Filosofía

K-punk como cadáver editorial

Escribe Jorge J. Rodríguez sobre la trayectoria y legado del británico Mark Fisher (1968-2017), uno de los pensadores críticos más influyentes y polémicos de nuestro tiempo

/ por Jorge J. Rodríguez /

En el clásico Ghost in the shell (Mamoru Oshii, 1995), el equipo de la general Motoko Kusanagi se encarga de perseguir y detener a un reputado pirata informático conocido como el puppet-master, quien resulta ser una entidad viviente y pensante, «surgida del mar de información», que ha desarrollado autoconciencia y busca consecuentemente un estatus legal como individuo. En el año de su estreno, la filósofa Sadie Plant pone en movimiento la Unidad de Investigación de Cultura Cibernética (CCRU) asociada a la Universidad de Warwick, la cual abandonará dos años más tarde para delegar el mando del grupo en Nick Land, entonces tecnofilósofo ocultural de una originalidad pasmosa. Por la CCRU pasan figuras tan importantes para el pensamiento contemporáneo como el teórico afrofuturista Kodwo Eshun, el productor musical Kode9, promesas del realismo especulativo como Ray Brassier o Iain Hamilton Grant, escritores experimentales de teoría-ficción como Reza Negarestani o Anna Greenspan, figuras editoriales como Robin Mackay, ciberfeministas como Luciana Parisi y un entonces no tan conocido Mark Fisher. Bajo el mandato de Land, la CCRU realiza importantes residencias artísticas y eventos junto a colectivos como 0[rphan]d[rift>], un grupo de artistas (Maggie Roberts, Erle Sternberg, Ranu Mukherjee y Suzanne Karakashian) fusionadas en una sola entidad artística que comprendía a cientos de colaboradores anónimos.

De esta combinación nace un nuevo campo conceptual entre la cibernética de Wiener, el anti-vitalismo de Bataille y la economía política del deseo de Lyotard o Deleuze. Se trata probablemente de uno de los aportes más significativos en torno al pensamiento digital de los últimos treinta años, realizado además desde los márgenes de la academia, no sobre la cultura popular sino a través de ella. Fisher redacta entonces un texto hacia 2002 titulado «Who’s pulling your strings? I was a CCRU meat-puppet». En él, su voz queda disuelta en la propia CCRU mediante las técnicas del manuscrito [email] encontrado y el modo conspiranoico propio a la ficción norteamericana de los sesenta (Burroughs, Pynchon, etcétera), sobre la que el grupo proyectaba remixes y alteraciones para tratar de materializar el evento, pues defendían que «la desprogramación retro-produce el programa de forma simultánea, al igual que los juicios por brujería preceden al culto al diablo y la hipnoterapia regresiva precede al síndrome del falso recuerdo”»(29). A tres años de su suicidio, la publicación inminente de sus conferencias del último curso que impartió en vida titulado Postcapitalist desire (Repeater, 2020) parecen haber borrado esa historia de líneas múltiples y discontinuas en pos de un Fisher profundamente autoritativo, personalizado y altamente demandado.

Un meat-puppet es un término utilizado para aquellas cuentas empleadas como herramientas de marketing digital que adoptan una falsa apariencia de humanidad en sus interacciones con otros usuarios, es decir, cuentas empleadas para comentar favorablemente sobre productos en venta o interceder en discusiones políticas como si de personas de carne y hueso se tratasen. Acostumbrados a los usos más siniestros del sock-puppetry, granjas de bots y otras formas de manipulación en red, no se suele percibir que este uso del meat-puppet como sujeto lobotomizado de sociedades ocultas en los recovecos de la web revelaba entonces un ideal del ciberespacio como Frontera o tierra de nadie, cuya pérdida Fisher lamenta en innumerables escritos. En el prólogo de exmilitary a la edición de su tesis doctoral presentada en la CCRU, Flatline constructs (1999, ed. 2018) se exhorta su lectura frente al «multiplicador siliconiano de consenso neoliberal» (ii), tratando de exorcizar un pasado digital definido por el puro éxtasis comunicativo, cuando el ciberespacio aún se resistía a ser cartografiado por grandes empresas privatizadoras y otros conglomerados de ventas y suscripciones capaces de interponer su ley de ganancia a un contenido que debiera ser patrimonio común. Ser un meat-puppet de la CCRU significaba ante todo dejar hablar a través de ti a un conjunto de fuerzas impersonales y ante todo mantener el misterio propio a todo lo que se dice subversivo. Ese misterio del anonimato es indisociable a Fisher, y reaparece poderosamente en su entrevista con William Bevan [Burial] para The Wire (2007): «Nunca supe cómo son las personas que hicieron la mayoría de los temas que me gustan. Esto te atrapa, puedes creértelo mucho más […] La gente y los medios son demasiado evidentes al tratar de proyectar esta imagen, demostrar lo que valen e intentar ser algo. Deberían contenerse un poco, es mucho más sexy».

En dicha entrevista trasluce aquel concepto derridiano explorado en profundidad no sólo por Fisher, sino también por Reynolds, Owen Hatherley o Grafton Tanner entre otros: la hauntología, una vuelta al pasado que trata de evidenciar posibilidades cooptadas por el avance de la privatización y sus lógicas culturales, es decir, frente al pastiche o la parodia y frente a la mercantilización de un pasado siempre más significativo que un presente repetitivo y miserable. La hauntología nunca pretendió ser otra forma de inmovilismo frente a los impasses culturales y políticos que nos acucian, sino todo lo contrario: volver a iluminar aquellas posibilidades ya perdidas para desestabilizar el carácter monolítico e inalterable del orden presente. La hauntología queda entonces relegada a un diagnóstico cómplice cuando, entre otras cosas, comienza a repercutir sobre el propio Fisher editorial en las numerosas especulaciones con su hipotética posición ante nuevas problemáticas que se nos presentan ya sin él. Ese es el problema con borrar el carácter colectivo de lo que significaba k-punk, así como su propia existencia temporal y finita. La disponibilidad de un material osificado en la red es muy fértil a esa lógica editorial expansiva que buscará los comentarios más elípticos de Fisher sobre realidades que trascienden por completo a su tiempo y alcance. No podemos olvidar que hauntología y pastiche son caras de la misma moneda y modos de un mismo sustrato cultural, su diferencia y efecto radica más bien en el fin para el que se ponen práctica.

