Creación

Eva en su laberinto

A principios de los años ochenta, una psiquiatra argentina, exiliada en España, trata en Pamplona a la hija de un guardia civil, cuyo novio abertzale falleció manipulando una bomba unos meses atrás. Con esta premisa, Jesús Arana Palacios traza un absorbente relato sobre el conflicto vasco.

/ por Jesús Arana Palacios /

La primera vez que me encontré con Eva fue en el otoño del ochenta y dos, nada más llegar a Pamplona. Para entonces llevaba más de dos años viviendo en España. Habíamos aterrizado mi hija y yo en Barcelona a principios de 1980 huyendo de la dictadura. El día antes de salir de Buenos Aires un grupo de paramilitares vino a hacer un registro. Me obligaron a presenciar como destrozaban mi casa. Antes de irse uno de ellos me arrinconó en el vestíbulo y me lo dejó claro: «Dejá de tocar las pelotas boluda, tu maridito no va a volver, lo entendés?». Desde ese día, una parte de mí supo que Héctor estaba muerto. La otra, seguiría esperándolo aun durante años.

Nos conocimos en la Universidad. Los dos éramos psiquiatras y trabajábamos juntos, pero él era mejor que yo, mejor psiquiatra y mejor persona. Ayudaba a la gente, escribía artículos denunciando injusticias. No estaba afiliado a ningún partido pero fue dejando un rastro que era como anuncio luminoso. Hasta el más tonto podía seguirlo, y lo siguieron. Incluso nos extrañó que tardaran tanto.

Lo de Pamplona fue algo inesperado. La llamada llegó cuando mi vida estaba a punto de irse a pique. Un amigo psiquiatra y argentino, valga la redundancia, trabajaba allí en una Fundación y quería irse a pasar un año en Palo Alto. Me pedía que le sustituyera durante ese tiempo. Mi primera reacción fue negarme. Llevaba sin ejercer casi tres años, desde el día que me quedé sola.

Héctor y yo teníamos las consultas en el mismo piso en San Telmo. Nos gustaba el ambiente que habíamos creado. Compartíamos una sala de espera decorada con grandes reproducciones de Roberto Mata y una secretaria eficaz con una sonrisa luminiscente a la que queríamos muchísimo los dos. La primera parte de la década nos fue bien. Trabajábamos mucho, salíamos con amigos, tuvimos a la pequeña Adriana y aunque entonces no lo sabíamos, éramos felices. A partir del setenta y seis las cosas fueron a peor. Algunos pacientes dejaron de pronto la terapia, como si presintieran que nuestra compañía podía perjudicarles más que sus delirios y sus fobias. Fueron cosas que notamos en seguida. Después, durante mucho tiempo, me preguntaría por qué no nos fuimos entonces. Supongo que no nos creíamos en peligro realmente. Al fin y al cabo, Héctor no había hecho casi nada, firmar un manifiesto, publicar un artículo de vez en cuando. Confiábamos en que todo aquello pasaría. Y pasó, pero a la manera de un tsunami, llevándose miles de vidas por delante.

Durante varios días le di largas a Jorge. Le decía que era necesario estar bien para poder ayudar a los demás. En aquella época fumaba casi dos cajetillas al día, tomaba antidepresivos y dos o tres noches por semana me emborrachaba con ginebra de garrafón después de acostar a mi hija. Él le daba la vuelta al argumento: ayudar a otros te hará bien. Sabía que estaba en lo cierto, así que dejé de hacerme de rogar. Fue tan generoso que hasta me ofreció quedarme en el ático que compartía con dos gatos. La invitación me la había hecho a finales de septiembre y dos semanas más tarde ya estábamos Adriana y yo instaladas. Tenía una terraza mínima con geranios y vistas al parque de la Media Luna y una estantería con cientos de libros en un rincón abuhardillado. Mi hija y yo nos sentimos en casa nada más llegar, algo que no habíamos logrado en ninguno de los pisos cada vez más sórdidos donde habíamos vivido en Barcelona. A cambio de proporcionarnos un hogar sólo debíamos regar las plantas y cuidar sus gatos.

Pamplona nos acogió durante unos días con un clima benigno, bastante inusual a esas alturas del año, como no tardaríamos en comprobar. Daba gusto pasear por sus calles de la mañana a la noche. Aprovechamos para conocer la ciudad y gastar los últimos ahorros en comprar ropa nueva para mi hija y para mí y lo que necesitaba para el colegio. Habíamos salido de Argentina con lo puesto y la bisutería apenas daba para pagar el alquiler y la comida. Y aquí estábamos ahora, sin blanca, con unos vestidos recién estrenados, y la tranquilidad de saber que durante un año llegaría el dinero a fin de mes. Desbordaba optimismo y a mi hija también la veía mejor. No se enfurruñaba tanto y por primera vez en mucho tiempo se reía con ganas cuando nos sentábamos por las tardes de los bancos de la Plaza del castillo a comer helados.

No estaba preparada para un caso como el de Eva. En el pasado había tratado toda clase de enfermedades, no era eso lo que me preocupaba. Era buena en mi trabajo y a pesar de los tres años sin ejercer, estaba segura de que no me iba a costar volver a sentarme en un escritorio con el bloc y la grabadora y dirigir una sesión. Para lo que no estaba preparada era para encontrarme frente a una chica que estaba viviendo el mismo infierno que yo. Había perdido a su novio en un atentado hacía dos meses y también ella lo amaba y lo echaba de menos. Los detalles me los fue revelando en unas sesiones que me dejaban tan maltrecha que en cuanto ella salía por la puerta tenía que correr al baño a arreglarme.

Me costó hacerle hablar. Apenas sabía de ella lo que me habían pasado en unas fichas escritas a mano. Tenía veintiún años y era estudiante de tercer curso de magisterio. Había estado dos años saliendo con su novio, un chico un año mayor que ahora estaba muerto. Eso era lo relevante. El coche en el que viajaba junto a dos amigos saltó por los aires. Había ocurrido en agosto, en Almería. Ese verano ETA había logrado desalojar varias playas y hoteles con sus amenazas de bombas y la versión oficial, aunque sin confirmar, era que el novio de Eva y sus dos amigos formaban parte de un comando. Llevaban un artefacto explosivo en el coche para colocarlo en algún sitio y había reventado. Mala suerte. Hasta ese momento, la actividad de los independentistas vascos era un ruido de fondo al que no había prestado demasiada atención. Por supuesto, me horrorizaban las imágenes que daban los noticieros de personas con la cara ensangrentada, autos en llamas y cadáveres cubiertos con mantas, pero no me había molestado en investigar seriamente por qué lo hacían. Ahora tenía en frente a una chica partida en dos por un zarpazo de la bestia.

Puedo reconstruir algunas sesiones enteras. De hecho, las tengo grabadas y he repasado mis notas para escribir esto, aunque no es la exactitud de sus palabras lo que me importa. Cuando nos vimos por primera vez acababa de salir de la clínica donde había pasado dos semanas tras un intento de quitarse la vida. Un intento bastante chapucero, todo hay que decirlo. Lo que le preocupaba al psiquiatra que la había tratado era su mutismo. No había duda de que era una chica inteligente, pero se había cerrado en banda y después de algunas sesiones seguían como al principio. El tratamiento con antidepresivos parecía funcionar, pero si no conseguíamos hacerle hablar y enfrentarla al duelo, solo era cuestión de tiempo que reincidiera. Hay pacientes que son como una bomba con un mecanismo de relojería, y ella era así. A los terapeutas les crean ansiedad y se los quitan de encima en cuanto pueden. El año sabático que había solicitado Jorge les había dado la excusa para reorganizar las consultas y dejar a la nueva, o sea a mí, los casos que no quería nadie.

Nos veíamos tres veces por semana. Los primeros encuentros fueron penosos, era como si hubiera hecho un voto de silencio. Contestaba con monosílabos a mis preguntas y se quedaba mirándose las uñas minutos enteros. Las mordisqueaba un rato, después giraba la muñeca y las observaba sin ninguna expresión en su cara. Cuando se aburría volvía a mordisqueárselas. En eso se nos iba la hora. Era una fortaleza. Yo le hacía preguntas que reformulaba una y otra vez, sin éxito. En la ficha estaba escrito que durante las cuatro semanas que habían transcurrido desde el atentado hasta el día que se había tomado una caja de Valium 5 no había hablado prácticamente con nadie. Ni siquiera había salido de su habitación. Estaba entrenada para ese pulso silencioso que manteníamos, pero yo no. Yo me desesperaba.

Al principio de La vida de las abejas, Maurice Maeterlinck habla de François Huber, una de las personas que mejor llegó a conocer el complejo mundo de estos insectos y que escribió algunas de las páginas más brillantes de la historia de la apicultura. En 1789, el año de la revolución francesa, publicó en forma de cartas sus Nuevas observaciones sobre las abejas, una obra en cierto modo revolucionaria también. Lo curioso era que Huber nunca había visto un panal de miel. Había perdido la vista siendo muy joven. Si pudo llegar tan lejos en sus observaciones fue gracias a su criado, François Burnens, inteligente, leal y sobre todo minucioso en cuanto describía. Para Maeterlinck, esta colaboración debe figurar en los anales del sufrimiento humano y en los de la superación. Imaginar a esta pareja siempre me ha conmovido, quizás porque es eso lo que hacemos los psiquiatras: avanzar a ciegas, sin otra ayuda que la que nos prestan los pacientes al describir sus pensamientos y sus emociones, y Eva en aquel punto se negaba a colaborar conmigo.

No conseguí que reaccionara hasta que tomé una decisión radical. Haría lo que nunca debe hacer un psiquiatra. Le hablaría de mí. Le describiría la tarde que se llevaron a Héctor, el culatazo que me dieron en el hombro para que lo soltara y que casi tres años más tarde seguía doliéndome cada vez que había un cambio de tiempo. Le contaría que también yo le echaba de menos a todas horas. Llevábamos dos semanas viéndonos y me daba cuenta de que si no daba un volantazo seguiríamos estancadas en el mismo punto, así que lo di.

Recuerdo la tarde que cambié de estrategia. Lo normal era que la recibiera sentada en mi sillón, frente al escritorio. La habitación a esa hora avanzada de la tarde en que solíamos vernos estaba en penumbra. Había un flexo encendido sobre la mesa y nada más. Los visillos estaban cerrados y la persiana bajada. Ese día lo hice todo al revés. Me quedé mirando la calle mientras entraba. Le escuché dejar en el perchero su gabardina y sentarse. Llovía y los autos llevaban los faros encendidos. Entonces le conté. Iniciar ese relato fue algo deliberado, por supuesto, pero no pensé llegar tan lejos. Lo que empezó siendo una estratagema terminó en catarsis y lloré como no lo había hecho en tres años. No sé si le asusté. En algún momento debió pensar que le había tocado la psiquiatra loca, seguro que se dijo que vaya suerte la suya. Le hablé de todo, de mi familia, de las barbacoas, de la facultad de medicina, de la primera vez que vi a Héctor, de los amigos comunes, del año que estuvimos juntos estudiando en Paris; le hablé del seminario al que habíamos asistido con un psicoanalista que odiaba a Jacques Lacan, de los paseos por el barrio Latino, de los pasajes, de la lectura febril de Rayuela. Se me quebraba la voz a cada rato. Le hablé de nuestra hija Adriana, de nuestra casa, del consultorio, del golpe de estado, del miedo, de los amigos que no regresaron. Cuando llegó la hora, se fue sin decir nada.

Todo fue distinto a partir de entonces. En cuanto entró por la puerta la siguiente vez la noté cambiada. Llevábamos un mes viéndonos y solo ese día reparé en algo que le faltaba a Eva, y era el deseo de gustar. Es un instinto tan natural que no reparamos en él. Sólo cuando está ausente nos inquieta. Ese día hubo algo, la ropa un poco más ajustada, un olor a crema hidratante, algo me hizo comprender que se había mirado al espejo. Y ese era un gran paso.

«Jon no era un terrorista. Le han matado y ha sido por mi culpa». Lo dijo en un susurro, pero se escuchó en la consulta como un grito. Me provocó una angustia repentina y por un momento dejé de escribir. No tenía dudas de que estaba reaccionando a mi confesión del último día. Algo se había resquebrajado y sabía que quería contarme su verdad, pero me asustó que empezara con tanta contundencia. Solo llevábamos unos minutos juntas y todo en su actitud indicaba una transformación. Hasta ahora siempre se había sentado en el sillón con negligencia, hoy no. Tenía la espalda recta, las manos sobre las rodillas, como si fuera a saltar de un momento a otro.

No me importaban las circunstancias de la muerte de su novio, yo no estaba allí para juzgarlo. Pero si Eva estaba construyendo una fantasía para explicar su sentimiento de culpa, eso entraba de lleno en mi jurisdicción. Tenía que dejarle hablar. Le aseguré que podía confiar en mí, que nada de lo que dijera saldría de esas cuatro paredes. Mientras le hacía esas promesas sabía que no servían de nada. Si ahora estaba dispuesta a contármelo todo fue por la única razón de que confiaba en mí y lo hacía porque le había mostrado mi fragilidad. Después de escucharme hablar de Héctor debió sentir que podía comprenderle, y estaba en lo cierto. Ya lo creo.

Le había conocido en un campamento de verano cuatro años atrás. Ni siquiera me gustó al principio. Me acostumbré a verle sonreír al mismo tiempo que se le llenaban los ojos de lágrimas. Me di cuenta de que había sido una chica alegre. Aquel verano ella tenía diecisiete años y él dieciocho. Habían coincidido por casualidad en las colonias de Zudaire, en la sierra de Urbasa, en un curso para monitores de tiempo libre. Durante diez días se habían ido fijando el uno en el otro, mirándose cada vez con más interés, gustándose, en fin, nada que no hubiera ocurrido antes millones de veces. La última noche que pasaron allí, hicieron una marcha y acamparon junto al balcón de Pilatos. Subrayé el nombre porque me gustó. Cuando todos se acostaron, se las arreglaron para perderse en la oscuridad con una linterna y un saco de dormir y durante una hora comerse a besos y acariciarse, poniendo obstáculos, me lo podía imaginar, en cada avance. También se contaron la vida a borbotones. Sobre todo él, porque tenía secretos que le calcinaban.

—¿Qué secretos? —le pregunté.

—Tenía un hermano en la cárcel. Lo habían detenido unas semanas antes y estaba acusado de matar a un guardia civil en Azpeitia y de pertenencia a banda armada.

Aquella noche, después de que Jon se lo contara, Eva empezó a atar cabos. Lo que más le había atraído de ese chico callado, que cuando hablaba lo hacía en un castellano vacilante, era la tristeza que había en sus ojos. Comprendió entonces en qué pensaba cuando lo veía absorto. Le espiaba muchas veces y esas ausencias aun lo hacía más misterioso y en consecuencia más atractivo. Podía imaginar cómo se sentía. Su hermano, que acababa de cumplir veintiún años, había sido la persona más importante en la vida de Jon. ¿Pero lo mató? Eso era lo que a Eva más le preocupaba. ¿Es culpable? Él tardó siglos en contestar y cuando lo hizo se limitó a decir: no lo sé.

—¿Por qué era tan importante para ti saber si era culpable?

Pensé que me había equivocado haciendo la pregunta porque su reacción fue la de las primeras veces. Volvió a refugiarse en el silencio y a concentrarse en el acto de morderse las uñas. Pero ya habíamos llegado lo bastante lejos como para dar marcha atrás. Opté por seguirle el juego y también me callé. Por fin dijo: mi padre es guardia civil, y mi hermano también.

Aquella sesión, la primera en la que habíamos hecho un avance significativo, la recuerdo vertiginosa. Solo nos habíamos sentado y ya le estaba diciendo que debía marcharse, que el siguiente paciente esperaba desde hacía rato. Me dolió separarme de ella. «¿Se lo imagina?». Nunca me tuteaba. «Aún estaba manchada con su semen. Era la primera vez que un chico se corría en mis manos y resultó ser el hermano de un terrorista y yo había vivido toda mi vida en un cuartel. ¿Se hace una idea?».

Tuve que buscar a una persona para que se ocupara de Adriana. Me permitieron adaptar mi horario al suyo, pero todos los días teníamos contratiempos. Por la mañana trabajaba cuatro horas en la clínica, comía con Adriana y por la tarde atendía a los pacientes en el consultorio que la Fundación tenía en Iturrama, un barrio nuevo de gente acomodada. Era allí donde veía a Eva. Sobre el papel mi horario vespertino era de tres a seis, pero pocos días llegaba a casa antes de las siete. Llegué a un acuerdo con Marisa, la madre de una compañera de mi hija, para que la recogiera a la salida del colegio y se ocupara de ella hasta las siete. Yo llegaba después de hacer la compra en el supermercado y luego, al mismo tiempo que la cena, hacía la comida del día siguiente. No tenía un minuto libre. Vivía con la angustia permanente de no llegar a tiempo a recoger a mi hija del colegio, y eso me provocaba pesadillas.

—¿Y tú le confesaste que tu padre era guardia civil? —le pregunté en la siguiente sesión.

—Aquella vez no. Tardé más de un año en volver a verlo.

