudo. Sin renunciar a las tradiciones, la autora de Historial  realiza un descenso a las entrañas semánticas del padecimiento sin rehuir la primera persona, pero consciente de la obligación de prestar testimonio de la desdicha colectiva. Y ese deambular por la aflicción física y espiritual lo hace con una dicción que fomenta el diálogo con el lector, comparta o no esa “doble nacionalidad” de la enfermedad (Susan Sontang).

En unos tiempos en los que la totemización de la salud se ha aliado con el miedo antropológico al dolor y al padecer, como preámbulos de la muerte corpórea, Marta Agudo ofrece un relato generador de una belleza conmovedora, a la vez que abre las ventanas a la reflexión compasiva sobre el sufrimiento cotidiano, sobre esa “flor negra” (Gonçalo M. Tavares) que algún día tendremos, tarde o temprano y sin exclusión alguna, que llevar en nuestras manos.

Aviso: Mi acercamiento a este libro es el de un patiens, de quien ya comparte la doble nacionalidad corpórea de la salud y la enfermedad. De uno más, entre tantos. Uno que ha regresado marcado por las cicatrices y por la culpa de la supervivencia. También es la lectura del que ha visto a los suyos caer doblegados por dolencias sin metáforas. Esa actitud me ha acompañado ante los textos de Marta Agudo. Fruto de ello son estas postales dirigidas a la autora de Historial para dar razón de lo indecible.

Marta,

en la primera línea pones fecha al inicio de tu crónica de la cronicidad. “El día quince de mayo a las doce y media salió de la consulta con las palabras “enfermedad sin tregua”. Y me acordé de Vladimir Jankélevitch: “El hecho del dolor es sin duda necesario”. Y también de Primo Levi: “El dolor es la única fuerza creada desde la nada, sin costo ni esfuerzo”. Tú recurres a otro decir, pero con idéntica palpitación: “El dolor: adicción, lapsus del cerebro”.

Marta,

nombras lo innombrable. Escribes las sílabas que queman la lengua, las que nunca cicatrizan, las que tienen las llagas abiertas. Bien sabes Marta que huir del nombre es negar su existencia. “Fallecido tras larga enfermedad” es un endecasílabo. Pero su equilibrio métrico enmascara la prevaricación: niega el sustantivo, el nombre propio del criminal. Se asemeja al cauto cronista de obituarios y sus elusiones semánticas. Marta, tu resistes: rastreas y ofreces palabras que bautizan el padecer que exige nombres propios.

Lo indecible se convierte en una forma de mentira. Quien omite los fonemas de la enfermedad rechaza escribir el prólogo de la muerte. Marta escribes verdad, porque sabes que la expulsión de los que padecemos es también la erradicación de la forma última del aniquilamiento. Y eso nos traslada a los páramos de lo insoportable.

Rehuyes las metáforas, porque has comprendido que el otro nominar origina más dolor. Te instalas en la fonética que el Vademécum es incapaz de acoger.

Marta,

nos dices que los enfermos habitamos un purgatorio de paso hacia esas geografías del no ser. Y cuando allí llegamos, los sufrientes adquirimos la condición más innombrable: los inexistentes.

Marta,

nos lo recuerdas: todos estamos en la consunción, desde el primer momento de la lianza seminal. Algunos lo abrazan congénitamente. Otros genéticamente. Ahí se adquiere la condición de patiens, inicio del peregrinaje entre “las dos negaciones”, un vagar de la oscuridad cálida a la oscuridad, del ser al no ser más. Es en ese trayecto donde irrumpe el existir doliente, el que no encuentra sutura, porque es “corte que no sangra” (Emmanuel Levinas).

Nos diagnosticas, Marta, las cardiopatías de las deserciones, el padecer de aquellos órganos extenuados y azules. Las estenosis dejan los corazones “fuera de toda expectativa”.

Marta, dices bien: la enfermedad es un condición inexcusable: antecede a la extinción.

