Entrevistas

Entrevista a Pureza Canelo

Ada Soriano entrevista a la poetisa extremeña Pureza Canelo, que publica 'Palabra Naturaleza'. «A la creación no le interesa marcar ruta, dejaría de ser», asevera la autora.

/ una entrevista de Ada Soriano /

Pureza Canelo: «A la creación no le interesa marcar ruta, dejaría de ser»

Impone Palabra Naturaleza (Fundación Ortega Muñoz, Badajoz, 2020), de Pureza Canelo (Moraleja [Cáceres], 1946). Impone esta antología dirigida por Jordi Doce y Álvaro Valverde en la colección Voces sin tiempo, este proceso poético unitario y continuo. Sobre todo la manera en que Pureza se entrega a la poesía.

Ocurre que cuando leo alta poesía no solo me emociono, sino que me conmociono. Siento un cosquilleo, un desfile de hormigas ascendiendo. Percibo la danza de la naturaleza. Veo al ser humano formando parte de ese baile y escucho los sonidos terrenales y aéreos. Sí, porque la escritura de nuestra autora es una verdadera coreografía poética que nace de un deseo real e inevitable y se logra sin imposturas ni añadidos superfluos: «La solidez de troncos mantenía la cautela del tiempo para no desaparecer el ajetreo de nidos de aves y humanos bajo el cielo».

La creación de Pureza Canelo, una de las voces prominentes de la poesía hispánica, impresiona desde sus inicios. Sobrecoge la racionalidad y la belleza de las imágenes, la energía de la música y un lenguaje impecable y rotundo, sin concesiones. Esta mujer dice lo necesario, y dice mucho: «Hasta que un día dormí/ con mis brazos/ definitivamente abiertos/ para decir mis cosas/ en el poema que llevaba/ a flor de esta boca caliente».

Por último quiero aclarar que cuando ya tenía completada la entrevista tuve conocimiento de la publicación de un nuevo libro de Pureza Canelo, Poemas y otros nidos, a cargo de la Editora Regional de Extremadura. Se trata de una antología que recoge una selección de sus poemas y algunas de sus pinturas.

Pureza Canelo

Pureza, empezaste pronto a escribir, «bajando más veces la escalera que el sol la mirada».

Sí, fue en plena adolescencia. Ese verso que traes estará en su contexto, no sabría interpretarlo de pronto, o sí, es uno más encabalgado en el instante de la palabra. Igual que la escritura, me atraían el cine y la pintura. Luego, los interrogantes de vivir y despertar al mundo me llevaron de pleno a la creación poética.

También publicaste temprano, ya que en 1970 obtuviste el Premio Adonais. No era habitual, en los años setenta, que concediesen tal distinción a una mujer.

El Adonais en 1970 era acariciado por todos, significaba la apuesta por una voz joven inédita de la poesía española e hispanoamericana, ya que la edad máxima para optar a él era treinta y cinco años. Un premio desde 1943 concedido tradicionalmente a poetas masculinos, la primera en obtenerlo fue María Elvira Lacaci en 1956. Yo inicié los setenta, ahora se cumplen cincuenta años de aquella aventura. Tenía veintitrés años recién cumplidos y todo aquello fue un desconcierto para mí, porque no me gustaba saltar a los medios, ni compaginaba la intimidad de la creación poética con lo circundante que me colocaban como centro de la novedad. Sufrí lo indecible, pero fue una buena lección: desde entonces, he separado mi vocación de los exteriores, de los grupos y modas. Además, como dice Jaime Siles, los poetas del setenta estábamos pegados a la literatura y no al poder, lo que algunos hemos seguido a rajatabla. Hay una asignatura pendiente: estudiar y poner en claro lo que ocurrió con los poetas del setenta y su andadura, donde hay individualidades extraordinarias dispersas sin estar antologadas.

Naciste en una ciudad que colinda con Portugal, en la Raya. ¿El poeta sabe más de sí mismo cuando se siente cerca de quien respira al otro lado?

Soy de un pueblo llamado Moraleja que está al norte de la provincia de Cáceres y a unos kilómetros de Portugal. He vivido simultáneamente en un ámbito rural pleno y Madrid. El poeta sabe y no sabe de sí mismo; está en aprendizaje constante, como su asombro de existir, pero no puede andar definiendo: son aproximaciones que se entrecruzan en el misterio del hacer, sí, en el misterio y la ceguera de la escritura creadora. En ese campo extraño de expectación y sobrevivencia, tienes que buscar el aliciente de la autoexigencia y no ir a la literatura previsible. Las rayas, los pueblos, los límites, no pertenecen al espacio de la escritura poética.

