Últimas flores para Laura

Destino Ausencia

Agustín Vidaller prosigue sus «Últimas flores para Laura» con esta disertación sobre la siconáutica hacia la Ausencia convertida en un sexto continente; hacia el 'no estar' como una necesidad álgida.

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Reduzcamos el devenir a dos hitos: Creación divina y reordenación a manos del Hombre. A la primera se lo debemos todo —es decir, la maldita ley del más apto, el sexo y la violencia, la Covid—. A la segunda se le suele atribuir el espíritu de una racionalidad no exenta, en realidad, del naufragio de ciertas abstracciones. De ahí la desigual suerte, en términos de objetividad, de paralelos y meridianos terrestres. El paralelo 0º o Ecuador es tal en razón de su equidistancia de los polos o latitud 90º. El meridiano 0º, en cambio, se reduce a la capciosidad y el óxido de un imperio inevitablemente autocomplaciente amén de extinto. La longitud prima pasa por el Observatorio de Greenwich porque en 1884 se dilucidaban en la inmediatez de Westminster o Buckingham las directrices que hacían comprensible el mapa por el audaz expediente de teñir en rojo un amplio quinto de su superficie. Esto sin hablar del mar, cuya aparente inaprensibilidad no lo hacía menos británico. Mediante el exhaustivo estudio de los atropellos futuros, algún día nos pondremos en paz con aquellos otros del pasado.

Arbitrariamente, todo desde entonces —solo desde entonces— sucede al Este o al Oeste. Hacia la salida del Sol se ordena la mayor parte de África y Eurasia como escalas de un viaje al oro negro, las castas y las geomancias de Zang Kuo. Hacia su puesta esperan los desmentidos finisterres y, más allá, la tentación de un continente nunca domeñado por entero. Claudio Tolomeo, Al Idrisi y Mercator para que todo acabe en una demarcación hija de la política y no de la ciencia. Naturalmente, Colón, Magallanes y Elcano, Drake, el capitán Cook.

No veo, ahora mismo, otro remedio que hacer de Greenwich el punto de partida de todas las cosas, incluida nuestra siconáutica. Hablo del viaje mental: una mirada hacia Oriente y otra hacia Occidente sin trascender los bordes del lecho tras la siesta ibérica. Producto de la casualidad, ambos hemisferios confluyen en un solar monegrino y una biblioteca ora anestésica, ora pretenciosa. No hay muchas más necesidades a los cincuenta años, esa súbita, inefable tregua del instinto. Ya no aspiro a comprender el Mundo, sino a que éste me comprenda a mí —a que comprenda mi sintaxis, mi inmovilidad.

Nunca somos los primeros en nada. Quiero decir que ya hubo un Newton o un Gagarin en el siglo XXX a. de C. En lo que me atañe, han sido multitud aquellas gentes del ocio que largamente se han tumbado entre cuatro paredes sin más propósito que la ensoñación. La pipa de opio ha estado presente o no. El único objeto imprescindible ha sido esa escandalosa amoralidad que nos aleja del hombre de acción. Seguir soñando despierto a partir de los quince años mancilla la virtualidad del sujeto como soldado o, peor aún, como corredor de bolsa. El teletrabajo y aun la robotización no nos han eximido por ahora de una mayoría de edad de exigencias dramáticamente prácticas, sobre todo si queremos prever una posible rebelión de las máquinas. Dejarse llevar por el ensueño, por tanto, sólo es legítimo a esa críptica edad en la que todavía nos va edificando el seno materno, antes de que la tradición nos compela a labrarnos un futuro a sangre y fuego. A la desviación de tan magna norma debemos el Arte, desde que algún irresponsable se humectase las palmas de ocre para inscribir su huella, su inútil huella, sobre la pared de cierta caverna.

Hablábamos del siconauta. Anticuadas lecturas de Emilio Salgari para introducir un mar solo avistado a los once años. Alguna biografía popular de T. E. Lawrence para duplicar el secano aragonés introduciendo la descripción de Arabia. El autor predilecto de Hitler era Karl May. Dentro de nuestro atlas privado todos precisamos de una brújula. Es usual que con el tiempo ésta se torne no más precisa pero sí más compleja: de repente, el Este quiere decir Borges, Rimbaud. Ya nada es lo mismo para aquel a quien la experiencia, lejos de proyectarlo a las hazañas y las recompensas del día a día, reclúyelo en los escondites de la Antivida. No hay siconauta que se precie cuyos sueños no se hayan tornado especialmente oscuros de la noche al día. Hay espejos que no se rompen. Otros aparecen con una vaga fisura que los predispone a la pulverización. Atendiendo al grado de atomización del cristal, la consecuencia es no verse más —es decir, morir para el público— o, quizá aún peor, ver preservados ciertos fragmentos, los cuales dan la medida del monstruo. Parapléjico en un mundo de requerimientos atléticos, el soñador o golem entiende con un sobresalto que la imaginación ha devenido la única patria posible. Hay un rechinar de dientes, hay una primera incursión en los parajes del insomnio. Mas poco a poco el confinamiento se explicita, los nuevos países reciben un nombre. Los mundos privados son al hombre lo que ciertas profundidades de la Creación son a un dios borracho.

