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¡Lo que faltaba!

/ Tengo de coger la flor / Pepe Monteserín /

Siempre le echaba en cara su actitud de yacer e irse, sin más. Le reprochaba que su meloso comportamiento se limitara a cortejar, hacer terreno y al acto de la coyunda, sin refrendarse después con madrigales. Al contrario, llegado el amanecer, sentíase abandonada en su lecho, como si aquellos sólidos requiebros y pasiones a futuro se hubieran desinflado. De manera que un día se cerró en banda e hizo caso omiso a los galanteos de su pareja, que pasó la noche pidiéndoselo:

 ―¡Dámelo, dámelo!

 Porfiaba y gesticulaba.

 ―¡Dámelo, dámelo!

La acariciaba con sus manotas y le prometía quedarse incluso después de la coyunda y para siempre.

―¡Dámelo!

Suspiraba.

Así empalmó el día con la noche, arrimado, regodón con regodón, deseándola más y más.

―¡Dámelo!

Volvía a la carga pidiéndole el género, el salvoconducto de la boca del alma. Asaz apretado, serruchando en hueso y con promesas sin cuento.

Llegó la ola de frío pero aquella, en sus trece, no cedía, al menos mientras le negase la prenda lo tenía al rabo calentándole la espalda.

Y aquel:

―Rosa, clavel y grano de ajonjolí serán para ti.

Y esta:

―Guárdame todas las risas que puedas en el cajón del trinchero. 

Así quedó dormida, acunada con lo que parecían proyectos de vida en común, planes para el día de mañana, para el Cuaternario, después del hipotético ayuntamiento.

―Dámelo y quedaré contigo y bajaré a las regiones del Mediodía a buscarte chocolate caliente y churros para desayunar.

Eso le susurraba su pareja inestable, y ella, acurrucada sobre el canchal, soñaba que le decía sí, sí al encuentro copulativo mientras estuviera dispuesto a guardarle los churros del alba.

―Tómalo ―le dijo al fin rindiendo el albedrío―, tómalo, tuyo es, mío no.

Y la tomó. Y la otra no pensaba sino en terminar para saber si continuaba, si semejantes declaraciones irían a cumplirse; si, por primera vez, despertaría menos sola.

Tiritó ella de frío en la duermevela y se arrebujó contra la colina de arena y grava. Ocurrió hace mucho tiempo, en el Triásico. Al amanecer, un rayo de sol le calentó el dedo gordo y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.


Pepe Monteserín Corrales (Pravia, Asturias, 1952) ha escrito novelas, relatos y ensayos (algunos publicados en Trea), viajes, teatro, documentales para televisión, cuentos infantiles, letras para canciones, unos seis mil artículos para Prensa Ibérica, y ha colaborado en programas de radio y televisión. Su obra literaria ha obtenido múltiples reconocimientos en todos los géneros. Su último libro es Diccionario humorístico de un escritor: miles de definiciones, textos eruditos y chistes ad hoc (2022).

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