Laberinto con vistas

De sonámbulos y linces

«Quienes se niegan a ver no solo los costurones del sueño, sino su intrínseca falsedad, son feligreses potenciales de cualquier trumpismo». Un artículo de Antonio Monterrubio.

/ Laberinto con vistas / Antonio Monterrubio /

En 1961, una obra teatral de Edward Albee provocó un escándalo mayúsculo en los Estados Unidos. Su título: The American Dream. Mediante la caricatura y el sarcasmo, el autor ridiculizaba las columnas del sueño americano: la familia satisfecha y feliz, el aventurero triunfador, el héroe idealista. La deformación grotesca de tales estereotipos descubría las deshilachaduras, manchas y rotos del mito. Esto le costó acervas críticas a Albee, acusado de traidor a la patria. Sin embargo, «una obra que celebrara el sueño americano no tendría sentido; estrictamente hablando, sería precisamente lo que se achaca a la obra de Albee: sería nihilista, inmoral y derrotista, ya que contribuiría a perpetuar una mentira» (Wellwarth: Teatro de protesta y paradoja).

Quienes se niegan a ver no solo los costurones del sueño, sino su intrínseca falsedad, son feligreses potenciales de cualquier trumpismo. Fácil será convencerlos de que la culpa de todo es de los chinos, los inmigrantes, los ecologistas, los gays, las feministas, la OMS o las Naciones Unidas. A esto se añade la relevancia de cierta religiosidad americana que lleva a muchos a considerarse parte de un nuevo pueblo elegido. Esto es constatable en las múltiples versiones del fundamentalismo protestante o las extrañas iglesias que surgen cual setas en aquellas tierras. También el catolicismo acaba siendo presa del curioso síndrome. Según estudios demoscópicos independientes, los católicos blancos no latinos votaron mayoritariamente por Trump. Esto viene a significar que una multitud de descendientes de italianos, polacos o irlandeses cuyos padres o abuelos fueron despreciados como gentes de baja estofa ha votado un programa xenófobo y racista. No se habrán enterado de que el hábito no hace al wasp. La ultrabeata jueza designada por el presidente para el Supremo pocas semanas antes de las elecciones dejó una estupenda perla durante una conferencia en la facultad de Derecho de Notre-Dame, la más prestigiosa universidad católica local: «El objetivo de la ley es asegurarse de que se siga la voluntad de Dios en la sociedad». Esta creencia medieval es suscrita por variantes atrozmente sectarias del catolicismo y el protestantismo americanos, lo cual no implica que sean privativas de aquel país. En algunos Estados europeos, incluido uno muy cercano, no pocos jueces profesionales y vocacionales suscribirían la afirmación.

Todo esto viene a cuento de la reflexión sobre cómo puede un muchimillonario carente de escrúpulos convertirse en catalizador y portavoz de la rabia acumulada por decenas de millones de estadounidenses. Descontados los adornos de retórica zafia y actos exhibicionistas, el fin primordial de la presencia de Trump en política era salvaguardar sus intereses personales. Intentó zafarse de la retahíla de procesos judiciales en los que está envuelto, culminando si era posible con la concesión de una indulgencia plenaria antes de dejar la Casa Blanca. Su estancia en la presidencia era una buena baza, incluso después, para renegociar enormes deudas que, según parece, tan solo con el Deutsche Bank, ascienden a 2000 millones de dólares. Sus cuatro años de jefazo le han permitido hacer pasar leyes fiscales y otras en beneficio propio. Se pensó que su pésima no-gestión de la pandemia y el incumplimiento de las esperanzas que levantó entre legiones de abandonados por el sistema serían suficientes para diluir sus apoyos. Estos razonamientos esquemáticos no calibraban la complejidad de la coalición de sus seguidores, procedentes de horizontes de lo más diverso. Igualmente, no reparaban en que el pegamento de esa confederación es ideológico, y puede resumirse en una palabra: odio. Tras darse como vencedor a Biden, una mujer, no especialmente blanca y aparentemente lejos de padecer estrecheces económicas, se desgañitaba profetizando que los demócratas iban a traer el comunismo a los Estados Unidos. Quedaba implícito que vendría acompañado del ateísmo, la homosexualidad obligatoria, la pedofilia satánica de Soros y, ya puestos, en el colmo de los colmos, la Razón y el método hipotético-deductivo.

Es fácil consolarse pensando que se trata de reacciones y actitudes inequívocamente americanas, y que esas cosas aquí no pasan. Solo que en un tuit, un eurodiputado de Vox afeaba irritadísimo al líder de la oposición su felicitación a Biden por su victoria. Profería este fulano una sarta de sandeces coronada por la acusación de aplaudir «al presidente marioneta de un gobierno de Podemos» [sic]. El delirio llega a sugerir que una potencia media, siendo generosos, tiene alguna influencia sobre las decisiones de la que es aún la nación más poderosa del mundo. Añádase a esto considerar al actual ejecutivo español propiedad inalienable de su socio minoritario. Increíblemente, este sujeto representa en el Parlamento Europeo a millones de ciudadanos que piensan igual que él. Y todavía tenemos que aguantar el bienintencionado sermón de que el trumpismo es algo americano y lejano, similar al baseball o al pavo de Acción de gracias. A lo más que alcanzan muchos de nuestros analistas con derecho a sillón perpetuo en las tertulias televisivas es a combinar dos conceptos que no coinciden entre sí para justificar su fuerza electoral. Se equipara a los cuarenta millones de poor workers del país y el conglomerado sociológico conocido como white trash. No se tiene en cuenta que una gran proporción de la mano de obra pobre no son blancos, ni que escoria blanca no se corresponde con trabajadores fijos asalariados que no llegan a fin de mes, sino con individuos económicamente marginales y olvidados.

En el espléndido filme del chileno Raúl Ruiz The Golden boat, un personaje repite machaconamente la frase «soy suizo, no puedo equivocarme». Mientras musita este mantra, se afana en intentar limpiar la sangre del hombre al que acaba de asesinar, confundiéndolo con otro. Nuestros suizos del periodismo y la política, imbuidos de ciencia infusa, no parecen percatarse de la similitud casi fraternal entre el electorado de la derecha nacionalpopulista de ambos lados del Atlántico. ¿Ignorancia, cobardía o mera hipocresía? Probablemente una mezcla de las tres, con algún aliño para dar sabor al plato. El caso es que a la hora de la verdad, una multitud de expertos que presumen de tener mejor vista que Legolas son indistinguibles de Rompetechos, el miope de tebeo creado por Ibáñez. Aún siguen sin explicarse que tantas decenas de millones se traguen las trolas del Gran Mentiroso, y no sean capaces de ver lo que esconde la falaz envoltura. Pero esa es la forma en que funciona, un día tras otro, la sociedad de consumo.

Donde señorean la publicidad y la propaganda, la realidad tiene muy poco que hacer. Constantemente tenemos ejemplos de cómo una brillante apariencia permite que determinado público acoja cosas que de ningún modo aceptaría si las contemplara desnudas. La Piscina Molitor de París fue uno de los templos del Art Déco durante décadas. En los años noventa, después de haber sido cerrada y olvidada, se convirtió en lugar sagrado de otro tipo de cultos: el underground y el street art. En 2014 se transmutó en un centro de ocio haut de gamme, alrededor de un hotel que comprende 124 habitaciones y suites carísimas. Están decoradas con litografías numeradas de algunos de los artistas cuyas obras originales se destruyeron en la remodelación de aquel espacio urbano. Otro tanto sucede con las 78 cabinas que rodean la piscina de invierno. Producto de reputadas figuras del ambiente parisino como Monsieur Chat, Psychoze o Futura, los grafitis, pinturas o collages hacen las delicias de sus felices usuarios. Y digo felices porque la entrada está rigurosamente reservada a los huéspedes del hotel y a los miembros del Club Molitor. En suma, estamos ante un arte callejero inaccesible para la gente de la calle. Looping the loop. No dudamos, además, que mucha de la distinguida clientela que se deleita con esos trabajos echará pestes si se topan con otros iguales o mejores en las paredes de solares abandonados o en las medianas de edificios decrépitos, mientras se trasladan en sus suntuosos automóviles. Ahí los verán más como espuma de la ola de gamberrismo que nos invade. Es lo que tiene la magia de la perspectiva. Grafitis en las cabinas de la piscina neo-déco, bien. Grafitis en los almacenes en desuso de la estación de Austerlitz, mal.

Modificar el sentido y significado del arte se transforma a veces en cuestión de Estado. El célebre cuadro El abrazo que Juan Genovés pintó en 1976 es usado en innumerables actos en defensa de los derechos humanos en todo el mundo. Aquí ha sido elevado a icono de la Transición, símbolo de reconciliación de los españoles y demás parafernalia retórica que suele acompañar cualquier mención de la Modélica. Repasemos la historia de su origen. Se creó para la campaña emprendida por la Junta Democrática en favor de la amnistía y la excarcelación de los presos políticos. La tirada inicial, de 25.000 ejemplares, fue secuestrada apenas impresa. Al artista le costó una semana de estancia gratuita en los siniestros calabozos de la Puerta del Sol, acusado de «colaboración en la distribución de propaganda subversiva». Meses más tarde uno de esos carteles, colgado en un despacho de abogados laboralistas ligados al PCE, recibió múltiples salpicaduras de sangre procedente de las víctimas de la matanza ultraderechista en la calle Atocha. El propio Genovés realizó una escultura basada en el cuadro en homenaje a los asesinados. Poner ambas obras como representativas de un tiempo y de un país donde nunca sucedía nada es una traición a la verdad. Sí que ocurrían cosas, y muchas no precisamente bonitas. Hoy nos damos cuenta con nitidez de que la tan cacareada reconciliación ni siquiera fue posible, ya que a una de las partes jamás se le pasó por la imaginación. Quien quiera seguir soñando puede prepararse para una sesión continua de pesadillas. Si la filosofía de Mister Wonderful queda bien en las tazas de desayuno, su eficacia es nula contra los ciclópeos muros de la cerrazón mental.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza.

1 comment on “De sonámbulos y linces

  1. Agustín Villalba

    Este texto parecen dos artículos diferentes, uno sobre el trumpismo (16 meses después de que Trump dejara el poder) y otro sobre arte dividido en dos partes que no parecen tener mucha relación entre ellas. Da la impresión de que el texto era mucho más largo y el autor cortó varios párrafos para poder publicarlo. Y sobre todo, no se entiende muy bien lo que ha querido decir con él, aparte que Trump es un timador y el arte es subjetivo.

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