Poéticas

Devastaciones, sueños

EL CUADERNO publica un poemario completo y prácticamente inédito del vate alicantino Antonio Gracia, que recibió en 2004 un Premio Loewe que después le fue retirado debido a un malentendido.

EL CUADERNO acoge a partir de hoy un poemario completo del poeta alicantino Antonio Gracia: Devastaciones, sueños, que años ha llegó a ganar el Premio Loewe, arrebatado sin embargo después por un malentendido que Gracia explica cumplidamente en la introducción que sigue. La obra llegó a ser editada electrónicamente por el sello Literaturas Com Libros, pero desapareció pronto de la Red, y tal es la edición que EL CUADERNO ofrece ahora a sus lectores en formato PDF accesible al final de esta entrada y también en el lateral de nuestra página de inicio.


Sherlock Holmes y el robo del Premio Loewe

/por Antonio Gracia/

Uno

En noviembre de 2004 todos los periódicos convirtieron al «poeta maldito» que yo era para algunos en un maldito poeta para todos. La razón que adujeron —mejor: la sinrazón— fue que yo había engañado a los mastines del Loewe feroz presentando a su concurso un libro ya premiado en otro concurso, meses antes. La escena del presunto crimen la diseñó el Abc del 25 de noviembre de 2004. Para resaltar mi malvadez la noticia empezaba con un piropo: «Pocas veces la calidad de una obra de poesía ha sido confirmada con tanta vehemencia al concedérsele dos primeros premios y quedarse finalista de un tercero»…, resaltando así la bonhomía de los supuestos traicionados, quienes me habían concedido el premio Espronceda y «no salían de su asombro» al saber que el mismo libro, Devastaciones, sueños acababa de ser premiado también con el Loewe.

Pero incluso el más torpe Sherlock Holmes hubiese deducido que algo no encajaba. Porque ¿quién presentaría una obra ya premiada, y con el mismo título, a otro concurso esperando que, si volvían a premiarla, no se supiera en unas horas internéticas? Y sobre todo: ¿cómo no tener en cuenta que la periodista, probablemente receptora y no cómplice del trampantojo, añadía que la coordinadora de los premios Espronceda confesaba que «al contrario de lo que sucedió con el ganador de novela —que sí cobró el premio—, Gracia no recibió el dinero al no facilitar la documentación necesaria para hacer la transferencia»? ¿Nadie se preguntó el porqué de ese rechazo reiterado de los seis mil maravedises y la edición durante cinco meses? Pues este es el motivo: porque una obra no empieza a ser digna hasta que encuentra idoneidad entre lo sentido, pensado y escrito; y aunque tal tarea de pulimentación es infinita, su autor debe esforzarse en conseguirla durante su finitud. Por eso rechacé el premio: al negárseme la edición de la versión corregida, aunque fue la primera condición que puse, y la aceptaron, como demuestran la radio y los comunicados que conservo. Lo demás son conjeturas ajenas y mías, que no alteran la esencia.

Para constatar que no fui antojadizo ni contumaz, sino consecuente, añadiré que antes, en 1998, rechacé el premio concedido a Reconstrucción de un diario porque pretendían publicarlo sólo parcialmente en una revista. Después, en 2009, hice lo mismo y devolví el talón del Premio Ciudad de Ronda porque me negaron la corrección de pruebas de Informe pericial, no sé por qué (también puedo probarlo con audios y escritos), siendo esta corrección conditio sine qua non para toda edición, puesto que un libro debe publicarse lo más dignamente posible y bajo la supervisión del autor, cosa que al parecer importa poco a los premiadores y editores, quienes creen que un poema es mejor cuanto más alto es su precio, haciendo caso omiso de su valor.

Como consecuencia y causa (¿qué pensar de un país que antepone el linchamiento a la presunción de inocencia?), algunos lobeznos loewianos me ladraron, y no porque «ladran, luego cabalgamos» —expresión que siempre se cita como perteneciente a El Quijote, pero que no aparece en él—, sino porque piensa el ladrón que todos son de su condición y porque, en frase de Fogazzaro, «en los tiempos de La Fontaine los animales hablaban; hoy también escriben».

Y es que el mundo sería mejor si algunos no lo emponzoñaran teniendo como divisa inquisitorial que la sospecha es prueba de culpabilidad. Entre estos, cada uno piensa del otro lo que no quiere reconocer de sí mismo: el metalúrgico Marzal, premiado loewemente por un libro con varios poemas ya publicados, ¿no debiera haber hecho mutis por el foro? ¿Qué decirle al poetiso L. A. de Villena, convertido en manso Loewe feroz de la España de charanga y pandereta? ¿Acaso estupró mi libro? ¿No es preferible ser nadie en un mundo en el que ser alguien significa haberse vendido a las convenciones de la famamundia?