Jon le escribió varias cartas durante aquel otoño, cartas que no quiso responder. Estaba enamorada. Al menos no dejaba de pensar ni un minuto en él, me dijo, pero sabía que si respondía a sus cartas se iba a meter en un campo minado. Ese chico no le convenía. Eva era muy madura para sus diecisiete años, luego fui entendiendo que ya había sufrido lo suyo por ser hija de un guardia civil en un pueblo donde muchas familias tenían a alguno de sus hijos en la cárcel acusados de terrorismo. Le fallaba la voz al recordar las vejaciones en la escuela. Con diez años le ladraban las otras niñas cuando pasaba delante de ellas y le escupían desde las ventanas, a ella y a las otras hijas de los guardias. Diez años, la edad de mi hija. Todo aquello era nuevo para mí. Me costaba comprender esas humillaciones y un odio a todas luces transferido. Las cosas mejoraron un poco al llegar al instituto. Seguía con el estigma, por supuesto, pero allí había algo más de anonimato y, aun así, si se había apuntado al curso de monitor de tiempo libre en Zudaire fue sobre todo para huir de ese ambiente opresivo.

—¿No crees que habría sido mejor decírselo? —le pregunté.

Eva dijo que lo habría hecho si no hubieran tenido que separarse al día siguiente. Aquella noche tardó mucho en dormirse. Se metió en el saco y se propuso grabar en su memoria cada minuto de la última hora. Nunca se había sentido tan unida a alguien y al mismo tiempo supo ya entonces que aquello estaba condenado a ser solo un recuerdo hermoso. A la mañana siguiente no hubo tiempo para confesiones. Se les fueron las horas en desmontar las tiendas, en hacerse fotos de grupo y recoger las cosas. Después, hacia mediodía vendrían los dos autobuses y se irían, ella en el de Pamplona y él en el que se dirigía a Vitoria. En todo aquel ir y venir encontraron apenas un minuto para estar a solas y abrazarse. Estuvo a punto de decírselo entonces. Aunque solo fuera para ver cómo reaccionaba. «La chica a la que ayer le juraste amor eterno es hija de un guardia civil, qué te parece». Casi le hacía gracia imaginar su cara, pero no quería estropearlo. El tiempo se encargaría de erosionarlo, me dijo que pensó.

En todo cuanto decía Eva encontraba reverberaciones de mi propia vida. Cómo no iba a acordarme de la primera vez que me acosté con Héctor. ¿Había erosionado el tiempo ese recuerdo? También yo era una pava. Tardamos siglos en confesarnos que nos gustábamos, y más siglos aun en decidirnos en ir a un hotelito en la playa de Necochea. Teníamos veinte años. Ya estábamos estudiando medicina y tuvimos que inventar una historia rocambolesca para irnos juntos. Lo peor es que una vez allí aun transcurrieron dos días más para cuando pasamos a la acción. A Héctor le dio un ataque de timidez en cuanto nos quedamos solos y desde luego yo no iba a dar el primer paso, antes muerta. La primera noche se la pasó hablando como si nos hubiéramos conocido ese día. Habló durante horas. Sabía que si se callaba tendríamos que hacer algo. Decidí tomármelo con calma. Me eché vestida sobre la cama mientras él seguía con su perorata desde un sofá tapizado con una tela que imitaba la piel de leopardo. No paró hasta dejarme dormida. Después nos reiríamos con frecuencia de su ataque de logorrea.

La siguiente vez que se vieron fue en el otoño de 1980. Habían transcurrido catorce meses. Le pregunté si lo buscó.

—Si me pregunta si deseaba encontrarme con él, tendría que decirle que seguramente, pero no, no lo busqué.

Llevaba viviendo en Pamplona, en un piso con otras tres estudiantes, desde septiembre y no se encontraron hasta principios de noviembre. Se imaginaba que él estaría estudiando segundo de derecho. Eso si no había repetido o había cambiado de universidad o de carrera. No conocía a nadie que lo conociera y no tenía ninguna certeza de que estuviera allí. Recordaba todos los detalles del encuentro. Había sido una madrugada al salir de un bar donde todos los jueves había jazz en directo.

—El Boulevard Bar Jazz estaba muy cerca del consultorio donde nos encontrábamos. ¿Lo conoce? —me preguntó. Había pasado varias veces por delante de la puerta, pero nunca había estado dentro. Le dije que con una hija de diez años había algunas cosas que no me podía permitir. Lo que me callé fue que cuando veía el rótulo me invadía la nostalgia. Héctor era aficionado al jazz, teníamos en casa los discos de Miles Davis, Charlie Parker, Chet Baker y todos los demás y algunas veces en los buenos tiempos íbamos a locales como aquel.

Habían salido a celebrar el cumpleaños de una compañera de piso. Se encontraron en la puerta cuando ellas ya se retiraban, a las dos o las tres de la madrugada, una hora avanzadísima porque al día siguiente tenían clase. Era la primera vez que se quedaban hasta tan tarde. «Éramos unas pipiolas, teníamos la edad justa para poder pedir un ron con coca cola, que fue lo que bebimos aquel día», me dijo. Recordaba con precisión de maníaca. Jon se había dejado barba y llevaba un suéter de cuello vuelto con rombos y una trenca gris marengo. Estaba mucho más delgado. Le favorecían las gafas. Le echó en cara que no hubiera respondido a ninguna de sus cartas, se lo dijo sonriendo, quitándole importancia. Nada más verla le preguntó qué estaba haciendo allí, estaba realmente sorprendido, como si fuera la última persona que esperara encontrar en aquel lugar. Después le dijo: te escribí cuatro o cinco cartas, ya no me acuerdo y no obtuve ninguna respuesta. Estaban solos. Los amigos de Jon habían entrado y sus tres amigas la esperaban unos metros más adelante, de pie junto a un banco. Hacía mucho frío, una de esas noches que convierten a los transeúntes en máquinas de vapor. Hay personas con un don para describir atmósferas y ponerte en situación, y Eva lo tenía. Cada vez que alguien abría la puerta se escuchaban un solo de saxofón. Le respondió que hacía primero de magisterio y con toda la sangre fría del mundo le aseguró que no había recibido ninguna carta. Él le preguntó dónde vivía en Pamplona pero no se lo quiso decir. Le contestó de una manera vaga que por el centro. En aquel momento estaba convencida de que una de las chicas con la que iba aquella noche era su novia.

—¿Y tú seguías enamorada?

—La cuestión no era esa —me respondió después de pensarlo—. Supongo que sí. Desde luego cuando lo vi casi me caigo redonda, pero las circunstancias seguían siendo las mismas. Tenía un hermano en la cárcel y era más que probable que él mismo fuera votante, simpatizante o incluso miembro de Herri Batasuna o de algunas de las organizaciones que justificaban los atentados de ETA contra guardia civiles como mi padre. Eso era al menos lo que ella imaginaba.

Las conversaciones con Eva me hicieron observar con más atención lo que ocurría alrededor. Me costaba entender tanto malestar. El apoyo a una organización que todas las semanas colocaba bombas o tiroteaba a alguien era ostensible en los muros de la ciudad, en las puertas de todos los lavabos y en las octavillas que se veían tiradas en las aceras. La expresión Gora ETA se podía leer en todas partes. La incipiente democracia española debía de estar llena de imperfecciones, no digo que no, pero mi hija y yo veníamos de un lugar donde te torturaban y te asesinaban por pedir un poco de justicia. Se lo habían hecho a Héctor y a muchos de nuestros amigos, que eran la gente más pacífica e idealista del mundo. De lo que ocurría en el País Vasco no entendía nada, la verdad, ni los fines que perseguían y menos aún los métodos que utilizaban.

¿Y qué ocurrió después de aquel encuentro en la puerta del Boulevard? «Nada», me dijo. Durante mes y medio no pasó nada. Siguió llevando una vida ordenada. Una de las chicas con las que vivía, Paula, estudiaba también magisterio y fue con ella con la que terminó teniendo una relación más estrecha. Tenían las clases por la mañana y por la tarde estudiaban un rato y salían a dar una vuelta, a comprar algo, al cine de vez en cuando. Nada fuera de lo normal. Todos los fines de semana regresaba al pueblo, y allí cada vez salía menos de casa.

Cuando se lo pregunté, me dijo que sí, que sus padres aun continuaban viviendo en el cuartel. Sólo cuando empezó a vivir fuera se dio cuenta de lo agobiante que era la vida allí. Se vigilaban todas las entradas y salidas. Estaban siempre obsesionados con la posibilidad de sufrir un atentado y eso se notaba en el ambiente. Había temporadas en las que se palpaba la tensión y estallaban discusiones por cualquier motivo. Había chicas y chicos de su edad con los que tenía unas relaciones cordiales, solo eso. Tuvo una verdadera amiga, Lucía, que se había ido tiempo atrás cuando trasladaron a su padre. Aun se escribían de vez en cuando, pero se sentía sola, me dijo. En Elizondo no tenía amigas ni dentro ni fuera del cuartel.

Muchas veces, mientras le escuchaba, tenía que refrenar las ganas de pasar al otro lado de la mesa y abrazarla. Ojalá lo hubiera hecho. En lugar de eso seguía haciéndole preguntas. Quizás para no tener que hacérmelas a mí misma porque escuchándola descubrí lo sola que estaba también yo. Tenía a mi hija, pero se me estaba olvidando lo que era charlar durante horas con una amiga en un café, algo que me encantaba hacer en mi otra vida.

La siguiente vez que vio a Jon fue poco antes de Navidad, una mañana que llovía. Era un jueves me dijo, el único día que terminaba las clases antes, a las doce, el resto de los días salía a las dos. Por eso cuando lo vio apoyado en un banco en la plazuela de San José con una americana de pana y un paraguas negro, supo que habría hecho muchas averiguaciones y se habría tomado muchas molestias para coincidir con ella. Sólo por eso le dedicó su mejor sonrisa. «¿Qué haces aquí?», me dijo que le preguntó, y él le contestó que llevaba seis jueves seguidos yendo al Boulevard, que a estas alturas no creía que hubiera en Pamplona nadie que entendiera de jazz más que él. Pero había comprendido que no la iba a encontrarla allí y había dejado de interesarle el género.

Eva era capaz de reproducir conversaciones enteras y a mí no me costaba imaginar las situaciones. Llegaba incluso a oír el repiqueteo de la lluvia en el paraguas. Fueron a tomar algo a un bar de Nabarrería y hablaron de todo y de nada. De los planes que tenían y de los compañeros de piso. Se contaron anécdotas de su vida de estudiantes. «Era fácil hablar con él», dijo Eva mientras sacaba del bolso un pañuelo de papel y se sonaba la nariz. Antes de separarse, se puso tierno, le cogió la mano y le dijo que se acordaba muchas veces de la última noche que pasaron en Urbasa. Ella no quiso confesarle la verdad, que se había quedado enamorada como una tonta y le había echado de menos día tras día durante todo el curso anterior. Sus cartas llegaron a hacerle tanto daño que terminó rompiéndolas. En lugar de decirle eso le sonrió y le dijo que tenía razón, lo habían pasado bien en el campamento.

Estábamos a mediados de noviembre. Los sábados por la mañana Adriana y yo nos abrigábamos y salíamos a explorar la ciudad. Casi siempre terminábamos en la Taconera viendo los ciervos, después comprábamos un cucurucho de castañas asadas que nos comíamos sentadas en un banco del Paseo de Sarasate. Como nos dejaban sedientas nos tomábamos un refresco antes de volver a casa a la hora de comer cargadas de libros, revistas y álbumes infantiles que comprábamos juntas en El Parnasillo. Uno de aquellos sábados quise ver la escuela de magisterio, la plazuela de San José y los bares de la Nabarrería. Hasta ese punto me obsesionaba la historia de Eva. Sabía que no era un sitio adecuado para pasear con mi hija. Fue lo primero que me dijeron al llegar a Pamplona y preguntar por los lugares de interés. «Esa zona está llena de yonkis, evítala», me habían dicho, pero no me resistía a ver los lugares que mencionaba mi joven paciente.

Una tarde me habló de cómo la escuela fue cambiando su forma de ver las cosas. La política había estado presente en su vida siempre, pero en su versión más perversa y más adulterada. A medida que su hermano, tres años mayor que ella, se hacía grande las discusiones con su padre fueron subiendo el tono. Durante mucho tiempo les escuchaba sin intervenir, como su madre, siempre tan sumisa, pero nunca tuvo dudas de que de los dos era su padre quien tenía razón. Recordé al hombre que en las primeras sesiones acompañaba a Eva y se quedaba todo el tiempo que duraba la sesión en la sala de espera. Solíamos salir juntas y nada más abrir la puerta se ponía de pie y se acercaba a nosotras. Había casi una súplica en su voz cuando me preguntaba cada día «¿cómo la encuentra, doctora?, ¿está mejor?». Era un hombre robusto de unos cincuenta años, no muy alto, con el pelo engominado y un poblado bigote salpicado de canas. Trataba de tranquilizarlo, aunque en aquellas sesiones las cosas no iban bien. De hecho, no podían ir peor. Eva adoraba a su padre. A pesar de haber sido guardia civil durante el franquismo, o quizás por eso mismo, era mucho más demócrata que su hermano. «Mi hermano es un fascista», me dijo Eva aquel día. «Apoya lo que hace el Batallón Vasco Español. Mi padre, no».

—¿Y tú?

—Yo tampoco —respondió Eva ofendida—. Nunca he creído que esa sea la solución. No creo que se pueda vencer al odio con más odio.

Se quedó pensativa unos segundos y luego continuó:

—¿Sabe cómo descubrí hasta qué punto nos despreciaban? Me quedé en silencio, esperando su respuesta. Porque si alguna vez alguien del pueblo tenía una palabra amable conmigo, un simple saludo, un movimiento de cabeza, me alegraba el día. Pero no me parecía que la gente fuera malvada. Nada de eso. Más bien pensaba que éramos nosotros quienes no debíamos estar allí. De niña fantaseaba con que teníamos una enfermedad contagiosa, como si en lugar de un cuartel estuviéramos viviendo en una leprosería, y esa era la razón de que nos evitaran.

—Has dicho que la escuela de magisterio cambió tu forma de ver las cosas —le animé a continuar.

Me contó que empezó a alternar con gente muy distinta. Un grupo de unos diez o doce chicos y chicas quedaban los sábados para ir al monte. A mediados del primer trimestre ya les habían invitado a Paula y a ella a unirse a esas salidas, y se animaron un par de veces. «Me sentía una intrusa», me dijo. «Muchos de ellos hablaban vasco, o lo estaba estudiando, y su tema de conversación casi siempre era la política. Todos eran abertzales, todos justificaban los atentados. Con matices, es verdad, pero nadie se desmarcaba abiertamente. Llamaban txakurras a los guardia civiles, perros, ¿se da cuenta?».

—¿Nadie sabía que tu padre era guardia civil?

—Nadie, era mi gran secreto. ¿Se imagina? Escuchaba argumentaciones que me dejaban helada. Se escandalizaban de que ETA pusiera un coche bomba en una calle a riesgo de llevarse por delante a cualquiera, pero tratándose de guardia civiles no les parecía mal. Es una guerra, decían. Sacaban a colación los atentados contra concejales de Herri Batasuna, la brutalidad de los antidisturbios que disparaban con fuego real contra los manifestantes, las personas a las que habían matado en controles de carretera. Muchos de ellos tenían amigos o conocidos que estaban presos y habían sido torturados.

En aquel punto yo ya no podía dejar de pensar en Héctor. Era incapaz de imaginar a qué grados de humillación y sufrimiento lo habrían sometido antes de matarlo. Eran sesiones de una intensidad asfixiante. Cuanto más afectada estaba Eva, más bajaba la voz y terminaba hablando en susurros y a mí se me quedaba la boca seca y pastosa.

—¿Y crees que tenían razón tus amigos? ¿Aquí se tortura?

—Por supuesto. Empecé a darme cuenta de que la realidad era mucho más compleja de lo que había pensado hasta entonces. Pero eso no me servía de nada. Volvía abatida de aquellas excursiones, así que dejé de salir con ellos. Quiero mucho a mi padre. Es un buen hombre, no se puede imaginar cómo sufre por lo que me está pasando. No podía aceptar que su vida tuviera tan poco valor para unas personas que por lo demás eran cordiales y generosas.

»Llegué a convencerme de que en esta ciudad estaban todos locos. Sería por el clima. Tanta lluvia y tanto frío no pueden ser buenos. Yo misma presencié una pelea inverosímil y además provocada por mí. Empezó con una tontería. En el colegio de Adriana tenían la costumbre de celebrar los cumpleaños de varios niños el mismo día. Me lo había advertido la tutora en nuestra primera reunión. Para que nadie en la clase se sintiera excluido cada dos meses hacían una fiesta en una cafetería y se felicitaba a los pequeños que habían cumplido años recientemente. Se les ponía una corona de papel y se encendían y apagaban las velas tantas veces como hiciera falta. Me pareció una buena idea. Gente práctica, pensé. Además, a nosotras no nos tocaría organizarlo hasta final de curso. Las fiestas solían ser los viernes por la tarde y no quise perderme la primera. Cuando nos quedamos solos los mayores, éramos diez o doce madres y unos pocos padres, pedimos café y nos fuimos sirviendo los restos que nuestros hijos, que habían salido a jugar a la plaza, habían dejado sobre la mesa. Me sirvieron un trozo de bizcocho en el que aún se veía rastros de la palabra Zorionak escrita con azúcar glasé. No sé qué dije de lo extrañas que me resultaban las palabras vascas tan llenas de kas. Pretendía ser un comentario intrascendente, una de esas pavadas que se dicen para romper el hielo en una conversación entre extraños, pero en seguida me di cuenta de que había abierto la caja de los truenos. Alguien me dijo que ya iría dándome cuenta de la invasión a que estaban sometidos. Otra madre muy alterada le rebatió y en poco tiempo me encontré en medio de dos bandos que se hablaban a gritos. De casualidad no terminamos a tartazos.

—¿Cuándo volviste a ver a Jon?

