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La trampa de la conjetura y el discurso reaccionario

Mario Martínez Zauner sintetiza en un artículo su crítica a 'La trampa de la diversidad', polémico ensayo de Daniel Bernabé sobre la utilización, por el neoliberalismo, de distintas opresiones para blanquear y ocultar su fundamento de explotación económica y su puesta a los colectivos correspondientes a competir entre sí por una cuota de representación en la esfera pública, mediática y política.

/ por Mario Martínez Zauner /

Dado que en días recientes he sido directamente interpelado por Daniel Bernabé, autor de La trampa de la diversidad (Akal, 2018) y La distancia del presente (Akal, 2020), considero que la mejor respuesta que puedo dar es en forma de artículo, como síntesis de toda la crítica que he ido exponiendo en los últimos meses hacia su proyecto, y que parece haberle irritado más de la cuenta. Me centraré ante todo en la tesis fuerte del autor (la trampa diversa) más que en su desarrollo débil (distancia del presente), que además ya ha sido debidamente abordado por Juan Luis Nevado en un reciente artículo que de momento ha quedado sin respuesta (y cuyas precisiones quizá no estaría de más incluir en futuras ediciones de Akal).

La trampa de la diversidad parte de una idea doblemente articulada: por un lado, el neoliberalismo hace uso de distintas opresiones (género, raza, LGTB, etcétera) para blanquear y ocultar su fundamento de explotación económica (o contradicción principal capital-trabajo); y por otro, pone a los colectivos correspondientes a competir entre sí por una cuota de representación en la esfera pública, mediática y política. De esta forma, la lucha de los trabajadores se ve disgregada y desplazada hacia problemas parciales, convertida en mera pose activista, una vez abandonada la militancia cabal, unitaria y comprometida con el movimiento obrero. Hasta aquí podríamos aceptar lo expuesto siempre y cuando se considerara esta dinámica como parte de una lógica perversa del capital (capaz siempre de revolucionarse a sí mismo),1 ejecutada por un poderoso entramado mediático, corporativo y empresarial a través de técnicas de marketing, autoayuda, neurociencia, big data y otras disciplinas al servicio de la dominación ideológica y el control social.2 Pero no parece el caso de Bernabé, puesto que en su obra no encontraremos una descripción de la diversidad de trampas que instituye el capital contra la clase obrera, sino de la diversidad como trampa en sí misma.

Su tesis fundamental se resume así: el neoliberalismo utilizó el posmodernismo para romper a la izquierda, de tal forma que presenta como axioma lo que debería ser la conclusión del libro y el resultado de su investigación. Bernabé lo justifica de la siguiente manera: «Una de las ventajas de escribir un libro desde la aproximación periodística y no desde la pretensión académica es que nos podemos permitir la conjetura. Una de las ventajas de la conjetura es que, en ocasiones, es útil para señalar algo sin necesidad de demostrarlo, ahorrándonos energías y tiempo en cuestiones secundarias y a menudo indemostrables. Conjeturemos pues» (pp. 31-34).

El desarrollo teórico de La trampa de la diversidad reconoce en sus mismas páginas el recurso a una conjetura que vincula «sin necesidad de demostrarlo» neoliberalismo y posmodernidad. Y para tal fin le resulta útil asociar el concepto de diferencia expresado en su día por Margaret Thatcher (que esconde y legitima la desigualdad económica) con toda la filosofía postestructuralista (incluyendo autores tan distintos como Lyotard, Vattimo, Baudrillard, Derrida, Deleuze o Foucault), e insertar el conjunto en una idea genérica de la cultura del posmodernismo, la pretensión, el identitarismo y el pastiche.3

