Laberinto con vistas

Déjà vu

Antonio Monterrubio escribe sobre una época en que «se ha renunciado a una cultura consolidada de solidaridad y empatía para sustituirla por la veneración de los más bajos valores materiales».

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Un rasgo común a las revueltas del siglo XXI en el mundo es su tendencia a la ocupación de las calles, y sobre todo de las plazas. De Tiananmen a la de Tahrir en El Cairo, de la Puerta del Sol al parque Gezi de Estambul, han servido de majestuoso escenario para el descontento. Es una reivindicación del espacio público y de lo colectivo frente a la privacidad y el individualismo patrocinados por regímenes autoritarios o por el turbocapitalismo neoliberal. En el 15-M u Occupy Wall Street, había una doble protesta contra la primacía de los intereses de unos pocos privilegiados y contra la energía disolvente y evaporadora de la vida urbana comúnmente aceptada.

Día tras día el urbanita se codea con desconocidos que le resultan indiferentes. Se mueve por una insaciable ansia aspiracional alimentada por mensajes conminatorios y noticias desconcertantes. Las personas se deslizan furtivamente entre estructuras de ladrillo y hormigón. Monstruos metálicos que se desplazan velozmente amenazan con llevárselas por delante al menor descuido. Nadie ve ni oye, y aún menos repara en quienes le rodean. Si estas constataciones no implican abandonarse a la nostalgia de una idílica comunidad rural que nunca existió, lo cierto es que las dosis de angustia y frustración de la vida posmoderna superan con creces a las de antaño. Se ha renunciado a una cultura consolidada de solidaridad y empatía para sustituirla por la veneración de los más bajos valores materiales. Esto sí ha supuesto una pérdida irreparable que ha acelerado la ansiedad de los habitantes de las urbes. La abundancia de bienes y servicios que la ciudad ofrece se costea a base de ansiolíticos y antidepresivos, lo cual no es culpa suya, ni siquiera en las grandes metrópolis. La responsabilidad recae sobre un modo de vida equivocado que consentimos ciegamente aunque nos dañe. Nuestra sociedad se ha especializado en el tratamiento de las neurosis, pero sería mucho mejor para todos que dejara de fabricarlas.

La dimensión colectiva de la ciudad se ha disuelto. Ahora existe una aglomeración de sujetos aislados y aislantes. La persona deviene mero número. Quienes se creen libres por ir a pagar su diezmo diario al Poder Hostelero o por quemar gasolina en idas y venidas sin sentido entre Malasaña y Peorsaña son en realidad simples cifras perdidas en un Libro de Contabilidad, bien en A, bien en B. De ahí el sublime mosqueo de las Autoridades cuando los ciudadanos ocupan los lugares públicos y comienzan a autogestionarlos. En reuniones de individuos desconocidos circulan flujos de creatividad, fraternidad y libertad que responden a un deseo de otra vida que el Entramado no puede tolerar. Quiere partículas elementales aisladas. En cuanto se van formando átomos, y no digamos moléculas, se inquieta. Las macromoléculas son su peor pesadilla. Se despierta envuelto en sudor, pálido y tremendamente cabreado, con la porra en la mano.

Tiempo ha que los cosmólogos concluyeron que el futuro a largo plazo del universo no admite más que tres vías. Depende de la relación de fuerzas entre la expansión, que tiende a alejar a sus componentes, y la gravedad, que tiende a aproximarlos. Si permanecen en relativo equilibrio, estaríamos en un universo plano. Si predomina la segunda, el cosmos terminaría por contraerse hacia una singularidad similar a aquella de la que salió. Sería un universo cerrado. Y si por el contrario la primera se lleva el gato de Schrödinger al agua, nos toparíamos con un universo abierto que evolucionaría a un estado de infinita separación, inmovilidad y muerte. Algunos, portados en volandas por el panglossismo posmoderno del final de la historia y el último hombre, deducirían que más vale no meneallo. O sea que conservar el statu quo sería la forma adecuada de mantenernos en una comunidad plana, que no se vea amenazada constantemente por contracciones o dispersiones nocivas.

Quienes así razonan caen en un error mayor. Dan crédito a la falacia de que vivimos en un entorno estable, cuando en realidad se trata de una sociedad abierta, pero no en el sentido de Popper, sino en el de un mundo que se dirige a pasos agigantados hacia la evaporación. Las reacciones sociopolíticas a la crisis sanitario-económica desatada por la COVID-19 se ajustan a ese modelo, y no solo por el empeño obsesivo en salvar la economía a despecho de la suerte que corran los vulnerables. Presentar machaconamente las vacunas como solución definitiva de la convulsión es muy revelador. Más que frente a una pandemia, estamos ante lo que Merrill Singer denominó en los años noventa una sindesmia. La enfermedad que produce el SARS-CoV-2 se solapa con otras, crónicas o recurrentes, asociadas a condiciones de vida, salud, nutrición y vivienda deficitarias. Empezamos a vislumbrar la clave de bóveda de la cuestión: la distribución atrozmente desigual de la riqueza en términos de clases, géneros, países o etnias. La mera vacunación, incluso si aceptamos, con mucha buena voluntad, que va a ser equitativa social y geográficamente, es un parche parcial. El verdadero mal es el capitalismo neoliberal.