—Después de Navidad. Debió de ser a mediados de enero. No sé cómo consiguió mi número de teléfono. Vivíamos en la plaza de la Cruz. El curso siguiente Paula y yo cambiaríamos de piso y de compañeras, pero entonces aun vivíamos allí. Me di cuenta de que también ese recuerdo le resultaba doloroso. Llamó desde una cabina. Le dijo que estaba a un paso de su casa y le preguntó si tenía tiempo para un café. Estuve a punto de decirle que no, pero le dije que sí, si era algo rápido, que había quedado en media hora. Era mentira, pero no quería que se imaginara que no tenía vida social, y además quería disponer de una excusa para evitar que el café se alargara —me dijo Eva.

—¿Y por qué tanto miedo?

—Porque Jon me gustaba y sabía que podía terminar ocurriendo lo que ocurrió. Nada más sentarse en una cafetería de Carlos III y pedir al camarero unos cafés, sacó del bolso un paquete envuelto en papel de regalo y se lo ofreció. Vio cómo le temblaban las manos y le gustó su timidez. Lo estaba pasando fatal. ¿Es mi regalo de Reyes? —le preguntó Eva para ayudarle a pasar el mal rato—. Yo no tengo nada para ti, pero gracias.

Cuando lo abrió se quedó extrañadísima. Eran dos pequeñas marionetas, dos personajes de la comedia del arte: arlequín y polichinela, entonces no sabía que se llamaban así, me dijo, lo tuvo que buscar en una Enciclopedia. Le pregunté a Eva por qué le había parecido tan sorprendente el regalo y me dijo que llevaba dos meses en el grupo de teatro de la escuela, ensayando dos tardes por semana en los locales de una parroquia. «En aquel momento no recordaba que yo misma se lo había contado. Luego hice memoria y sí, justamente acabábamos de tener la primera reunión la semana que Jon se presentó de improviso en la puerta de Magisterio», me dijo Eva. Estaba tan ilusionada que seguro que le hablé como una cotorra de Juan Lobato. En el tiempo que llevábamos juntas apenas le había visto sonreír abiertamente. Ahora observé cómo se transformaba cuando lo hacía. Eva era una preciosidad. Un chico de su clase, ese Juan Lobato, se había empeñado en crear un grupo de teatro y tenía tanto entusiasmo que había conseguido convencer a veinte o más para que asistieran a una primera reunión. Les explicó que quería montar una obra de Bertold Brecht, Terror y miseria del Tercer Reich.

¿Cómo podía explicarle a Eva que quince años atrás, en 1967, y a diez mil kilómetros de distancia, Héctor y yo habíamos visto esa misma obra en un salón de actos abarrotado de estudiantes? ¿Cómo podría entender lo afortunada que me sentía entonces por tener junto a mí al hombre de mi vida? Acabábamos de venir de pasar medio año en un París efervescente y estábamos redescubriendo a los amigos y enamorándonos de nuevo de Buenos Aires. En pocos meses abriríamos nuestra propia consulta. Teníamos todo el maldito futuro por delante.

No podía dejarme llevar por mis ensoñaciones, y seguí haciéndole preguntas a Eva. Mi objetivo no era adentrarme en sus sentimientos, yo no era una espeleóloga ni nada parecido. Para entender lo que le había pasado y sobre todo para que lo entendiera ella, en esa fase inicial del tratamiento buscaba algo más fácil y más difícil al mismo tiempo. Lo que quería era perspectiva, poder ver las cosas con cierta distancia o desde cierta altura, mejor. Me gusta la historia de Julius Neubronner, el farmacéutico que a principios del siglo XX se las ingenió para colocar una pequeña cámara de fotos en una paloma mensajera con un sistema neumático que activaba automáticamente el disparador. Aquellas imágenes hechas al azar producen vértigo. Lo que nos enseñan esas fotos es que los seres humanos necesitamos elevarnos para observar mejor, algo que hemos sabido siempre.

Aquella tarde, después de darle las marionetas y tomar el café, cuando Eva, para no traicionarse, y a pesar de que estaba disfrutando, le recordó que tenía una cita y debía irse, él le preguntó si estaba saliendo con alguien. «Era la pregunta que menos me esperaba», me dijo. Estuve a punto de no contestarle. Me salí por la tangente. No es por eso, he quedado con una amiga. Sabía que no era lo que le había preguntado, pero no le apetecía dar explicaciones sobre su vida. También ella se moría de ganas de saber si él tenía novia. La noche del Boulevard le había dado la impresión de que iba de la mano de una de las chicas, pero no se lo preguntó.

—Aún estaba llena de reticencias —me dijo—. Era un chico agradable y tranquilo. Me gustaba estar con él. Empezaba a conocerlo un poco. Sabía que era un estudiante responsable, que pasaba casi todas las tardes en la biblioteca de la universidad, que le gustaba el cine, que era un buen lector y que, como yo, los fines de semana se iba al pueblo. Pero aparte de eso, qué sabía de él. Nos habíamos visto dos veces en un mes y año y medio antes, habíamos pasado juntos una semana en la sierra. Eso era todo. Nos comimos a besos la última noche, vale, eso también era verdad. Pero ¿qué más? Suponía que haría largos viajes para visitar a su hermano en la cárcel y que estaría rodeado siempre de personas que odiaban a la guardia civil. No parecía una buena base sobre la que construir una relación.

A principios de diciembre decidí que ya estaba bien de ir siempre corriendo a todas partes. Se me acumulaban los pacientes y cada vez salía más tarde del consultorio, más tarde y más cansada. Diariamente atendía a seis personas, a ocho, a veces incluso más, y aunque ningún caso me turbaba como el de Eva, cada uno me iba minando un poco. Salía exhausta, con apenas fuerzas para recoger a mi hija y repasar con ella los deberes. Cenábamos y le acompañaba a la cama con un cuento, pero ya no podía limpiar y preparar la comida del día siguiente. Y con todo lo peor no era eso, sino la mirada acusatoria de Marisa, que ya tenía a su hija en pijama y casi lista para acostarse cuando yo llegaba a buscar a la mía. Me sentía la peor madre del mundo. La actitud de Adriana, a esas horas somnolienta y a menudo enfurruñada tampoco ayudaba a sentirme mejor. Lancé un SOS y mis propios compañeros de la Fundación se ofrecieron a buscar a alguien que pudiera ayudarme. Un sábado por la mañana fueron pasando por nuestro apartamento varias personas. En cuanto conocimos a Teresa supimos que sería ella. Nos hizo gracia dar con una chica con un acento argentino más acusado aun que el nuestro, algo que en una ciudad tan provinciana nos había convertido en el colmo del exotismo.

Eva no quiso decirle que no estaba saliendo con nadie, pero tampoco zanjó allí el asunto. Fueron juntos hasta la marquesina donde él debía quedarse a esperar el autobús. En el camino Jon se interesó por la obra de Bertold Brecht. «¿Qué días tienes ensayos?», le preguntó. Ella se lo dijo. «¿Podría ir a ver cómo está quedando? Me haría ilusión». Era evidente que estaba pidiendo a gritos una nueva ocasión para estar juntos. «No depende de mí», le contestó Eva. Además, estoy segura de que te aburrirías. Después de esa respuesta él se quedó en silencio lo que quedaba de trayecto, caminaba a su lado cabizbajo. Cuando estaban a punto de separarse por un momento volvió a verle la mirada triste que le había resultado tan enigmática y tan seductora cuando lo conoció en Zudaire. Para no dejarlo así de mal, le dio dos besos cerca de la comisura de los labios y posó suavemente su mano enguantada en el cuello de él para susurrarle al oído que las marionetas le habían parecido preciosas. «Estaba guapísimo aquella tarde,» me dijo Eva llorando. «En ese momento llegó el autobús. Revivo esa escena muchas veces. Creo que si no le hubiera dado aquellos dos besos podría haber sido nuestra despedida, el punto final, y quizás él aun seguiría vivo».

Una tarde se lo pregunté.

—De verdad crees que eres responsable de la muerte de Jon?

—Lo intuyo —me contestó de manera misteriosa.

Tuve que explicarle que era una reacción habitual en personas que habían pasado por situaciones como la suya. «Es comprensible que lo sientas, pero debes quitártelo de la cabeza: tú no tienes la culpa de su muerte. ¿Lo entiendes, Eva?». Me quedé mirándole a los ojos hasta que ella se rindió y murmuró algo, «si usted lo dice» o «supongo que tiene razón o algo parecido». Hacía trampas. Le estaba exigiendo que resolviera en tres meses lo que yo no había sido capaz de resolver en tres años. Algunas veces en Barcelona recibía cartas de amigos que milagrosamente se habían salvado del horror y ahora se recuperaban poco a poco en París o en México, aunque lo cierto es que en algunos casos no se recuperarían nunca. Sus cartas querían ser esperanzadoras, pero no podían evitar que entre líneas asomaran las atrocidades que habían visto. Tampoco era necesario que lo escribieran. Éramos muchos los argentinos que malvivíamos allí en aquella época y había bares donde nos reuníamos y solo hablábamos de eso, de los prisioneros que arrojaban desde los aviones y con los que se alimentaban los caimanes, de cómo a veces de los montones de cadáveres rociados con gasolina surgían gritos de entre las llamas. Esas imágenes aparecían en mis pesadillas. Y sí, me sentía culpable por no haberle advertido a Héctor de los peligros y no haberlo sacado de allí a tiempo.

La Navidad se nos vino encima casi sin darnos cuenta, y con ella la iluminación de las plazas, los villancicos y los belenes por todas partes. De nuevo Pamplona me parecía una ciudad amable, ideal para pasear con mi hija, que se quedaba con la boca abierta a cada rato. También la primera nevada nos la encontramos por sorpresa. Una mañana levanté la persiana y el parque de la Media Luna estaba completamente blanco. Adriana no podía creer esa transformación. Me preguntó si no había escuchado nada mientras caía la nieve y le dije que no, que había ocurrido durante la noche. Yo había corrido a llamarla en cuanto la había descubierto. Abrimos la ventana de par en par. Nos llamó la atención el silencio. Fue algo mágico y efímero; pronto empezaron a escucharse gritos de niños a lo lejos y algo se quebró. Teresa vino temprano para salir con nosotras a pasear por la nieve. Era un sábado, o al menos yo estaba de vacaciones y ella no tenía que venir, pero vino porque le gustaba estar con nosotras, sacándonos fotos, tirándonos bolas y señalando las tramas hermosísimas que formaban las ramas de los árboles nevados. Acabó siendo una más de nuestra familia y se empeñó en que fuéramos a conocer a la suya. No sé si fue ese mismo día por la noche o al día siguiente cuando nos llevó a conocer a sus padres y sus dos hermanas (eran cuatro chicas, pero solo tres vivían en la casa, la mayor se había casado y se había quedado en Argentina cuando habían regresado a finales del setenta y seis).

Vivían en un piso modesto cerca de la cárcel. No sé qué sabían de nosotras, pero todos, sus padres y sus hermanas, nos abrazaron y aunque no dijeran nada estaba claro que era un abrazo de condolencia y también de reconocimiento, eso último me lo dijeron nada más sentarnos en el saloncito. Tuvieron el detalle de ofrecerme un mate que rechacé. Les dije que un café me iba bien. Teresa y sus hermanas se llevaron a mi hija a jugar a alguna parte. Fue entonces cuando me dijeron lo agradecidos que estaban a mi país y lo que sufrían por él. Dijeron que no se merecía lo que le estaba ocurriendo. «Llevamos toda nuestra vida huyendo de dictaduras». La mujer tenía una voz agradable y un tono levemente argentino. «Sabemos cómo te sientes. Yo tenía veinte años cuando terminó la guerra. A mi padre le sacaron de casa en mitad de la noche y le pegaron un tiro en una cuneta. Y un hermano de Gabriel», me dijo señalando con un gesto a su marido, «murió en la cárcel. No tienes que contarnos nada que no sepamos». Las manos de él no dejaban de temblar. Estaba enfermo y en todo momento me miraba con una sonrisa triste y unos ojos clarísimos y llorosos. No sé qué ocurrió entonces. Quizás porque me paso la vida tratando de parecer impasible cuando me derrumbo tiendo a hacerlo de manera aparatosa. El caso es que me puse a llorar como una estúpida. Los dos se levantaron al mismo tiempo, se acercaron al sofá donde estaba sentada y me cogieron una mano cada uno, algo que mis padres nunca habrían hecho. El tiempo que Adriana estuvo jugando en alguna habitación con aquellas tres chicas, una hora o quizás más, me estuvieron hablando de su vida en Mendoza, una buena vida, después de todo, dijeron. Luego me hicieron prometer que pasaría con ellos la Nochebuena.

Me acordé muchas veces de Eva aquellos días. Me preguntaba cómo estaría pasando las fiestas. En nuestra última sesión la había visto emocionarse recordando el momento que los dos terminarían considerando como el inicio de su noviazgo. Había sido a mediados de marzo, el día que representaron la obra de Brecht, poco antes de las vacaciones de Semana Santa. Después del regalo de las marionetas se habían visto solo una vez. Cuando vio que pasaban las semanas sin que él diera señales de vida se convenció de que no volvería.

—¿Y no te importaba? —le pregunté.

Me dijo que sí.

—Le echaba mucho de menos. Cuanto más tiempo pasaba sin verlo y más segura estaba de que todo había terminado, con más nostalgia recordaba los momentos que habían compartido. Me acordaba de todas las conversaciones, de los gestos, hasta de la ropa que llevaba en cada encuentro. Me entristecía mucho haberlo perdido y al mismo tiempo sabía que era lo mejor.

Más tarde, él le diría que durante esas cuatro semanas había estado diez veces o más en el portal de su casa, a punto de tocar el timbre, pero sentía tanto miedo que no se decidió a llamar nunca. ¿Miedo de qué? «De quemar el último cartucho», le dijo. Se imaginaba que si se sentía rechazado, no tendría ya fuerza para intentarlo de nuevo. A mediados de febrero le llamó por teléfono para invitarla al cine. Trató de aparentar indiferencia y ella, que apenas podía aguantar las ganas de verlo, le dio largas y le dijo que le gustaría, pero si a él no le importaba le vendría mejor la semana siguiente. Fueron a ver Brubaker en el Mikael. Más de dos horas esperando en vano a que él se decidiera a cogerle la mano por fin o a besarla. En algunos momentos tenían los brazos tan juntos que sentía el cosquilleo del vello de Jon. No se enteró de partes enteras de la película y al final se sentía tan frustrada que cuando él le propuso tomar algo, le dijo que se había hecho tarde y debía volver a casa.

No se vieron hasta mes y medio más tarde. Estaba convencida de que las actrices se meten tanto en su papel que no tienen tiempo de fijarse en el patio de butacas, pero nada más salir al escenario lo vi, me dijo. Estaba sentado en la tercera o cuarta fila. Me gustó que estuviera allí.

—¿No te puso nerviosa?

—Al contrario, me dio confianza. Cuando vimos cómo estaba el salón de actos del instituto de la plaza de la Cruz todos tuvimos un momento de pánico, pero verlo a él me relajó.

Eva me dijo que tenía un par de papeles en dos de los varios sketches de que está compuesta la obra. «Creo que no lo hice del todo mal, pero me di cuenta de que no era lo mío». Me lo dijo con una sonrisa enigmática, como si se acordara de alguna metedura de pata y no la quisiera compartir conmigo. Pero lo más importante de aquella noche, lo que cambió su vida (esa fue la expresión que utilizó) no fue su debut sino lo que vino después. Jon se quedó hasta que se apagaron todas las luces. Habían planeado ir todos a cenar a un bar de la zona. No había camerinos propiamente dichos, así que estaban obligados a salir por el patio de butacas. Lo vio sentado completamente solo donde media horas antes había cientos de personas. Se levantó en cuanto la vio, se acercó y mientras le daba dos besos le dijo al oído que había estado genial y que estaba preciosa. Se quedaron rezagados. En ese momento, me dijo, no tuvo dudas de que seguían igual de colados que la famosa noche del Balcón de Pilatos y de que algo iba a pasar y que esta vez no se iba a resistir.

Le pregunté si se acostaron. «Esa pregunta es más propia de una paparazzi que de una terapeuta, ¿no cree?». Para entonces Eva ya era capaz de tomarme el pelo. Lo de terapeuta era una pulla. Unos días antes le había explicado, ahora empezaba a temerme que de manera un tanto pedante, por qué me gustaba ese término. Me miraba con picardía y continuó como si no la hubiera interrumpido.

—Después de cenar con todo el grupo, de ir a bailar a un par de pubs y de terminar medio borrachos fuimos a su piso —continuó—. Era un sábado y tanto él como yo estábamos solos en casa. Teníamos los dos pisos a nuestra disposición, pero cuando llegó el momento le dije que prefería ir al suyo. Los dos sabíamos a qué íbamos. Nos habíamos besado y nos habíamos metido mano ya en el pasillo de los baños del último bar. Me inventé una excusa. Le dije que era posible que una de mis compañeras viniera temprano al día siguiente. Lo que quería era saber cómo vivía. Necesitaba ver su habitación, comprobar si la tenía llena de ikurriñas, hachas y serpientes y fotos de etarras.

—¿La tenía?

—No. Era una habitación normal de estudiante, muy ordenada, eso sí, y con algunos detalles que me sorprendieron.

Me interesé por esos detalles, claro.

—Por la noche no tenía ojos más que para él —me dijo—. Fue todo muy tierno. Me sentí tan bien, tan cuidada.