De 2002 hasta su suicidio en 2017, su huella digital revela movimientos ciertamente incómodos cuando se trata de la creación y fijación de una leyenda. El teórico del tiempo cibernético quiso construirse como un cúmulo de líneas de fuga hacia otras voces, hipervínculos y enlaces nunca cerrados e imposibles de cerrar sobre sí mismos. Es muy difícil convertir a ese puppet-master en el Autor de una Obra sin subvertir aquello a lo que aspiraba con su pensamiento. Conferir un núcleo fuerte a todas esas líneas de código, retractaciones y desencuentros que encontramos constantemente en las interacciones de k-punk se vuelve un tanto cómplice de una existencia cada vez más individuada, y por ende privatizable. Es injusto pretender centralizar en una misma figura todos aquellos debates entre Fisher y otras voces como las de Eshun, Reynolds, Ian Penman o Simon O’Sullivan, o sus amargas polémicas con un Nick Land cada vez más transformado en edgelord delirante. Todo ello queda fuera de la edición de gran parte de su blog por Darren Ambrose (Repeater Books, 2018), no digamos ya de las traducciones lanzadas por Caja Negra (2019, 2020, 2021), quienes han hecho del teórico británico su valor editorial seguro. La recepción póstuma de Fisher ha bloqueado por completo lo que empezaba a asomar como una historia coral, un conjunto de voces que Matt Colquhoun ha tratado de conjurar en su elegíaco Egress (2019) para incidir ante todo sobre el sentimiento de comunidad del que surge Fisher, y al que sus textos invitan constantemente. Esto se vuelve sencillamente irrecuperable desde la posición de superestrellato editorial, aún más cuando esta contiene un valor trágico añadido e inmensamente distorsionado. Conviene recordar que la serie de conferencias realizadas en el Goldsmiths College a tres meses de su muerte se tituló, no en vano, The Fisher-Function (2017) y que, como explica Colquhoun, se debe a una elegía pronunciada por Robert Mackay en la ceremonia conmemorativa celebrada en el campus donde refería a una «entidad, una cosa que escribía a través de Mark» (3).

Hacia el final de Ghost in the Shell, el puppet-master se infiltra en un cuerpo humano para escapar de los criminales que lo confinaron y, de esta manera, seguir pasando desapercibido en una paradoja magistralmente explorada. No deja de ser irónico que el puppet master haya encontrado póstumamente un cuerpo y una voz profundamente individualizada sobre la que hacer apelaciones constantes a la autoridad. Se revela una lógica perversa cuando aquellas mismas fuerzas limitantes harto denunciadas operan también para mercantilizar su pensamiento. El comportamiento editorial en torno a la figura de Fisher pasa por traicionar el deseo del anonimato colectivo, un deseo además brindado en bandeja de plata a las fuerzas de la reacción que rápidamente han aprendido a hacer uso de la figura del meat-puppet como catalizador de masas turbulentas, anónimas e irreales que vociferan su oposición frontal a las posiciones políticas de cualquier pensador individuado convertido en voz experta. En el texto de la CCRU referido se levantaba una poderosa fuerza conspirativa que se vinculaba a Bill Gates y a todo un nuevo orden mundial de prácticas ritualistas con sacrificios humanos entre las más altas esferas, historias siniestramente parecidas a las ficciones que portan los seguidores de QAnon y cuyos afectos han sabido materializar en el campo político al compensar lo implausible y estúpido de sus creencias con la fuerza de un anonimato que sabe presentarse como una ola imparable.

En ese sentido, al triturar su producción y ofrecerla como píldoras sapienciales no hemos sabido reconocer la ruptura que presentaba la función-Fisher, y no Mark Fisher el entrañable profesor del Goldsmiths College que no ocultaba su pasado contracultural, su depresión crónica y, en ocasiones, su impaciencia. Se hace difícil reconciliar un lucrativo culto a su personalidad con aquello que afirmaba en el post inaugural de su blog (Why k?, 2005): «El rol del teórico era el de un intensificador» (31), un amplificador de fuerzas virales y potencialmente disruptivas. No queremos canonizar su figura ni conjurar de nuevo a su fantasma, queremos hacer la ouija con aquello que hablaba a través de él para ser de nuevo esa fuerza anónima, amenazante, poderosa en su anonimato: el fantasma incorpóreo y colectivo que recorre Europa y materializa las posibilidades de cambio. Colquhoun recuerda que «es precisamente esta resonancia afectiva, contagiosa y transductiva la que constituye el corazón palpitante de la Fisher-Function, como lo era por supuesto de todos los escritos de Mark» (15).

El puppet-master advertía así a los miembros de la Sección 9: «Jamás encontraréis el cadáver porque nunca he poseído un cuerpo».


Jorge J. Rodríguez (Sevilla, 1991), filólogo e investigador. Desarrolla su tesis doctoral sobre poética e historia de las ideas en el contexto del siglo XVII inglés.

1 comment on “K-punk como cadáver editorial

  1. José Manuel Ferrández

    No se entiende absolutamente nada de lo que intenta decir el filólogo e investigador sr Rodríguez
    Se nota que lo que investiga debe ser un asunto muy oscuro

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