Bajo tal premisa, se renuncia a analizar la desigualdad y su relación con el neoliberalismo desde enfoques materialistas, sociológicos y filosóficos que han demostrado gran capacidad explicativa, y no encontramos mención alguna de Guy Debord y su sociedad del espectáculo, de Pierre Bourdieu y su estudio sobre la distinción social y la diferencia de clase o de David Harvey y sus análisis sobre el impacto cultural del capitalismo tardío.4 A pesar de la continua apelación a una clase obrera abstracta, el autor no utiliza un abordaje propiamente marxista que relacione las expresiones culturales de la posmodernidad con una transformación de las relaciones sociales de producción, que a partir de la ofensiva neoliberal provocan en Occidente el despegue del capital financiero desregulado,5 los movimientos de reconversión industrial y deslocalización que lo acompañan, un espectacular aumento del sector servicios y el tecnológico sobre los sectores agrario e industrial y un hiperdesarrollo de la sociedad de consumo y la digitalización, en un proceso general en el que la empresa desplaza a la fábrica como unidad productiva fundamental.6

Ninguno de estos desarrollos críticos interesa a Bernabé, puesto que su conjetura parte de establecer una identificación meramente ideológica entre neoliberalismo y posmodernidad, entre Reagan y el prohibido prohibir de mayo del 68, entre el 15-M y CaixaFórum. Para que tal conjetura funcione, es preciso confundir diferencia con jerarquía, diversidad social con distinción de clase, y operar una serie de reducciones sobre las realidades económicas, sociales y políticas que estudia para convertir lo anecdótico en estructural y lo estructural en anecdótico, deformando y parodiando todo lo que escape a una imagen idealizada y congelada del movimiento obrero.

La confirmación de la conjetura de Bernabé demanda entonces una serie de efectos de verdad que conviertan toda manifestación cultural del capitalismo tardío en un enorme escándalo Sokal y la proyección constante de una sociedad conformada por individuos atomizados que sustentan su frágil y escéptica identidad en el feminismo de Virginie Despentes, en el ecologismo de Greta Thunberg, en el antirracismo de Kamala Harris o en una pintoresca cabalgata del Día del Orgullo.

Curiosamente, la conjetura, los efectos de verdad y las imágenes deformantes son algunas de las características definitorias de la posmodernidad que Bernabé tanto detesta, pero que aún así necesita para sostener su trampa. Más aún si los conceptos se vacían de contenido (y por tanto sirven para todo) o si el autor emprende cruzadas en redes basadas en la exaltación de su propia figura y obra. Vemos así funcionar el individualismo y las identidades fragmentadas que la obra trataba precisamente de combatir, y al autor poniendo a competir movimientos sociales entre sí o analizando las protestas callejeras como performances en una especie de profecía autocumplida. Aunque hay aún peores enemigos para la conjetura de diversidad que propone Bernabé, relativas por un lado al paso del tiempo y el desgaste de su tesis por repetición, obligando a forzar cada vez más sus efectos de verdad y sus imágenes deformantes; por otro con su propagación, que anima la aparición de imitadores cada vez más vulgares y paródicos para quienes la lucha por derechos civiles resulta un mero capricho cultural y cuyas lecturas de la realidad caen una y otra vez en el economicismo y el individualismo metodológico; y por último, y lo más preocupante, por la sintonía conceptual con posicionamientos discursivos de carácter reaccionario.

Más allá de que el periodista Cristian Campos le diera la razón, aunque Bernabé presumiera de que su libro evitaría un Manifiesto redneck en España; más allá también del patrocinio fundamental de Pascual Serrano (quien apunta que la izquierda posmoderna ha machacado a los desheredados hombres blancos heterosexuales) o de su cercanía a Juan Manuel de Prada y la añoranza de posiciones demócrata-cristianas; más allá de la colaboración de Bernabé en el medio de noticias RT, que bajo la apariencia de un discurso social promociona un ideario iliberal y prorruso en Europa; o más allá incluso de la reciente denuncia que hace Bernabé de la cultura de la cancelación por el caso Gina Carano en una columna que podría haber firmado Juan Soto Ivars en su línea de crítica a lo políticamente correcto y en sintonía con el discurso de la dictadura progre, nos detendremos por un momento en un artículo publicado por Hasel París en El Español, explícitamente basado en la trampa de la conjetura de Bernabé, para advertir de esa sintonía. Dicho artículo, que el propio Bernabé definió en sus redes sociales como «impecable», incidiendo en que «nunca el progresismo aceptó de una forma tan mansa un Gobierno estadounidense tan a la derecha», esconde una treta que 1) pretende convencer al lector de que la izquierda en Estados Unidos y en España apoyó a Biden acríticamente y sin ser consciente de las trampas de diversidad que utilizó en su campaña; 2) señala la sumisión de la administración Biden al capital financiero como si la de Trump no lo hubiera estado igualmente; y 3) incluye giros y apuntes tremendamente reaccionarios que encajan bien con la conjetura antidiversa y obtienen el beneplácito de Bernabé.