De pronto se quedó en silencio. No hacía falta que dijera nada. Sabía perfectamente lo que estaba sintiendo. También yo me había ido a muchos kilómetros de allí y a otra época. Me asaltaron recuerdos de noches de una delicadeza y una dulzura extremas porque Héctor podía ser el hombre más cuidadoso del mundo y tenía que esforzarme por no echarme a llorar con Eva. Al rato continuó:

—Por la mañana, cuando me desperté, pude observar, y me sorprendió que tuviera plantas en su habitación —me dijo—. En el piso en el que vivíamos nosotras no había ninguna y en los dos o tres pisos de compañeras de clase que había visitado, tampoco, pero él tenía dos grandes macetas con plantas. Me dijo que eran ficus. Ni siquiera conocía su nombre. Y las fotos. Había varias fotos en un tablón de corcho y algunas en portarretratos. «Es mi hermano», me dijo cuando me vio mirando la única que tenía sobre la mesa donde estudiaba. Tenía un marco de madera de un color azul desvaído. Estaban los dos cogidos por los hombros, con aspecto de haber alcanzado la cima del Everest, riéndose satisfechos.

«¿Dónde está ahora?» —le preguntó Eva—, y él le respondió que en una cárcel en Zamora. Le dio la impresión, o al menos eso fue lo me dijo, de que prefería no hablar de ello.

Le pregunté si nunca hablaban de política y me contestó que, al principio, nunca. Y la situación era entonces tremendamente delicada. Ella misma hizo un resumen de algunos incidentes que habían tenido lugar recientemente. En el mismo mes ETA había secuestrado y asesinado al ingeniero José María Ryan, lo que había provocado manifestaciones multitudinarias de repulsa en todo el País Vasco. Pocos días después la policía había torturado al etarra José Arregui, hasta acabar con su vida. De nuevo la gente se había echado a la calle, esta vez para protestar contra los métodos de la policía, y más de cien presos habían iniciado una huelga de hambre. Una semana más tarde fue el intento de golpe de Estado. Todo eso había ocurrido apenas dos meses antes, pero ellos se comportaban como si nada. «Tiene razón», me dijo, «no era normal ese empeño en ignorar lo que pasaba a nuestro alrededor». A ella la intentona de Tejero le había trastornado hasta quitarle el sueño durante días.

—Me sentí avergonzada —me dijo—, igual que cuando se descubrían casos de torturas cometidos por guardia civiles. Sentía que me concernía personalmente. Pero con Jon era como si viviéramos en una burbuja, ajenos a todo.

Cuando a la semana de conocerlo se enteró de que tenía un hermano en la cárcel, se temió que fuera de esas personas que no hablan de otra cosa. Conocía a varias así, sin embargo él nunca comentaba nada. Al menos con ella. Cuando se vieron el día de la representación de la obra de Brecht, no había pasado más que una semana del asesinato de José Luis Prieto. Había ocurrido cuando iba a misa con su mujer a las ocho de la tarde en la calle Monasterio de Urdax. Ella aún estaba sobrecogida por los detalles, pero tampoco de eso hablaron. Ese día Eva me habló de cómo vivía ella la noticia de los atentados. Me contó que, por las tardes, si estaba en casa, cada hora ponía la radio solo para escuchar los boletines informativos. Siempre temiendo que la primera noticia fuera la de un atentado en Elizondo o en Lesaka o en Zugarramurdi, en alguno de esos lugares donde una bomba podría haber alcanzado el jeep en el que patrullaba su padre.

—Más tarde me preocuparía esa obstinación en evitar hablar de algo que forzosamente le debía interesar —continuó Eva—. Me decía a mí misma que solo había dos razones para ello. O bien estaba mucho más metido en ese mundo de lo que me imaginaba (si fuera un etarra sería comprensible que no quisiera hablar conmigo de los atentados). O bien, y esa era una explicación que me tranquilizaba, podía ser que le pasara como a mí, que a pesar de no tener nada que ver con ETA ni con ninguno de los grupos afines, se sintiera culpable por los atentados de la misma manera que más allá de toda lógica yo me sentía culpable (y abochornada) por la payasada del teniente Tejero. Tampoco a mí me gustaba hablar de eso.

Con Eva avanzaba así. Trataba de llevarla hasta un promontorio para observar con ella lo que había ocurrido en su vida en los tres últimos años y trazar un mapa que nos ayudara a salir del laberinto. La mayoría de las veces no lo conseguía, o nos elevábamos, pero solo veíamos niebla a nuestros pies. Otras veces me sentía como cuenta Norman Lewis que se sintió cuando vio Nápoles por primera vez desde una colina cercana. «Toda la ciudad —escribió en su diario— se extendía a mis pies como un mapa antiguo, en que el cartógrafo hubiera trazado casi con exagerada minuciosidad los numerosos jardines, los castillos, las torres y las cúpulas. Un mapa tan preciso que coincidía en extensión con la ciudad, como en el cuento de Borges». Con esa minuciosidad creía ver yo los tortuosos vericuetos de la vida de Eva, pero era una visión que no tardaba en desvanecerse y debíamos seguir avanzando a ciegas.

Un día de esa Navidad salí a comprar los regalos de Adriana. No quería esperar a última hora, así que le pregunté a Teresa si no le importaba quedarse unas horas con mi hija. Había trabajado por la mañana y lo había organizado para tener la tarde libre. En la primera juguetería encontré lo que iba buscando. Incluso me había dado tiempo de comprarme una chaqueta y unas botas y de tomar un café. Volvía a casa satisfecha de lo que me había cundido la tarde cuando al pasar por delante del Bibliófilo en Carlos III lo vi. Héctor estaba dentro, mirando unos libros. En un segundo todo empezó a darme vueltas. Temí que fuera a darme un infarto en plena calle. No era él, lógicamente. Llevaba un saco idéntico a uno que habíamos comprado juntos en París, una barba con algunas canas como la suya, unas gafas de pasta parecidas y tenía su misma altura, pero no era él. Sin embargo, esa visión me dejó alterada durante días. Me preguntaba si no me habría precipitado al darlo por muerto. Me consolaba con explicaciones poéticas y absurdas. A Héctor lo había visto muchas veces con la actitud despreocupada que tenía el hombre del Bibliófilo, pasando lentamente las hojas de un libro en locales como aquel. De dos cosas estaba segura: de que, si un día apareciera vivo, alguien se pondría en seguida en contacto conmigo para comunicármelo, y de que estuviera donde estuviera no tardaría en dar con una librería. Aún estaba más segura de esto último. Y en ese momento se me ocurrió que todas las librerías del mundo estaban comunicadas entre sí y que se puede observar desde cada una de ellas lo que pasa en las demás. Esa debía de ser la razón por la que no podía dejar de entrar en todas las que me salían al encuentro. Esas ideas disparatadas me ayudaban a seguir adelante. Aunque a veces me decía a mí misma que adonde me llevaban de cabeza era al manicomio.

«Por un tiempo me sentí la mujer más feliz del mundo», me dijo Eva cuando volvimos a encontrarnos, y le recordé que en la última sesión nos habíamos quedado en la noche del estreno. «Aquella Semana Santa fue todo distinto», me dijo. A Jon no volvió a verlo hasta dos semanas más tarde. Empezaba las vacaciones y se iba ese mismo domingo a Portugal a pasar unos días con sus padres y su hermana, que estaba entonces haciendo segundo de BUP. Esas informaciones me las daba con cuentagotas. Visitarían a su hermano en Zamora y después se iban creo que a Viana do Castelo. «Necesitamos descansar», le había dicho cuando Eva le preguntó si iba a hacer algo especial en vacaciones. «Mis padres están agotados». Se despidieron sabiendo que esa noche se había establecido un vínculo. «Yo al menos lo sentía aquí», me dijo tocándose el pecho con la palma abierta. Era la primera vez en su vida que sentía eso y todo lo que hasta entonces le había hecho sufrir, los recelos, las preocupaciones, las humillaciones, parecieron desvanecerse o dejaron de tener importancia al menos.

—Se te olvidaron de repente todas las razones por las que te habías resistido a iniciar esa relación…

—No del todo. Cuando también él me preguntó por mis planes, estuve tentada de decirle como quien no quiere la cosa: me voy a casa, al cuartel, pasearé, estudiaré, saldré sin ganas con unas amigas que no me gustan y pensaré en ti. Pero no se lo dijo por miedo a que todo terminara allí.

—¿Y no crees que habría sido lo mejor?

—Seguramente.

La consecuencia de su falta de valor con Jon, me dijo, fue que se envalentonó en su casa. Nunca había discutido con su hermano como durante aquellos días. La primera vez que le escuchó bromear sobre el intento de golpe de Estado de febrero, ella se indignó de una manera que los dejó a todos boquiabiertos. «¿Qué mosca le ha picado a ésta?», me contó Eva que había exclamado mirando a su padre, como si no entendiera nada. Estaba acostumbrado a que nadie le llevara la contraria. Su padre solía guardar silencio, no porque compartiera lo que decía sino porque le aburría discutir. Solo le paraba los pies cuando subía el tono. El hermano de Eva tenía entonces veintiún años y después de haber estudiado electrónica en una escuela de oficialía estaba preparando las oposiciones para entrar en la Guardia Civil.

A partir de ese día las comidas empezaron a ser animadas. Una vez puestas las cartas boca arriba discutían casi por cualquier cosa. «Cómo has cambiado», me dijo Eva que gritó uno de aquellos días. «Me gustaría saber con quién andas en Pamplona», y a ella le dieron ganas de responderle que por primera vez en su vida andaba con gente normal, pero solo le dijo que salía con quien le daba la gana y que eso no era asunto suyo.

—¿Y habías cambiado tanto en esos meses?

—Supongo que sí. La primera vez en mi vida que fui a una manifestación fue la que se convocó en contra del intento del golpe de Estado.

En ese momento me sentí muy vinculada a Eva. También yo había asistido a una manifestación en Barcelona, posiblemente el mismo día y a la misma hora y con la misma emoción. Apenas me había preocupado hasta esos días el destino de este país que ha terminado siendo el mío. Me manifestaba contra el intento de los guardias civiles de tomar el Congreso, desde luego, pero en silencio gritaba contra Videla, contra Galtieri y contra los asesinos de mi marido. La voz de Eva me sacó una vez más de mis recuerdos.

—Cada vez que Paula y yo nos encontrábamos con una manifestación, lo pasábamos fatal —estaba diciendo—. La Escuela está en pleno casco viejo, ya sabe, y todas las semanas había pelotazos y carreras de los grises. Nos hicimos expertas en buscar rutas alternativas. Bajábamos por el portal de Francia, atravesábamos el Arga por alguno de los puentes y volvíamos a subir unas veces por la Media Luna y otras por la Taconera para llegar a casa. Podíamos andar durante horas para asegurarnos de que no nos íbamos a encontrar ni de lejos con los manifestantes ni con los policías. No sé qué nos daba más miedo —dijo. Y al rato añadió: «Me imagino que esas eran las cosas que me habían hecho cambiar».

—¿No hablabas con nadie de política?

—Los días que siguieron al 23 F con algunos profesores comentamos en clase lo ocurrido —continuó. Les leyeron artículos de opinión y editoriales de algunos periódicos e improvisaron debates que terminaban siendo muy participativos. Hablaban sin miedo de lo que pensaba cada uno. Era algo liberador. Ella era tímida para expresarse en público, me dijo, pero le gustaba escuchar a los demás y por primera vez sintió que era algo valioso poder hablar así de confiados. Me dijo que fue a la manifestación sobre todo por defender eso.

Esta conversación la habíamos tenido durante los primeros días de 1983. Aun no me había recuperado del shock que me produjo la visión del hombre al que confundí con Héctor. Solo había pasado una semana. Una noche me desperté sobresaltada porque había sentido una mano posándose sobre mi brazo. En el sueño escuché la voz de Héctor susurrando, no me busques, no pierdas el tiempo o no vale la pena o es inútil, no recordaba las palabras exactas, pero sí el sentido de lo que quería decir, y sobre todo la urgencia. Aún notaba fría la zona del brazo donde había sentido el contacto de su mano. Miré el despertador, eran las dos de la madrugada y tenía miedo. Fui a la cama de mi hija y me acosté a su lado, pero ya no pude dormir. Al día siguiente llamé a mi familia a Argentina para desearles un feliz año. Hablé con mi madre. Una conversación breve. Me dijo que la esperaban, que estaba saliendo por la puerta cuando había escuchado el teléfono. Quedamos en que hablaríamos en otro momento, pero las dos sabíamos que pasarían meses y que, una vez más, sería yo quien llamaría. No me engañaba. Hacía tiempo que había dejado de sufrir por la ruptura con mi familia. La única razón por la que seguía manteniendo el contacto era por si me daban alguna noticia sobre mi marido.

Cuando Eva me hablaba de las violentas discusiones con su hermano escuchaba el eco de las peleas que había tenido yo con mi padre y mis cuñados después de la detención de Héctor. Me preguntaba cómo era posible que mi vida y la de una joven a la que casi le doblaba la edad, y habiendo vivido a tanta distancia, tuvieran tantas cosas en común. Mi padre era un hombre influyente y no quiso mover un dedo por ayudarme. Se lo reproché a él y a los maridos de mis dos hermanas, que también ocupaban cargos importantes. Les supliqué que hicieran algo. Un día en una comida familiar estallaron y los tres, uno tras otro, me dijeron algo de lo que habían hablado muchas veces entre ellos, eso lo percibí claramente. Mi padre me dijo que él se lo había buscado. Héctor se ha pasado la vida dándonos lecciones. Ha sido un gallito y ahora le toca pagar por ello. Nunca le he perdonado esas palabras. Dos semanas después vinieron los paramilitares a registrar mi casa y Adriana y yo nos vinimos a España.

Durante la última semana de abril y casi todo el mes de mayo vivieron un noviazgo en toda regla. «Dos meses de inocencia», dijo Eva el día que me lo contó. Siguieron viviendo cada uno en su piso, por supuesto, pero todos los viernes y a veces entre semana pasaban la noche juntos. Se quedaban en el piso que estuviera vacío o en el que hubiera menos gente. Les daba lo mismo, contaban con la complicidad de los compañeros de él y las compañeras de ella. Eran discretos y eran felices.

—Y ¿qué pasó? —le pregunté cuando vi cómo se le ensombrecía la mirada.

—Pasó lo que tenía que pasar. Se enteró de mi secreto. Fue a finales de mayo del 81. Vino a hacerme una visita sorpresa un sábado y lo descubrió, así de sencillo.

Aquel día Eva lloró más que otras veces, recordando algo que aún le partía el corazón. Lo normal —me dijo— era que se llamaran por teléfono el lunes (casi siempre era él quien llamaba) y quedaran para verse el mismo lunes o el martes. En esa cita hacían planes para el resto de la semana. Pero ese lunes él no llamó ni tampoco el día siguiente. Le pareció extraño. Lo echaba de menos. Hacía buen tiempo y tenía ganas de pasear juntos por la Ciudadela, por la Taconera, por cualquier parque de la ciudad. El miércoles por la tarde, preocupada, llamó ella, varias veces. No lo encontró en casa. Y lo mismo el jueves. Fue a su casa, tocó el timbre y no le abrieron la puerta. No sabía qué pensar, me dijo. Estaba muy preocupada. Repasaba lo que habían hablado durante sus últimos encuentros por si le había advertido de algún cambio que ahora no recordaba. «Llegó un momento en que pensé que me iba a poner enferma si no hacía nada, así que decidí seguir su ejemplo y el viernes fui al edificio central de la Universidad y lo esperé a la salida».

—¿Quieres que paremos?

Las lágrimas le rodaban por las mejillas y estaba alterada.

—Me ignoró —dijo—. Iba con tres chicos, pasó a menos de un metro de donde estaba e hizo como si no me hubiera visto. No me lo podía creer. Me sentí indignada. «¡Eh, tú!», le grité sin pensarlo. «¿Es que no me vas a hablar?».

Eva lo estaba reviviendo con tanta intensidad que me asustó. Gritó y me miró como si estuviera viendo a Jon, me preguntaba si no estaría sufriendo una alucinación. Estaba dispuesta a montar un escándalo. Les miraron unos guardias jurados (la Universidad había sido objeto de atentados en repetidas ocasiones y tenía unas medidas de seguridad extremas, me dijo). Él se volvió enfadado, la cogió del brazo y se la llevó hacia el edificio de la biblioteca. Se sentaron en un banco alejado de los sitios de paso. También a él le temblaba la voz. «No lo había visto nunca así», me dijo.

—¿Es que no le me lo ibas a decir? —le preguntó.

—¿Si no te iba a decir qué?

—Que eres hija de un txakurra.

Ya había salido la palabra que le revolvía el estómago. Había dejado de salir al monte con el grupo de clase porque la utilizaban continuamente.

—Mi padre no es un txakurra, ¿te enteras? —gritó fuera de sí. Hizo ademán de levantarse.

—¿Creías que no me iba a enterar de que estaba saliendo con la hija de uno de los que nos torturan?

En ese momento me dijo que sintió cómo algo se le rompía por dentro. Se puso de pie, le miró con frialdad y le contestó con todo el desprecio que pudo reunir: lo que creía era que no ibas a reaccionar así. Desde hace dos años yo sé que tu hermano es uno de los que nos asesinan. ¿Te has parado a pensarlo? Y aun así te he querido. Ni te imaginas cuánto. Ahora sé que no te lo mereces.