Puede haber un fruto o no en estos renglones torcidos. Tornada en amena la contemplación que primero nos sobrecogía, cabe la esperanza, no por terapéutica menos meliflua: ¿será cierto que el cubismo del espejo roto es adecuado cuando se pretende representar al Mundo y su Progreso? No hay, a fin de cuentas, savia a la que no anteceda la corrupción de los alimentos terrestres. Los mejores frutos nacen de abonos sorprendentes.

No esperéis, empero, las geografías que memorizasteis un día sin ningún espíritu crítico. El siconauta solo contempla el mapamundi de noche. La oscuridad favorece la aparición de atlántidas o continentes de Mu cuyo rastro se desvanece con la primera luz para no enturbiar el día de los que han dormido. Un estudio atento —siempre nocturno— de estas ínsulas revela la aparente veracidad de los cabos y los golfos, de las corrientes y los vientos predominantes. No hay islas imán que atraigan hacia sí las naos, no hay leviatanes ni sirenas fatídicas. Sin embargo, todo buen marino sabe que el primer enemigo de su oficio es el romanticismo. Los estrechos que salva o las razas que visita son una cotidianeidad cuyo sentido de lo rutinario sólo es aliviado por el amor al pan de cada día. Los genios del exotismo saben de planisferios, pero lo que resguarda al buque del naufragio es el más prosaico portulano trazado por pilotos de carácter abrumadoramente práctico. Los mapas y las etnografías de la imaginación pueden guardar fidelidad, pero no saben de la sal ni de los vientos que llevan al otro lado del Mundo. Diríase que la cartografía de los sueños solamente halla una expansión tolerable en la cara oculta de la Luna.

Tal no es nuevo. Ya hace mucho los pueblos que se agrupan en torno al meridiano 0º —la latitud 40º N es el límite meridional de esta élite— poblaron las coordenadas de lo bárbaro gracias a estas degeneraciones visuales. De Ctesias a Mandeville todos los seudoviajeros hablaron de lo deforme en lo distante. Marco Polo, para quien también se dieron tribus de acéfalos y catudeos, nunca viajó sino a través de un acervo manido. Más tarde la Modernidad y sus secuelas tornaron en obsoleto dicho folklore, pero se trataba de una revolución menos moral que matemática. Nuevos cómputos para hombres con la misma y perenne necesidad de no saberlo todo todavía, es decir, de imaginar. Hoy es todavía posible cerrar los ojos y desinformarse lo bastante como para, al amparo de nuestro eurocentrismo, regresar al ciclo en que el Mundo era ancho y ajeno. Los cronistas de Indias, Richard Hakluyt, Samuel Purchas, Herbelot, Athanasius Kircher. Antes de 1700 ya se había llegado a esa media luz suficiente donde lo factible, lejos de aminorar lo deseable, proveíale de un más amplio esquema. A fin de cuentas, los siguientes trescientos años están lejos de satisfacer a impertinentes como Edward W. Said. En sus últimos empeños por seguir preponderando, la luz de Occidente sigue siendo traslúcida cuando se intenta ver más allá de los alisios o los monzones. La Aldea Global por tanto todavía resulta sugerente —por travestible— mientras que el fenómeno extraterrestre, la nueva frontera, todavía no reviste la urgencia suficiente como para monopolizar la siconáutica.

Se ha dicho todo esto pero aún queda que abordar el epicentro de las cosas. Hablaré del fundamento último de la siconáutica. Me refiero a la necesidad álgida del no estar. Todos hemos experimentado la pasajera circunstancia de estar en otra parte. De otro modo no habría colisiones en las carreteras ni disfóricas embriagueces en nuestro sabbat. Todos arrastramos la falibilidad incidental del niño a quien no hemos matado del todo. Gracias a medios legales o no todos hemos accedido a ciertos adelantos del Paraíso en los que por unas horas hemos sido desordenados dioses. La evasión y la euforia de la fiesta son necesarias a los engranajes del homo faber. Sin la sutilidad de éstas no existiría el señuelo al que tender. Pero hay siempre un poco más. La dudosa élite de los soñadores a ultranza se caracteriza en última instancia por hacer de la no tan lúdica huida la forma exclusiva de su devenir. Estar en un sitio implica las responsabilidades y los lazos que nos hacen nación o hinchada. El no estar, mientras tanto, significa en sus estadios avanzados un autismo sin raíz. Todavía se sabe que se está: ahí tenemos el alimento en el que solazarnos, el café y el tabaco de que abusar, el canapé en donde andamiar el cuerpo. El ruedo que la mano traza en el aire camino de esas cosas conlleva un aquí y ahora en rozamiento con aquello que la suerte nos ha deparado —somos españoles, somos blancos, etc. — y nuestro estómago es hijo de estos días en que el hambre ha sido pospuesta en Europa. Este sentido de la objetividad, no obstante, no es ni siquiera la mitad del todo, pues en los capítulos de la antivida todo sentido del estar se ve desbordado por el otro mucho más agudo de no estar.

Es la vieja definición mediante los opuestos. Lo luminoso frente a la sombra, Apolo contra Dionisio, los tres excluyentes credos del Libro. Nadamos en el Mediterráneo porque no lo hacemos en el Océano Índico, de ahí la tan occidental necesidad del Índico, con sus precisos monzones y sus marineros políglotas. Pero el siconauta empedernido altera esa regla de la oposición. Él ha optado por su contradicción, básicamente él no está ya, sin que otra nominación haya ocupado el vacío dejado en su punto de partida. De ahí que cualquier llegada a alguna parte sea la de un fantasma caminando sobre las aguas o sobre las brasas. Nadie que no tenga un peso sobre el barro o la ceniza será tenido nunca por uno más en las simpatías de la Tierra. Ya he hablado del espejo roto. Un viaje en el clima no enmienda el indeseable reflejo que originó el deseo de huir. Tratamos pues no tanto de traslados sino de extinciones. Solo a un país se accede quizás, a saber: esa región cuya inefabilidad apenas deja lugar a la descripción de lo externo, de lo último, de lo vacío en sí con todos sus vértigos. Allan Poe hizo bien al otorgar una sustancia lechosa al Antártico de Gordon Pym aunque, significativamente, no se atrevió a dibujarnos la catarata final. A ese país del que estoy hablando, finalmente, yo lo llamaré Ausencia.

(No describiré Ausencia. Ya en otro sitio he hablado del urgente cambio de paradigma que nuestras letras precisan. La siguiente generación de computadoras nos sustituirá, haciendo posible la definición de lo infernal, más allá de Dante).

Inverosímilmente, hay quien ha regresado de allí. Volviendo al mundo de lo constatable, los historiadores de la exploración distinguen entre los descubridores que navegaron contra el viento y los que lo hicieron con éste a su favor. Los primeros, dígase los normandos o los polinesios, se reservaron la carta del regreso gracias a los mismos elementos que obraban en su contra durante el viaje de ida. Los segundos, léase Hípalo o más audazmente Colón, se armaron con la fe de una costa segura al final de su viaje o de sus provisiones, pues era la vuelta lo que el mar dificultaba. De estas prevenciones o de estas osadías se proveen quienes frecuentan Ausencia. Una juventud sin la rémora de la responsabilidad o el miedo a la experiencia suele apoyarse en la borrasca de nuestra fantástica colección sicodélica. Una madurez avisada, al contrario, acaba refugiándose en la contracorriente del no más pequeño acopio de la neurolepsia. Los mismos boticarios o alquimistas que alentaron las velas en un tiempo nos proveen ahora de los pararremedios de la prudencia. Entre una y otra alternativa, alguna atención a nuestros pabellones siquiátricos da la medida del paisaje actual. De nuevo hay que hablar de los cristales que se agrietan. Ante tal avalancha se hace necesario redefinir la idea de cementerio. El entierro del cuerpo implica la huida del alma hacia otros reinos de la pertenencia, mas ¿qué habrá que hacer cuando es esta última la que se ha disuelto? Esa mirada que miráis pero no os mira, ese hilo de baba barbilla abajo que ya nadie tiene tiempo de secar ante el aluvión de muertos vivientes. He ahí la imagen cierta de quienes definitivamente han hecho de Ausencia un sexto continente. Finis.

El sentido de lo subjetivizante introducido por esta anécdota no hace sino llevarnos a la suposición de futuras enmiendas a nuestra cosmovisión. Existen ciertamente otras longitudes de las que partir y a las que volver. Las coordenadas aducidas por Claudio Tolomeo para su Geografía se ordenan a partir del meridiano que atraviesa las Islas Afortunadas, las cuales eran para Marino de Tiro el límite occidental de la tierra habitable. A caballo de estos relativismos, no sería sorprendente que, algún día, considerando los datos actuales, la longitud 0º no pasase sino sobre la capital del viejo Reino del Medio. Verosímilmente Beijing espera ese momento entre las seguridades de un imperialismo sigiloso. Será entonces cuando el Faro de Occidente se convierta en un pueblerino 120º Oeste. En lo que concierne a la siconáutica, serán ésos unos tiempos controvertidos o ambiguos. Estaremos en la periferia; quizá no estemos en absoluto.

[EN PORTADA: Cuerpo arqueado, de Istvan Sandorfi]


Agustín Vidaller (Pomar de Cinca [Aragón], 1967) es escritor, autor, hasta la fecha, de tres libros publicados por Trea: Costas perfumadas (2005), Oasis: una odisea negra (2017) y el libro de relatos Exotique (2020).

2 comments on “Destino Ausencia

  1. La difícil dicción me llama la atención. Me interesa la reflexión sobre la ausencia – la ausencia tan presente hoy en el espacio cibernético. Muros de ausentes, no redes sociales. Buen texto! Gracias.

  2. Pingback: Destino Ausencia – Sarraute Educación

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