Elogio de la «imperfección» en la música
/por Ramón Finca/
La búsqueda del sonido perfecto como vía de expresión artística suele ser una aspiración básica en la interpretación musical, pero nunca debería convertirse en el eje de la formación integral del estudiante de música. En las culturas de tradición oriental, se habla de que la armonía de las cosas baila de manera natural a un compás que mezcla y funde lo perfecto con lo imperfecto, donde el error no sólo no se penaliza sino que nos enriquece en último extremo como individuos.
Con frecuencia se escucha en determinados foros musicales las virtudes de un determinado interprete que «¡no ha fallado ni una nota!» o «¡ha sido un ejemplo de equilibrio y academicismo!». Pues qué quieren que les diga: tanto deleite, belleza y verdad podemos encontrar en un impoluto pianista Krystian Zimerman como en un más espontáneo y cálido —aunque en ocasiones imperfecto— Vladimir Horowitz. En el mundo del jazz, la pulcritud de Wynton Marsalis le hizo cosechar decenas de premios y una increíble lluvia de elogios por todo el mundo, mientras que el más pasional y arriesgado Miles Davis fue estigmatizado en ámbitos más académicos pagando el precio de ser un icono de la heterodoxia jazzística. Otro tanto de lo mismo sucede con el versus Paco de Lucía/Camarón… ¡Y qué maravilla la elegancia y la pulcritud de un Sinatra, pero también el desmelene y la fantasía del gran Freddie Mercury! Cada vez son más frecuentes los artistas que tienden a humanizar las grabaciones y performances musicales (corrientes low fi en el rock, nueva revalorización del folk en la música popular y auge de las jam sessions en el jazz) buscando sonoridades pretendidamente rudimentarias en un deliberado encuentro con lo auténtico.
La aceptación de la riqueza del matiz y la auténtica asimilación de la imperfección en la interpretación musical —como en la vida misma— no sólo es belleza, sino que es verdad (si es que no son sinónimos). Por eso mismo la excelencia nunca puede ser trascendente (lo que la tradición artística oriental denomina satori estético), ya que en último extremo se trata de un objetivo forzado que pierde casi todo contacto con lo natural, con lo espontáneo.
Mmm… ¡creo que me estoy animando, y hoy sustituiré para cenar el Moët&Chandon por un buen vaso de sangría!