Los laberintos que en la mitología eran el símbolo de la perdición y del peligro en algún momento de la historia se convirtieron en un juego. Hacía menos de un año que había visto El resplandor. En la película, al lado del hotel Overlook, construido sobre un cementerio indio, hay un laberinto. Visto desde arriba, desde una perspectiva aérea, que es como lo ve en un plano incomprensible Jack Terrance (Jack Nicholson), no tiene ningún misterio, es una especie de hormiguero. A medida que la cámara desciende en picado, se ve a la mujer de Jack y a su hijo pequeño riendo mientras recorren los pasillos que forman los altos muros de los setos. Ese mismo laberinto en las escenas finales se convierte en una pesadilla. No hay nada más angustioso que estar perdido en una de esas construcciones de noche, con todo cubierto de nieve y sabiendo que estás dejando tus huellas marcadas y con un minotauro dentro (o con un loco con un hacha, como en El resplandor). Que sea un peligro o un pasatiempo depende de la perspectiva. Si alguien nos fuera guiando desde una torre, la salida del laberinto sería algo sencillo. En su defecto, un hilo atado a la cintura, como el de Ariadna, también ayuda. Ese era mi trabajo: ayudarle a Eva a salir del laberinto, guiarle. Aquella fue la segunda vez que le hablé de mí. Después de relatarme el encuentro en la Universidad, estaba destrozada. Le dije que la decepción es uno de los sentimientos más difíciles de superar. Por la forma en que me miró entendí lo que estaba pensando. «Pero ¿qué sabrás tú o que fácil es pontificar desde tu posición?». Me di cuenta de lo lejos que estaba de mi en ese momento. Por eso le hablé como lo hice.

«Héctor nunca le gustó a mi padre», empecé diciéndole. Me levanté, fingí buscar algo en la estantería y después me senté en la butaquita del rincón. No la utilizaba nunca y ahora, con la lámpara de mi mesa como único foco de luz del consultorio, quedaba en penumbra. Desde donde estaba, veía a Eva de perfil. Ella no me miró ni una vez. Durante los quince minutos, quizás más, que quedaban para el final de la sesión, permaneció en silencio, escuchándome.

—Siempre he sabido que fui un accidente —continué—. Mis padres habían tenido dos hijas seguidas en los dos años que siguieron a la boda y diez años más tarde, cuando ya nadie pensaba que la familia fuera a aumentar, nací yo. Que fuera un accidente no quiere decir que no fuera bien recibida. Todo lo contrario. Durante mi infancia, fui la niña de los ojos de mi padre. Estaba siempre ocupadísimo. Era un arquitecto cotizado. A veces nos llevaba a ver las obras de los edificios en los que andaba trabajando. Cada vez eran encargos más importantes. Una vez se dio un susto tremendo porque me caí por el hueco de una escalera y casi me mato. Para entonces yo ya era una adolescente. Me había llevado un sábado a ver el Teatro Municipal General San Martín, en la avenida Corrientes. Estábamos solos en mitad de aquellos andamios. Al final todo quedó en un esguince, pero tuvimos que ir corriendo al hospital, y aún me acuerdo de su palidez y sus temblores. Estuvieron a punto de ingresarle. Me quería mucho y yo a él, pero en algún momento aquello se jodió. Supongo que también a mí me cambió la Universidad. Ninguna de mis dos hermanas había estudiado más allá del secundario. Las prepararon para ser dos buenos partidos y las dos ya estaban casadas cuando empecé a estudiar medicina. Bien casadas, además. Pilar, la mayor, con otro arquitecto, con el hijo de un socio de mi padre y Blanca con un abogado que trabajaba para ellos. Al final todo quedaba en casa. Vivíamos en una mansión con un jardín enorme y me daba cuenta de cómo íbamos ascendiendo socialmente por las fiestas que celebrábamos cada tres o cuatro meses y a la que cada vez asistían personajes más encumbrados: alcaldes de ciudades importantes, algún ministro, militares, todos ellos llevando del brazo a sus señoras con unos vestidos copiados a Grace Kelly, aunque por supuesto no le quedaban como a ella.

Quería convencerme de que estaba haciendo eso para ayudar a Eva, pero ni siquiera mientras le hablaba las tenía todas conmigo. Había cambiado de sitio y me había ocultado para señalar la distancia entre la terapeuta y la mujer que confesaba, pero ni aun así estaba convencida de actuar correctamente. Toda la profesión médica se me habría echado encima por mis métodos, pero eso no me preocupaba tanto como no saber si lo hacía solo por ella. Desde luego, a mí me estaba haciendo daño contar cómo se había ido deteriorando la imagen de mi padre y cómo fui de decepción en decepción hasta la ruptura final. De eso habíamos empezado hablando: de las decepciones.

—Durante años —le dije a Eva—, el principal motivo de discusión con Héctor, era mi padre, prácticamente el único. Cada vez que íbamos juntos a una reunión familiar había bronca. Yo me callaba o defendía tímidamente a mi novio, pero cuando salíamos de allí, buscaba argumentos para defender a mi padre y entonces me atacaba él a mí. Esa fue una constante hasta que entendimos, hasta que lo entendí yo, sobre todo, que eran dos mundos irreconciliables. La Universidad de Buenos Aires en los sesenta, como las de todo el mundo, era un hervidero. Nos interesaba la literatura, la música, el teatro y teníamos unas ansias desaforadas de libertad y unas ganas de comernos el mundo. Nada que ver con el envaramiento y los uniformes en las fiestas en el jardín de mi padre: ellos tenían el mundo en sus manos, tenían poder y su única preocupación era que no les jodiéramos la fiesta. Le conté cómo llegó el día en que debí pedirles ayuda y no me escucharon, cómo les supliqué a mi padre, a mis hermanas y a sus maridos que me ayudaran a recuperar a Héctor. Nunca les perdonaría que me hubieran vuelto la espalda en ese trance.

Me quedé triste después de que Eva se hubiera marchado. Por fortuna, la suya era la última visita programada de esa tarde. Era un viernes de finales de enero y había quedado con Teresa en que pasaría por su casa cuando acabara de trabajar. Celebraban el cumpleaños de su padre y quería llevar a mi hija a la fiesta familiar que habían organizado. Me hicieron subir a probar la tarta. Eran las ocho. Les dije que subiría solo un momento, aunque sabía que no sería así, que insistirían en que nos quedáramos un poco más y tendríamos suerte si llegábamos a casa antes de las diez. Aquel día el padre de Teresa estaba animado y los temblores del párkinson no eran tan alarmantes. No sé en qué momento me dijo que había conocido a Julio Cortázar cuando llegaron a Mendoza mil años atrás. «La niña me contó que te gustaban sus libros», me dijo cuando llevábamos un rato hablando de Argentina, yo con una copa de vino dulce en la mano. Sí, me gustan muchísimo, sobre todo Rayuela. Le aseguré que lo había leído varias veces. Me gustó que me contara cómo era Cortázar entonces, cuando tenía algo menos de cuarenta años y todas las mañanas compraba el periódico en la papelería en la que él trabajaba.

Las sesiones volvieron a desarrollarse con normalidad. Eva me contó que dos semanas después de la que consideraba la ruptura definitiva con Jon, había empezado a estudiar euskara. Lo hacía por su cuenta, con un libro de ejercicios que le prestó una compañera. Empezó como un juego, pero pronto comprobó que tenía facilidad.

—¿Quieres decir que empezaste a estudiar euskara como consecuencia de haber roto vuestra relación?

—Al principio creía que no, de hecho, mucha gente en mi clase lo estaba estudiando, pero luego comprendí que me hacía sentirme más cerca de él. No sé, me consolaba. Estaba enfadadísima por su reacción, pero a medida que pasaban los días me daba cuenta de que seguía enamorada. No podía evitarlo. Estábamos en junio, en plena temporada de exámenes y cuando quería descansar me ponía a hacer ejercicios y a copiar listas interminables con palabras en castellano y sus equivalentes en euskara que memorizaba sin esfuerzo. Dos días a la semana quedaba con Maite, una compañera euskaldun. Le preguntaba dudas y hacía mis pinitos (Ni Eva naiz, magisteritza ikasten dut). Algunas mañanas nos íbamos a pasear las dos solas por las murallas. Estaba hecha un lío…

—Es algo que hacen todos los enamorados del mundo —le interrumpí—. Nada más normal que interesarse por las aficiones de la persona a la que amas, por su cultura, por su idioma…

—El problema era que no quería volver a las andadas —me dijo. Sabía que si por un milagro volvieran a estar juntos, lo que les había ocurrido volvería a pasarles una y otra vez. Siempre tendrían esa doble lealtad que acabaría desgarrándolos. Por eso no quería quererlo. Estaba segura de que Jon también lo estaría pasando mal. «En ningún momento dudé de que también él seguía enamorado», dijo, «y que echaría de menos las tardes en que nos tumbábamos vestidos en su cama o en la mía, me acurrucaba junto a él y pasábamos las horas hablando de tonterías. A veces, jugábamos a ver quién era capaz de decir más nombres de actores americanos o franceses». Si dos semanas antes estaba enamorado, y Eva me dijo que estaba segura de que lo estaba, no era posible que ya no lo estuviera.

Lo que a esas alturas de curso le llenaba de ansiedad era la idea de pasar el verano en el cuartel. No habría podido soportarlo. Tomó una decisión radical. Decidió apuntarse en agosto a un curso intensivo que organizaban en Lazcano. Le convencieron de que si quería aprender de verdad euskara esa era la vía más directa. Un mes encerrada en un barnetegi. Mataría dos pájaros de un tiro. Le preocupaba como se lo fueran a tomar en casa. Su madre la apoyaría, de eso estaba segura, me dijo. Solo con decirle que era bueno para su futuro profesional se pondría de su parte. Otra cosa es que no se atreviera a dar la cara por ella si las cosas se ponían feas. Su padre seguramente también la apoyaría. Nunca se había mofado de nadie por hablar euskara, como hacían otros guardias (ella misma, dijo Eva, había escuchado a uno decir con acento andaluz decir «hay que ver estos cromañones, cómo escupen al hablar»). Quien realmente le preocupaba era su hermano. Por eso fue posponiendo el momento de anunciarles sus planes para el verano.

—Y cuando lo hiciste, ¿qué ocurrió?

—Empezaba a sentirme cansada, ¿sabe? Me parecía que tenía derecho a tener una vida sin secretos. En casa tenía que ocultar que estaba estudiando euskara y a las compañeras con las que quedaba para consultarles dudas y practicar tenía que ocultarles que mi padre era guardia civil porque primero se habrían quedado de piedra y luego habrían dejado de verme con cualquier pretexto. Me daban ganas de mandar todo a la mierda.

—Pero no fue eso lo que hiciste…

«No», me dijo. El mismo día que llegó a su casa con las noticias de que había aprobado el curso (con buenas notas, además), les anunció que había pensado trabajar en julio dando clases particulares y en agosto iba a un internado a aprender euskara. Lo soltó en mitad de una comida y se dio cuenta de que cayó como una bomba.

—Conocía a mi hermano lo suficiente para saber que esas fuertes expiraciones por la nariz eran el preludio de un estallido —me dijo—. Finalmente tiró los cubiertos sobre la mesa, se levantó y me dijo: «chica, tú eres tonta, ¿no tienes nada mejor que hacer? ¿Por qué no estudias algo de provecho, inglés, por ejemplo? Es que no te entiendo». Mi padre le ordenó que volviera a sentarse, pero él lo ignoró. En ocasiones así, siempre había un momento de duda. Como subordinado estaba obligado a obedecerlo, pero como hijo estaba acostumbrado a no hacerle mucho caso. Salió dando un portazo.

El resto de la comida lo pasó convenciendo a sus padres de que no había ninguna motivación política, que iba a tener muchas más posibilidades de trabajar de maestra en la zona si aprendía hablar vasco, y ellos lo entendieron. Su padre aún hizo un tímido intento por disuadirla. Ya sabes cómo son las cosas, Eva, le dijo. Tendrás que escuchar perrerías de nosotros. No todos son así, y no te preocupes, ya soy mayor para saber lo que tengo que creer y lo que no. No se habló más, pero a partir de ese día su hermano siempre se refirió a ella como la vasca.

Mientras escuchaba a Eva me pregunté si cuando hablaran de mí allá, en la que una vez fue mi casa, en Argentina, tendrían algún apelativo para referirse a mí. ¿Me llamarían la comunista, la zurda, la roja? ¿O me habrían sacado de tal forma de sus vidas que ni siquiera pensarían en mí? Esto era lo más probable. Me dolía que no se interesaran por mi hija. A veces recordaba mi infancia feliz y me sentía como el personaje de un cuento, esperando que alguien viniera a pedirme que me probara un zapato y me dijera que todo había sido una pesadilla. Pero no tenía pinta de que fuera a venir nadie.

Eva podía ser una criatura llena de ingenio y buen humor. La oscuridad en la que transcurría su vida durante los meses que la traté no me impidió ver en breves destellos cómo era, o al menos cómo debía haber sido en otras circunstancias. Se reía de su ingenuidad cuando llenó el pueblo de carteles anunciándose para dar clases particulares. La conocía todo el mundo y sabía que nadie iría al cuartel, pero esperaba que no les importara que ella se desplazara a sus casas a enseñar matemáticas a sus hijos. Se equivocó. Antes muertos que dejar a sus pequeños en manos de una españolaza de tomo y lomo, me sonrió. Solo pudo trabajar con los hijos de otros guardias. Ni siquiera lo hacía por el dinero, me dijo. Se había propuesto pagarse ella su estancia en Lazcano, pero para eso ya tenía suficiente ahorrado. Lo hacía por pura vocación. «Ante la falta de clientes, me dijo con ironía, aproveché para sacarme el carnet de conducir». No era una chica que perdiera el tiempo, pensé.

—¿Y no supiste nada de él en esos meses?

—Nada.

Eva me dijo que se había propuesto olvidarlo durante el verano. Quiso convencerse de que el paso del tiempo le ayudaría, pero no fue así. Todos los días se despertaba, miraba ondear la bandera a través de la persiana rota de su habitación y pensaba que ese día lograría olvidarlo un poco más. «Me sentía como una adicta. ¿Sabe que fue lo más extraño?, lo poco que me costó perdonarle».

—¿Dejó de importarte cómo había reaccionado cuando fuiste a buscarlo a la universidad?

«No sólo eso», me dijo Eva, sino que cuando imaginaba cómo había sido su descubrimiento, se llenaba de ternura y comprensión. Aquel sábado estuvo nublado.

—Lo recordé después muchas veces —dijo—. Habríamos estado a pocos metros el uno del otro. Yo no había salido de casa en toda la mañana y él seguramente llegó hasta la valla que rodea el cuartel. Conservaba la dirección que le había dado en el campamento. Había querido darme una sorpresa y la sorpresa se la llevó él. Morrocotuda. Sonrió tristemente. Me lo imaginaba preguntando dónde estaba esa calle y su incredulidad cuando le dijeran que eso estaba por donde los guardias. Después preguntaría por mí a todas las personas jóvenes con las que se encontró y todas le habrían dicho lo mismo. Sí, esa Eva por la que preguntas es una de las chicas del cuartel. Se habría sentido engañado, dolido, iracundo, ¿habría llegado a dar patadas a las señales de tráfico? Seguramente. Sabía cómo se sentía y lo entendía, ¿cómo no lo iba a entender? Si sus amigos hubieran sabido con quien había estado saliendo, le habrían dejado de hablar inmediatamente. O algo peor.

»Llegó un momento en el que ya no quise olvidarlo —continuó—. Las noches que pasé con él era lo mejor que me había ocurrido en mi vida. Además, me daba cuenta de que cuanto más me empeñaba en olvidarlo más lo echaba de menos. No, el camino definitivamente no era ese.

En todos los meses que nos estuvimos viendo, esa fue la única ocasión en que le pedí a Eva que paráramos. Sus últimas palabras me habían roto el corazón. Supongo que no conseguí engañarla cuando le dije que debía ausentarme unos minutos porque esperaba una llamada urgente. Me encerré en el aseo y lloré recordando a Héctor, diciéndome que era eso lo que debía hacer: recordar cada momento que habíamos compartido porque también para mí eso era lo mejor que me había pasado. Estábamos invirtiendo los papeles. Era Eva quien me estaba mostrando el camino al mismo tiempo que tenía serias dudas de que yo le estuviera siendo de ninguna utilidad. Aún faltaba media hora para que terminara la sesión. Me recompuse como pude y volví a la carga. Le pregunté por la experiencia en el internado.

Lo que más le sorprendió del internado de Lazcano —me dijo Eva aquella tarde— fue la seriedad con la que hacían las cosas. Había temido que fuera una pérdida de tiempo —continuó—, una juerga continua o que los profesores se hubieran propuesto someterlos a todos a un lavado de cerebro. Nada de eso. Todos tenían muy claro el motivo por el que estaban allí. Se preguntaban muchas dudas en clase y llegaban con los ejercicios hechos y los apuntes repasados. La mayoría eran maestros, o estudiantes de magisterio, como ella, y nadie mostraba demasiado interés en conocer la vida de los demás, aparte de la información que se daban unos a otros cuando hacían los ejercicios. Se inventó una identidad falsa. Me dijo que a su padre lo convirtió en un empleado de banca y tuvo mucho cuidado de no contradecirse durante el tiempo que estuvo allí. Era gente agradable y discreta, bastante mayores casi todos. Salieron juntos unas cuantas veces a tomar unas cervezas o a cenar, pero no hizo amigos.

—¿Y aprendiste euskara?

—Muchísimo.

