Mirar al retrovisor

Los ‘chalecos amarillos’ y Luis Felipe de Orleáns

Cuando Francia estornuda, Europa se resfría; y hoy el país vecino vuelve a levantar barricadas que el simple aumento del precio del fuel no parece bastarse a explicar. ¿Puede la revuelta de los 'gillets jaunes' derivar en una nueva revolución francesa?

Mirar al retrovisor

Los ‘chalecos amarillos’ y Luis Felipe de Orleáns

/por Joan Santacana Mestre/

Observen bien sus fotografías: llevan los chalecos amarillos que todos tenemos obligación de tener en nuestros coches. No todos son jóvenes, pero hay muchos. Tampoco todos son ancianos, pero hay muchos. Hay muchas mujeres. Parece que los hay de todas las edades, pero predominan los jóvenes y los ancianos. También hay mucha gente que, por su aspecto, parecen pequeños productores; hay enfermeras —se distinguen de los demás—; hay mucha gente de la periferia de París. Igual debe de ocurrir en las demás ciudades. ¿Quiénes son? ¿Por qué de golpe y porrazo empiezan a destruir mobiliario urbano, a quemar sedes bancarias y a enfrentarse a la policía? Estas acciones eran cosa de jóvenes, de estudiantes, ¡pero no de esta mezcolanza de gente! ¿Todo este follón es por el incremento del precio del fuel? ¿Qué clase de gente es ésta que intranquiliza los fines de semana en París y que corta las autopistas, bloqueándolo todo, por el incremento del precio del fuel?

Manifestación de los ‘chalecos amarillos’ en Belfort el 1 de diciembre de 2018.

Esta gente son los que durante años han sufrido los recortes impuestos por una falsa crisis de la que sólo se han beneficiado las grandes corporaciones. Son los ancianos a quienes cada día se amenaza con el recorte de sus pensiones. Esta gente son los jóvenes que, trabajando dos personas, pueden pagar justo el alquiler, pero les peligran sus vacaciones. Esta gente son los que a duras penas han encontrado un trabajo del cual no pueden vivir a pesar de echarle horas. Esta gente son los trabajadores sociales que han sostenido el sistema de sanidad pese a una administración rancia y criminal. Esta gente son los que han sido engañados por la política doméstica durante décadas. Esta gente son aquellos que, viviendo en la periferia de las grandes ciudades —porque el precio de los alquileres los expulsó del centro— necesitan el coche para ir a trabajar cada día y poder atender sus obligaciones, y que ahora ven que van a tener que malvender a muy bajo precio ese viejo coche de gasoil, con la excusa de la contaminación y la ecología, para empeñarse de nuevo y adquirir otro eléctrico que les obligará a pedir un crédito a diez años.

Y ahora, la gota que colmó el vaso: les suben el precio del carburante, lo cual en una economía familiar tan precaria supone dejar el coche dos días a la semana y levantarse a las cinco en vez de a las seis de la madrugada para ir a trabajar. Esta gente son los chalecos amarillos, castigados durante casi dos décadas por una pérdida del valor de su trabajo, viendo cómo se degradaba su nivel de vida y conscientes de que todo esto no era culpa suya. Y para colmo de todo, ¡les dicen que la crisis ya pasó!

Y ante ellos, ¿cuál es la respuesta del poder? La primera respuesta fue el desprecio. ¡Son unos vándalos! Ante el vandalismo, represión. Pero la represión no ablanda la ira de los desesperados, especialmente cuando creen tener razón. Y vuelven a la carga el siguiente fin de semana, y el otro. Así, estos desgraciados se convierten en una pesadilla. Pero el poder, el señor presidente y los suyos tienen garantizada la mayoría parlamentaria; ¡por algo ganaron las elecciones! ¡Las ganaron por goleada! Además, los sindicatos han sido tradicionalmente domesticables; pero esta gente no está encuadrada en ningún sindicato ni son todos iguales, ni piensan todos igual ni son comprables todos a la vez. Son muy diversos y sólo tienen en común el sufrir las políticas dominantes en Europa.

Y el poder empieza a ceder en algo: en las migajas. Pero ellos, esta gente despreciable, ha crecido y es consciente de que todo el mundo tiene en su coche un chaleco amarillo.

Y ahora, el señor presidente ha de rectificar en temas más graves, como el salario mínimo; pero su rostro, su expresión, su postura ante las cámaras le desmienten. No, no le gusta rectificar. Quiere ganar tiempo.

Hace 170 años, en este mismo escenario, en París, hubo también una revuelta que acabó en revolución. Tocqueville había predicho la revolución de las clases empobrecidas diciendo: «¿No veis que sus pasiones se han transformado de políticas en sociales? ¿No veis cómo se propagan entre ellas paso a paso ideas  y doctrinas que no tienen por objeto cambiar esta ley o aquélla, ni derribar este o aquel ministro, ni tampoco todo el gobierno, sino conmover la sociedad  en sus mismas bases?». Pero el gobierno y el monarca, Luis Felipe de Orleáns, estaban convencidos de su mayoría parlamentaria. Entonces como ahora, la demagogia y el populismo habían arrollado toda política contraria. Cuando la protesta de las calles, lejos de cesar, aumentó de forma alarmante, el rey se mostró dispuesto a cambiar el gobierno, pero eludió consentir las reformas de fondo. Quería simplemente ganar tiempo. Fue M. Thiers, su ministro, quien se acercó a las Tullerías para comunicar al monarca que «la marea sube y de aquí a dos horas acaso se nos habrá tragado a todos». Y la marea de los desgraciados se llevó consigo a la monarquía de Orleans.

No, probablemente no ocurrirá esto en París ahora, pero no estaría de más que el señor presidente releyera las crónicas de la revuelta de hace ciento setenta años, que desembocó en la revolución. Y que tomara cumplida nota, porque las mareas suben y bajan, pero son difíciles de controlar y de prevenir.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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3 comments on “Los ‘chalecos amarillos’ y Luis Felipe de Orleáns

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