Mirar al retrovisor

Los monumentos del pasado: de la indiferencia al odio

Un artículo de Joan Santacana.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

¿Por qué se conservan los monumentos del pasado? No siempre fue así: los viejos monumentos del Imperio romano fueron destruidos para reciclar el metal, el mármol o simplemente por vandalismo; y durante siglos, nadie pensó en reconstruirlos. El interés por los monumentos se solía extinguir con la desaparición de las generaciones interesadas en conservarlos. En realidad, conservar monumentos es una práctica relativamente reciente en la historia de Europa. La Revolución francesa fue una revolución iconoclasta: las estatuas erigidas a los reyes de Francia fueron demolidas sin piedad, las tumbas de los monarcas saqueadas y sus huesos esparcidos con escarnio. Los revolucionarios querían destruir el pasado que los ataba a la tiranía. Pero no pasaron muchos meses sin que se dieran cuenta que necesitaban reinterpretar el pasado, ya que éste no se puede borrar fácilmente sin arrastrar tras de sí muchas otras cosas. Y empezó la paciente tarea de recopilar los fragmentos esparcidos de las estatuas, clasificarlos, estudiarlos y crear los museos que tenían que contar la nueva historia de Francia; los museos nacionales de hoy.

De hecho, todas las revoluciones han sido iconoclastas: ¿cuántos monasterios, iglesias, palacios, castillos y catedrales han sido pasto de las llamas en España? ¿Cuantas veces los franceses han derribado la estatua de Napoleón I de la Columna Vêndome? Y ¿qué queda en pie de las famosas estatuas ecuestres de los zares rusos? ¿Cuántas estatuas ecuestres sobrevivieron a la caída del zarismo? Fueron sustituidas por otras, a su vez hoy desaparecidas.

En realidad, las estatuas sólo se atacan o se conservan cuando adquieren un valor de contemporaneidad; es decir, se conservan cuando tienen sentido positivo para sus coetáneos, y las atacamos cuando adquieren un sentido negativo.

Hoy hemos pasado de la indiferencia al odio a algunos monumentos del pasado, desde los dedicados a generales sudistas hasta los consagrados a conquistadores, descubridores y evangelizadores. ¡No se libra ni la Sirenita de Copenhague! La furia iconoclasta no respeta ni a Cervantes, ni a Colón, ni a Voltaire. Es como si resucitara el Fausto de Goethe: allá se plantea, por primera vez en la cultura occidental, el odio al pasado y a la memoria. Mefistófeles, el ser maligno, conduce a su víctima, Fausto, de olvido en olvido hasta que consigue que se olvide de sí mismo. Mediante un rápido cambio de escenarios, de lugares y de distracciones, Mefistófeles sumerge a Fausto en una orgia de olvido. Perdida la memoria, el pobre Fausto ya no sabe quién es y entonces su destrucción está asegurada. Goethe tenía mucha razón: para destruir al ser humano, hay que secuestrarle primero la memoria; confundirlo y modificar los escenarios de su pasado. Sólo a partir de ahí es manipulable hasta la destrucción absoluta de su capacidad crítica.

Hoy, como en Fausto, no se discriminan los recuerdos que hay que eliminar: simplemente se borran todos. El problema es: ¿qué memoria se construirá sobre sus restos? Es curioso este furor que arrasa con monumentos sin que quienes los atacan sepan muy bien los significados de lo que se ataca. Coincide curiosamente con un intento sistemático de borrar la enseñanza de la historia en muchos países de nuestro entorno. Cuando se leen los libros de texto que se utilizan oficialmente en muchos países del Este de Europa, se observa no una manipulación del pasado, sino su destrucción: inventan unas historias nacionales que nunca jamás existieron. Pero esto no es sólo cosa de los países del Este de Europa, de los nacionalismos recientes, surgidos de la desaparición de viejas estructuras políticas: también en nuestros lares hay un apuesta consciente por esta gran desmemoria. ¿Cuánta gente está interesada en ella? ¿Qué se pretende construir encima de los restos del pasado? ¿Quién guía la mano destructora?

En estos tiempos de tantas ignorancias, la historia es uno de los saberes que es preciso destruir. No se trata de reinterpretarla: de hecho, cada generación reinterpreta su pasado, de la misma forma que nosotros, los humanos, en cada etapa de la vida vemos las mismas cosas bajo un prisma distinto. Reinterpretar el pasado es imprescindible, pero intentar borrarlo o eliminarlo sólo tiene un resultado: la destrucción del pueblo que pierde el pasado. No, los alemanes no pueden olvidar a Hitler y al nazismo: es necesario que no lo olviden jamás; ni los italianos deberían olvidar al fascismo; ni los rusos olvidar a Stalin ni nosotros a Franco. No quisiera proponer modelos de actuación para aquellos que tienen por misión conservar el pasado, pero sí sería útil que visitaran en Obersalzberg el Dokumentation Obersalzberg, un museo destinado a proporcionar información histórica sobre el lugar, así como del régimen nazi. O quizás sería interesante observar lo que se ha hecho en Berlín en el edificio núm. 8 del de la calle Prinz-Albrecht-Straße, en donde estaba la oficina central de la Gestapo. Igualmente sería interesante que quienes pintan con rojo de sangre a Cervantes leyeran tan sólo una página del Quijote, en donde el Ilustre Manco pone en boca del hidalgo aquella frase lapidaria que dice: «porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y Naturaleza hizo libres». O bien aquella frase en la cual Cervantes denuncia a aquellos que para ahorrarse alimentar bocas poco productivas, liberaban a sus esclavos enfermos o viejos: «No es bien […] lo que suelen hacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no pueden servir, y echándolos de casa con título de libres, los hacen esclavos del hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte».

¿Cuánta pintura roja deberán tirar sobre nuestras tumbas las generaciones futuras cuando alguien les diga que las empresas de nuestro siglo, nuestros bancos, nuestros gobiernos dejaban sin recursos a miles de jóvenes que habían trabajado para ellos cuando los beneficios empresariales disminuían? ¡No, la tarea de nuestro tiempo no es olvidar el pasado, sino reinterpretarlo para enfrentarse con el presente!

[EN PORTADA: Monumento a Cervantes, vandalizado en un parque de San Francisco (Estados Unidos)]


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

1 comment on “Los monumentos del pasado: de la indiferencia al odio

  1. Siempre leo sus artículos con mucho interés, además de por su contenido por el sosiego y ecuanimidad con que aborda los temas. En este caso comparto con usted la preocupación por el interés en destruir la historia. Hasta no hace mucho en medicina cuando una persona perdía la memoria se decía que padecía una demencia (ahora, en los tiempos de los eufemismos políticamente correctos se llama trastorno cognitivo). Será así también a nivel social?. Me temo.

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