Naturalmente, hay que tener en cuenta las opiniones ajenas; aunque no hasta el punto de que anulen nuestro criterio —a menos que sus razones sean más razonables que las nuestras—. ¿Es razonable que una decidora tan clara como la Janés envuelva en varios folios un contundente elogio público sobre un libro elegido entre 1108 —del que lee, además, varios poemas— y al día siguiente lo condene afirmando que a ningún miembro del jurado le gustaba? El señor Bonald se mostró poco caballero cuando afirmó que soy un impresentable: supongo que tiene como referencia a sus compañeros parlanchines, todos más éticos, perléticos y perliperlambréticos que yo, que solo soy un verso perverso, desertor por un instante de su retiro frailuisiano, y cuya escritura solo vale en tanto que me sirve de terapia cuando escribo.

¿Pues qué decir del malinformador T. G. Yedra —de la agencia Colpisa, según dijo— y otros periodistos verborristos, que en vez de repetir respuestas las inventa? ¿No sabe que, en el lenguaje, el orden de los factores altera el producto y cualquier alterador que lo alterase perfecto impostor será? ¿Y del señor Juan Palomo, quien habló de mi «menuda jeta» cuando él tiene tan grande el pico?

¿De qué manera mágica escuchar la voz de los fantasmas disfrazados de personas? ¿Debiera yo enfrentarme, verbal espada en mano, a tanto mosqueperro ladrador, ya que mi pobre verdad solitaria no convence tanto como una mentira sostenida por una centuria? Pues no. La valentía no consiste, a pesar de D. Quijote, en luchar contra la necedad, sino en mantenerse al margen de ella. ¿Debo considerar a los que afirman que llegué como anillo al dedo y que fui cabeza de turco en la que se intentó lavar el honor de un certamen que necesitaba una limpieza? Tampoco: yo no hablo de lo que no conozco. Lo que sí sé es que, puesto que no se puede obligar a aceptar un premio y yo lo había rechazado, Devastaciones, sueños estaba virgen y casto de premios y podía ser premiado, lo que atestigua que el despremio fue un loewerazo marsupial. Porque una lámpara sigue siendo lámpara aunque se esconda bajo un celemín. Ocurre como en Anatomía de un asesinato, la película de Preminger en la que, tras decir el juez que «tales palabras se borrarán del acta y los miembros del jurado no las tendrán en cuenta», el auxiliar de James Stewart se pregunta cómo van a arrancarlas de su mente, y éste balbucea: «no pueden». No: no hay causa que no engendre consecuencia; y esta remite a aquella. Lo diría Sherlock: eliminado lo imposible, lo que queda es la verdad, por muy improbable que parezca; robaron las consecuencias del premio (euros, publicación), no el hecho de que lo habían concedido, esto es, que habían emitido un veredicto poético desinteresado y luego lo habían suplantado por otro socialmente interesado. Los reverendos Loewes, vengativos amantes de crucifixiones, queriendo ridiculizarme, se ridiculizaron con su bífido criterio. Tan rumiantes estaban sobre sus pedestales que olvidaron que un libro no es mejor porque ostente un premio: y se efigiaron a sí mismos.

Dos

Viene lo antedicho porque, como en las películas de Hitchcock, un hombre acusado injustamente de un delito se ve empujado a mostrar su inocencia; y viene a explicar mi deseo de dar a conocer —«puesto ya el pie en el estribo»— el texto premiado por la Fundación Loewe, que reproduce mi rostro interior, no su prefiguración esproncediana, la que fue publicada con tantas erratas que parecía roída por ratones. La recién nacida —en 2004— editorial Literaturas Com Libros —muerta apenas viva—editó electrónicamente la revisada Devastaciones, sueños. Ahora EL CUADERNO ofrece tal edición a sus lectores.

Tres

Algunas reseñas sobre el libro: Irene Rodríguez AseijasÁngel Luis Luján AtienzaJ. L. ZerónÁ. ValverdeÁngel Luis Prieto de Paula.



Poesía y fantasmagoría o la devastación de los sueños

/por José Luis García Martín/

Al único libro publicado en vida por Fernando Pessoa, Mensagem, no le dieron el premio al que aspiraba porque le faltaba una página para llegar al mínimo requerido. Al poeta Antonio Gracia le retiraron el último premio Loewe, obtenido en buena lid, porque el original, o una versión previa del original, ya había sido presentado a otro concurso. Seguramente, ateniéndose a la letra del reglamento, en ambos casos el jurado tenía razón. Pero ¿restan esas razones administrativas algún mérito literario a los lapidarios poemas de Mensagem, a las desoladas meditaciones del libro de Antonio Gracia?

Leo en estos días de desbandada canicular Devastaciones, sueños, la obra casi simultáneamente premiada y degradada, y siento frío en el alma: pocas veces la reflexión sobre el sentido y el sin sentido de vivir habrá alcanzado tan dolorida intensidad.

