Estudios literarios

Salinger el farsante

Antonio Costa Gómez se estrena en EL CUADERNO ajustando cuentas con el autor de 'El guardián entre el centeno', eterno adolescente malcriado a su juicio, ansioso por llamar la atención.

/ por Antonio Costa Gómez /

Era un eterno adolescente. Se ponía a chillar: no quiero que me vean, pero hacía todo lo posible para que lo vieran. Como todo adolescente, es antipático, incoherente. No hay por donde pillarlo. Coge rabietas absurdas sin fin. Por eso sale así en una foto cabreado con el fotógrafo: parece un esperpento de Valle-Inclán.

Solo a él se le ocurre idealizar la adolescencia. El período más inconsistente y más insufrible de la raza humana. Porque no tenía ni idea de nada, igual que los adolescentes. Solo pataleaba como los adolescentes. Al menos Witold Gombrowicz idealizaba la juventud, el tiempo de la inmadurez. Le parecía que la madurez equivalía a morirse, a que el fruto cae del árbol. La inmadurez era reinvención permanente.

Hace unos años, en largas tardes, al lado de un cementerio en Cartagena de Indias, me puse a leer su biografía por David Shields y Shane Salerno, un libraco muy largo. Y comprendí sus claves. Supe mejor de qué iba. Se enrollaba continuamente con chicas adolescentes y cuando se hacían un poco mayores las abandonaba. Así lo hizo repetidas veces. Y para una vez que hubo una un poco más personal, se marchó con Charles Chaplin. Quería muchachas desorientadas como él mismo. Y eso se ve en su novela famosa, El guardián entre el centeno. El título se refiere a un poema del escocés Robert Burns. Ese sí que fue un rebelde de verdad. El poema hablaba de que se acostaba con una muchacha entre el centeno y no quería que nadie lo vigilara y le diera el coñazo. Pero Salinger sí quiere que lo vigilen. Quiere que lo vean para poder decir: no me mires. Como un niño malcriado. Patalea porque lo miran, pero quiere que lo miren.

En esa novela protesta contra todo el mundo de los adultos. Le parecen todos falsos y postizos. Pero él no sabe qué quiere, no tiene sangre en las venas. Es solo un adolescente malcriado que no sabe cómo ponerse. Y en ese se inspiraron luego algunos criminales malcriados que solo querían llamar la atención. Parece injusto señalar a los que se inspiraron en él, como es injusto señalar a Nietzsche por los nazis. Pero él tenía la inconsistencia y la falsedad de sus seguidores.

En la biografía nos cuentan cómo pataleaba sin fin para que no lo entrevistaran, para que no lo fotografiaran. Contestaba furioso a las preguntas, ponía cara de ogro. Pero levantaba casas ostentosas rodeadas de murallas y alambradas. Si yo quisiera de verdad que nadie me siguiera no levantaría una casa chillona en un lugar tranquilo. No gritaría sin cesar: no quiero saber nada.

Borges tiene un cuento en que un perseguido de Oriente se refugia en Inglaterra y levanta un palacio tan ostentoso con un laberinto que enseguida sus enemigos lo encuentran. Era como ir por la calle con un cartel: «Soy Salinger, pero no me mires». Era el artificio y el teatro en lugar de la verdadera soledad. Era la retórica de la soledad. Los verdaderos solitarios no iban chillando por las calles que querían estar solos. No lo hacía Rilke, no lo hizo Robert Walser, no lo hacían los Bartleby de los que habló Vila-Matas.

En la biografía se destaca cómo se preocupaba de que los periódicos hablaran de sus libros, cómo contestaba a los críticos si no le gustaban sus críticas. Quería que se fijaran en él por encima de todo, quería que supieran quien era. En el fondo era el mayor exhibicionista. Y también el mayor egoísta. Pasó de su mujer y de sus hijos. Pasó de todo aquel que no le interesaba. De todas las personas que no lo estremecían como sus adolescentes asustadas hasta que se hacían adultas.

¿Y qué pasa con sus famosos Nueve cuentos? En «Un día perfecto para el pez plátano», una adolescente caprichosa sale de un hotel hastiada de los adultos y en una playa se encuentra con un muchacho que le habla del pez plátano. El pez plátano se mete en una especie de cueva submarina y se atiborra de comida de tal manera que luego no puede salir. Porque el mundo exterior es un asco, se entiende. Y preconiza el suicidio. Pero no es ese suicidio de furia nostálgica de Cioran: es un suicidio pedante de niño que patalea. No le encuentra sabor al mundo porque él tampoco tiene sabor.

Debía de ser deprimente de verdad hablar con el tal Salinger. Desabrido y deslenguado. Poniéndose a despotricar contra el mundo porque él tiene la lengua estropeada. Y siempre ese rollo de escribir como un adolescente, con sus vacilaciones y sus chorradas. Le parece muy auténtico eso. No le puede poner al estilo la fuerza de Henry Miller o el vértigo de Jack Kerouac. O la poesía viciosa de Durrell, qué sé yo. Le pone ese tono quejica y mocoso de los adolescentes.

En «Las dos partes implicadas», la mujer le deja una nota al protagonista: «No veo que sirva de nada que sigamos juntos. Tú no pareces darte cuenta de que ya nos toca madurar en ciertas cosas». Y al protagonista solo se le ocurre decir: «Caray, me quedo solo. Tenía ganas de llorar, solo que no lo hice, por supuesto». Y cosas así. Y se inventa que está con el pianista de Casablanca y le pide que lo consuele con su música. Algunos creen que son los mejores cuentos de la literatura universal. Joder, no sabemos lo que decimos. Puestos a meter vida y espontaneidad, lo hacía mucho mejor Mark Twain.  

En «Linda boquita y verdes mis ojos», un tipo le pregunta por teléfono a un amigo por su mujer y éste que la tiene a su lado le da consejos sobre como tratarla, y al final se nos insinúa que el primero ya lo sabe y le da consejos a él. Y todo eso que parece una caricatura del mundo de los adultos solo es una caricatura de su propio mundo adolescente. Y todo lo que le parece falso es la falsedad que tiene él mismo, con sus falsetes de adolescente y su falso lenguaje adolescente, como si ahora alguien metiera rap para hacerse el actual y solo mostrara con ello su vulgaridad.

Me fastidian estos tipos que chillan: no me mires, y todo el mundo los mira, y patalean, y meten Internet en los libros, y por eso todo parece tan auténtico. El tipo estuvo en la segunda guerra mundial, y le pareció que los adultos estaban todos locos, y salió con la cara de sufrimiento, y puso esa cara en sus libros, con su cabreo adolescente sin fin. Pero también estuvo Primo Levi y no soltó esas gansadas, y también estuvo Hemingway y aprovechó para darle más fuerza a sus obras y no esa delicuescencia. Cómo me jode esa falsedad y el paponismo de todos.


Antonio Costa Gómez, nacido en Barcelona en 1956, afincado actualmente en Salamanca, se crió en Galicia desde muy pequeño. Estudió filología hispánica e historia del arte y hoy es profesor de literatura en enseñanza media. Ha publicado libros en todos los géneros literarios: Revelación, El tamarindo, Las campanas, La reina secreta, La seda y la niebla, etcétera, con los que ha sido galardonado con numerosos premios: la Estafeta Literaria en 1976, el del Ministerio de Cultura en 1981 o el de Amantes de Teruel en 1985. Con Las campanas llegó a la última votación del Premio Nadal en 1994 y del Premio Planeta en 2001. Colaborador en más de una treintena de diarios y revistas, ha viajado por los cinco continentes.

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