Desarrollaremos brevemente cada uno de los puntos. En primer lugar, la izquierda, tanto en Estados Unidos (incluido su partido comunista) como en España, ha apoyado a Biden ni más ni menos para echar del poder a Trump, que entre otros exabruptos pretendía declarar a Antifa organización terrorista, estuvo muy cerca de provocar un conflicto con Irán por el asesinato del oficial Soleimani, apoyó el golpe de Estado en Bolivia o el traslado de la capital de Israel a Jerusalén, se negó a condenar el asesinato de George Floyd y trató de sacar al ejército a las calles de Washington. Si acaso, la izquierda a ambos lados del Atlántico manifestó su simpatía por Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, cuya trampa diversa es notablemente menor en cuanto acompañan el discurso de defensa de las minorías con una reivindicación explícita de la clase trabajadora y un ataque frontal a las élites empresariales.

En segundo lugar, el artículo de Hasel París apunta a algunos sillones de la administración Biden ligados al capital financiero, pero no menciona que en la de Trump sucedía lo mismo, con altos cargos del Tesoro como Justin Muzinich (hombre de negocios que trabajó para EMS Capital o Morgan Stanley) o Steven Mnuchin (que hizo carrera en Goldman Sachs y en el fondo de inversión privado ESL Investments y lideró un grupo para comprar IndyMac junto a George Soros y el fundador de Dell Computer). En Estados Unidos, tanto la FED como el Departamento del Tesoro tienen una estrecha relación con Wall Street, las influencias van de uno a otro lado, y si acaso habría que leer la política de tipos de interés bajos de la FED como parte de una competición entre capital financiero e industrial, y no porque Trump se preocupara especialmente por la clase trabajadora (basta observar su política fiscal).

Tercero, y quizá lo más preocupante, «la sombra del arcoíris» de París, bromas étnicas aparte, blanquea la figura de Andrew Jackson y su genocidio contra los nativos americanos y utiliza la figura de Avril Haines (nombrada directora de Inteligencia Nacional y con un oscuro historial de programas de tortura) para lanzar un grosero ataque contra el feminismo, que pasa aquí a ser cómplice de las peores políticas (cuando al menos en la obra de Bernabé se limitaba a ser expuesto como fácilmente manipulable por la industria tabacalera y las campañas publicitarias de Edward Bernays). Además, el texto de París incluye un párrafo que resulta inquietante: «Se ha hablado mucho de la diversidad racial del gobierno Biden. Pero se presta menos atención al homogéneo bloque de diez cargos de origen israelí: son el 1% de la población, pero el 50% del gabinete».

Y es que una semana después y en el mismo periódico podíamos leer las siguientes declaraciones de la influencer fascista Isabel Peralta: «En Alemania, siendo el 1% de la población, el 99% de los cargos públicos estaban en manos de procedencia judía en época de entreguerras. Yo les considero culpables de muchas de las situaciones e injusticias que sufre el mundo, como el capitalismo y la usura». Y no es la única resonancia, puesto que en la entrevista asoman enunciados que nos resultan cercanos a posturas antidiversas, como señalar que «la izquierda, en vez de luchar por el pueblo, se distrae en luchas de géneros», y llevar la crítica «al sistema de reserva federal, a los líderes y organizaciones sionistas que subvencionan y financian el Black Lives Matter o el feminismo posmoderno».

Estamos ante una confluencia discursiva preocupante y que encuentra en el rechazo a la diversidad y la posmodernidad un sustrato común. Evidentemente no afirmamos que Bernabé, o ni siquiera Hasel París, simpaticen con la musa del falangismo. Aunque este último habla de «decadencia de Occidente» o ha sido también recientemente citado por Víctor Lenore para vincular ideas falangistas con el discurso nacional-populista de Más País y el pensamiento de Diego Fusaro, y reivindicar movimientos sociales que no son «ni de izquierdas ni de derechas» y apuestan por los valores de la patria frente al capital. Es decir, un cierre reaccionario de la respuesta social frente al capitalismo que incluye también aspectos como la familia y la tradición y que no solo se expresa políticamente, sino también culturalmente, como en la reciente obra de Ana Iris Simón.

El pensamiento de Fusaro, en el que la relectura de Hegel y Marx transluce referencias a pensadores derechistas como Alain de Benoist o Aleksandr Duguin, salta al primer plano de la discusión política en España a partir de una entrevista realizada por el periodista Esteban Hernández, que curiosamente salió hace pocos días en defensa declarada de Bernabé acusando a sus detractores de «calvinismo».7 Pero así como por aquel entonces defendimos que aquel debate debía darse sin acusaciones de blanqueamiento, igualmente pensamos que la crítica hacia Bernabé no debe apuntar a una traición, sino a un defecto metodológico pertinaz (la trampa de la conjetura por la que se igualan neoliberalismo y posmodernidad) que conduce al pensamiento de izquierdas a una confluencia indeseable con el discurso reaccionario y a un efecto autoinmune contraproducente para la propia izquierda.

Y no solo resulta contraproducente porque su formulación negativa de la diversidad como engaño o división (en vez de como fragmentación resultante del modo de producción del capitalismo reciente) conduce a abrazar en términos positivos valores que le corresponden naturalmente a la derecha (patria, familia, tradición), sino también porque por un lado renuncia a un análisis de clase más profundo, y por otro cae en posiciones intelectualistas que solo se resuelven con vagos llamamientos a un materialismo vulgar y dejan fuera del análisis herramientas y postulados todavía útiles del marxismo, a la vez que renuncian a reconocer la potencia crítica de la filosofía postestructuralista.

En cuanto al análisis de clase, cabe señalar que en la sociedad capitalista opera un sistema de privilegios y exclusiones que tienen que ver con la dominación y la explotación y explican varios de los posicionamientos discursivos de sus agentes, que en el caso de los autores citados les conduce a ver en la diversidad una amenaza a sus intereses. El discurso contra la diversidad es el de una aristocracia obrera y sindical que ve su voz, durante años reconocida como interlocutora fundamental con el estado capitalista, amenazada por la incorporación de mujeres, inmigrantes y personas del colectivo LGTB al mercado laboral y a la lucha pública entre clases. Desde su posición privilegiada, tal aristocracia obrera blanca, masculina y heterosexual presenta a dichos colectivos como traidores o como una trampa que tiende el capital para fragmentar a la clase obrera, negando así la propia condición obrera de esos colectivos en la defensa de su posición de monopolio en la interlocución con el Estado y sus instituciones. Esa situación hace resonar su discurso con el de una clase capitalista nacional-industrial conservadora, cuyo predominio y privilegio ya se había visto amenazado por la aparición de un capital financiero-global de talante liberal y progresista. Se produce así una convergencia reaccionaria entre obrerismo y burguesía industrial frente a las transformaciones sociales y económicas del capitalismo tardío.

A su vez, no deja de ser cierto que el capital financiero-global ve una oportunidad para blanquearse y fragmentar las demandas de la clase trabajadora escogiendo como nuevos interlocutores a determinados colectivos feministas, antirracistas y LGTB en la negociación por sus derechos y nuevas leyes que les defiendan de la discriminación pública y social. De tal forma que son las tensiones en el interior del propio capital (industrial versus financiero) y en el interior de la aristocracia obrera (blanca-masculina-heterosexual versus antirracista-feminista-LGTB) las que desatan una guerra cultural e identitaria en la que participan ambos sectores.

Y es preciso señalar que ambos sectores participan de esa guerra identitaria, puesto que la reivindicación de la clase obrera que se hace desde los enemigos de la diversidad postula una identidad (obrerista, sindicalista, industrialista) en la que convergen valores socialdemócratas, demócrata-cristianos y falangistas a partir de la defensa de la patria, la familia, el sindicato y la tradición. Se producen así alianzas aberrantes entre pensadores comunistas como Santiago Armesilla y autores conservadores como María Elvira Roca Barea en la defensa de la patria española frente a la amenaza protestante. Se dan consonancias entre el feminismo institucional ya integrado en el Estado y los postulados más reaccionarios frente a la amenaza de representación del colectivo trans y su irrupción en la esfera pública. Se reproducen en fin discursos tradicionalistas y nostálgicos de reivindicación de la Semana Santa o de la vida familiar frente a la disolución posmoderna. Una identidad buena se opone a otras desviadas.8

Con todo ello se pierde la atención a la estructura de propiedad de medios de producción y medios de renta (quién tiene qué y para qué lo usa) y se deja a un lado el debate fundamental entre reforma o ruptura con el sistema capitalista, y lo que se acaba produciendo es una competición entre reformas: más derechos para los colectivos históricamente marginados frente a más llamados del obrerismo a recuperar el pacto sindical con el Estado. En este contexto, la trampa de la conjetura de Bernabé, más que escapar de la disputa para apuntar a la raíz de los problemas de explotación y dominación capitalista, lo que hace es servir de parapeto de defensa de los privilegios de un sector determinado en la obtención de atenciones y concesiones del Estado.

Y es que resulta algo injusto negar la legitimidad de una aspiración a participar de la representación pública y política por parte de colectivos históricamente desplazados con la excusa de que no sirven a una tarea revolucionaria que los propios representantes del comunismo y la socialdemocracia han abandonado. La crítica de la crítica sobre quién accede a qué (la entrada en el mercado laboral y la esfera pública de mujeres, inmigrantes y LGTB) debería conducir a la pregunta sobre quién posee qué y para qué lo utiliza. Tampoco hace falta detenerse demasiado en el cuestionamiento de la diversidad para apuntar a los propietarios de los medios de producción y los medios de renta, ni para denunciar la debilidad de los convenios colectivos y la pérdida de fuerza negociadora de los trabajadores, ni para denunciar las arquitecturas institucionales y legales que han permitido una desmesurada concentración y abuso de los poderes financieros.

Lobbies, cárteles, grandes corporaciones, exenciones fiscales, eliminación de competencia, compra de acciones propias, monopolios y oligopolios, manipulación de precios, despidos de plantillas, destrucción de I+D, regulaciones a medida, complicidad gubernamental y puertas giratorias. O bien aplicación social de conductismo, neuromarketing, tecnologías de la persuasión, modificación de conductas, preferencias y valores de los usuarios, monitorización y control constantes, técnicas de biometría, censura, uso político de datos privados y control total de la red por parte de Google, Apple, Amazon, Facebook, Visa y Mastercard. Nada de esto aparece en la crítica a la diversidad y la posmodernidad, y ni siquiera la trampa se plantea en la línea del fetichismo de la mercancía y la crítica a toda la aparente variedad de productos del mercado que al final remiten a unas pocas marcas y corporaciones con gran poder económico, y de influencia política y social.

Además, la propia historia del siglo XX desmiente que sea el posmodernismo de la izquierda quien ha acabado con su unidad y sentido obreros. El historial de división y escisiones en el comunismo y el socialismo viene de muy lejos (como mínimo, la Segunda Internacional) y siempre ha tenido que ver con la citada batalla entre reformismo y ruptura, que también se produjo en la Transición española y en la que el PCE y el PSOE se inclinaron decididamente por el primero. Igualmente, antes que apuntar a Mayo del 68 y sus resonancias con el pensamiento de Thatcher y Reagan, más bien habría que dirigir la mirada a la sociedad Mont Pelerin, los Chicago Boys, el Consenso de Washington y la ascendencia de la escuela austríaca (Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Jesús Huerta de Soto) sobre el pensamiento económico y sus simpatías con el fascismo (donde el caso de Chile y Pinochet es paradigmático, aunque recordemos que los asaltantes del Capitolio portaban banderas de Gadsen). ¿Por qué Bernabé y otros autores antiposmo no centran su crítica en este sector ultraliberal y sus políticas desreguladoras que tanto daño hacen a la clase trabajadora?

No deja de resultar sospechoso que los críticos de la diversidad sean más tibios con José Luis Rodríguez Zapatero, que entregó la soberanía del país al poder de la troika con la reforma del artículo 135 de la Constitución, que con el 15-M. Su retórica es obrerista y sindicalista, pero parecen obviar que el proletariado actual es más una kelly sudamericana y un rider de Glovo que un operario de fábrica o un minero asturiano, y no extienden su cuestionamiento hacia CCCOO y UGT por su integración en las políticas del Estado capitalista. Parecen aspirar a una socialdemocracia que recupere el pacto social y un capitalismo industrial bueno, frente al mal capitalismo financiero, globalista y luterano, a la vez que defienden la patria, la familia y la tradición. Y finalmente desprecian los movimientos sociales del feminismo, el antirracismo y el LGTB como si no fueran igualmente parte de una clase obrera que lucha contra la explotación y se opone a los intentos del capitalismo de apropiarse de sus causas para blanquearse.

En suma, nuestra crítica hacia Bernabé señala su carácter conjetural, su potencial encuentro con discursos reaccionarios, su frágil análisis estructural y su escasa propuesta transformadora. Su trampa diversa, amparada en una vaga retórica materialista, parece obviar además que la filosofía posmoderna no solo elabora una crítica a los grandes relatos o una apología del relativismo epistemológico, sino que también alberga una pervivencia del marxismo, una denuncia del capitalismo y sus nuevas formas de poder y una apuesta por la emancipación. La incertidumbre aparente que plantean sus escritos se ve así compensada por una apuesta ética y política: en Derrida, por la hospitalidad universal hacia el otro y la recuperación de un espectro marxista revolucionario; en Foucault, por las artes de la existencia y la denuncia de la biopolítica y las instituciones disciplinarias del capital; en Deleuze, por una reivindicación de las síntesis conectivas, el rechazo de las fuerzas reactivas y la denuncia de las sociedades de control capitalistas.9

La apuesta política y ética de Bernabé, más allá de una vaguedad nostálgica o un llamado al orden, queda empequeñecida frente a estos gigantes del pensamiento, cuya crítica debe hacerse debidamente (y no como pudimos leer aquí o aquí, en la línea de una pobre lectura de la posmodernidad). Justo antes de morir, Deleuze andaba trabajando en una monografía sobre Marx y lanzaba un llamado a «volver a creer en el mundo», acompañado de la apuesta por recuperar el pueblo como horizonte. En ese sentido parecía aproximarse a un populismo que tampoco gusta a Bernabé (aunque ahora se haya acercado a Podemos), y desde el que emergen ahora, a partir de la crítica a las movilizaciones y estrategias del periodo anterior, iniciativas teóricas y prácticas socialistas que llaman a reorganizarse para reemprender la lucha contra el poder neoliberal y corporativo,10 a la vez que la tradición crítica marxista recupera su vigencia y desborda los límites de la reacción frente a la posmodernidad.11

No nos cabe duda de que en esa lucha presente y futura el pensamiento antidiverso, la trampa de la conjetura y sus confluencias con el discurso reaccionario tendrán cada vez menos espacio en la izquierda.


1 Como señala el Manifiesto comunista, «la burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales».

2 A este respecto, ver por ejemplo el reciente libro de Marta Peirano El enemigo conoce el sistema: manipulación de ideas, personas e influencias después de la economía de la atención (Debate, 2019).

3 A lo largo de su obra Bernabé no ofrece una definición precisa de la posmodernidad, más allá de rereferirse al «espíritu de una época» caracterizado por la ausencia de reglas en un mundo fragmentado e individualista que solo cabe encajar con «una mueca de inteligente desencanto». Si acaso la toma de Terry Eagleton, que de todos modos reconoció que la filosofía postestructuralista «consistía en ser crítica, que no cómplice, de los ídolos del mercado», y que el posmodernismo sería «un postestructuralismo sin la teoría». Igualmente, la obra de Fredric Jameson no tiene un peso relevante como marco crítico de la lógica cultural del capitalismo tardío.