¿Quién llora, Marta? ¿Son los miembros desollados? ¿Son las arterias obturadas? ¿Son los huesos quebrados? ¿Son las entrañas con metástasis? ¿Son las extremidades amputadas? ¿Son las neuronas con atrofia? Dime tú, ¿quién llora? El cuerpo sollozante, respondes. ¿Pero quedan lágrimas

Marta,

te veo en la frialdad del acero quirúrgico, bajo el ojo de las resonancias, de los escáneres, del TAC que se adentra con sus líquidos, con sus contrastes para descubrir la carcoma del alma. Y tú, ante tanto silencio, nos alertas.

Marta,

has visitado el otro lugar. Y mencionas a Susan Sontag: “A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar”. La doble ciudadanía, la de la salud y la de la enfermedad, no es una elección, es una imposición. Aunque sea por un instante, el que precede a la finitud, se nos concede el pasaporte de doliente. Es el inicio de un exilio. Marta nos lo recuerdas con tus palabras: todos, sin excepción, algún día deberemos hacer las maletas para emigrar a los territorios de los sufrientes. Nadie se libra. ¿Nadie nos libra? Algunos, discúlpame Marta, agonizamos en la esperanza.

La enfermedad no acepta apátridas. Lo sabes Marta. Todos tenemos adjudicado ese pasaporte. Tardaremos más o menos en recogerlo. Pero llegará el día en que se nos exija para cruzar la frontera última. Unos transitarán con él durante más tiempo; otros, lo adquirirán en el último instante, en ese momento reservado para el “corte que no sangra”. Pero esa ciudadanía es irrenunciable.

Se impone el cobalto. Tú lo has visto. Ese azul desvaído que pinta los ámbitos que acoge la enfermedad y sus radiaciones. Pero hay otros colores. El blanco, como previsión de sudarios; el verde cirujano, que acompaña el frío acero de los bisturís; el amarillo de las secreciones y de los orines que transitan por las sondas y las cánulas hacia las gasas, o el rojo de la doble negación: sanador y letal. Son los colores de la segregación, de la supuración, los colores que preceden el vaciamiento.

Escribes del dios de los descalzos, de los sonámbulos de la agonía que pisan los suelos hospitalarios de lejía en madrugadas interminables donde los patiens aguardan la próxima baja, “la del enfermo de la dieciséis”, anotas, y el cambio de turno de la enfermera de la mirada más tierna.

La sanación, la resurrección no abraza la eternidad. La cronicidad es una herida que siempre supura, que cicatriz rechaza, que late con la fatiga extenuada, con el jadeo que prologa la agonía. No hay solución.

La insoportable condición del patiens comparte ciudadanía con los habitantes de los campos de exterminio. Viste el pijama, el camisón hospitalario, idéntico en su textura y confección al traje concentracionario de los otros Auschwitz, Gulag y Guantánamo hospitalarios. Son las ropajes para la arquitectura del sufrimiento.

La curación llega con sus lacras. Las del superviviente que retorna del exilio del padecer a los parajes de la salud. Es un retorno con cicatrices, con el sello del haber estado en el otro lado. Es un tiempo que inaugura otra maldición: la del penar por los otros, aquellos sin el pasaporte de regreso a la ciudadanía del bien estar, aquellos que deambulan por los pasillos que descienden a las morgues. Es el momento de sollozar por “ser culpables de vida”.

La enfermedad no es extraña, busca y se acomoda en la entraña, igual que lo hace el hijo desde su concepción. Y ahí se inicia una relación de consanguinidad. Por eso Marta sois las mujeres quienes tanto decís y escribís sobre el padecer. Esa otra maternidad que también duele es vuestra condición y sabiduría. Y reza y se arrodilla ante La Dolorosa, con los siete puñales del dolor que atraviesan su corazón herido.

El bilingüismo del estar y la nada”, escribes. Y me acordé de los niños congénitos que hablan con soltura la lengua de la ciudadanía del padecer, instalados desde el nacimiento en los habitáculos de las cánulas y los respiradores. Son ellos los que enseñan a sus padres un idioma extraño, que conjuga los verbos del doble sufrimiento: el de carne de mi carne.