A mediados de febrero Adriana tenía unos días de vacaciones por Carnaval. Pedí permiso en la Fundación para tomarme también yo unos días de descanso. Llevábamos casi cinco meses en Pamplona y en todo ese tiempo no habíamos salido de la ciudad. Le dije a mi hija que podíamos ir a pasar unos días a Barcelona, pero no mostró interés. Se había adaptado mejor que yo. Por las tardes se quedaban en el patio del colegio jugando con otras niñas. Me hablaba de ellas a todas horas. Por primera vez en su vida mi hija tenía unas verdaderas amigas. En Barcelona yo no había tenido la paciencia para conocer a las madres de sus compañeras. La esperaba a la salida y nos íbamos a casa sin hablar con nadie. En aquella época solía sentirme culpable por estar convirtiendo a mi hija en una niña solitaria e introvertida, pero habían sido dos años en los que había estado sumida en una depresión. Ahora, a toro pasado, como dicen los españoles, veía con claridad todos los síntomas. No tenía buenos recuerdos de Barcelona y sin embargo echaba de menos a algunas personas. Insistí en varias ocasiones, pero Adriana no quería ni oír hablar del asunto. Finalmente fue Teresa quien me animó. Me dijo que podía quedarse con ella, que sus padres y sus hermanas estarían encantados de tenerla de invitada mientras estuviera fuera.

Pasé en Barcelona tres noches. Salí un domingo por la mañana y el miércoles a mediodía estaba de vuelta, y en ese tiempo hice algunos descubrimientos. El primero, que mi vida había mejorado notablemente. Tenía razón Jorge. El haber pasado esos cinco meses ayudando a mucha gente a resolver sus problemas me había hecho olvidar un poco los míos. Seguía sintiendo esa tristeza que me iba a acompañar siempre, o eso al menos me temía entonces, pero era capaz de ver la belleza y la alegría de la ciudad como no había podido hacerlo en los dos años que viví allí. Me di cuenta también de que, cuando terminara mi contrato, quería volver. Buscaría un trabajo o haría gestiones para abrir mi propio consultorio, me ocuparía de ser una buena madre y haría lo posible para que Adriana tuviera su grupito de amigas también aquí. Sabía que en una ciudad como Pamplona acabaría por ahogarme.

No hice apenas nada en esos tres días. Me alojé en un hotel céntrico y paseé sola. Me dediqué a conocer la ciudad como una turista más. Visité el Museo Picasso y los edificios de Gaudí, que, aunque parezca mentira, no conocía. Desayunaba rodeada de periódicos en la cafetería del hotel, frente a unos ventanales por los que no dejaba de pasar gente. Tardé en llamar a mis amigos. No sé por qué. Era como si intuyera que no me iban a dar buenas noticias. Estábamos en febrero de 1983 y había muchos síntomas de que la dictadura en mi país se desmoronaba. Desde la guerra de las Malvinas, la Junta militar hacía aguas como un barco que no tardaría en hundirse. Quedé para comer con mis amigas argentinas. Aunque ni siquiera sé si podía llamarlas amigas. Me habían ayudado cuando llegué. Nos veíamos los fines de semana para compartir la información que nos llegaba con cuenta gotas. Solíamos intercambiarnos discos y libros y nos emborrachábamos un poco añorando los buenos tiempos. Fueron ellas quienes me ayudaron a instalarme, me dieron trabajo o me dijeron cómo podía ganarme la vida, y sin embargo no les había llamado en los cinco meses que había estado fuera, ni les había escrito. Las recordaba con agradecimiento, pero ahora iba retrasando el momento de encontrarme con ellas. Por fin el martes quedamos para comer. Éramos cuatro y me pusieron al corriente de lo que había pasado en el tiempo que no nos habíamos visto. Lo pasamos bien. Cuando nos sacaron el postre, me dijeron que iba a venir a tomar café con nosotras una persona que quería hablar conmigo y supe en el acto lo que iba a decirme.

—Pero entonces, si Jon no era un terrorista y no es verdad que les estallara una bomba que ellos mismos tenían intención de colocar, ¿quién lo mató?

Eva me miró sorprendida. Parecía no entender, no el sentido de la pregunta, sino el motivo por el que se la soltaba a bocajarro cuando llevábamos cinco meses de terapia. Habíamos estado una semana sin vernos y esa tarde se lo pregunté nada más sentarnos.

—Supongo que el Batallón Vasco Español o la Triple A. No tengo ni idea. Sólo sé que Jon nunca habría puesto una bomba.

La mención a la Triple A me hizo sentir un calambrazo en la columna vertebral, pero seguí preguntando.

—¿Y cómo lo sabes con esa certeza?

—Porque lo conocía.

Se quedó en silencio y yo también. Me había conmovido su confianza en él.

—¿Quieres que lo retomemos donde nos habíamos quedado el otro día? —le pregunté por fin.

Eva no contestó.

—¿Cuándo volvisteis a encontraros? —pregunté más tarde.

—Tardamos aún un tiempo. A mediados de septiembre volví a Pamplona. No estaba tan preocupada por los estudios como el año anterior. Decían que segundo era más fácil, y sobre todo en clase ya nos conocíamos todos. El primer año había tenido que buscarme la vida —me dijo Eva. Había estado en una residencia durante un mes, hasta que encontró por casualidad un anuncio de tres chicas que buscaban a alguien más para compartir piso. Les llamó para interesarse por las condiciones. Sus padres no aprobaban que dejara la residencia de las monjas, pero ella insistió hasta convencerles. Sabían que era responsable y al fin y al cabo les iba a salir más barato. El día que se presentó en el piso para conocerlas, descubrió que una de ellas estudiaba magisterio. Se llamaba Paula y estaban en la misma clase, aunque no habían hablado nunca. A partir de ese día, se harían íntimas. Ahora, en segundo, habían decidido ir a vivir las dos con Maite, otra compañera de clase. Buscaron un piso más pequeño, también en la zona del Ensanche.

—¿No te relacionaste con ningún otro chico en todo ese tiempo?

—¿A qué se refiere?

—¿No tuviste ninguna relación afectiva, alguien con quien tuvieras una amistad más especial? Habían pasado cuatro meses desde vuestra ruptura…

—Las cosas habían cambiado, es verdad —dijo Eva después de pensar la respuesta—. El hecho de que estuviéramos viviendo en un piso tres chicas de clase lo convirtió en una especie de local social. Casi todas las semanas teníamos invitados. Cualquier excusa nos venía bien para organizar una cena en casa y salir después a dar una vuelta. Nos hicimos populares. Aunque tampoco es que tuviera mucho tiempo. Tres tardes a la semana iba a estudiar euskara en el euskaltegi de la calle Comedias. Y con todo, había un chico, sí, con el que solía hablar en los descansos —me confesó Eva. Le propuso salir a tomar algo y quedaron un par de tardes, pero la tercera vez que llamó, ella le dijo que no. No estaba preparada. Seguía pensando en Jon, me dijo, los comparaba todo el tiempo y volvía a casa con la sensación de no estar jugando limpio.

La segunda semana de octubre hubo un atentado en el cuartel de la Guardia Civil en Arróniz. Se había quedado muy impresionada, me dijo. Era la clase de ataque que siempre había estado esperando de niña. No era miedosa, continuó, pero cuando estaba en casa, pensaba con frecuencia en qué pasaría si les atacaban con un lanzagranadas o con bazokas. Podía imaginar con todo detalle los cristales rotos, todas sus cosas por el suelo y se veía ella misma arrastrándose por la habitación y escondiéndose bajo la cama.

Le pregunté si eso le angustiaba y me contestó que no especialmente.

A los pocos días, tuvo lugar el atentado contra Diario de Navarra. Colocaron cuatro bombas en las oficinas y una semana después ETA mató en Madrid al general Víctor Lago Román. Dos hombres en una moto se pusieron a la altura del coche oficial y lo ametrallaron. Dijeron que era el atentado más grave desde el de Carrero Blanco. «Era imposible no pensar en todo eso», dijo Eva cuando le pregunté cómo vivía ella esos acontecimientos. Estaba preocupada, sí.

Fue entonces cuando empezaron a llegar las cartas. Reconoció la letra en cuanto la vio. La debió meter él mismo en el buzón porque no tenía sellos ni franqueo de ninguna clase. Ni siquiera se preguntó cómo había conseguida hacerse con su nueva dirección. Seguro que habría muchas formas de averiguarlo. En el sobre había cuatro folios escritos por las dos caras. Empezaba diciéndole que no podía dejar de darle vueltas al atentado de Arróniz. «Llevo dos semanas pensando en ti a todas horas, le escribía, preguntándome cómo te afecta algo así. Intento ponerme en tu lugar y ver las cosas como tú», me dijo Eva que le había escrito. Después, por primera vez desde que se conocían, le describía cómo estaban viviendo en su casa el encarcelamiento del hermano. «Es como estar pasando una enfermedad. A menudo pasamos días sin hablar entre nosotros. En mi casa ninguno de nosotros aprobamos lo que ha hecho, pero estaremos con él hasta el final». En la carta le hablaba de las palizas que le dieron los primeros días y de cómo a ellos en cada visita les humillaban de mil maneras. Al final le contaba lo que había ocurrido en Elizondo el sábado de finales de mayo que había ido a visitarla por sorpresa.

Eva lloraba recordando el contenido de aquella primera carta en la que le hablaba de la ilusión que le hacía encontrarse con ella. Le había dejado su padre el coche (solo hacía seis meses que se había sacado el carné de conducir). Le había costado convencerle, pero al final lo había conseguido. Le daba infinidad de detalles, hasta bromeaba al final con la cara de pasmado que se le debió quedar durante días. Terminaba pidiéndole perdón por su reacción cuando ella fue a buscarle a la universidad. «Por más que lo intento, no puedo dejar de quererte. Sé que te ofendí aquel día y que quizás no puedas perdonarme».

Eva me dijo que tardó una semana en responderle y fue una carta breve. «Te puedo perdonar, pero me tienes que jurar que pase lo que pase no tomarás el camino de tu hermano, júrame que no empuñarás un arma jamás, que no matarás nunca, por nada ni por nadie, júralo y yo te escribiré. No sé si quiero verte aún, pero responderé a tus cartas. Las últimas frases las escribió en euskara».

Él se lo juró. Dos días más tarde, había en su buzón una carta muy breve. Le juraba que nunca cogería un arma ni utilizaría la violencia contra nadie. «Por eso sé que él no tenía intención de poner ninguna bomba», me dijo Eva aquel día.  Después de jurar aquello, añadía que comprobar que había estado estudiando euskara durante esos meses le había emocionado. «Nunca sabrás cuánto». 

Eva le creyó.

Entonces empezó a escribirle. Le puso otra condición: que las cartas las mandara por correo. «No quiero arriesgarme a encontrarte mientras la dejas en el buzón, aun no», le aclaró.

Durante meses, me dijo Eva, se enviaron cartas casi a diario. Se lo contaron todo. Solo entonces sintió que empezaba a conocerle. Le hacía sonreír y le hacía llorar. Comprendió que su vida tampoco debía de ser fácil. Más de la mitad de sus amigos estaban en la cárcel o estaban huidos (por no hablar de los que se habían enganchado a la heroína). Realmente eran pocos los que hacían una vida normal, lo que terminaba convirtiéndolos en sospechosos. «Unos creen (aunque no lo digan) que eres un cobarde y otros (los guardias, aquí nos conocemos todos) que tu normalidad oculta algo y seguro que de una u otra manera les estás ayudando. A veces te vigilan», le escribía Jon. «Ya sé que parece una paranoia, pero es así. De vez en cuando nos siguen, quizás solo para asustarnos». Ella le contaba cómo les insultaban en la escuela, como les marginaban. «Hay tantas escenas que me da vergüenza recordar. Escupían al suelo cuando pasábamos o imitaban a los pastores llamando a los perros, le escribía. Tampoco se atrevían a insultarnos a las claras porque si hubiéramos ido a nuestros padres con el cuento (y algunos iban, claro) se podían meter en problemas. Ellos y a veces sus familias. Ya sabes de qué estoy hablando. No creo que en tu pueblo las cosas fueran distintas».

Me dijo que llevaba algunas de esas cartas siempre en la mochila y que las miraba muchas veces. «Me las sé de memoria», dijo. Una vez me leyó fragmentos de una de ellas. Fue una experiencia extraña. Escuchar las palabras de Jon en la voz de Eva me hizo sentir su presencia de una manera casi palpable, como si estuviera al otro lado de un visillo o de un biombo y pudiera entrevernos. La envidié. Yo no conservaba cartas de Héctor. Nos habíamos escrito muy pocas a lo largo de los años, y esas pocas las dejé olvidadas en Buenos Aires. Tenía varios álbumes de fotos que me gustaba mirar con Adriana, pero no era lo mismo.

Al principio», continuó Eva, no eran cartas románticas. Durante las primeras semanas apenas hablaban de lo que sentían, y pasaban de puntillas sobre los dos meses que habían pasado juntos. En ese momento tenían mucho interés en analizar minuciosamente las noticias. «Era como si tuviéramos necesidad de confiarnos todo lo que antes nos habíamos esforzado en ocultar». Dedicaba mucho tiempo a leer los periódicos para poder compartir con él el horror que sentía ante tanta violencia. Le hablaba de la angustia que podía embargarle días enteros tras un atentado. Pero quería que él entendiera que sentía la misma angustia cuando abría el diario Egin (y me dijo que desde hacía meses se había obligado a comprarlo) y leía denuncias de torturas y asesinatos llevados a cabo por grupos de la extrema derecha. A él le ocurría lo mismo. Después de leer algunas de sus cartas sentía unas ganas locas de llamarlo por teléfono, pedirle que fuera a su casa y pasar la noche abrazada a él, pero no lo hizo hasta casi tres meses después, hasta febrero.  

—¿Y mientras tanto seguías con tu vida normal?

—¿Qué quiere que hiciera? Iba a clase, estudiaba, salía con mis amigas, de vez en cuando, organizábamos fiestas en casa. Una vez a la semana iba al cine y seguía con las clases de euskara. Llevaba una vida bastante activa, esa es la verdad. Y por la noche, cuando me quedaba sola, le escribía unas cartas largas. Podían darme las dos y ahí seguía, dándole vueltas a una idea que no acababa de expresar como quería.

—¿Tus compañeras de piso no sabían nada?

Eva me dijo que sí. El curso anterior los habían visto muchas veces juntos y sobre todo Paula sabía que algunas noches ella iba a dormir al piso de Jon.

—Lo que no conocían era el motivo de nuestra ruptura. Hasta una noche que salimos las tres solas. Habíamos bebido unos cuantos kalimotxos y después de un rapto de exaltación de la amistad y de decirnos lo bien que nos caíamos me dije que ya estaba bien de fingir con ellas. Estaba segura de que a Paula no le importaría si era hija o no era hija de un guardia civil. Ella venía de un pueblo de la Ribera y la política le importaba bastante poco, por no decir nada. Me preocupaba más Maite. Aquella noche se lo confesé a las dos.

—¿Y cómo reaccionaron?

—Si quiere que le diga la verdad, durante mucho tiempo sospeché que no se acordaban de aquella conversación. Ninguna de las dos me dijo nunca nada. Pensé que a lo mejor estaban más borrachas que yo.

—¿Quieres decir que no cambió vuestra relación a partir de aquella confesión?

—En absoluto.

Eva me dijo que se resistió durante un tiempo, pero que terminó hablándole en sus cartas de su familia. Hablamos de ello durante varias sesiones. Quería que él entendiera algunas cosas, como que no todos los guardiaciviles son iguales. Estoy segura de que con mi padre te entenderías, le escribió. Quizás no con mi hermano (para entonces ya había aprobado las oposiciones y había ingresado en el cuerpo), pero con él sí. A pesar de que ninguno de los dos defendía las ideas de sus respectivos hermanos, intentaban justificarlos de algún modo. Lo hacían con sutileza. «Yo no apruebo lo que pueden llegar a hacer en ese estado», escribía ella, «pero entiendo su rabia cuando matan a un compañero con el que has compartido tantas cosas». Él le recordaba que no todas las bombas las ponían los mismos. «Aún me indigno cuando recuerdo la que pusieron en la plaza Amézola de Bilbao junto a la puerta de una guardería. A la Triple A y al Batallón Vasco Español los financia el mismo Gobierno que nos da lecciones de democracia y de derechos humanos. Por la mañana se les llena la boca hablando de que la vida es un bien sagrado y por la noche dan dinero a unos mercenarios para que le revienten el local a un concejal de Herri Batasuna y si para eso se tienen que llevar por delante a una chica embarazada de diecisiete años, su hermano de once y un barrendero municipal, no pasa nada. Al menos mi hermano nunca lo ha hecho por dinero», escribía él.

Eran cartas que muchas veces les dejaban magullados y entristecidos. Después se arrepentían y estaban durante toda una semana dándose la razón y diciendo que también era verdad lo que el otro había escrito. Entonces trataban de poner un poco de distancia y se preguntaban por sus primeros recuerdos o por los lugares a los que les gustaría viajar juntos. Pero su vida estaba tan atravesada por la violencia que no tardaban en volver a la carga. «Sabía que era necesario pasar por esa etapa si queríamos construir una relación sólida y esta vez no quería apresurarme», me dijo con una cara muy seria.  

En una ocasión Eva le contó a Jon que había ido con su familia a visitar a la viuda de Manuel Sánchez Borrallo, un guardia civil que había sido compañero de su padre hasta que lo destinaron a Bilbao. Su Land Rover había saltado por los aires el 15 de mayo del año anterior, en Lemona, cuando escoltaban un camión de explosivos. «Su viuda era una chica poco mayor que yo, y estaba destrozada», le escribió. Entonces Eva le habló de una mañana de otoño (habían pasado cinco o seis años de aquello) en que había estado cogiendo setas con él. «Se me daban bien las descripciones (los hayedos, la niebla y todo eso). Si te hubieras encontrado con aquel grupo, dos hombres de mediana edad (el padre de Lucía y el mío) y uno más joven (Manuel Sánchez) y dos jovencitas charlando animadamente, jamás habrías sospechado que veníamos del cuartel de Elizondo. Y si te hubieras sentado a almorzar con nosotros te habríamos parecido buena gente, porque lo éramos, te lo juro».

