Cuaderno de espiral

El asombro

Pablo Luque Pinilla diserta sobre el asombro como «el fruto de una postura de desasimiento y humildad ante lo que se encuentra. Como una insaciable curiosidad y gratitud, precedidas de la conmoción, por el mundo como un regalo que desentrañar cada día».

/ Cuaderno de espiral / Pablo Luque Pinilla /

Es un martes cualquiera del otoño de 2012 o quizás de 2013. Unos años en los que bajaba a menudo a Madrid ―los madrileños, si vivimos en la periferia, «bajamos» a Madrid, no sé aún por qué― y solía recalar en alguna de sus librerías más conspicuas para curiosear las novedades, casi siempre de poesía. Entre ellas, recuerdo dos títulos, no precisamente poemarios, de cuya singularidad y pertinencia se hablaba a menudo entre los amigos y conocidos, en especial si eran del gremio educativo. El sentido del asombro (Encuentro, 2012), de la conservacionista estadounidense Rachel L. Carson, y Educar en el asombro (Plataforma Editorial, 2012), de la canadiense afincada en Barcelona Catherine L’Ecuyer. Volúmenes precedidos y seguidos por otros muchos alrededor del recurrente asunto del asombro. Desde distintas perspectivas y contextos, ambos libros proponían la admiración y curiosidad como síntesis de un método educativo que corresponde a los adultos custodiar y proponer desde la infancia. Eran, a su vez, años de un despliegue creciente de las redes sociales. Estas, horneadas en las canteras tecnológicas de la Bahía de San Francisco, habían irrumpido con vigor unos años atrás y no cesaban de desarrollarse a un ritmo vertiginoso. Dos ámbitos en frecuente disputa ya entonces que, casi una década más tarde, han colisionado de forma pública, dando pie a uno de los dilemas más candentes de nuestros días, si no fuera por el protagonismo hurtado por la pandemia. O quizás no tanto, porque el escenario coronavírico les ha otorgado mayor relevancia aún si cabe. Sea como fuere, la cuestión atañe, en buena medida, a la inteligencia artificial utilizada por estas redes y a su necesaria regulación/legislación. Tema seguramente merecedor de otra entrada de este Cuaderno, por lo que ahí lo dejaremos. No sin antes exponer cómo, en paralelo a este debate ―que no ha hecho más que empezar, pues en los próximos años contaremos con chismes gobernados por la Ciencia de Datos en casi todo―, no ha dejado de reivindicarse la necesidad de recuperar un modo de relacionarnos entre nosotros y con las cosas menos trepidante y atolondrado. Así, como consecuencia de este fenómeno, quiero pensar, sí, de acción y reacción, se ha desplegado toda una retórica que apunta maneras de neotrascendentalismo ―los que conozcan la obra de Emerson o Thoreau me siguen―, no por explicable, menos inquietante.

Solo unos años antes daba yo un libro a la imprenta, Los ojos de tu nombre (Huerga&Fierro, 2004), fuertemente marcado por una visión contemplativa de lo cotidiano y el entorno urbano, en una reivindicación sin ambages de la capacidad del lenguaje para salvar todo, hasta lo más precario y contaminado, en el centro de la vida y el poema. Era en parte una incipiente lección aprendida en Eliot ―por lo que respecta a los lenguajes «impuros»―, las vanguardias, Rafael Morales, y en tantos otros cuantos han redundado en esta actitud, pero, sobre todo, fiel al espíritu de un Claudio Rodríguez a quien por entonces leía con fruición y con una de cuyas citas abría el poemario: «Esa mirada que no tiene dueño», tan válida para sus austeros y hermosos campos castellanoleoneses como para toda la cachivachería interurbana y vial que poblaban las páginas de mi libro. Basten, a modo de ejemplo, estos versos del mismo:

«El camino es lento, y la mirada un hábito donde surgen coches y nubes de CO2 retando al ojo como el silencio reta al tiempo».

«El parpadeo de los árboles mueve el filo de las hojas, agitando polillas de sencillez entre las grietas del asfalto».

«Cuando un calor resquebrajado dialoga con el arco de tus deseos, y esas manos al volante, sedientas y al acecho, se festejan libres en una calzada alta que de completa ofende».

Toda una declaración de intenciones poéticas. También una denuncia, ahora lo veo, de las dicotomías que maniqueamente establecemos entre la realidad y lo humano. O, si se prefiere, una manera de rebelarse ante el hecho de que algo pueda quedarse al margen del grado de conocimiento superior que otorga una mirada amorosa sobre lo que existe. No en vano, esos versos venían motivados, en parte, porque aquellas carreteras eran el camino imprescindible para visitar a mi novia de entonces y mujer ahora. ¿Cómo no iban a despertarme recelo las perspectivas que niegan las manifestaciones trascendentes de las cosas, sean cuales sean estas? Porque uno entiende el asombro como el fruto de una postura de desasimiento y humildad ante lo que se encuentra. Como una insaciable curiosidad y gratitud, precedidas de la conmoción, por el mundo como un regalo que desentrañar cada día. Y la naturaleza como un signo privilegiado de esta relación entre el Universo y el hombre que de él es consciente.

En los últimos meses, con la familia en casa, los lustros de distancia respecto de aquel tiempo de enardecerme con el color del humo y la textura grisácea de las carreteras entonces frecuentadas y, por qué no decirlo, con esa sensación asentada en el cuerpo traída por la edad, según la cual pasamos de querer transformar lo real a simplemente desear que lo real no nos transforme, cada vez acudo más a la naturaleza para retomar una alegría y una sensación de libertad que me retrotrae a mi infancia de campo, sol y avispas a cualquier hora del verano. Que se hace nido en el alma hasta lo más recóndito, me purifica y aproxima hasta la altura, sentimiento agudizado también en esta situación sanitaria y económica que tanto nos encierra y aprieta.

Como tampoco ceso de rebuscar en esa otra chistera de mi experiencia donde me fue revelado que el verdadero reto es la mirada ante lo que tenemos enfrente, guiados por una tensión cuya perspectiva es el enamoramiento de cuanto nos encontramos. Sea cual sea su naturaleza, y hasta las mismas puertas del infierno si hiciera falta.

[EN PORTADA: Asombro, estupefacción, sorpresa, de Guillaume-Benjamin-Amant Duchenne, 1862]


Pablo Luque Pinilla (Madrid, 1971) es autor de los poemarios Cero (2014), SFO (2013) y Los ojos de tu nombre (2004), así como de la antología Avanti: poetas españoles de entresiglos XX-XXI (2009). Ha publicado poemas, críticas, estudios, artículos y entrevistas en diversos medios españoles y ediciones bilingües italianas y el poemario bilingüe inglés-español SFO: pictures and poetry about San Francisco en Tolsun Books (2019). Asimismo, fue el creador y director de la revista de poesía Ibi Oculus y junto a otros escritores fundó y dirigió la tertulia Esmirna. Participa de la poesía a través de encuentros y recitales, habiendo intervenido, entre otros, en el festival de poesía Amobologna, que organiza el Centro de Poesía Contemporánea de la Universidad de Bolonia; el festival poético hispano-irlandés The Well, que se celebra en Madrid; o el ciclo El Latido, que organizara el Instituto Cervantes de Roma.

2 comments on “El asombro

  1. Franca López Figueroa

    Precioso artículo. Me gusta como escribes, fondo y forma. Y hablas de amigos a los que he querido tanto!… Gracias

Responder a Franca López Figueroa Cancelar respuesta

A %d blogueros les gusta esto: