Estudios literarios

Flannery O’Connor contra el integrismo yanqui

Antonio Costa comenta 'Sangre sabia', una novela de ironía corrosiva contra el fanatismo y la ridiculez de todo simplismo, de toda salvación por una fórmula rígida.

/ por Antonio Costa /

Y ahora surge la carta de Noam Chomsky y otros contra el integrismo norteamericano. Pero lo norteamericanos siempre han sido integristas en todo: en la izquierda, en la derecha, en la religión, en las costumbres, en el lenguaje. Proceden de un barco que iba desde Inglaterra lleno de integristas calvinistas. Cualquier idea la convierten en integrismo y cursilería de acero. Porque lo de Estados Unidos es amenazante. En varios estados el sexo oral es un crimen. En alguna época tomar una copa de vino fue un crimen. Muñoz Molina contaba que tocar a un niño en la cabeza escandaliza. Y luego hablan de Irán (pero no de Arabia Saudita, que es mil veces peor).

Pero bastaría leer con leer a Flannery O’Connor. Uno piensa al leer sobre esos profetas de Sangre sabia, sobre todos los entusiastas religiosos, los evangélicos americanos: joder, qué coñazo de tíos, a ver si se calman un poco, si se toman una cerveza. Con esa novela la escritora de Georgia vio tan lúcida. Hace la caricatura de iluminados que quieren someter a todos los demás, pero ellos mismos no creen en nada; nos hace la parodia del fanatismo llevado al ridículo y la vaciedad, nos presenta una rigidez que no se sustenta en nada. Con su ironía corrosiva corroe todo fanatismo. Como una católica irlandesa (pero en el fondo celta vitalista) nos retrata la ridiculez de todo simplismo, de toda salvación por una fórmula rígida.

Un día, en Barcelona, en medio de un viaje muy largo hasta el Cáucaso, me puse a leer a Flannery O’Connor. Y comprendí que desconfiara del entusiasmo. Ella sabía de arrebatos y de la presencia de la gracia, pero también de los peligros de un tipo de entusiasmo que aplasta a todo el mundo, que lo acalla todo. Que no es entusiasmo, sino fanatismo.  

Entusiasmo significa estar poseído por los dioses. Pero esos profetas solo están poseídos por sus manías, por la Biblia tomada al pie de la letra, por su intolerancia que quieren implantar a los demás. El verdadero entusiasta tiene energía-creatividad-vitalidad. Nunca aplasta a nadie ni manda a nadie al infierno.

Los locos de Flannery O’Connor no basan su vida en la vida, sino que quieren cercenarla, asesinarla en nombre de fórmulas implacables, de simplismos estúpidos. Son locos porque no tienen más que fórmulas en la cabeza (loco es el que ha perdido todo menos la razón, decía Chesterton). No tienen sangre, ni sabia ni estúpida. No son locos: son idiotas de película gore.

El entusiasmo puede ser algo muy callado, incluso imperceptible. No tiene nada que ver con brutalidad, ni con rayos y truenos, ni con grandes trompetas. Ni casi nunca con gregarismo. El entusiasmo es estar inspirado, tener abiertas las compuertas interiores, derramarse los mejores secretos en la actuación de una persona.

Pero qué latosos son esos personajes de Flannery O’Connor, y qué razón tenía ella en mirarlos con ironía y distancia, en ese Sur de Estados Unidos donde tantos fanáticos simplifican un libro y mandan al infierno a todo el mundo. Cuanto más sugerente es el obstinado de Hermann Hesse, el visionario y rebelde de William Blake al que hablaban los ángeles contra los prejuicios y  los esquemas y los escuchaba desnudo junto a su mujer desnuda, el entusiasta de Henry Miller  que ensalza con lirismo el coño de su amante en París, el silencioso de Rilke que lo ahonda todo en las Elegías o en los sonetos a Orfeo.

Contra los profetas pesados de Flannery O’Connor en un Sur asfixiado por biblias feroces tenemos los vitalistas de Brooklyn de Henry Miller. Los profetas intolerantes y gritones que ve con ironía Flannery O’Connor  en su Sur quemado se parecen a los rinocerontes de Ionesco. Pero como antídoto tenemos el desenfreno vitalista de Tennesee Williams, tenemos ese pastor que se desahoga borracho en La noche de la iguana, o a Blanche que siempre sueña con ir en un tranvía llamado deseo.   

Los falsos entusiasmos proféticos de los que leen la Biblia simplona al pie de la letra pueden tirar los pianos del entusiasmo silencioso al fondo del mar. Pueden traer noches de cuchillos largos donde se rompen escaparates o se queman libros. Pueden quemar todos los libros que no sean su Libro. En esa América ignorante que representa lo más miserable de América. Contra ellos hace falta respirar, sonreír un poco, como hace Flannery O’Connor en Sangre sabia.

Esos falsos entusiastas proféticos de los que habla Flannery abundan tanto en lo más ignorante de Estados Unidos. Y votan por Trump. No es el país que lee a Faulkner, sino el que escucha a los telepredicadores, se asfixia con los moralismos feroces, sigue consignas brutales como tornados, ve el Diablo en todas partes. De todos modos ese país nació de eso, de un grupo de intolerantes a los que no toleraban en Inglaterra y que implantaron su intolerancia en Nueva Inglaterra, y se pusieron a quemar brujas en ella.

Y ahora en Sudamérica escucho tipos gritando en supermercados que el Diablo está en todas partes, que vamos a ir todos al infierno. Estados Unidos exporta esos gritos a Sudamérica entera. Y lanzan esa ignorancia fundamentalista feroz por medio planeta, y nos espantan a todos con el Diablo.

El verdadero entusiasmo, Flannery O’Connor lo sabe (¿cómo no va a saberlo con ese apellido irlandés?), es sentir apasionadamente en silencio todas las cosas. Flannery no te mete miedo del Diablo: te mete miedo de esos profetas ignorantes, enemigos de la vida, los cuervos de los que hablaba Nietzsche, para que te acerques a la libertad y a la vida. El verdadero entusiasmo lo tiene Chopin con sus nocturnos callados e inclasificables, no esos profetas rabiosos y zafios con su único libro del que no entienden nada.      

Es alegre leer que Chomsky y los demás se han levantado contra esos meapilas de todo tipo que quieren implantar la rigidez en todo, que quieren que hablemos como ursulinas rebuscadas, que buscan pecados ocultos en todas partes, que se espantan de todo. Que ven al diablo en cada esquina. Pero ¿qué se le va a hacer? Ya lo dijo Flannery O’Connor en Sangre sabia, ya lo había dicho Nathaniel Hawthorne al hablar de los que ponen letras escarlatas en el cuerpo de las mujeres. Los hipócritas furiosos, los sepulcros blanqueados, aplastarán la vida incluso en sí mismos, como en aquella pelicula Bajo la lluvia, de Lewis Milestone, con una Joan Crawford tan genial como en Johnny Guitar. El furioso predicador quiere destruir a la mujer-pecado, pero se descubre a sí misma deseándola en mitad de la lluvia y se mata. Oh, la lluvia, la sensualidad de la lluvia, parece que a estos tipos resecos y correosos no los toca la lluvia.

¿Por qué no dejan tranquila a Sudamérica y al resto del mundo? Que la Diosa Blanca del delirio y la poesía haga que nunca lleguen a Europa esos predicadores feroces. Pero siempre nos quedarán Henry Miller, Tennesee Williams, Jack Kerouac. O incluso Tom Waits esperando el tren de noche en la ciudad. Aunque ahora ¿en qué bar escondido de Estados Unidos se esconderán?


Antonio Costa Gómez, nacido en Barcelona en 1956, afincado actualmente en Salamanca, se crió en Galicia desde muy pequeño. Estudió filología hispánica e historia del arte y hoy es profesor de literatura en enseñanza media. Ha publicado libros en todos los géneros literarios: Revelación, El tamarindo, Las campanas, La reina secreta, La seda y la niebla, etcétera, con los que ha sido galardonado con numerosos premios: la Estafeta Literaria en 1976, el del Ministerio de Cultura en 1981 o el de Amantes de Teruel en 1985. Con Las campanas llegó a la última votación del Premio Nadal en 1994 y del Premio Planeta en 2001. Colaborador en más de una treintena de diarios y revistas, ha viajado por los cinco continentes.

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