4 Curiosamente, las dos únicas citas de La condición de la posmodernidad (Amorrortu, 2008) sirven para apuntar características de la modernidad, pero no para desarrollar el análisis materialista de la fragmentación productiva posmoderna. También es reseñable la ausencia total de referencias a autores como E. P. Thompson, Raymond Williams o Stuart Hall como marco teórico marxista para la crítica de la posmodernidad.

5 Sobre todos estos procesos resulta interesante consultar el reciente libro de Carlos Sebastián El capitalismo del siglo XXI: mayor desigualdad, menor dinamismo (Galaxia, 2020).

6 No se estudia el impacto que la fragmentación productiva tiene sobre las expresiones culturales del capitalismo tardío, ni tampoco se aplican sistemáticamente categorías de análisis marxistas como la alienación y el fetiche de la mercancía, la extracción de plusvalía y la tasa decreciente de ganancia, el ejército industrial de reserva, la competencia entre capitales, el análisis de monopolios y oligopolios, la relación entre trabajo, capital y tierra o una descripción de la estructura actual de clases.

7 Aunque aquí no podemos coincidir con Hernández, sí nos parecen de interés sus trabajos de crítica sobre la economía política del capitalismo actual, como la que lleva a cabo en su libro Los límites del deseo: instrucciones de uso del capitalismo del siglo XXI (Clave Intelectual, 2016).

8 Ya desde el subtítulo de su obra, Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora, Bernabé reconoce estar defendiendo una identidad sobre otras, con lo que sus críticas hacia un identitarismo posmoderno no dejan de caer en lo mismo que denuncia, y obvian además que en gran medida el proyecto de la posmodernidad teórica elabora una crítica contra la identidad para presentarla como producto o efecto de las relaciones sociales.

9 Para Derrida, consultar su obra Espectros de Marx (Trotta, 2012) o la entrevista «Hoy en día» en No escribo sin luz artificial (Cuatro, 2006). Para Foucault, La voluntad de saber (Siglo XXI, 2019) o Nacimiento de la biopolítica (Akal, 2009); y para Deleuze, su curso Derrames: entre el capitalismo y la esquizofrenia (Cactus, 2005), así como sus cursos sobre Foucault (El saber, El poder, La subjetivación, en Cactus), así como este breve artículo sobre las sociedades de control.

10 En ese sentido, como superación de Laclau y las tesis de La razón populista (Fondo de Cultura Económica, 2005), nos han llegado recientemente dos propuestas de interés: de Damián Selci, Teoría de la militancia. Organización y poder popular (Cuarenta Ríos, 2019); y de Jodi Dean, Multitudes y partido (Katakrak, 2017).

11 Las obras son numerosas, pero destacaremos las de Juan Íñigo Carrera en Conocer el capital hoy (Imago Mundi, 2007), los propios David Harvey en Guía de El Capital de Marx (Akal, 2014) o Terry Eagleton en Por qué Marx tenía razón (Atalaya, 2011), Erik Olin Wright para Comprender las clases sociales (Akal, 2018) o Andrew Kliman Reivindicando El Capital de Marx (El Viejo Topo, 2020).


Mario Martínez Zauner es escritor, divulgador y doctor en antropología social y cultural por la UAM tras realizar su investigación en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC. Es autor de Presos contra Franco: lucha y militancia política en las cárceles del tardofranquismo y, junto con Jorge Martínez Reverte, de De Madrid al Ebro: las grandes batallas de la guerra civil española.

3 comments on “La trampa de la conjetura y el discurso reaccionario

  1. Demasiado brilli brilli

  2. Es igual

    La antropología social tiene cabida en el CSIC? Madre mía, dentro de poco veremos la homeopatía y el psicoanálisis también en el CSIC… Magufadas everywhere!

    • Miguel R

      Psicoanálisis = magufada

      Mira que existen maneras de autodeclararse un ignorante, pero la de soltar semejante estupidez posiblemente se lleva la palma. Enhorabuena.

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