Poéticas

La voluntad hímnica

Cuando nada se espera de este mundo, solo queda buscar en el propio mediante la introspección resiliente para salvarnos del naufragio total: tratar de convertir en himno la elegía que somos, respirar la luz que hay en las sombras. Vestigios de esa lucha voluntariosa, aunque en batalla perdida, hay en estos poemas de Antonio Gracia.

La voluntad hímnica

/poemas de Antonio Gracia/

Hacia la luz

Este árbol, esta sombra y estos libros
que me procuran placidez y calma
no están hechos para morir; nacieron
al margen de los días para darle
un rostro amable al mundo.
Una hoja ha caído y me reclama
con su fugaz delicia: la contemplo
y el universo me contempla en ella.
Siento desordenadamente
correr el tiempo frágil, que este instante
no será, otra vez, mío.
………………………………..Cede el alba
su luz, y la mañana se apresura
hacia el ocaso.

Como un escalofrío, la tristeza
deja en mis ojos su melancolía.
Yo quisiera olvidar tanto dolor,
morir para matar
este desasosiego:
………………………..y de repente,
rebelde y luminoso,
como si despertase de un gran sueño,
mi corazón se abraza a la existencia,
toco las cosas, vivo.

Como si fuera un éxtasis

Agoniza la tarde, dulcemente
abrasada en los fuegos del crepúsculo.
Se detienen los pájaros,
y las criaturas buscan en el sueño
la comprensión de su existir, la dicha
de conocer el gran secreto, el rostro
que se oculta detrás del nombre Dios.

Me seducen las sombras: veo en ellas
el cincel de la luz,
la transfiguración de la desdicha.

Entra en mi corazón un rayo oscuro
y todo halla unidad, correspondencia.

En medio de la noche, bajo el claro
fulgor del firmamento,
un enjambre de estrellas me persigue.

Azimut

Es ese instante del día
o de la noche en que todo
se desprende de sí mismo
y la esencia de las cosas
se transfigura en perfume,
tacto, color y sabor,
la música del origen,
rostro, al fin, del gran secreto.
La estrella es aroma; el árbol
alza su luz; las espigas
dibujan sus pentagramas
en el viento; todo es paz.
Divisa el alma el clamor
de la plenitud, abraza
la fugacidad queriendo
retenerla: y cristaliza
la dulce contemplación,
útero y tumba en la noche,
bajo la luz del misterio.

Acid night, de Michael J. Ryan.
La epopeya interior

De tanto seducir el sol los ojos
la luz los enamora.
La oquedad de la mente se ilumina
buscando lasitud en los sentidos.
Hay un sitial sin límites clamando
fronteras eternales, claridad.
La dulce algarabía
suena abisal como un torrente leve,
y la voz escandida
grita hacia adentro su canción:
el cielo
estalla azul sobre los mares,
las antorchas
irradian mansedumbre,
la tristeza
transustancia sus lágrimas,
los pájaros
invaden el instante,
la existencia
se llena de quietud.

Potestad

Grita el viento. La noche queda fuera.
Como un notario, apunto las cosas que poseo:
el mar y las estrellas, el horizonte alado
donde el pájaro ondea dibujos invisibles,
la montaña y el bosque,
los libros, las fragancias, el otoño,
la música y el sol,
las palabras azules que transforman el mundo,
la lluvia y su arabesco solitario,
mucha melancolía y un poco de esperanza,
espejos que repiten los anhelos.
La noche queda fuera, o nace en mí.

Anoto algunas cosas como argumento mágico
de que la soledad no existe. 

Por una elevada senda

Si yo supiera decir
cuanto, sin palabras, dice
mi corazón a las cosas,
al mar y al viento, a la lumbre
de los íntimos sentidos
que me escuchan y responden
como la piedra a la piedra
y el agua al agua, o la luz
al puro ensimismamiento,
mis labios pronunciarían
los secretos y vislumbres
que el alma guarda en la sombra
desde el principio del tiempo
y que tan solo conocen
la flor, el pájaro, el alba,
esos instantes ocultos
como dones misteriosos
en los que se transfigura
el anhelo en realidad,
la claridad en pureza.
Entonces, la clara bruma
del presagio estallaría
como una revelación
en la estancia donde habita
mi ser esperando ser
inmensidad, transparencia.
Y con los ojos cerrados
abiertos hacia la luz,
contemplaría los fuegos
y los glaciares que agitan
el espíritu y lo elevan
allí donde la pluma se detiene.

Hacia el origen

Todo está lleno de luz.
El alma bebe en la sombra
manantiales de sosiego,
y se ve a sí misma, clara
efigie de la verdad.
No sé cómo, la pureza
del agua todo lo envuelve
de transparencias. El cuerpo
se diluye. Todo cuanto
era oscuro es claridad.
Descienden, yo no sé cómo,
los cielos hasta mi frente,
y enigmas, esfinges, dudas
desvanecen sus secretos
no sé cómo, se revelan
como un misterio que alumbra
la eternidad: el instante.
El aire estalla en fulgores
y una gélida fragancia
vesperal invade el mundo
de repente, no sé cómo,
mientras la noche ilumina
los ojos, el corazón.
Todo se llena de estrellas
y renace, no sé cómo,
la infancia: la luz perpetua.

