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Diario de San Carlos, I

/ Cerca del cielo / Sergio Fernández Salvador /

Remoña, Padiorna y San Carlos

Echo a andar desde la estación superior de Fuente Dé a las 10:30. La reserva electrónica de billete ha venido a solucionar el antiguo e imprevisible caos que llevaba tantas veces a esperas frustrantes. Hace calor, pero llevo el sol a la espalda. Embocando la canal de San Luis alcanzo a un hombre con dos niños de unos seis y ocho años. El más pequeño está empujando al borde de camino.

—Vaya, qué oportuno —comento al pasarles.

—Sí, ¿verdad? Ahora vas tú y lo pisas.

—No, digo qué oportuno yo.

—Bueno, según se mire, sí.

Tendría yo más o menos la misma edad cuando mi padre me hizo una foto en idénticos menesteres en la Peguera, con la que mis hermanos me hacían rabiar. Yo la escondía. Ahora luce con orgullo frente al escritorio de mi habitación de León.

Como un plátano. Hay un poco más arriba de la canal una bifurcación: hacia la izquierda sube un pindio camino por una canaleta herbosa que llega a un collado desde el que se podría crestear hasta la cima de la Padiorna. A la derecha, camino más tendido que yo recomiendo, marcado con dos rayas paralelas de pintura roja, se va ganando altura hasta llegar a la colladina de las Nieves, ya en la antecumbre. Pero antes de la Padiorna quiero subir el pico de San Carlos (2392 m.). Desde el ancho collado al pie del hoyo Oscuro giro a la derecha en dirección a la horcada Verde, pero antes de llegar a ella ataco derecho la cumbre, con alguna trepadina fácil, seguramente evitable, y la incomodidad, casi nunca evitable en Picos, de la roca muy descompuesta. La panorámica desde la cima es magnífica. Veo los hitos que marcan la cercana cumbre de Altaiz, unos 60 metros más baja. La doy por subida. Hago fotos y como la empanada.

Cima del San Carlos

Llego de nuevo al borde del Hoyo Oscuro y sigo por cómoda senda en dirección a la colladina de las Nieves, tapizada de hierba y con neveros cercanos, y quizá por eso casi siempre con rebecos. La otra vez que estuve aquí había muchos y muy confiados. Recuerdo haber comido con varios a 4 o 5 metros, atentos a los ruidillos prometedores. Ahora hay un grupo de diez, de los cuales dos son muy confiados. Están muy cerca. El más atrevido se aproxima poco a poco cuando alargo la mano. Es una hembra adulta (cuerno-mayor-oreja). Está tirando el pelo de verano, más claro y fino. Noto su lucha interior, sus breves espantadas cada vez que me muevo mínimamente. Con sus ojos azabache, grandes y redondos como bolinchones, parece decirme: «¿Me puedo fiar?». Mi voz no le asusta, parece que al contrario. Los rebecos son por instinto muy prudentes y espantadizos. Cuando sentí en mis dedos el aliento del animal, exhalado rápida y repetidamente por la nariz, y por fin la lengua caliente y áspera atraída por la sal del sudor, supe que estaba viviendo un momento muy especial, seguramente irrepetible.

Colladina de las Nieves y Padiorna

Me despido. Debo continuar recto para bajar e ir cerrando el circuito. Pero antes dejo la mochila para vencer los pocos metros que me separan de la cumbre de la Padiorna (2319 m.), cosa de cinco minutos. Merece la pena, porque desde ella la vista de la vega de Liordes es espectacular. Desde la cima me sobresaltan unos ladridos seguidos de voces. Un perro suelto ha echado a correr tras los rebecos. Solo cuando estos se meten en la roca el perro da la vuelta y el ciudadano, que ignora la norma que exige llevar atados a los perros en un Parque Nacional, le pone la correa. Ya se la volverá a quitar. La bajada de la Padiorna es también cómoda y bonita. Llegado a la altura del final de la vega, que queda aún un poco abajo pero ya cerca, se me ocurre intentar cortar directamente hacia ella, ya que el camino continúa alejándose, y además en subida. El cientovolandismo del día me condena a bajar hasta un cortado para tener que volver a remontar hasta el camino, que hay que apurar hasta que se junta con el que sube hacia el refugio de Collado Jermoso, pocos metros después de avistarse el lago Bajero. Ya tomo el camino que baja a la arcádica vega de Liordes. Me siento en una sombra a descansar, quitarme las botas y los pinchos y echarme crema por tercera vez. Como unos frutos secos antes de afrontar la última subida del día.

Vega de Liordes

Luego continúo sin perder altura para salir a casi la mitad del empinado camino que sube hasta el collado de Pedabejo, cuya sinuosa bajada me deja en la pista que conecta Remoña y Fuente Dé. Son cinco kilómetros con varias fuentes y muchas mariposas que hacen más llevadera la garbanzada. Se agradece el bosque en el último tramo. Llego al coche a las 18:30. El sol sigue rabioso.


Sergio Fernández Salvador (León, 1975) es autor de los libros de poesía Quietud (2011)y Lo breve eterno (2013), editados por La Isla de Siltolá, así como de la miscelánea Mitos y flautas (2013) selección de su blog homónimoHa sido incluido en la antología Neorrurales: antología de poetas de campo. Desde 1996 reside en Valladolid, de cuyo conservatorio de música es profesor.

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