Hablando de límites. Tú has practicado un género fronterizo, el poema en prosa, que, siendo tan fecundo, todavía sigue generando dudas entre algunos lectores de poesía.

A contramoda, y tal vez desafiante o por instinto, en 1986 publiqué Tendido verso, cuyo título buscaba romper la etiqueta manida de verso en prosa, prosa poética y demás cantares. En aquellos años era mínima la poesía que se hacía sin sangrar el verso; luego se puso de moda, y a oleadas y con contados aciertos. Los que duden de este asunto que vayan a Juan Ramón, el gran metamorfoseador del siglo XX en ese batallar. Si el tema sigue causando sospechas, es porque no se conoce la materia. El hacedor y el lector cómplice sí, no se ponen a hacer figuritas retóricas en qué es prosa, qué es verso, qué es qué. La pregunta, afortunadamente, es incontestable, porque no se trata de embalsamar la creación.

Me ha impresionado Palabra Naturaleza. ¿Cómo y por qué surgió esta antología, este latido?

Fue un libro de encargo en el sentido más preciado del término, por Jordi Doce y Álvaro Valverde, tanto monta, directores de la colección Voces sin tiempo, muy bien editada y exigente en la nómina de autores, de la Fundación Ortega Muñoz. Sería un poemario que hiciera referencia a la naturaleza sin especificar asuntos comunes ni acotamientos, había libertad total en la entrega. Me dije: puedo reunir una serie de poemas yuxtapuestos, es decir, naturaleza como cosmos y palabra materia de compañía, y me lancé. Esta temática es fundamental en mi poesía, pero no era fácil, porque me planteé, como acostumbro, hacer obra nueva, y tuve que revisar todo lo publicado desde el primer libro. Así seleccioné el conjunto citando la procedencia como muestra de una trayectoria fiel a una poética, intencionadamente ajena al pajarito, fuente, árbol, nubecilla…, aunque también puedan asomarse con naturalidad, pero sin invitar a panorámica de postal. Era la ocasión para ofrecer metalenguaje y naturaleza mirándose ambas de reojo y yo en la contienda; de ahí que la composición de este libro la considere obra nueva, inédita, que conjuga los poemas desde el hoy, no de memoria ni en off.

Dices en «Aproximación impura», texto lírico en el que abres la puerta de tu universo poético, que «a la creación no le interesa marcar ruta, dejaría de ser».

En esa experiencia de asalto a la idea, a la verdad, y a la belleza, ha consistido mi vida de hacedora, con el añadido de una autocrítica feroz. Sí, todo está escrito ya bajo los cielos, pero hay que buscar cómo se dice, cómo abordas el magma del lenguaje, cómo lo profundo intenta hacerse claro. Todo eso, en la sintaxis, no debe marcar sin más una ruta literaria ni hacer lupa descriptiva: matas al verso, hay que crear. La palabra es un fluir de materia y misterio, abordarlo es mi pasión. La expresión, el contenido, los ritmos, el desenvolvimiento del verso a veces se asfixia ante la corrección sintáctica, y me niego en tantas ocasiones. Entonces, ¿quién manda en creación? El manantial de un instinto que puede derramarse, y luego vendrá la revisión y la inteligencia poética a poner orden, si eso es posible.

¿Qué se puede hacer ante «la pesadumbre que ofrece dictar en el alma»?

Es un verso que ocuparía su lugar cuando nació, si alguien se fija en él será suficiente. Lo que puedo interpretar ahora: el espíritu se cansa de soportar el pensamiento inductor de algo y en la andadura que persevera viene un desplome para empezar de nuevo. Es más un asunto de mística que de Sísifo. Esa es la maravilla y la dificultad de la poesía: estar aquí, allí, o nunca, pero nos arrastra a sentirnos vivos. En su día tuve fama de eficiente gestora en empresas culturales. Pues bien, todo eso es un chiste comparado con mi entrega a la palabra.

¿Acecha la poesía en «la ausencia de hierros y colores inventados»?

Los versos que nacieron luego los podrá o no fagocitar su propia naturaleza, el tiempo, el lector, el nadie, el universo que ellos mismos arrastran. Por eso crear es un acto de fe, repetido tantas veces. El poeta no entiende de retener lo que tuvo; le interesa lo por descubrir, la opción desconocida es la que manda y debe esperar el acontecimiento. Ojo, no es eso de la llamada inspiración, sino la perseverancia, que es la gran avizora. En mi caso, cada libro supone un salto sin red: sólo así se persigue la evolución orgánica de una poesía, aunque sea de índole menor. Hay que evitar los dientes de sierra en las sucesivas publicaciones.