Él contrarrestaba contándole episodios de su infancia. Su hermano era dos años mayor y siempre había sentido admiración por él. «Me imagino que no me creerás si te digo que es la mejor persona que he conocido, la más generosa. Si repaso imágenes de mi infancia ,Aitor (ese era su nombre) siempre estaba cerca. Era quien venía a buscarme si me perdía o si me retrasaba, quien me llevaba a la espalda cuando me quedaba agotado y sin fuerzas. O se hacía responsable de mis travesuras para que mis padres no me castigaran. Si algo sé de él es nunca me dejaría tirado, que nunca dejaría tirado a ninguno de sus amigos y sé también que está donde está por eso. Si le preguntas por sus razones para hacer lo que hizo, estoy seguro de que te hablará del derecho de los pueblos a elegir su destino, te dirá que está en la resistencia como estuvieron antes los argelinos contra los franceses y los franceses contra los nazis. Lo que no te confesará jamás la que para mí es la principal de sus razones y es que sus amigos ya estaban ahí antes».

«¿También tú crees que es comparable la ocupación nazi con lo que está pasando aquí?», le preguntaba ella en la siguiente carta. Y él le contestaba que no, pero a continuación, durante párrafos y párrafos, le daba ejemplos de por qué no era verdad que estuvieran viviendo en democracia, le recordaba a Gladys del Estal asesinada en una manifestación en Tudela por protestar contra las centrales nucleares y de los numerosos muertos en controles de carretera. A veces le hablaba de la huelga de hambre que habían iniciado los presos del IRA y le preguntaba si creía que si fueran solo unos asesinos estarían dispuestos a morir por su causa. «Quizás tengas razón, no digo que en parte no la tengas», le respondía ella en la siguiente carta, «pero dime al menos que no te parece bien que le peguen un tiro en la nuca a un jubilado cuando va a misa, por muy militar que haya sido» (se refería a José Luis Prieto, el jefe de la policía foral al que habían asesinado junto a la parroquia de Nuestra Señora del Huerto, una semana después de que ella hubiera actuado en la obra de Brecht).

Me dijo que se daba cuenta de lo enamorada que estaba por cómo reaccionaba a sus cartas. Bastaba una expresión ambigua para quedarse triste un día entero. Eran tan distintos los lugares de donde procedían y su manera de ver el mundo que por mucho cuidado que pusieran (y lo ponían), tarde o temprano se lastimaban. Se daban cuenta en seguida, por el tono de la siguiente carta, de que algo no iba bien. Entonces se pedían perdón, arrepentidos por no haber sido más cuidadosos.

Llevábamos casi medio año viéndonos y no tenía claro que Eva hubiera mejorado. Habíamos empezado la terapia a mediados de octubre y estábamos en marzo. Mi contrato expiraba tres meses más tarde, a finales de junio, se suponía que Jorge volvía de Estados Unidos después de los sanfermines y se incorporaba a su trabajo. El progreso de Eva era evidente en lo que se refería a su capacidad para expresar el duelo. Ahora apenas tenía que conducir las sesiones. Bastaban unas pocas preguntas para que ella se explayara y no tenía dudas de que, como terapeuta, confiaba en mí. Y a pesar de todo, había indicios que me inquietaban. En dos ocasiones había intentado reducirle la dosis de ansiolíticos y antidepresivos que estaba tomando y a los pocos días tuve que pedirle que siguiera con lo mismo porque no podía dormir y se despertaba con una angustia insoportable. Algo no terminaba de ir bien. De todos los casos que tenía entre manos, era el suyo el que más me preocupaba.

Por lo demás, mi vida se había encarrilado de una manera que me habría resultado increíble seis meses atrás. Pensaba en el futuro. Hacía llamadas por teléfono a Barcelona para tantear el terreno. Necesitaba estar segura de que poner una consulta privada era una opción viable y llegué a preguntar por el precio de los alquileres en una zona céntrica. Me imaginaba que serían prohibitivos y también que llegado el momento podría contar con el dinero de mi familia. Conocía a mi padre lo suficiente para saber que querría hacerse perdonar con su dinero. Lo que me preguntaba era si yo, en caso de necesidad, estaría dispuesta a aceptarlo.

Me acordaba muchas veces de la conversación que había tenido en Barcelona la semana de Carnaval con aquel hombre. Ni siquiera me dijo cómo se llamaba ni yo se lo pregunté. Nada más llegar él, mis amigas nos dejaron solos. Me contó que había coincidido con mi marido en los calabozos de un cuartel abandonado a unos veinte kilómetros al sur de Buenos Aires. Los habían llevado hasta allí desde la sede de la Escuela Mecánica de la Armada. A Héctor lo conocía de antes, no me dijo de qué. Me dio detalles que me convencieron de que no salió de allí con vida. Los torturaban en sesiones interminables hasta dejarlos destrozados, después los remataban. Él logró escapar agarrado a los bajos de un camión cargado de cadáveres y dejándose caer en un camino en mitad de la noche. No me atreví a interrumpir un relato que habría contado muchas veces, pero me impresionó que después de hablarme de lo que había hecho desde su huida, terminara diciendo que dos años más tarde tenía la sensación de seguir preso allí. Después de aquel encuentro dejé de esperar ningún milagro. Me encerré en la habitación del hotel los dos días que aún tenía pagados y me harté de llorar, y sin embargo, en cierto modo, me alivió aquella conversación, me liberó de la necesidad de seguir esperando y pude empezar de una vez a hacer el duelo.

Eva y Jon, después de escribirse durante tres meses casi a diario, decidieron encontrarse. En una de las cartas ella le había dicho que secretamente celebraba muchos aniversarios. Hoy hace un año que nos encontramos en el Boulverd Jazz o que viniste a esperarme a la puerta de la escuela o que me llamaste y me regalaste unas marionetas. Quedaron en verse el mismo día de febrero que un año antes habían ido a ver Brubaker. «Aquel día», le había escrito ella, «esperé durante dos horas a que te decidieras a besarme. Para matarte», le dijo. En la siguiente carta él le decía que aun podían ponerle remedio, que estaba en cartelera una película que tenía ganas de ver. Fueron juntos al Avenida a ver Rojos. Era el 19 de febrero de 1982. Ese día, me dijo Eva, reanudaron su noviazgo.

—¿No lo habías visto ni una sola vez en ese tiempo?

—No, y lo noté cambiado. Llevaba el pelo muy corto y se había afeitado. Tenía un aspecto más formal. «Los del Opus están haciendo maravillas contigo», le dije nada más verlo, ya no tienes pinta de aizkolari. Me dijo que también yo estaba cambiada. Nos dimos un abrazo delante de la taquilla y me emocioné. Después nos sentamos en una sala casi vacía (era la sesión de las cinco) y nos besamos mientras los anuncios de Movierecord, pero luego la película nos atrapó. Me dijo que había llorado mucho. Se sentía identificada con la historia de amor de Warren Beatty y Diane Keaton, obligados a separarse y volviéndose a juntar una y otra vez. Me pasé las tres horas apoyada en su hombro. Cada cierto tiempo él se giraba y me daba un beso en la frente o en el pelo o, si andaba lista de reflejos y giraba la cara a tiempo, en los labios.

Después del cine —me dijo— fueron a cenar unas tarteras de caracoles y chorizos a la sidra a un bar de la calle castillo de Maya (ellas vivían en un piso encima de la librería El Parnasillo) y después subieron a casa. Era un viernes y tenían el piso para los dos solos.

—¿Fue fácil la relación desde el principio?

—Fue como si no nos hubiéramos separado nunca. Y al mismo tiempo era como empezar de nuevo. El hecho de no tener que estar ocultando siempre una parte de mi vida me hacía sentirme mucho más ligera. Solo entonces empecé a darme cuenta de la carga que habían supuesto todos mis secretos. 

Durante meses hablaron sin parar. De todo. Además, era mucho más fácil que por carta. Los malentendidos los aclaraban en seguida y, si se enfurruñaban, bastaba con que él le pusiera la mano en la cara y le dijera mirándole a los ojos que no había querido decir lo que había dicho o que sentía haber sido tan desconsiderado o cualquier cosa por el estilo para que ella le perdonara lo que le había disgustado. Si era ella quien le ofendía —me dijo Eva—, él ponía una cara de perro apaleado que le hacía gracia y le enternecía. Era como un niño pequeño haciendo pucheros. La verdad es que no podían estar más de diez minutos enfadados.

—¿Nunca dudaste de su sinceridad?

—Nunca

—¿Y siete meses después de su muerte sigues sin tener ninguna duda? ¿Estás completamente segura de que él nunca colaboró con la ETA de algún modo?

Le hice la pregunta esperando una salida airada. Muchas veces le ofendía, pero no me importaba, era algo deliberado. Incluso quería provocar esas reacciones. Por eso me extrañó que esta vez bajara la vista y pusiera un gesto de tremendo cansancio.

—Una vez hubo algo que me hizo dudar —dijo Eva después de estar callada durante un tiempo que se me hizo muy largo—. Solo esa vez. Hasta aquel día estaba convencida de que su relación con el mundo de ETA se limitaba a las visitas periódicas que hacía a su hermano. Me había dicho muchas veces que se había decidido a matricularse en derecho cuando le detuvieron, continuó. Hasta entonces había pensado estudiar filología o historia, incluso periodismo; nunca se había visto a sí mismo como abogado, pero cuando supo que iba a estar muchos años en la cárcel se propuso defenderlo primero a él y luego las ideas que defendía desde la legalidad. Sus planes —me dijo Eva— pasaban más por militar en grupos pacifistas que por la lucha armada. De eso hablábamos siempre, de que nuestra obligación, la de los dos, era trabajar porque fuera posible abandonar el enfrentamiento y crear un ambiente de distensión.

En ese momento se calló en seco. Me dio la impresión de que había reconstruido alguna de esas conversaciones y en su cabeza estaba escuchando la voz de Jon. Respeté su silencio.

—¿Qué pasó aquella vez? —le pregunté al fin.

Me hizo prometer que no le haría preguntas. «Ni siquiera sé si es verdad lo que voy a decirte», me dijo Eva que le había dicho en aquella ocasión, pero creo que puede haber un atentado contra la casa cuartel de la Guardia Civil en Elizondo en los próximos días. Era un jueves y sabía que el sábado o incluso el viernes, porque dependiendo de los planes que tuviera podía pasar una o dos noches, yo estaría allí.

—¿Y no le preguntaste cómo lo sabía?

—Claro que se lo pregunté, pero supe en seguida que no iba a sacar nada en claro y además había prometido no hacer preguntas.

—Su hermano, ¿sabía que estaba saliendo contigo?

—¿Quiere decir si sabía que la novia de su hermano era hija de un guardia civil? Nunca se lo pregunté. Yo también creí que esa era la explicación. O tal vez se había enterado a través de alguno de los abogados de su hermano con los que tenía muy buena relación. En cualquier caso, supongo que quien quiera que le informara debía saber que éramos novios.

Y sin embargo nunca, ni entonces ni ahora —me dijo Eva—, se le pasó por la cabeza que él estuviera en la banda o en la organización, como le llamaban siempre. A la única conclusión a la que llegó después de darle muchas vueltas fue que había parcelas turbias en su vida y tenía amistades ciertamente peligrosas, y al mismo tiempo supo que decírselo había sido un gesto de amor y entrañaba un riesgo. Podía haberse limitado a invitarla a pasar un fin de semana lejos de todo.

Me dijo que le había costado tomar una decisión. Estaba segura de que Jon nunca le habría alertado, y asustado de paso, si aquella sospecha no tuviera algún fundamento. Y si lo tenía, no podía quedarse sin hacer nada.

—Lo primero que pensé fue llamar a mis padres y pedirles que se fueran a pasar unos días fuera, pero para eso tendría que haber sabido que el atentado se iba a cometer en una fecha concreta, y eso no lo sabía. Además, casi nunca hacían salidas en familia. Cuando su hermano y ella eran pequeños, los cuatro pasaban una semana en verano con los abuelos paternos en un pueblo de Granada que completaban con unos días en la playa, pero desde que murieron no habían vuelto y ya habían pasado unos cuantos años. Definitivamente esa no era la solución. Pensé en enviar un anónimo, pero sabía que no lo iban a tomar en serio. Llamó a su madre por teléfono y se lo expuso con claridad. Le dijo que tenía miedo y el próximo fin de semana no iría a casa porque le habían dicho que el cuartel de Elizondo estaba entre los objetivos inminentes de ETA.

—Te preguntaría como sabías tú eso…

—Sí, claro y le respondí que había prometido no decirlo. Le insinué que el novio de una amiga era uno de esos infiltrados o topos que se hacían pasar por terroristas, entraban en la banda y luego informaban a la policía de sus planes. Una explicación rocambolesca, pero no se me ocurrió nada mejor y a ella de momento pareció convencerle. En todo caso, parece ser que le hicieron caso y aumentaron la vigilancia. Durante una semana (eso se lo diría su madre al tiempo) habían patrullado por los alrededores día y noche. Nunca supe si aquello había evitado el atentado —me dijo Eva.

Poco antes de Semana Santa ocurrió algo que me angustió durante días. Al llegar del trabajo, Teresa me contó que esa tarde, cuando estaban en los columpios de la Media Luna, a un paso de nuestra casa, se les había acercado un hombre, un argentino. Le dijo que le había oído hablar con la niña y se había dado cuenta de que eran paisanos. «Me preguntó si era hija mía y cuando le respondía que no, que solo la cuidaba, quiso saber cosas de la madre». La noté asustada. «No me gustó nada aquel hombre», continuó Teresa. Fue a la habitación a ponerse las botas y la cazadora y cuando volvió al salón siguió hablando del extraño. Le dije que teníamos prisa y nos marchamos. No vinimos directamente a casa, por si nos seguía. No quería que supiera donde viven. Le pedí que me lo describiera. En el tiempo que llevábamos viviendo en Pamplona no había coincidido con ningún argentino, pero tampoco podía descartar que hubiera algún exiliado, como nosotras. Ya en la puerta, mientras se colgaba el bolso, me dijo que era un hombre recio.

—Vestía bien, llevaba una cazadora de ante de color café y gafas oscuras. No sé qué más. Sudaba mucho.

—Bueno, olvídalo, no le des importancia —le aconsejé. Pero entonces añadió algo que hizo que las piernas empezaran a temblarme. Ah y llevaba un peluquín.

Fue como si en un instante dos pensamientos a los que por separado no les hubiera prestado atención o a los que no hubiera dado importancia, de pronto encajaran. El primero tenía relación con algo que había leído en la revista Interviú. Se trataba de un reportaje sobre la guerra sucia contra ETA. Allí se decía que sicarios argentinos estaban colaborando con el Batallón Vasco Español. Algunos de los más sanguinarios torturadores y asesinos, escribía el periodista, viendo que la dictadura daba señales de descomposición, habían salido del país y estaban prestando sus servicios en España, en Italia y en otros lugares. Pero fue lo del peluquín lo que disparó todas las señales de alarma. El hombre con el que había estado en Barcelona me dijo que el peor de los torturadores era El pelucas. Fue al único que singularizó por su crueldad. A veces, dijo, se le caía o se le desajustaba o bastaba con que se le moviera el peluquín para que aquello le provocara unos ataques de ira incontenible. Hasta esbozó una sonrisa porque había algo grotesco en esa imagen. También yo tuve que contenerme para no echarme a reír en aquel momento. Y ahora, a pesar de que era algo irracional, pensé en la increíble posibilidad de que a Eva y a mí nos hubiera arruinado la vida la misma persona.

A medida que pasaban los días me fui convenciendo de que habría sido la coincidencia más absurda. Fue una simple casualidad que se les acercara un argentino con peluquín. Debía de haber millones de argentinos alopécicos, me dije, y la mayoría hacían cuanto podían por disimular un problema que en algunos casos (lo había visto yo misma en la consulta) podía terminar provocándoles mucha ansiedad. Y sin embargo, por remota, inverosímil y casi inconcebible que fuera, la mera posibilidad de que mi hija hubiera visto y hablado con la persona que le arrebató a su padre, me angustiaba. Quizás porque ahora que empezaba yo a estar mejor me preguntaba más por los recuerdos que tendría Adriana de él y por cómo viviría su ausencia. Tenía seis años cuando Héctor desapareció. Durante los primeros meses en Barcelona le enseñaba fotos y le hablaba de él a todas horas, quería que no lo olvidara y que aceptara el hecho cierto de que no lo volvería a ver, pero como al mismo tiempo no quería abandonar una mínima esperanza, también quería que estuviera preparada por si se producía un milagro. Terminé convirtiendo a Héctor en un personaje mitológico con superpoderes, una especie de Superman, tan ocupado arreglando problemas por el mundo que solo si las cosas se nos llegaran a poner realmente complicadas podríamos tener la esperanza de volverlo a ver. Un despropósito, vamos.

Me contó Eva que tardó dos semanas en volver a la casa cuartel de Elizondo después de la conversación telefónica con su madre. Llegó un sábado a mediodía, en un autobús que había salido de Pamplona a las diez. Se dio cuenta de la atmósfera de solemnidad nada más entrar en casa. Estaban su padre y su hermano de uniforme en el cuarto de estar, de pie, y supo que la estaban esperando. No tuvo tiempo ni de dejar el bolso en el suelo cuando su hermano le acercó y a un palmo de su cara le gritó: «Dime que no es verdad que estás saliendo con un terrorista, júralo». Eva no supo reaccionar. Solo llegó a decir una vez más que eso no era asunto suyo. Entonces él le dio una bofetada con tanta fuerza que la tiró al suelo. Era la primera vez en su vida que alguien le pegaba. Su padre cogió a su hermano de las solapas y le pidió que se fuera, le empujó para que viera que no estaba para bromas y él obedeció, pero después de unos segundos aun regresó y le dijo desde la puerta: «Como sigas viéndote con él, lo mato y después te mato a ti», y entonces, sí, salió dando un portazo.     