En todo caso no parece haber gran interés en abordar las raíces de esta crisis, ya que eso pone en tela de juicio los cimientos del Sistema reinante. Se elude con singular contumacia aludir a la relación entre nuevas epidemias y catástrofe medioambiental. Por más esfuerzos que hagan sus gestores y sus cantores de gesta, es imposible pintar el capitalismo de verde. No existen vías capitalistas al ecologismo. Lo máximo a lo que llegan conglomerados económicos, fondos especulativos, megaempresas y demás beneficiarios del Tinglado es a tratar los síntomas demasiado evidentes del caos que han montado. La vacuna nos devolverá a la añorada antigua normalidad. Ahora bien, el escenario cuyo retorno se nos invita a anhelar tenía curiosas características. Entre ellas, el minucioso desguace de lo público, la demolición despiadada del Estado de bienestar, la explotación sin barreras del Tercer Mundo o la alevosa alienación de la ciudadanía occidental, en particular de su sector juvenil. Y por supuesto, la imparable precarización. Desindustrialización, robotización y digitalización se han llevado por delante innumerables puestos de trabajo, esperanzas de futuro y hasta de presente.

El golpe decisivo al universo laboral tal y como lo conocemos es el que propina la economía colaborativa. El nombre que se da en español a esta posmoderna estafa es una forma de blanquear tal modelo nuevoviejo de servidumbre de la gleba sin gleba. Más gráfica es la expresión inglesa gig economy, «economía de bolos», en el sentido que este término tiene en el mundo del espectáculo. La base de este andamiaje son los contratos puntuales en tareas esporádicas. Para mayor escarnio, el trabajador aporta los aperos, comenzando por vehículo propio. En ciertos medios, esto se presenta como el colmo de la libertad: el currante dispondría a discreción de su tiempo y elegiría cuándo, cómo y cuánto desea dedicar a su actividad alimentaria. Desde luego, los que predican este Paraíso virtual tienen empleos fijos, remunerados mensualmente, con pagas extra y vacaciones pagadas. Ni se nos pasa por la imaginación que envidien, y menos aún quieran sustituir a quienes se ganan el pan sin derechos laborales, sin Seguridad Social y sin regulación. Las vías que abre la gig economy recuerdan la definición que algunos dan de tres principios de la Termodinámica. Sintéticamente el primero dice que no es posible crear energía, el segundo que todo tiende al deterioro y el tercero que nunca se alcanza el cero absoluto. Esto se traduciría diciendo que en este juego, uno: no puedes ganar; dos: empatar no es una opción; y tres: no puedes abandonar el campo.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

5 comments on “Déjà vu

  1. Excelente análisis, con el que no puedo estar más de acuerdo. Parece que se metió usted en mi cabeza y leyó mi pensamiento. Eso sí, expresándolo infinitamente mejor de lo que to sería capaz de hacerlo.
    Hoy pensaba ante el espejo que habiendo sido toda la vida una persona optimista, en la actualidad no sé si por mor de la edad, de la situación o de ambas, estoy volviéndome muy pesimista.
    Creo que estamos viviendo la protohistoria de algo que desconocemos y que nos superará.
    Como le digo, comparto totalmente sus diagnósticos, pero cada vez me preocupa más intentar saber cuales son los tratamientos.
    Podría aportarme alguno, aunque fuera meramente sintomático?
    Gracias por todo.

    • Antonio Monterrubio

      Muchas gracias por su comentario y sus apreciaciones. Como apunta, es difícil evitar la impresión de que nos enfrentamos a un abismo desbordante de oscuridad. La ausencia de voluntad política y de lucidez intelectual no permite albergar muchas esperanzas. Pero el combate por una vida mejor se reanuda cada día, aquí o allá. Mientras haya voces que se levanten en demanda de Justicia, no todo estará perdido. Aun si otro mundo no es posible, nada autoriza a renunciar a él.

  2. Agustín Villalba

    Falta el guión entre «déjà» y «vu»:

    https://fr.wikipedia.org/wiki/D%C3%A9j%C3%A0-vu

    «Un rasgo común a las revueltas del siglo XXI en el mundo es su tendencia a la ocupación de las calles, y sobre todo de las plazas. De Tiananmen…»

    Dos cosas: la revuelta de Tiananmén sucedió en el siglo XX (1989) y las revueltas callejeras y la ocupación de plazas siempre han existido, ¿no? Siempre las revueltas y las revoluciones han sucedido en las calles y las plazas, como es lógico. Recuérdense la Revolución Francesa, la Comuna o las manifestaciones de los Gilets Jaunes.

  3. Agustín Villalba

    Este artículo, si lo he entendido bien, trata de convencernos de lo malo que es el capitalismo, culpable de todos los males de nuestra sociedad.

    El problema es que es el único sistema económico que funciona. Churchill decía que la democracia es un sistema político muy deficiente, pero que era el menos deficiente que existe. El capitalismo es un desastre (social y ecológico) pero es el menos desastroso de todos los sistemas. El sistema contrario, el comunismo, no ha funcionado en ningún lugar y ha sido un desastre económico, social y ecológico mayor aún.

    Escribir que «el verdadero mal es el capitalismo neoliberal» es muy fácil. Lo difícil es proponer otra cosa, explicar cuál es «el verdadero bien». ¿El comunismo cubano? ¿El de Corea del Norte?

    Este artículo no debería haberse titulado «Déjà-vu» sino «En pissant dans un violon».

  4. Como dijo el economista y escritor José Luis Sampedro, a quien dios tenga en su gloria literaria y económica, el verdadero problema no es cuál sistema elijamos para manejar la riqueza o la escasez, sino el propio corazón humano
    Mientras la codicia y los demás pecados capitales (por que se dan más en las capitales de provincia) estén ahí, dará igual el sistema ya que en todos habrá corrupción y abusos de todo tipo

    También Woody Allen aportó su granito de arena a la cuestión cuando dijo que los problemas económicos son los más sencillos de resolver ya que solo son cuestión de dinero

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