Leo «Árboles, árboles», de tu libro Tendido verso. Dices que Granada es el agua. ¿Por qué esa ciudad y no otra es para ti la metáfora del agua?

Este es un claro ejemplo de poema en la literalidad de lo real. En los años ochenta planté una vega con árboles jóvenes que se trajeron de otra vega granadina para repoblarla. Se hicieron los agujeros en escuadra a cuatro metros de distancia. Fue un proyecto de producción vegetal, poco romántico, y por eso nació el texto con un sesgo de arrepentimiento, de nostalgia, porque ese terreno circular lamido por el río dejó de ser salvaje, pasó a depender de la mano del hombre. No es la metáfora del agua, sino que el nivel freático era el ideal para la plantación de esos álamos, como en Granada. De cualquier acontecimiento puede extraerse escritura poética si tiene vuelo; la poesía es una especie de cometa dirigida desde lo real vivido.

Y en el que lleva por título «De No escribir» dedicas a Claudio Rodríguez un hermoso poema en el que dices: «Hable la luz y hable el aire, por ti, por mí». Y lo rematas con este verso: «Escribimos poco, Claudio./ ¿El aire no se serena/ nunca?».

Ese poema nació de una vez. Trasluce el conocimiento de la persona Claudio y el poeta. Tuve la suerte de tratarlo en jurados, tertulias, en la calle, en el bar. También presentó mi poesía. Enamorado del campo, caminante, poeta sobrenatural, «escribimos poco», digo porque me identificaba con sus largos silencios: tengo un libro titulado No escribir. Es la afirmación desde la negación. Sí: el aire, los surcos, la luz, podían hablar por los dos, y sería nuestro mejor poema.

«Los que dicen la poesía es difícil, no se entiende, según el cerebro de la soberbia y la oquedad de la ignorancia. A esos los quiero fuera de mi vista».Esto aseveras en tu poema «Mundos», de tu obra Oeste.

Quien no conozca ni sienta la poesía se convierte en un intruso. Es preferible que no se acerque, y si lo hace por aprendizaje, moda, apetencia, que sea con humildad y no desprecie ni opine sin conocimiento, vamos, que tenga respeto. Si la sociedad me obliga a saber quién es Maradona, pues practico la misma fórmula de exigencia si no se conoce a un tal Federico, por ejemplo. Esta radicalidad por mi parte es puramente defensiva: nací rebelde, y a estas alturas… Defiendo un estado que justifica haber vivido al margen de otras aventuras que te ofrece el mundo.

Para echar el cierre a nuestra conversación, y siendo consciente de todo lo que me dejo en el tintero, quisiera saber de tus motivos, de tu fe en la Retirada.

Creo que ese libro publicado en 2018 es el más maduro por claridad de ideas y lo comprometido. Hago un repaso sociomoral, no moralina, sobre mí y los demás tanto en el terreno del comportamiento humano como en el quehacer poético. Desde la tribu revivo y protesto de lo que somos y hacemos. Actualmente, estoy con un libro rigurosamente inédito, que es la prolongación natural de Retirada. Esta es la primera vez que me hacen una entrevista basada en los versos que fueron escritos y ahora me descolocan. Así que otra vuelta de tuerca para seguir abundando en una poética, lo que agradezco. 


Ada Soriano (Orihuela, 1963), dedicada desde temprano a la actividad cultural, fue codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista sociocultural La Lucerna. Ha publicado las plaquetas Anúteba (Empireuma, 1987) y Alimentando lluvias (Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 2000), así como los libros de poemas Luna esplendente o sol que no se oculta (Empireuma, 1993), Como abrir una puerta que da al mar (Biblioteca Pública Fernando de Loazes, 2000), Poemas de amor (Fundación Cultural Miguel Hernández, 2010), Principio y fin de la soledad (Cátedra Arzobispo de Loazes, Universidad de Alicante, 2011), Cruzar el cielo (Celesta, 2016) y Dondequiera que vague el día (Ars Poetica, 2018). Asimismo ha publicado No dejemos de hablar, entrevistas a 19 poetas (Polibea, 2019) Ha colaborado en diversas revistas literarias y ha sido incluida en varias antologías.

2 comments on “Entrevista a Pureza Canelo

  1. Me ha gustado mucho .

  2. Ada Soriano

    Y yo que me alegro, Anto.

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