Lo que vino a continuación fue una de esas escenas que ella describía prestando atención a detalles incongruentes. Me decía, por ejemplo, que después de la bofetada la lámpara de brazos del techo empezó a darle vueltas. Me fijé en que dos de las seis bombillas estaban fundidas, me dijo. No era normal que estuviera encendida por la mañana, pero el día estaba muy nublado y apenas entraba luz por las ventanas. Se quería morir. Al cabo de un tiempo se puso a mirar el molino envuelto en una niebla dorada que aparecía en el cuadro colgado en la pared del sofá y me dijo que eso la relajó. Siempre le relajaba contemplar ese paisaje creía que holandés. Me daban que pensar los detalles que Eva mencionaba. No sabía si podían tener algún significado o si lo hacía simplemente para dar vivacidad a la imagen. Tuvo entonces una seria conversación con su padre. Le confesó que estaba enamorada de un estudiante de derecho y que su hermano estaba en la cárcel, eso era verdad, pero que no era un terrorista. Se lo juró. Lo conozco desde hace tres años y te puedo asegurar que condena la violencia, él nunca haría nada como lo que hizo su hermano. Su padre no quiso escucharle. «A mí no me parece bien», le dijo, «pero tu hermano ha hecho que te siguieran estas dos semanas. Quiso saber con quién te relacionas en Pamplona. Le pareció sospechosa tu llamada. Te lo digo por si te preguntas cómo ha sabido lo tuyo con ese chico. No ha pasado nada. Vamos a olvidar el incidente. No están los tiempos para jugar con estas cosas y en otras circunstancias a tu amigo lo habrían detenido por tener conocimiento de los planes de ETA. Por esta vez lo dejaremos correr. Lo hacemos por ti. El asunto quedará entre nosotros. No es lo que quería hacer tu hermano, pero se lo he pedido yo. Simplemente deja de verte con ese chico y olvidamos el asunto». Esas habían sido más o menos sus palabras.

—Pero no dejaste de verlo…

—No, solo había pasado mes y medio desde que habíamos ido al cine a ver Rojos. Seis semanas, ¿se da cuenta? Ahora que en nuestra relación había dejado de haber secretos, me encontraba otra vez con el dilema. ¿No le parece irónico? Acabábamos de empezar a conocernos de verdad, como quien dice, a hablar con transparencia de lo que nos preocupaba. Y cuanto más lo conocía más me gustaba y más convencida estaba de su sinceridad cuando hablaba de que debíamos trabajar hacer posible la reconciliación. Pero, sobre todo —me dijo Eva—, nunca había tenido esa sensación de estar con alguien que le llenara por completo, esa sensación, apunté yo en mi libreta porque sabía de qué estaba hablando, de plenitud.

»Yo aun dudaba de si debía contarle la conversación con mi padre y todos los pormenores. Nos vimos dos veces más —continuó—, en cada encuentro no podía dejar de mirar a izquierda y derecha todo el tiempo. Él lo notó. Me preguntó qué me pasaba, por qué estaba nerviosa. Estábamos en el Oslo, un bar donde quedábamos algunas veces. Tenemos que hablar, le dije. Vamos a mi casa. Y entonces se lo conté.

Me dijo que nunca había llorado tanto como aquella tarde. Le juró que pasara lo que pasara no quería separarse de él, que le amaba y, aunque suene melodramático, que prefería morirse a tener que abandonarlo. 

—¿Y qué pasó?

—Nada, que fuimos más cuidadosos. Decidimos no vernos más que en su casa o en la mía. Dos veces a la semana, a distintas horas, siguiendo distintos recorridos en los desplazamientos y con una sensación de peligro y de excitación que me aceleraba el pulso nada más levantarme los días que íbamos a encontrarnos. Pero seguimos viéndonos.

—Y me imagino que después de eso aun estaríais más enamorados. Solo hay que poner trabas para que aumente el deseo de estar juntos…

Me miró con reproche, como censurando lo que acababa de decir, como si quisiera gritarme quién eres tú para juzgar eso o a ti que te importa o por qué no te metes en tus asuntos. Después se le llenaron los ojos de lágrimas y, como era el final de la sesión, se levantó y se fue sin despedirse.

Algunas semanas después, a mediados de abril, Eva me anunció algo que me dejó sorprendida y preocupada.

—Voy a ir a ver al hermano de Jon a la cárcel este fin de semana. Le escribí para decirle que quería verle y me ha contestado. Me ha explicado los trámites y me espera pasado mañana.  

Me dijo que había sido un comentario que había hecho yo en una de las sesiones lo que le había impulsado a escribirle. Lo recordaba. Le había preguntado si estaba segura de que no podía haber otras explicaciones para la muerte de Jon. Eva, lo comprendí cuando me describió la bofetada de su hermano, estaba convencida de que había una relación directa entre las amenazas que él profirió aquella mañana y lo que había ocurrido el verano pasado en Almería. Y era una sospecha razonable, por supuesto, pero traté de hacerle comprender que a todas horas la gente hace amenazas que no tiene intención de cumplir y que de hecho no cumple.

—¿Te has parado a pensar —le pregunté—, en otras hipótesis, por raras que te parezcan? No sé —improvisé—, ¿y si fueran los propios miembros de la organización quienes pusieron la bomba? Al fin y al cabo, Jon había estado advirtiendo de la intención de atentar contra la casa cuartel de Elizondo. Podían pensar que lo había hecho más veces, que se trataba de un topo. También ellos podían haberle seguido, como tu hermano hizo que te siguieran a ti. Todo parecería encajar, en ese caso. El noviazgo con la hija de un guardia civil sería una buena tapadera. ¿No crees?

Fue aquella noche cuando empezaron las llamadas. Acababa de acostar a Adriana y salí al cuarto de estar con intención de no hacer nada, si acaso leer distraídamente el periódico mientras miraba en la televisión algún programa de entrevistas, cuando sonó el timbre del teléfono. Eran las diez. Pensé que sería Teresa para advertirme de que le habría surgido algún contratiempo y no podría llevar a mi hija al colegio al día siguiente. Lo cierto es que en aquella época apenas recibía llamadas. Nada más decir «aló, ¿quién es?», colgaron. Volvió a sonar el timbre media hora más tarde. Esta vez escuché una respiración y cuando insistí, preguntando quién era, volvieron a colgar. Aquella primera noche solo fueron cuatro las llamadas y se interrumpieron antes de las doce. No se escuchó ni una sola palabra al otro lado de la línea. No había pasado más que una semana desde que Teresa me había hablado del hombre que les había abordado en la Media Luna y fue en él en quien pensé, quizás injustificadamente, cuando comprendí que no se trataba de una equivocación.    

—¿Estuviste con el hermano de Jon? —le pregunté a Eva cuando nos vimos el lunes. Ese día algo empezó a cambiar en nuestras sesiones. Hasta entonces siempre habíamos hablado del pasado, de lo que había ocurrido los dos, tres, o cuatro años anteriores, o incluso en su infancia. Nos habíamos estado viendo durante seis meses todos los lunes, martes y jueves en sesiones de una hora, siempre, por deseo suyo, a las seis de la tarde, salvo cuando se producía algún cambio en mi agenda, algo que había ocurrido en dos o tres ocasiones. De lo que estaba haciendo con su vida durante ese curso apenas sabía nada. Por comentarios aislados había llegado a la conclusión de que seguía viviendo en el mismo piso y con las mismas compañeras, pero que había dado el curso por perdido. No había ido a clases durante el primer trimestre, y tenía vagamente la idea de que había empezado a aparecer regularmente por la escuela desde hacía algunos meses, aunque sin esperanza de coger el ritmo. Los sábados por la mañana, cuando iba a El Parnasillo (había terminado haciendo amistad con Javier, que me conseguía libros de autores argentinos o traducciones mexicanas de obras de psiquiatría) a la salida me quedaba mirando el escaparate y espiando a hurtadillas el portal por donde me imaginaba que Jon y Eva habrían subido muchas veces.

Eva me contó que había sido una experiencia devastadora. Le costó mucho decidirse a ir y encontrarse con alguien que había disparado en la nuca a un guardia civil de veintiséis años, provocándole la muerte en el acto. Se preguntaba cómo se puede vivir después de hacer algo así. Estuvo tentada de no ir, pero al final pudo más su necesidad de saber. Fue en autobús a Zamora. Casi diez horas con dos paradas en bares de carretera. Nunca había estado en una cárcel y se acordó de las cartas en las que Jon le contaba lo maltratados que se sentían; no porque nadie les pusiera una mano encima, por supuesto, sino por el desprecio, la falta de respeto, la arrogancia con la que se dirigían los funcionarios a los visitantes. Le acongojaba imaginar los cientos de veces que él habría hecho ese trayecto. Lo imaginaba atravesando esas mismas puertas y percibiendo ese mismo olor desagradable a zotal. Eva me dijo que estuvo apenas veinte minutos con él. Al principio, hablaron en euskara. No le costó olvidarse de lo que había hecho, quizás porque le recordaba a Jon todo el tiempo. Tenía la misma sonrisa, los mismos gestos. Le pareció una persona educada y tranquila. Le decepcionó que Jon nunca le hubiera hablado de ella. Había confiado en que al menos la hubiera nombrado; que cuando se presentó ante él, su hermano le hubiera dicho «ah, sí, sabíamos que tenía una amiga que se llamaba Eva, solía hablarnos de ella, una vez nos enseñó una fotografía, cualquier cosa le habría servido, pero no fue así, no sabía nada de su existencia». Ella le dijo que habían salido juntos de manera intermitente durante los dos últimos años. Le contó detalles de su relación y de cómo se habían conocido. Supo que también él le echaba de menos. Pero había venido porque necesitaba hacerle una pregunta. El tiempo se acababa y no sabía si habría más ocasiones para hacérsela. Esta vez se lo dijo en castellano. No quería malentendidos. Le contó que su padre era guardia civil y que a principios de abril del año anterior Jon le había advertido de que la casa cuartel donde vivían iba a ser atacada por ETA. Necesito saber si fuiste tú quien le dio esa información, le dijo. Él se puso de pie como si se hubiera activado un resorte. «¿Quién te manda?», le preguntó. Vio la decepción y la ira en sus ojos y supo lo que estaba pensando en ese momento. Se sintió más sola que nunca, me dijo Eva. Durante veinte minutos, el estar hablando con alguien que había conocido a Jon desde niño había tenido un efecto extraño, milagroso casi. Desde que se enteró de su muerte, nunca lo había sentido tan cerca. Después de la pregunta, supo que algo se le había escapado de las manos seguramente para siempre.  

Lo de las llamadas continuó durante semanas. Las primeras veces me desasosegaban tanto que pensé en llamar a la policía o dar de baja la línea. Si estaba nerviosa, descolgaba el teléfono nada más llegar a casa y no lo volvía a colgar hasta la mañana siguiente, pero me hacía sentir mal que alguien, un perturbado, condicionara mi vida. No podía creerme que el torturador de Héctor estuviera viviendo en la misma ciudad que yo, y si por la más rara de las casualidades fuera realmente así, aún menos que se dedicara a molestarme. Era una explicación demasiado retorcida para ser verdad. Cuando no dejaba el teléfono descolgado, las llamadas se producían todas las noches, y siempre con la misma pauta, cada treinta minutos, nunca antes de las diez ni más tarde de las doce. Me asustaba la meticulosidad. Por lo demás, nunca trataba de asustarme, no me amenazaba, no hacía ruidos extraños, parecía que le bastara con escuchar mi voz y mi respiración. No sabía qué pensar. Con el tiempo se convirtió en una costumbre molesta, solo eso. Descolgaba el auricular, decía siempre la mismas palabras aló, quién es, esperaba veinte, treinta segundos y colgaba. Eso era todo.

Uno de aquellos días ocurrió algo que a Eva terminó de desestabilizarla. Después de ocho meses, ETA hizo público un comunicado, a través del diario Egin, reconociendo que las personas que habían volado en un coche en agosto en Almería eran miembros de la organización. Solo había pasado una semana desde la visita a la cárcel de Zamora, que le había dejado emocionalmente muy afectada. Ahora ese comunicado la apuntilló. Eva empeoraba a ojos vistas. Su comportamiento me preocupaba. Por primera vez desde que nos estábamos viendo empezó a faltar a algunas sesiones sin avisar y sin darme después ninguna explicación, y cuando estábamos juntas ya no tenía ganas de hablarme del pasado. Se impacientaba ante mis preguntas.

Trataba de hacerle ver lo anómalo que era el comunicado. No era normal que tardaran tanto tiempo en hacer este tipo de declaraciones. «Podría tratarse de una declaración falsa, no sería, ni mucho menos, la primera vez que ocurre», le decía. O incluso podría ser que las otras dos personas que iban con Jon aquel día sí supieran lo que llevaban en el coche, pero no él. Ninguna de esas explicaciones le convencía. Estaba siempre nerviosa. Su único interés y a lo que dedicaba todo el tiempo era a verse con personas que hubieran conocido a Jon. Se obsesionó con eso y en las sesiones no hablaba de otra cosa. No le dejaba vivir la sospecha de que pudiera haberle estado engañando, de que, después de todo, quizás sí había estado enamorada de un terrorista. Todos los encuentros, todas las citas, todas las llamadas telefónicas que de manera febril realizó aquellos días la dejaban insatisfecha y un poco más hundida. En seguida se dio cuenta de que se producía una paradoja: las únicas personas que estaban dispuestas a hablar con ella (los compañeros de piso, algún compañero de clase, muy pocos) eran los únicos que conocían su relación y al mismo tiempo quienes menos lo conocían a él. Cuando conseguía contactar con un amigo de la infancia, con alguien que fue con él al instituto, con un familiar la reacción era siempre la misma: nadie había oído hablar de ella, les resultaban sospechosas sus preguntas y finalmente se levantaban enfadados, cuando no le amenazaban. Llegó a ir a su pueblo, a la casa familiar y no le abrieron la puerta. Después, en la calle, alguien se le acercó y le pidió con malos modos que se largara, que dejara de molestar a la familia.     

Fue a la vuelta de San Sebastián, adonde había ido a entrevistarse con un primo de Jon que al parecer tenía algo importante que contarle, eso creía ella o eso fue al menos lo que me dijo a mí, cuando en Endarlaza tuvo el accidente que acabó con su vida. No debía conducir, se lo había advertido en repetidas ocasiones, era algo que estaba completamente contraindicado con el tratamiento que llevaba. Además, dormía mal aquellos días. Parece ser que la entrevista con el primo de Jon se alargó, porque el accidente tuvo lugar a las once de la noche. Siempre me quedó la duda de si pudo tratarse de un suicidio. Han pasado treinta y cinco años de aquello, hace mucho que me jubilé, pero cuando repaso todos los casos de mi carrera, el de Eva sigue siendo para mí uno de los más dolorosos, y de los más enigmáticos.

A los pocos días del funeral, ETA envió un comunicado desmintiendo el que se había publicado anteriormente. No era verdad que los tres jóvenes muertos por un coche bomba en Almería fueran activistas. A día de hoy, sigue sin resolverse el caso.

Adriana y yo solo estuvimos en Pamplona dos semanas más. Aún seguí recibiendo las llamadas anónimas hasta que me cansé del juego. Una noche descolgué el teléfono y, sin contemplaciones, le dije: «Mire siento lo de su pelo, lo mejor es aceptarlo, si quiere hablamos». A partir de entonces, dejaron de llamar. Con el tiempo llegué a la conclusión de que el argentino con peluquín que se les acercó a Teresa y a Adriana en el parque de la Media Luna era un pobre hombre que estaba solo y se convirtió por unos días en mi admirador secreto.

FIN


Jesús Arana Palacios es licenciado en ciencias de la información y bibliotecario. Es autor de los libros La biblioteca colaborativa: un manifiesto (Trea, 2019), Embarquen por la biblioteca: una aproximación a los viajes literarios (Trea, 2013) y coautor de Leer y conversar: una introducción a los clubes de lectura (Trea 2009). Es también autor del capítulo dedicado a los clubes de lectura en La lectura en España: Informe 2017, editado por la Federación de Gremios de Editores de España y coordinado por José Antonio Millán. Precisamente a los clubes de lectura ha dedicado una buena parte de su labor profesional. Ha dado un curso de formación sobre clubes de lectura en Montevideo (Urugauy), en 2017, y participado en un Encuentro de clubes de lectura en Cologno-Monzese (Italia), en 2012, con una ponencia sobre los clubes de lectura en España, además de haber participado en jornadas de formación y encuentros en varias ciudades españolas. Ha dirigido la revista TK de la Asociación Navarra de Bibliotecarias y Bibliotecarios desde el primer número y colaborado con artículos sobre biblioteconomía en revistas como Mi Biblioteca, Clij y Leer, entre otras. También ha colaborado con artículos de crítica literaria en La línea del horizonte, Príncipe de Viana, Cuadernos de Etnografía y Etnología de Navarra o Revista de Occidente. En 2010 obtuvo el premio Alejandro Casona por su obra de teatro Twice.

1 comment on “Eva en su laberinto

  1. Excelente relato que pone de manifiesto algo que leí recientemente no recuerdo donde: la vida reside en los entresijos.

Responder a libreoyente Cancelar respuesta

A %d blogueros les gusta esto: