/ por Vicent Yusà /
En nuestra sociedad pluralista, la concepción del amor (erótico), y su práctica, lógicamente no es unidimensional, aunque existe un eje central que transita desde el amor romántico convencional («sin ti no soy nada»), pasa por un amor más consciente («contigo soy más, pero sin ti sigo siendo yo») y llega al amor neoliberal («no dependo de nadie»). El primero comporta un compromiso absoluto y para siempre; el segundo es flexible y negociado, y el tercero tiene sentido mientras aporte valor y crecimiento.
En gran medida, la concepción del amor, su evolución, viene ligada al modelo de feminidad imperante. Las luchas feministas han ido definiendo el rol de la mujer en la sociedad, y esto repercute en las ideas dominantes sobre el amor. Tanto el feminismo de la primera ola, que permitió avanzar en la igualdad de derechos legales entre los géneros (propiedad, participación política, igualdad jurídica), como el de la segunda, entre los años sesenta y ochenta, con énfasis en la equiparación en el terreno laboral, familiar y sexual, han desplazado el eje del amor desde el romanticismo convencional o una relación amorosa más saludable y equilibrada. Del alma gemela al compañero libremente elegido; de los celos vistos como prueba de amor a considerarlos señales de inseguridad; de calificar la ruptura como fracaso a verla como una parte natural del ciclo de las relaciones.
Se ha situado en la década de los noventa la aparición de un tercer ciclo que se ha denominado posfeminista, que pone en cuestión algunos de los postulados del feminismo de las dos olas anteriores, y que en sus versiones más transgresoras llega a acusar al feminismo más radical, e incluso a la filosofía feminista tradicional, de «más limitadora, más censora y menos liberadora». Se sostiene que la visión de las feministas tradicionales restringe la capacidad de elección de las mujeres al poner en cuestión, tildar de «antifeministas», e incluso denigrar, elementos como el romanticismo, la maternidad, el matrimonio o el trabajo doméstico. Consideran pernicioso el pretendido universalismo de la filosofía feminista. Estiman que no se puede ni se debe generalizar y que son muy variadas las formas de identidad femenina.
Por supuesto, el posfeminismo no renuncia a las conquistas más significativas de la mujer a lo largo del siglo XX, como la educación, la cualificación y su deseable presencia en el ámbito laboral y el espacio público. Pero al mismo tiempo incorpora otras aspiraciones privadas, como el ocio, el placer, el hedonismo, la sexualidad o el consumismo.
Muy vinculado al postfeminismo, y a su correlato amoroso de clara factura neoliberal, sería el concepto de capital erótico, introducido por la socióloga Catherine Hakim. Como la propia autora señala, se trata de «una mezcla nebulosa pero determinante de belleza, atractivo sexual, cuidado de la imagen y aptitudes sociales, una amalgama de atractivo físico y social que hace que determinados hombres y mujeres resulten atractivos para todos los miembros de su sociedad, especialmente los del sexo opuesto». Las personas atractivas destacan y predisponen positivamente. El atractivo social y físico aporta y amplía los beneficios en los ámbitos laborales y en las relaciones sociales y privadas.
El capital erótico incluye seis elementos: la belleza como aspecto esencial, al que se suman el atractivo sexual (vinculado al cuerpo), el encanto (la facultad de caer bien y hacer que los demás estén a gusto), la vitalidad (forma física, energía social, buen humor), la presentación social (modo de vestir, maquillaje, adornos, peinado…); y como sexto elemento, la competencia sexual (energía sexual, imaginación erótica, …). El capital erótico se suma así a los tres activos que tradicionalmente se ha considerado que tienen las personas: el capital económico, el capital cultural (formación, aptitudes, experiencia laboral) y el capital social (red de relaciones,…). Hakin asegura que el capital erótico tiene tanto valor como el dinero, la educación y los buenos contactos.
Las mujeres se benefician más del capital erótico que los hombres, reciben una «prima de belleza» superior a los hombres. ¿Por qué? Según esta autora, la explicación deriva de lo que denomina «déficit sexual masculino», el mayor deseo sexual de los hombres. En general, los hombres quieren mucho más sexo del que reciben y «pasan casi toda la vida sexualmente frustrados, en grado variable», lo cual condiciona las relaciones entre hombres y mujeres. Ese menor deseo sexual femenino, su menor interés, es lo que aumenta el valor del capital erótico de las mujeres. Se trata de una simple regla económica: el valor de mercado de cualquier bien está vinculado a la relación entre el deseo que despierta (demanda) y su escasez (oferta).
Para Hakim, las feministas radicales se han sumado a las objeciones morales del patriarcado contra el uso del capital erótico, y mantienen un «desprecio por la belleza y el atractivo sexual femenino». Esta falta de valoración del capital erótico de la teoría feminista tradicional se debe, asegura, a una falsa dicotomía: o se valora a las mujeres por su capital humano (inteligencia, educación, experiencia laboral…) o se las valora por su capital erótico.
La consideración del capital erótico como un activo personal más, junto al económico, cultural y social, y la legitimidad y la conveniencia de su uso para obtener ventajas competitivas, es también uno de los elementos que definirían al posfeminismo, y que forman parte del concepto de amor en estos tiempos neoliberales. El amor neoliberal es el resultado de aplicar la lógica del mercado a las relaciones: máxima libertad, eficiencia emocional y rendimiento afectivo. El amor postfeminista es de clara factura neoliberal: autonomía, rendimiento, vínculos líquidos.
Uno de los ámbitos de la cultura popular donde con mayor ímpetu ha penetrado esta concepción posfeminista y neoliberal es en las novelas románticas contemporáneas. Se trata de uno de los géneros de ficción con mayores tiradas, y donde también autoras españolas como Elisabet Benavent escriben bestsellers que venden millones de copias.
Aunque se trata de novelas codificadas y estereotipadas, novelas de fórmula, en las que la relación entre dos personas, el conflicto y un final feliz constituyen su estructura básica, en ellas se encuentran gran parte de los elementos que configuran el amor neoliberal, el posfeminismo y el capital erótico.
Las mujeres protagonistas son feministas en un sentido posfeminista, asociado con la igualdad de oportunidades, donde su progreso o la mejora de su posición no son cuestionados. Se enfatiza la capacidad educativa y profesional de las mujeres, la libertad de elección, la libertad sexual, su independencia económica y la posibilidad de que exista un amplio rango de diversidad en las relaciones domésticas y sexuales.
Además del empoderamiento físico, económico y sexual, se sugiere que pueden salir del mercado laboral como una opción libre para dedicarse a la maternidad o simplemente a las tareas del hogar. Lógicamente también se defiende el derecho a utilizar su capital erótico como palanca para una mejora de su posición social.
Sin duda, hay novelas románticas literariamente mejores que otras, incluso hay subgéneros (chick lit, erótico, contemporáneo…) más proclives a incorporar estos valores posfeministas. Existe, además, un estigma que persigue al género, al que se ha calificado, por ejemplo, de subliteratura que apela a la emoción y no al intelecto, o de «porno para amas de casa». Sin embargo, es evidente que seduce a millones de lectoras, «voraces y leales», y que es una vía por la que estas asumen la filosofía postfeminista, inicialmente elitista, y que cada vez permea más entre las mujeres más jóvenes de las clases populares.
Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Ha realizado estudios de filosofía y es autor de Ascenso a la Torre. Apuntes para una filosofía de proximidad y de las novelas Otro fin del amor es posible y Obra abierta.