En una de sus más secretas novelas, El escritor, publicada en 1942, escribió Azorín: «La vida es ilusión. Y la poesía no sería nada si no fuera ilusión. Tan apegados estamos a la ilusión, que muchas veces, leyendo un poema, ponemos en él mucho más de lo que en ese poema existe. Poemas que admiramos no los admiraríamos si los creyéramos de un poeta mediocre. Poemas que desdeñamos, los admiraríamos si los creyéramos de un poeta pre- dilecto».

A Devastaciones, sueños, galardonado con el glamouroso premio Loewe, le aguardaba, además de la gloria instantánea y efímera de los telediariarios, el elogio simultáneo de todos los suplementos culturales y la atención admirativa de una mayoría de lectores. Como en otros casos —Antonio Cabrera, Lorenzo Oliván, Vicente Gallego— un poeta casi secreto, aunque de ya dilatada trayectoria, iba por primera vez a concitar la atención de un amplio público.

A Devastaciones, sueños, degradado públicamente su autor, convertido en injusto símbolo de todas las corruptelas que rodean a los premios literarios, le aguarda el silencio, el desdén, cuando no —por parte de los más ignaros bravucones críticos— la ofensiva desvalorización.

El libro, sin embargo, no ha cambiado. Pero la poesía, como la vida entera, no es más que ilusión. En la mayor parte de los casos, admiramos sólo lo que nos dicen que debemos admirar.

Las distintas secciones de Devastaciones, sueños —qué hermoso título y qué profético— nos hablan de «El nombre de la vida», de «Los rostros de la muerte»; también «De la consolación por la poesía».

Comienza el libro con una precisa recreación de uno de los tópicos fundamentales de nuestra cultura, el ser humano como microcosmos, como compendio del universo: «Mira los ojos: cómo transparentan/ la luz del universo, donde el alma/ es infinita; observa, enfebrecidos,/ esos labios, por los que emerge el mundo».

Termina con una reescritura —«palimpsesto sobre R. K.» la llama el autor de uno de los más famosos poemas de Rudyard Kipling, el titulado «If»: «Si, cuando todo muere alrededor,/ tu voluntad te abraza a la existencia/ y decides seguir viviendo, dando/ sentido redentor a tu derrota;/ si, venciendo la desesperación,/ conviertes la esperanza en albedrío/ y consigues soñar sin que los sueños/ te desposean de la realidad…».

Antonio Gracia, poeta alicantino de larga y guadianesca y ejemplar trayectoria, ha pedido disculpas y ha dado profusas y quizá confusas explicaciones de su error. Nadie le ha hecho caso. Los patrocinadores del Loewe, los prestigiosos miembros del jurado, la guapa gente que asistió a la fastuosa cena en el Palace (¿o fue en el Ritz?), no le perdonarán nunca el resonante ridículo en que les hizo incurrir.

Pero los buenos lectores de poesía, para los que su nombre no era desconocido, no tienen nada que perdonarle. Y los ácratas del mundo literario, que abundan menos de lo que debieran, no dejarán de felicitarle porque haya puesto involuntariamente en evidencia a un premio literario que se estrenó con Juan Luis Panero y la más clamorosa chapuza de los últimos años (Jon Juaristi alude a ello en un divertido poema: «Sátira primera a Rufo»).

Pero aquel libro irregularmente premiado de Juan Luis Panero, Galería de fantasmas, era una memorable recapitulación vital. Como lo es Devastaciones, sueños, premiado y despremiado, con razón en el primer caso y probablemente también con razón en el segundo.

«Recuerdo aquel dolor y aquella dicha», comienza uno de los poemas. La dicha de salir de la sombra y llegar a una mayoría de lectores fue fugaz, y seguramente Antonio Gracia ya la ha olvidado; el dolor de sentirse de pronto convertido en escarmiento nacional tardará en olvidarlo. Pero los avisados lectores que no se dejen distraer por las escandaleras de la vida literaria y busquen estos versos heridores y sabios —en los que el autor se defiende de la muerte «como un río que lucha contra su manantial»— se sentirán reconfortados para siempre.

Oviedo, 15 de agosto de 2005


Para acceder al poemario en PDF, clicar aquí


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario(2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.

4 comments on “Devastaciones, sueños

  1. Indigo Horizonte

    Devastaciones Sueños: un libro sereno y redondo en lo más difícil de lograr: la esencia y la sencillez.

    Me gusta

  2. Antonio Gracia

    Agradezco el comentario. Y sí: esa ha sido mi divisa finalmente: Perseguir la armonía síquica a fuerza de escribir sobre ella; una escritura centrífuga de lo circunstancial y centrípeta de lo esencial.

    Me gusta

  3. Pingback: Antonio Gracia y sus devastaciones – El Cuaderno

  4. Pingback: La posesión de una pérdida – El Cuaderno

Responder a Indigo Horizonte Cancelar respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: