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La locura de la multitud

Hace una década, se alababa Internet por potenciar una multitud inteligente y colaborativa. En la actualidad, se lo culpa de desatar turbas estúpidas y malvadas. ¿Qué ha ocurrido? Un artículo de 2016 de Tim Hwang que no ha perdido vigencia, sino que la ha ganado.

/ por Tim Hwang /

Cuando la Administración Trump agota sus primeros cien días, las elecciones de 2016 y su inesperado resultado siguen constituyendo un tema central en la discusión periodística, de los investigadores y del público en general. Es notorio hasta qué punto la victoria de Trump ha impulsado una amplia ponderación de los defectos del ecosistema mediático moderno. Ya se trate de las fake news, de la influencia de los filtros burbuja o del surgimiento online de la alt-right, Internet es presentado como un villano familiar que habilita y potencia visiones extremistas y genera una sociedad posfactual.

No es la primera vez que Internet juega un papel capital en una victoria presidencial. El pesimismo colectivo de los analistas de izquierda sobre las fuerzas tecnológicas que impulsaron la victoria de Trump en 2016 es una imagen especular del colectivo entusiasmo acerca de las fuerzas tecnológicas que impulsaron la victoria de Obama en 2008. Como expresaba de manera sencilla en aquel entonces Arianna Huffington, «si no fuera por Internet, Barack Obama no habría sido nominado». Pero mientras que Obama fue visto como una señal de que el nuevo ecosistema mediático creado por Internet funcionaba a la perfección (un analista lo elogiaba como «un medio perfecto para movimientos políticos de base genuinos»), la victoria de Trump es adjudicada a un ecosistema mediático profundamente fallido. Podríamos, simplemente, atribuir estos relatos al partidismo, pero ello supondría ignorar toda una constelación de otros hechos que deberían generar una preocupación real con respecto a las debilidades de la esfera pública provocadas por el Internet contemporáneo.

La multitud inteligente

Las elecciones de Obama y Trump podrían tomarse como el marco cronológico de una historia del impacto de Internet en la sociedad. ¿Cómo evaluar los casi diez años transcurridos entre 2008 y 2016? ¿Cómo entender lo sucedido en Internet durante este tiempo y el efecto dominó que ha desencadenado en la esfera pública? La historia podría contarse mencionando inversiones, empresas y adquisiciones y entretejiendo los mundos de la tecnología y los medios, pero hacerlo podría suponer dejar de ver el bosque por ver los árboles. Perderíamos de vista la ideología que viene incrustada en el código y una historia más profunda de las aspiraciones de Internet al final de la primera década del siglo XXI.

Una cuestión capital es la centralidad de la sabiduría de la multitud en el firmamento intelectual de la Web 2.0, esto es, la idea de que la vasta libertad de comunicación que Internet faculta tiende a producir resultados beneficiosos para la sociedad. Esta posición celebraba la generación de contenido por los usuarios, alentaba las plataformas de participación colectiva y abogaba por la apertura de los datos. Inspirados por el éxito de proyectos como el sistema operativo de código abierto Linux y la explosión de plataformas como Wikipedia, una generación de analistas de Internet defendió durante la década del 2000 los beneficios de la resolución de problemas mediante la colaboración abierta distribuida o crowdsourcing. Anthony D. Williams y Don Tapscott promocionaban en Wikinomics: la nueva economía de las multitudes inteligentes (2006) el potencial económico de la multitud, Clay Shirky destacaba en Here comes everybody: the power of organizing without organizations (2008) la capacidad para el cambio social que detectaba en los sistemas abiertos impulsados por contribuciones voluntarias, y Yochai Benkler postulaba en La riqueza de las redes: cómo la producción social transforma los mercados y la libertad (2006) una forma cooperativa de producción socioeconómica posibilitada por la estructura de la open web, a la que llamaba producción colaborativa basada en productos comunes (commons-based peer production). Tales ideas inspiraron movimientos como Gov 2.0 y proyectos como la Fundación Sunlight, que buscaban publicar datos gubernamentales con el fin de reducir la corrupción y permitir la creación de nuevos servicios valiosos por parte de terceros. También inspiraron un abanico de proyectos de periodismo ciudadano, potenciando un nuevo cuarto estado.

La fe en la inteligencia colectiva de la multitud no carecía de detractores. Autores contemporáneos como Andrew Keen despotricaban contra el menguante papel de los expertos en The cult of the amateur (2007); Jaron Lanier advertía sobre el reemplazo de la inteligencia individual por el juicio de las muchedumbres y los algoritmos en Contra el rebaño digital: un manifiesto (2010); Eli Pariser expresaba su miedo acerca del efecto aislador de los sistemas de recomendación y la creación de monoculturas informativas en El filtro burbuja: cómo la web decide lo que leemos y lo que pensamos (2011); Evgeny Morozov atacaba la idea de Internet como fuerza democratizadora en El desengaño de Internet: los mitos de la libertad en la red (2012). Sin embargo, a pesar de estas críticas, la creencia en la sabiduría de la multitud enmarcó el diseño de toda una generación de plataformas sociales. Digg y Reddit —ambas las cuales ofrecían un sistema de upvotes y downvotes para convertir enlaces— hacían aflorar las mejores cosas de la web; las clasificaciones de Amazon ayudaban a los consumidores a ordenar un inventario extenso de productos a fin de seleccionar el mejor; proliferaban las wikis como medios de coordinación y colaboración para una vasta gama de tareas; Anonymous representaba un modelo a veces aterrador, pero en cualquier caso generador de participación política distribuida; Twitter —fundado en 2006— era celebrado como una fuerza democratizadora, facilitadora de la protesta y la rendición de cuentas por parte del Gobierno.

El fracaso de la inteligencia

Las plataformas inspiradas por la sabiduría de la multitud constituyeron un experimento; una comprobación de la hipótesis de que grandes grupos de gente podían autoorganizarse, producir conocimiento de manera efectiva y, en última instancia, alcanzar resultados positivos. En los últimos años, sin embargo, una serie de supuestos subyacentes ha ido siendo cuestionada a medida que tales plataformas iban produciendo resultados cada vez más opuestos a lo que sus diseñadores tenían en mente. Con el beneficio de la perspectiva, podemos empezar a diagnosticar el porqué. En concreto, ha habido cuatro grandes divergencias entre las predicciones optimistas de la sabiduría de la multitud sobre cómo la gente se desenvolvería online y cómo se ha comportado realmente.

En primer lugar, la sabiduría de la multitud presume que cada miembro de la misma tamizará la información que recibe y hará observaciones y contribuciones independientes; y que, si no es así, al menos lo será para una mayoría; que un mercado competitivo de ideas arrojará el resultado mejor. Semejante suposición subestimaba tremendamente la velocidad a la que un flujo de datos se vuelve avasallador y la demanda resultante de intermediación por parte de los usuarios. Se engañaba asimismo acerca de cómo las plataformas resolverían esto: abandonando los moderadores humanos en beneficio de sistemas automatizados de clasificación, tales como el del suministro de noticias de Facebook. Ello ha trasladado la potestad de la toma de decisiones de la multitud a los controladores de la plataforma y ha distorsionado consiguientemente el libre juego de la contribución y la colaboración, que era un ingrediente crucial para que la inteligencia colectiva funcionase.

En segundo lugar, la inteligencia colectiva requiere de la suma de muchas observaciones individuales, y, a tal fin, da por sentada la existencia de una pluralidad suficiente de puntos de vista. Sin embargo, las plataformas abiertas no han generado ni cultivado activamente este tipo de diversidad. Se han conducido, en cambio, de manera pasiva, confiada en la aparente disponibilidad de estas herramientas para todos. Pero hay muchos factores que contribuyen a generar sesgos en la participación. Uno de ellos es la disparidad de habilidades en el uso de la web entre los diferentes sectores demográficos de la sociedad. Otro es el poder de la homofilia: la tendencia de los usuarios a agruparse en función de gustos comunes y afinidades idiomáticas y geográficas, cuestión esta tratada espléndidamente por Ethan Zuckerman en su Digital cosmopolitans (2014). Por último, el acoso o el linchamiento digitales han demostrado ser medios efectivos de acallar a colectivos específicos —a menudo ya vulnerables— en el seno de estas plataformas.

En tercer lugar, la inteligencia colectiva presume que la información incorrecta será descartada sistemáticamente al entrar en conflicto con el grueso de observaciones efectuadas por otros. La práctica ha ido por derroteros diametralmente opuestos: compartir información ha terminado siendo mucho más fácil que justipreciar su exactitud. Los bulos se propagan fácilmente entre la multitud y van desde las creencias médicas falsas hasta las teorías de la conspiración, pasando por falsificaciones de fallecimientos de celebridades o los titulares clickbait. Las multitudes también han llegado a resultados incorrectos más frecuentemente de lo esperado, como sucedió con la identificación errónea, en Reddit, de los culpables del atentado de la Maratón de Boston. El descarte de la información errónea, un filtro que parecía suficientemente robusto en casos como el de Wikipedia, no era aplicado por la multitud de manera efectiva en otros contextos.

En cuarto lugar, se suponía que la inteligencia colectiva era un vehículo para el cambio social positivo porque una participación amplia haría que las malas prácticas resultasen más difíciles de ocultar. Aunque este último punto resultó ser posiblemente cierto, la transparencia por sí sola no ha sido sin embargo el poderoso desinfectante que se creía. La capacidad de capturar la violencia policial con los smartphones no redundó en un incremento de las condenas o cambios en los principios subyacentes a la aplicación de la ley; las revelaciones de Edward Snowden no produjeron una reforma sustancial de la vigilancia en Estados Unidos; la filtración de la grabación de Donald Trump haciendo comentarios machistas en Access Hollywood no afectó al empuje del propio Trump en las elecciones de 2016, etcétera. Como advertía Aaron Swartz en 2009, «la realidad no vive en las bases de datos».

En definitiva, las altas esperanzas en materia de generación de inteligencia colectiva que habían animado a toda una generación de plataformas online se revelaron mucho más estrechas y limitadas en la práctica. La sabiduría de la multitud resultó ser susceptible de influencia por parte de los algoritmos de recomendación, las añagazas de participantes maliciosos, los sesgos inherentes a los usuarios y la fortaleza de las instituciones existentes, entre otros factores. El ecosistema resultante parece tremendamente fuera de control. La promesa de una búsqueda colectiva de la verdad ha dado paso al lúgubre ecosistema de las fake news. La promesa de una amplia cultura participativa dio paso al desencadenamiento de campañas de acoso y a la generación de comunidades atomizadas y herméticas. La promesa de una mayor rendición de cuentas públicas lo dio a oleadas de indignación con escasa efectividad real. Trump 2016 y Obama 2008 son reflejos especulares; las ventajas de una era provocando los fiascos de la siguiente.

Rearmar la Web

Y ahora, ¿qué? ¿Se ha perdido para siempre un momento único; está el ecosistema cibernético actualmente blindado contra un retorno de formas más abiertas, participativas y colaborativas? ¿Qué control de daños se puede hacer en nuestros sistemas actuales?

Puede ser tentador alinearse con los críticos que vienen clamando desde hace tiempo que las suposiciones de la inteligencia colectiva eran ingenuas desde sus mismos inicios, pero ello significaría ignorar los muchos cambios positivos que estas plataformas han posibilitado pese a todo: de hecho, el éxito asombroso de proyectos como Wikipedia refuta la idea de que la sabiduría de la multitud era un concepto radicalmente equivocado aun cuando la imagen idealizada de dicho proyecto también se haya vuelto más matizada con el tiempo. También significaría obviar las complejas transformaciones que Internet ha experimentado en los últimos años. Por una parte, el diseño de la Red ha cambiado sustancialmente, y no siempre de maneras que hayan nutrido el florecimiento de la sabiduría de la multitud. Anil Dash elogiaba en 2012 «la web que perdimos», afeando a la industria haber «abandonado valores centrales que eran fundamentales para el mundo web» en su búsqueda de réditos financieros abultados. David Weinberger ha caracterizado este proceso como la «pavimentación» de la web; la desaparición de los valores de apertura arraigados en la propia arquitectura de Internet. Esto es, al mismo tiempo, una cuestión de código y de normas: tanto Weinberger como Dash miran con preocupación el surgimiento de una nueva generación no impregnada de los valores y prácticas de la red abierta.

Los críticos de la sabiduría de la multitud también ignoran la sofisticación creciente de los interesados en socavar o manipular la discusión online. Ya se trate del desarrollo, en Rusia, de un complejo aparato estatal de manipulación online o del troleo organizado emprendido por activistas de ultraderecha, la última decada ha presenciado una coordinación cada vez más efectiva del engaño a la multitud. Podemos apreciar la dimensión de este cambio en la ingenuidad con que se abren consultas para recabar opiniones en Internet o se deja a su libre albedrío a bots que se perfeccionan a sí mismos mediante el minado de conversaciones de Twitter. El entorno online es hoy hostil como no lo era antes; inhibe ciertos medios de creación y colaboración como no los inhibía con anterioridad.

La concepción de la sabiduría de la multitud era ingenua en la medida en que lo era la propia multitud, y lo era porque se figuraba que Internet constituía un reactor espontáneo de cierta forma de comportamiento colectivo. Confundía lo que debía haber sido un objetivo, un programa en curso para el diseño de la web, con la realidad palmaria de las cosas. Suponía que los usuarios disponían del tiempo y la instrucción necesarios para contribuir a, y evaluar, los acúmulos de información. Fabulaba un nivel de diversidad de clase, raza y género en la discusión online que sólo ha existido en determinados contextos. Conjeturaba que la lisa y llana revelación de hechos produciría un cambio social. En resumen, la sabiduría de la multitud no describía dónde nos hallábamos, sino que pintaba la estampa de hacia dónde deberíamos haber ido. Cumplir esas aspiraciones fallidas requeriría de tres cosas importantes por parte de las plataformas:

  • Proteger activamente la producción de conocimiento por parte de la multitud. La visibilidad de la toma de decisiones colectiva y el drama de la acción masiva online forjan una ilusión de fortaleza que escamotea que, en realidad, la aleación de código y comunidad que alumbra una inteligencia colectiva es un haz frágil y esquivo de dinámicas humanas. En lugar de asumir su inevitabilidad, deberíamos construir sistemas, ya impulsados por el ser humano, ya autónomos, que protejan y cultiven estos procesos de manera robusta en el duro entorno de la web.
  • No limitarse al código. Que la sabiduría de la multitud sea capaz de producir un cambio social pasa por abrir caminos para la acción offline que desafíen efectivamente las malas prácticas; que alcance resultados adecuados requiere cuerpos más inclusivos y diversos de participantes. En ambos casos, se nos habla de una agenda política que no se realizará simplemente diseñando herramientas y poniéndolas en abierto, a la disposición del público.
  • Experimentar en los márgenes. Aunque dependemos en gran medida de unas pocas plataformas clave, Internet sigue siendo un espacio vasto. Dichas plataformas surgieron a partir de la experimentación en los márgenes. Producir una nueva generación de plataformas robustas requiere de una mayor experimentación; de una proliferación y una amplia exploración de espacios alternativos para que la reunión online de las masas.

La pregunta de si Internet marcha hoy por los mismos caminos gastados de todas las infraestructuras comunicativas o representa algo auténticamente nuevo permanece abierta, pero asumir la situación actual como inevitable peca de un pesimismo fatalista que sólo agrava aún más los problemas provocados por el optimismo, también él determinista, de la última década. La concepción de participación colectiva que va aparejada a la de la sabiduría de la multitud descansa sobre la creencia en el potencial único de la web y lo que podría lograrse. Por más que la tecnología siga evolucionando, dicha visión —y una defensa renovada de la misma— debe ser nuestra guía a lo largo del próximo decenio.

Traducción de Pablo Batalla Cueto de un artículo publicado originalmente, con el título «The madness of the crowd», en la revista Logic el 15 de marzo de 2017


Tim Hwang es un escritor e investigador estadounidense, oriundo de San Francisco. Es autor de Subprime attention crisis, un libro sobre la burbuja de la publicidad online. Actualmente, es miembro investigador del Center for Security and Emerging Technology (CSET) de la Universidad de Georgetown.

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