De rerum natura

Un mundo sin luto

Escribe Pedro Luis Menéndez que tal vez la reivindicación del luto, de la melancolía, de la 'saudade', acabe siendo una forma de resistencia, una vacuna contra el vacío del mundo del bobo feliz.

De rerum natura

Un mundo sin luto

/por Pedro Luis Menéndez/

La tristeza tiene mala prensa. En la lista de las virtudes sociales de este occidente hiperactivado, el spleen, la melancolía, la morriña, la saudade, son percibidas como taras de las que debemos desprendernos en nuestro crecer desde la infancia y, por supuesto, en el día a día de las personas adultas.

En una sociedad que prefiere, estimula y sobrestima la sonrisa constante del idiota —en cada anuncio, en cada vídeo, en cada red social—, nos encontramos a un punto de la sentencia de David Trueba en La tiranía sin tiranos: «Dentro de la burbuja flota feliz el bobo perfecto». Y todo este proceso de infantilización progresiva, que se confunde con frecuencia con una especie de carpe diem arrebatador que nos empuja a cada momento a una fiesta permanente, ha ido deshaciendo muy poco a poco, de una manera sutil, un lazo que manteníamos con los nuestros cuando la propia vida los hacía desaparecer. Ese lazo era el luto.

En una reseña publicada recientemente en estas mismas páginas de EL CUADERNO a propósito de una obra de Marcia Tiburi, Pablo Batalla destaca uno de sus párrafos:

En esta época en que la industria cultural de la libido y de la felicidad está al alza, presionando a cada cual con la creencia de que nada se pierde y todo se puede conquistar, que cualquier sufrimiento puede ser superado, el luto no es bienvenido. El luto es contraideológico. El luto perjudica el funcionamiento social. El luto interrumpe la producción y el consumo. Por eso, se exige que el luto suceda rápidamente o no suceda. Para que la máquina del sistema continúe funcionando, precisamos ser diariamente privados del luto, privados de vivir la experiencia de la pérdida, tenemos prohibido perder.

No hablo del luto impuesto como una pena carcelaria a las hijas de Bernarda, o a ella misma de algún modo; no hablo tampoco de plañideras, ni de modo necesario de los signos externos de la pena o del duelo; no hablo de las mujeres o los hombres enlutados de por vida, sino que quiero referirme al sentido que la RAE da a la palabra luto en su tercera acepción: «Duelo, pena, aflicción». Un duelo y una pena que, más allá de condicionamientos sociales, presenta muestras externas y sentires internos. Pues bien, tal parece que en nuestros días se trata de no mostrar hacia fuera nuestras desgracias, pero tampoco hacia dentro. Pasar página pronto, lo antes posible, eso es lo saludable, ésa es la consigna.

No seré yo quien cuestione el poder benefactor de la resiliencia, esa capacidad de los seres humanos para reponerse de las adversidades y del dolor anímico que con frecuencia nos inunda en tantos momentos de nuestra vida. El problema no está en que esa reconstrucción tras el trauma no resulte beneficiosa, sino en la aceleración de los tiempos, como ocurre en muchos aspectos de una sociedad que nos obliga a correr, correr siempre, también para superar el dolor. Y si esto no fuera posible, al menos nos condiciona para que traguemos ese dolor; para que no lo comuniquemos a los demás, salvo —pongamos— a cambio de dinero en una tertulia del corazón.

He introducido en Internet la búsqueda «no contar tus penas» y he encontrado listados exhaustivos de razones por los que no debes contar tus problemas a los demás. Veamos un buen ejemplo extraído de las respuestas de un foro (transcribo con el lenguaje del autor):

Le aburre escuchar los problemas de los demás. 2. Se agobia/estresa escuchando los problemas de los demás (a veces hasta el punto de repeler a la persona ya que al igual que un pesimista, la persona cuenta-problemas transmite/contagia una situación de ansiedad y agobio al receptor nada agradable). 3. Se burlará y/o reirá de tus problemas (a veces a las espaldas de uno). 4. Se alegrará (normalmente esto ocurre a las espaldas de uno también) de tus problemas. 5. Te ignorará, fingirá que te escucha y/o se limitará a esperar que acabes de hablar para empezar ellos a hablar y contarte sus cosas porque la mayoría somos egoístas y solo queremos que nos escuchen y no escucharte a los demás, menos todavía si son problemas. 6. Sabrá más sobre tu vida y problemas, cosa que quizás un día que quieran hacerte daño, te saquen esa debilidad (por ejemplo, si les cuentas que “mi hijo no me quiere”, si acabas mal con la persona, puede usar eso para hacerte daño en plan “eres un puto loser al que no quiere ni su hijo”). 7. Es muy cotilla y muy probablemente, le cuenten tus problemas a otros, aunque no te haga ni puta gracia. 8. Tus problemas corren de boca en boca y te conviertes en el cachondeo de moda.

Como el panorama se presenta como se presenta, el mismo Internet te ofrece compensaciones con el formato de consultas psicológicas: si nadie le escucha, no se preocupe, nosotros le escuchamos, gratis o previo pago, depende de las condiciones de esa escucha.

En el fondo, la idea que funciona como base es muy simple: no me cuentes tus penas, que ya tengo bastante con las mías. Lo paradójico es que esto lo piensan y lo llevan realmente a la práctica personas que sueltan con facilidad una lágrima ante la imagen de una patera, la catedral de Notre Dame o el cáncer que padece el hijo de una famosa; lágrima que se desvanece a golpes de esos clics tan reconfortantes que nos permiten respirar aliviados.

Un clic y la vida vuelve a sonreír. Tal vez estos gestos de compasión hipócrita sean útiles para no tener que compadecerse en la vida real de un hijo, un padre, una pareja, una amiga, a quienes preferimos aconsejar que pasen página pronto, que la vida es bella y todo eso. En un mundo que no escucha, el silencio o las palabras de dolor de los demás son sentidos como una agresión a la tranquilidad; a ese mantra de que hay que dejar que las cosas fluyan sin interferencia, en esa línea tan manida de que todo lo cura el tiempo.

Pero, como ya señalamos antes a través de las palabras de Marcia Tiburi («En esta época en que la industria cultural de la libido y de la felicidad está al alza, presionando a cada cual con la creencia de que nada se pierde y todo se puede conquistar, que cualquier sufrimiento puede ser superado, el luto no es bienvenido. El luto es contraideológico»), tal vez la reivindicación del luto, de la melancolía, de la saudade, acabe siendo una forma de resistencia, una vacuna contra el vacío del mundo del bobo feliz.


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016) y la novela Más allá hay dragones (2016). Recientemente acaba de publicar en una edición no venal Postales desde el balcón (2018).

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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