Gray abstract painting, de
Anastasiya Valiulina.
Indicios en la noche

Cuando la noche cae
sobre los corazones
y la ciudad se duerme
en una extraña calma,
siento que el infinito
se derrama en silencio
por calles y veredas,
y los árboles arden
en solitarios éxtasis;
el fuego de la noche
brilla entre las tinieblas
como un cíclope airado
que de pronto encontrase
la paz en sus cenizas;
bajo el himno del cosmos
la claridad inunda
las almas, y las cosas
transfiguran su efigie
hasta encontrar el rostro
de la diafanidad;
el tiempo se detiene
igual que un arcoíris
coronando las sombras
fulgentes; vuela un pájaro
de luz y entra en los ojos
una clarividencia
que vence los misterios.
Así penetra el alma
en la revelación
y cuanto ve conoce
su nombre y su figura
porque el mundo regresa
al alba, al primer día
de la creación.

La plenitud

Por las mañanas, miro el horizonte
nebuloso. Ya el sol
no amanece como antes.
Con sigilosos pasos, una sombra
brillante se me acerca, y es la muerte
que viene a recordarme que mi vida
se despide de mí y me deja solo
frente al umbral.
Me digo entonces que las noches son
presagios y recuerdos
de esa región dormida a la que llego
dolorido y cansado.
Cuántos, antes que yo, miraron tristes
la bruma luminosa
y observaron su horror o su esperanza.
El viento aún guarda aullidos
y plegarias inútiles.
Yo me siento a la orilla de la tarde,
cercano a alguna fuente,
y procuro callar y sonreír
como si fuera a hablar, por fin, conmigo.

Del eterno retorno

Cuando llegue el momento en que todo regresa
desde los territorios de la infancia
y la vida parece que va a empezar de nuevo,
abre los ojos, mira
que hiciste lo correcto y que el error
no está en equivocarnos al buscar la verdad,
sino en creer que un día pudimos haber hecho
lo que haría el que somos, ese desconocido
que vamos descubriendo cuanto más se nos muere.
Abre los ojos, mira
que la verdad consiste en aceptar
que vivir es morir en cada instante
en el que renacemos para ser
muerte y resurrección, metamorfosis
definitiva hacia la claridad.
Y que la Muerte solo es otra puerta
en la que abandonamos los recuerdos
para entrar, transparentes, en nosotros.

Visión del otro lado

La carne llama a la carne,
y de la carne se engendra
el espíritu, otra carne
transparente, hermosa, clara,
pero carne al fin, materia
indestructible, pulsión
y espasmo de la conciencia.

Bulle en la carne el sonido
de la piedra, el mar, la luz,
como si reverberase
el himno del universo
y sometiese a cadencias
melodiosas el fulgor
de la música escondida
en los anhelos. La lumbre
agazapada en la sombra
de los sentidos eleva
su armonía sideral
y se asoma por los ojos
hasta las cosas, que fulgen
como transfiguraciones
en la claridad del día.

Los cuerpos pierden su forma
y transparentan sus almas.
Todo se alumbra y convierte
en diafanidad. El ser
no tiene contornos, fluye
inmerso en los otros seres,
es río y mar, manantial.
Las palabras abandonan
su decir; ya no hay palabras:
tan sólo conocimiento.

Qué claro prodigio, el ansia
de trascender la materia,
y qué remoto el dolor
de sentirse atado al hueso.

Todos los cuerpos son almas
en peregrinar constante
hacia la clarividencia.


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario(2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

2 comments on “La voluntad hímnica

  1. José Manuel Ferrández Verdú

    Al leer estos once poemas de Antonio Gracia, uno cree estar leyendo versos que, debido a la aparente sencillez de su expresión formal, no ofrecen sino claridad de ideas expuestas con la milagrosa sensatez de un hombre que ha atravesado el mar de la vida y vive en el inestable y ardiente océano de los recuerdos y el deseo. Poco a poco el lector va cayendo en la cuenta de que junto a esa claridad subsiste un fondo oscuro y profundamente laberíntico como en toda obra literaria que se precie.Y ello debido a que pone en juego sentimientos que hunden sus raíces en la compleja y dramática realidad humana. No en vano se formó en la unamuniana facultad de letras de Salamanca. La sombra del filósofo y poeta ha dejado una huella oculta entre sus versos, que tratan de expresar a través de un pensamiento idealista aquellos sentimientos que más arraigo poseen en nuestra naturaleza temporal: la fe ciega en la vida, la nostalgia, el significado indescifrable de lo cotidiano, la madurez de una atención a una naturaleza que es escenario y vehículo de la reflexión y la poesía.
    Realizar un análisis exhaustivo de estos poemas supondría hacerlo de la obra completa de su autor. Sólo quiero enfatizar la concepción del himno como el tono último con el que el poeta ha querido elaborar estos versos para equilibrar la balanza de lo trágico que acompaña a la vida. La contraposición entre el himno y la elegía juega un papel importante en su producción más tardía, en busca de un equilibrio sentimental que permita mirar el abismo del ser sin sentir la amenaza del vértigo, o al menos tratar de evitar una inclinación perturbadora del alma hacia esos oscuros y atractivos paraísos infernales que nos reclaman desde la noche de los sentidos.

  2. Antonio Gracia

    Agradezco la perspectiva y la perspicacia. Saludos.

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