/ por Pablo Batalla Cueto /
Miércoles, 1/5/2024. Retomo el registro de mi runrún interior después de un parón de unas semanas para concentrarme en otros menesteres. ¿Lo habrá echado alguien de menos? ¿Llegan a alguien estos mensajes embotellados, arrojados al proceloso mar de lo digital?
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La recuerdo sentada a la mesa de la cocina, con aquel viejo delantal de desvaídos colores, pelando las pequeñas patatas que, cuando ella faltó, nunca volví a comer, aunque nada me lo impidiera. Desde niño me encantaron les patatines redondes, como ella las llamaba: patatas en miniatura, patatas bonsái para freír enteras y comer de un bocado, guarnición manierista. Con una navaja de hierro oxidable, ennegrecido, cargada de años, robusta y rural, la veo desollar amorosamente cada patatuela, concienzuda en el adaptarse al capricho de su relieve; en no simplificarla a un poliedro de caras lisas. Son finas, no hurtan un gramo de patata de más —no podían hurtarlo en la posguerra, atroz escuela de ecologismo—, las peladuras perfectas, una por patata, que va acumulando a un lado, donde remedan un enjambre dormido de culebras terrosas. Cada patata pelada, bruñida pepita de oro lívido, va cayendo a un barreño de agua blanquecina en el que flotan ingrávidas, cual fetos restituidos a la paz del líquido amniótico. Siempre me llamó la atención su paciencia, la meticulosidad que imprimía a todas sus tareas domésticas, prescrita, sin duda, por los pequeños manuales de los cursillos prematrimoniales que hallamos un día revisando sus papeles, después de su muerte. La buena ama de casa debía ser, igual que las patatas, pequeña y curvada, provechosa y aerodinámica; carecer de aristas que acusasen una resistencia, una pequeña venganza por su propio despellejo.
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Soma Morgenstern, en una biografía de su amigo Joseph Roth: «Pertenezco a la desventurada generación que naufragó en el diluvio de la historia universal, en el que solo algunos salvaron su vida, pero no salieron, en ningún caso, indemnes».
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Leo en XLSemanal una entrevista a Fernando Almansa, quien fuera jefe de la Casa del Rey hasta 2002. Hay un comentario concreto que me cautiva, porque en él cabe una era. Le comenta el entrevistador la suerte de que él no tuvo que lidiar con las redes sociales. Y él responde: «En mi época era más fácil porque había grupos de comunicación muy serios y hoy en día los medios no son de nadie, no tienen un dueño visible. El capital de los medios ahora está fragmentado, muy sovietizado, no sabes quién manda. Tuve esa ventaja».
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En Argentina, la Cámara de Diputados aprueba la delegación de facultades durante un año al Ejecutivo de Javier Milei en virtud de la emergencia pública en materia administrativa, económica, financiera y energética. La comparación con aquel 23 de marzo de 1933 en que el Reichstag alemán aprobó la la Ermächtigungsgesetz, la Ley Habilitante para remediar «las necesidades del pueblo y del Reich», que delegó en el Führer la facultad de dictar leyes sin el concurso del parlamento, se hace sola.
En Israel, el rabino Meir Mazuz dice: «Si estuviéramos tratando con humanos, enviaríamos ayuda humanitaria a Gaza, pero aquí estamos tratando con animales». La comparación también se hace sola aquí.
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La República, en el siglo XXI, no cae con un estruendoso aplauso, como en La guerra de las galaxias, sino con una carcajada estruendosa de distancia irónica.
Jueves, 2/5/2024. No se tiene razón por haberla tenido y no se es víctima por haberlo sido.
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En Gijón se hará un trenecito turístico que recorrerá —se anuncia— la avenida del Molinón y el Muro, nombre popular de la calle Rufo García Rendueles, que es la que corre paralela a la playa de San Lorenzo. Gijón, en tiempos de cambio climático que va volviendo irrespirable la costa mediterránea, empieza a tornarse un nuevo Benidorm; meca turística de un Cantábrico de moda. Pero tiene gracia este tren. Tiene sentido organizar uno en Toledo o Sevilla, ciudades plenas de joyas patrimoniales. Un tren en el que te lleven a Itálica o a los miradores del Tajo. El anunciado en Gijón significará sablear a los foriatos para llevarlos a contemplar un estadio feo y con más porquería encima que los talones de un hippie (El Molinón es el templo del fútbol español, el estadio más antiguo del país, pero no podemos decir que sea un templo bello); un parque normal y corriente (el de Isabel la Católica); una fachada marítima cuyas altas y antiestéticas torres de pisos del desarrollismo en primera línea de playa se han puesto de ejemplo durante años de todo lo que no hacer en materia urbanística; una escalera grande. Que los gijoneses tengamos a La Escalerona —una escalinata racionalista de acceso a la playa construida en 1933— por uno de los grandes monumentos de la ciudad dice bastante de que la misma tiene algunos encantos (una buena gastronomía, una buena vida nocturna; cada vez más caras, eso sí), pero no los que permiten ser candidata a Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Sin embargo, habrá un trenecito; se embutirá el trenecito como a puñetazos en la maleta minúscula de atractivo patrimonial de una ciudad que fue un humilde pueblo de pescadores, sobre el que un día advino la brusca elefantiasis del convertirse en polo industrial.
El turismo es un extractivismo febril que explota lo que hay y lo que no hay; un fracking del sacar cuartos a los desavisados visitantes; uno tan contaminante como el fracking propiamente dicho, si pensamos en la insostenibilidad inconcebible de los cruceros o las esquilmaciones hidrológicas provocadas por los campos de golf o los grifos abiertos por flujos de millones de turistas. El agua ya escasea incluso en Llanes, donde rastrean nuevos acuíferos para mejorar una traída ya insuficiente, que no lo sería para 10.000 habitantes, pero sí para un cuarto de millón de turistas. Pero el extractivismo de la publicidad turística engañosa sigue. Drill, baby, drill. La propia lista del Patrimonio de la Humanidad, pensada en inicio para un exiguo puñado de tesoros abracadabrantes, ha acabado concediendo su codiciado sello a lugares muy corrientes. En Gijón lo reclaman para la Universidad Laboral, la segunda edificación franquista más grande de España, después del Valle de los Caídos; suerte de falansterio fascista autárquico, con huertos y talleres, pensado para redimir a la Asturias roja; construcción curiosa, interesante, pero que no parece que tenga mucho sentido equiparar a Machu Picchu, las pirámides de Guiza o Angkor Wat.
Bromea en Twitter la cuenta Tuntu asgaya que estaría bien hacer un trenecito turístico de Zeluán a Tremañes, y lo dice irónicamente, pero tiene razón. Un tren para recorrer la Asturias sucia, la Asturias del hollín. Tremañes, hoy un barrio más con todos los servicios, fue en tiempos el último círculo del infierno del Gijón chabolista; una barriada de calles enfangadas en la que las usinas de los alrededores hacían sus vertidos y los hijos pequeños de una nutrida migración portuguesa se morían de tifus. Zeluán es el extrarradio de la también industrial Avilés. Y entre medias están las dos plantas de la antigua ENSIDESA y otras factorías humeantes que fueron, en tiempos, meca de desertores del arado de toda España, que llegaban a Asturias con humildes maletas de cartón en las que cabía su seseo extremeño, su andaluz cantarín, su lengua gallega. Los locales los llamaban coreanos porque su miseria les recordaba a la de los refugiados de la guerra de Corea, contemplada en el NO-DO. Vivieron en chabolas y en colomines, fueron rebeldes y heroicos, murieron, a veces, de formas horribles, en accidentes laborales espantosos o a fuer de respirar miasmas nocivos, como el amianto o los efluvios de la mina de mercurio del pozu El Terronal, en Mieres, a cuyos empleados la esperanza de vida se les reducía drásticamente desde el momento en el que entraban a trabajar. Eran, sobre todo, extremeños y andaluces.
Se podría, sí, hacer un tren turístico de la fealdad histórica, de las verdades sucias, un tour del hollín y el amianto y las tumbas de niños portugueses, que mire de frente al rostro del horror y de la injusticia, que recuerde la gesta de los sindicalistas y los curas obreros; pero el turismo realmente existente no busca eso, sino belleza real o trampantójica; biombos escapistas que hurten a nuestra vista las malandanzas del mundo. El turismo, ya lo decía Paco Martínez Soria, es un gran invento. Y a inventar se pone.
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El ministro de Exteriores israelí se llama Israel Katz. Guárdate —pienso— de aquellos países donde hay gente que se llama como el país.
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Imre Kertész: «El caos también es orden, pero el orden de otros».
Viernes, 3/5/2024. El Ministerio de Cultura ha decidido eliminar el Premio Nacional de Tauromaquia, y los defensores de la fiesta nacional corren a repetir sus argumentos más típicos. Entre ellos, el del gusto por los toros de Lorca, Alberti o Picasso; ese fatuo argumento de autoridad de los gustos personales de grandes artistas y su utilización de la tauromaquia como motivo de sus obras. ¿La prostitución, por decir algo, queda justificada por que haya habido docenas de grandes artistas puteros que extrajeron inspiración de ello para sus cuadros, empezando por Las señoritas de Avignon?
Gonzalo Torné opina como yo: «Me mata de risa la defensa de los toros citando artistas que abordaron el asunto desde el cine, la pintura o la poesía. Como si Molière estuviese a favor de los tartufos, Homero de la guerra o Sófocles de sacarse los ojos».
Sábado, 4/5/2024. Ojeo por curiosidad el estante de libros del Carrefour. Entre los best sellers del momento, solo tres libros políticos, de los que dos son ultraderechistas: un panfleto de Jano García contra la democracia y una deposición de Federico Jiménez Losantos sobre «la dictadura de Sánchez». El otro es Tierra firme, el libro de Pedro Sánchez. Me hago la siguiente reflexión: Sánchez, al ser el presidente, es la única izquierda con capacidad de hacerse oír en estos espacios fuertemente fascistizados. Y eso es desolador, la triste Guatemala de un tenebroso Guatepeor, pero es algo valioso y a cuidar.
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Los de Enrique del Teso siempre lo son, pero el que publica hoy en Nortes es particularmente magistral, campanudo de principio a fin. Nada en él es más destacable que cualquier otra cosa, pero ahí van dos párrafos particularmente brillantes. El primero:
«El cerebro humano es hackeable. En determinadas circunstancias, el individuo se disuelve en la masa. En situaciones con estrés de combate, real o simulado, se masifica y la conducta la mueve más el sistema límbico que la corteza superior, más las emociones que la razón. Las emociones son rápidas y ven el mundo en baja resolución. Con pánico, podemos confundir una manguera con una serpiente. Las emociones más vivas son las que tienen que ver con la alerta y el peligro, las negativas. El fango consiste en tener a la gente con estrés de combate, indignada, irritada y enfrentada. El fango tiene una función encubridora y otra de eficiencia low cost. Encubre quien tiene que ocultar. Detrás de las motosierras, las conversaciones con perros muertos, los arrebatos taurinos y los embelesos ante la bandera, siempre está la supresión de impuestos a los ricos, la eliminación de servicios básicos (“privatizar” es de la misma raíz que “privar”, que en latín es despojar), la anulación de derechos, la desregulación laboral y todos los afanes de las oligarquías. Enfanga quien necesita que la gente luche contra molinos de viento y no por sus derechos».
El segundo:
«La izquierda tiende a autoafirmarse, no frente a la derecha, sino frente a otra izquierda; no se reafirma como izquierda, sino como izquierda “auténtica”, frente a esa de ahí al lado. También es barato. Son más fáciles batallas cortas de poca monta que se pueden ganar que batallas largas y complejas en las que hay renuncias y cesiones. Luchar por la redistribución de la riqueza es complejo. Luchar por que las minorías marginadas tengan una vida normal es complejo. Buscar patas de mosca en lo que dijo o calló no sé qué diputado o sindicalista y “desenmascarar” su inconsistencia y falsedad es una forma rápida y barata de reafirmarse como izquierdista “auténtico”. Es más barata la trinchera contra otros progresistas, aunque el resultado sea una ristra de chuminadas que no tienen que ver con los problemas».
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Leemos hoy que el eurodiputado socialdemócrata alemán Matthias Ecke recibió ayer una brutal paliza por unos ultraderechistas mientras pegaba carteles electorales, teniendo que ser operado de urgencia debido a las lesiones sufridas. El otro día otros fascistas agredieron en la calle, cuando salía de la sede del PSOE, al exalcalde socialista de Ponferrada. Esto y aquello no son hechos aislados, aunque sus perpetradores no se coordinen: es una yihad fascista, un terrorismo internacional.
Domingo, 5/5/2024. Publica hoy El País un reportaje titulado: «¿Cuándo dejó MasterChef de ser un programa blanco?: “Piensas que te van a cuidar y terminas sintiéndote como una mierda”». Está bien, pero neguemos la mayor: MasterChef nunca fue un programa blanco. Convertir algo comunitario y fraterno como la gastronomía en un motivo más de competición no tiene nada de blanco. Y hay grados de infamia, pero parten de una maldad primigenia, ontológica. La humillación de concursantes que en el artículo se denuncia es algo que podría no darse como se da, pero que va en línea con la propia filosofía del programa y una consecuencia lógica de la misma. No hay que hacer un MasterChef de rostro humano: hay que cancelar el programa.
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Sara, en Twitter: «No queráis vivir en un lugar donde te despierta el sonido de un trolley. No deseéis vivir en una ciudad donde la turistificación ha alterado hasta su paisaje sonoro».
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Natalicio de Marx. Al césar lo que es del césar, lo más certero que se haya dicho sobre él lo dijo Gustavo Bueno: negar a Marx es como negar a Copérnico.
Lunes, 6/5/2024. Ese instante de lucidez en el que te das cuenta de que nada de lo que haces y en lo que te dejas la piel y la salud sirve para absolutamente nada: aquello del epitafio de Keats de escribir en el agua. Y que, de una manera desconcertante, es horroroso y a la vez liberador.