Tú nos hablas de la vida derramada y del anciano que reza contra quién. Y te negaste a conjugar la religión del miedo. Y nos alertas a los otros tullidos, también a los que oramos en la incredulidad de la fe.

Sófocles dejó escrito: “No haber nacido nunca puede ser el mayor de los favores”. Pero también recuerdo la leyenda del viejo Sileno, compañero de Dionisio, al que dio caza el rey Midas para que le ayudase a desenmascarar sus interrogantes. Y la respuesta del sabio del bosque abrió las puertas a la tragedia humana, como relató Friedrich Nietzsche. “Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor, en segundo lugar, morir pronto”, respondió Sileno.

«Tu sabiduría, Marta, es más concisa, pero igual de trágica y necesaria: “Ser culpable de vida”.




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Extracto

El día quince de mayo a las doce y media salió de la consulta con las palabras «enfermedad sin tregua». El día quince de mayo a la una menos veinte tomó un café a solas porque todo lo verdadero resulta intransferible, y el dolor, que sólo sabe de presente, se acomodó de acuerdo a su designio…

Democracia en su falla. El igual deja de serlo cuando el segundo exacto de la enfermedad. Formas distintas de ordenar las fechas: un día más–un día menos ante el muro preciso.

Percutir un relato.

Acaso hubiera sido preferible la píldora transparente del no nacer…

La angustia neutra de todos los ancianos y el instinto sublime del bebé. Intercambio de nombres sin más dramatismo que un acta de defunción y otra de nacimiento. Las dos gestiones más señaladas de nuestras vidas no las cursamos nosotros. La movilidad de la primera, la ignorancia de todo cuanto es y rodea a la segunda. ¿Adónde te escondiste, azar, con dos fechas uncidas…?

«Dadme un nombre y adivinaré su modus moriendi», decía la enfermera con la sorna que sólo una registradora puede albergar.

«Una baja más, otra cama libre», el celador a su compañero allá cuando el tiempo de las habitaciones vacías.

«El enfermo de la dieciséis se ha bajado por parada cardiorrespiratoria», la médico al asistente evitando las palabras certeras.

Corifeo alrededor de una amarra. Puño abstracto que golpea nada más nacer.

Soga sin contexto porque morirse es deslizar la arena guardada en los bolsillos para sortear por n años el régimen de la gravitación.

A las tres de la mañana en el solo hospital laico de una ciudad cualquiera éramos ciento veinte menos uno.

Hecha la persona, hecho su silencio.

Dicen que alguno lloró.

Como el pez al mar es un punto inaprensible, así el cadáver al dios de los descalzos…

*****

…La enfermedad: soberbia, inmune a las rodillas, se instala, acampa, se regodea. Cavidad con risa de fondo, broma histérica de células, microbios o huesos rotos al nacer.

A diferencia del pez que sumergido no es náufrago, este big-bang, esta expansión hacia dónde, la retracción hasta nuestro cadáver o última contractura. No hay ojo que perviva a la espaciada comezón de su párpado.

…Si todo lo vivo muere es cuestión de esperar, como aquel anciano enfrente de la escuela, como este perro enfrente de la clínica, como el niño que un día y gritando deja de comer.

¿Cuánta gente está muriendo sin ir más lejos y ahora en esta ciudad? ¿Cuánto pájaro abrasado nada más comprender que su pico quizás era su jaula?

«No tenía derecho a hacerme esto», dice la mujer del suicida.

«Ha sido todo tan rápido», el desesperanzado.

«Ya ha dejado de sufrir», la hija en su ahogo.

El hospital: único territorio con trincheras imposibles, con balas y siempre en una sola dirección…

*****

…Cuando el día acompasa sus genes luminosos e invita a brindar por todos los años que ya no podremos cumplir.

Días sin manos ni brazos, días en los que dónde la radical peripecia de estar vivos. El milagro es conjetura, el azar ocasión que reclama.

…El ritmo de los bosques, el canjeo sublime de cada sucesión…

 

 

 

 

 

 

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