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El debate tuitero del día es sobre el Quijote; alguien ha dicho en alguna parte que las nuevas generaciones ya no lo leen en el colegio y que así nos va. Yo no he leído el Quijote (algún día lo haré, ¿qué prisa hay?), pero sé de qué va, conozco las referencias, su significado en la cultura universal, su impacto en Rusia, su significado para nuestro exilio republicano, etcétera. Un clásico es eso: un libro que has leído sin haberlo leído. Pienso, también, en cierto amigo mío que es devoto de Carpentier y se ha leído todo lo suyo, menos Los pasos perdidos. Dice que en algún momento lo leerá, pero que le gusta preservar eso; un paquetito de su escritor preferido sin desprecintar. ¿Por qué hay que leerse obligatoriamente los grandes libros en la adolescencia? ¿Por qué no dejar alguno para la vejez?
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Leo Historia de una maestra, la novela de Josefina Aldecoa. Una pequeña delicia; un homenaje precioso a los maestros y las maestras de la República. He aquí una muestra:
«Nunca he vuelto a sentir con mayor intensidad el valor de lo que estaba haciendo. Era consciente de que podía llenar mi vida solo con mi escuela. Cerraba la puerta tras de mí al entrar en ella cada día. Y las miradas de los niños, las sonrisas, la atención contenida, la avidez que mostraban por los nuevos descubrimientos que juntos íbamos a hacer, me trastornaban, me embriagaban. Leíamos, contábamos, jugábamos, pintábamos, nos asomábamos a mundos lejanos en el tiempo y el espacio; nos sumergíamos en mundos diminutos y cercanos que encerraban milagros naturales. Tras el descubrimiento de América, corría veloz el descubrimiento de la circulación de la sangre. Tras la solución de un problema aritmético, la reflexión sobre un poema. Y luego, por qué brillan las estrellas, por qué el hombre ha conseguido volar. Por qué, por qué…».
Martes, 7/5/2024. Me cuenta un tipo que trabajó allí que hace unos años, en lo más álgido de Podemos, en el Club de Tenis de Oviedo, los camareros aparecieron un día con uniformes morados por una promo de alguna marca (Volvo, creo), y se armó allí la de coyer.Salvando las evidentes distancias, me recuerda a cuando, después de sofocada la Comuna de París, en la ciudad se prohibió terminantemente el color rojo. El terror cromático de las élites espantadas.
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Leo a través de Alejandro Roxán un pasaje de Datos antropoetnográficos del Oriente de Asturias, de Purificación Viyao, en el que se habla de «Mateo Fernández, fallecido en Las Agüeras de Quirós en 1909, a la edad de 86, [que] preguntaba en 1904 a un vecino recientemente licenciado del ejército si aún reinaba Isabel II. Hubiera tomado café una vez en toda su vida y no probara el aguardiente; su viaje más largo fue al mercado de Proaza». Vidas de otro tiempo.
Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).
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No sólo llegan estos mensajes, sino que los busco a diario.
Un placer volverle a leer.
Suscribo. Un gusto volver a leerte, Pablo.
Excelentes, los cuatro párrafos sobre el turismo.
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«Yo no he leído el Quijote (algún día lo haré, ¿qué prisa hay?) […] ¿Por qué hay que leerse obligatoriamente los grandes libros en la adolescencia? ¿Por qué no dejar alguno para la vejez?»
Carlos Fuentes lo releía todos los años, durante las vacaciones de Semana Santa. ¿Por qué privarse de un placer tan grande durante tantos años? Es como esperar a la vejez para comer jamón o beber cerveza. Además, como se trata de un libro con varias «capas de sentido» superpuestas, leerlo varias veces, con distintas edades, es descubrir cada vez un libro nuevo. Yo lo tengo en la mesilla de noche y de vez en cuando leo dos o tres capítulos. Como todos los grandes libros es más un libro para releer que para leer. Pero pienso leerlo entero de nuevo en la versión «modernizada» de Trapiello, que es una idea genial que permite una lectura mucho más fluida, sin preocuparse de las notas.
Para un historiador, además, es un libro fundamental sobre España y los españoles (como «El Criticón» de Gracián). Ambos son además dos libros políticos tan importantes como «El Leviatán» de Hobbes.
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Errata:
«lo más certero que se haya dicho sobre don él lo dijo Gustavo Bueno»
(En los comentarios de «El runrún interior (132)» señalé varias erratas que no sé si has visto).
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Como ha dicho un comentario anterior, no sólo nos llegan sino que algunos incluso los buscamos.
En mi caso, después de algún tiempo dando por finiquitado este espacio, hoy me ha dado por googlear a ver si por ventura maese Batalla había tenido a bien deleitarnos de nuevo con sus reflexiones y he visto con alegría que llevaba varias entregas publicadas. Para quienes hacemos boicot a la red social con nombre de canal porno, es una noticia especialmente buena.