/ Quid novi ex Africa / Alison Posey /
A apenas 25 metros mar adentro, una cabeza humana parece del tamaño de un grano de arroz. Esa escasa visibilidad se pierde con el vaivén de las olas, que hace desaparecer al grano, o a la persona, en un abrir y cerrar de ojos. El documental italiano Fuocoammare (2016), del director Gianfranco Rosi, se articula en respuesta a esta invisibilidad. Rodado en el punto álgido de la crisis migratoria en la Europa de 2015, Fuocoammare, cuyo nombre se traduce como «fuego en el mar», narra dos realidades contrapuestas en la isla siciliana de Lampedusa.
La primera se caracteriza por su banalidad: Rosi retrata a Samuele, un lampedusano de doce años e hijo de pescadores sicilianos. Su día a día anodino en la isla—comiendo espaguetis, jugando a los soldados, cazando aves con su tirachinas casero, haciendo los deberes escolares—choca brutalmente con la otra realidad; otra en la que pronto se ve sumergida toda la isla: la del mayor movimiento de refugiados desde la segunda guerra mundial.
En 2015, se estima que alrededor de 1,3 millones de personas llegaron en busca de refugio a las costas europeas. Venían principalmente sirios, empujados por la guerra civil en Siria, pero también afganos, pakistaníes, iraquíes, nigerianos, senegaleses, eritreos y un sinfín de nacionalidades más. Una de las rutas principales para esa migración masiva fue la llamada ruta centro-mediterránea. Los refugiados partían de la costa libia o tunecina en balsas destartaladas y se entregaban a la merced de las corrientes del Mediterráneo. Quienes lograban sobrevivir esa travesía brutal podían esperar el rescate de la marina italiana, que solía trasladar a los sobrevivientes a Lampedusa.
Lampedusa es un entorno apto para el documental. Ubicada a 266 kilómetros de Túnez, la isla siciliana es, en sentido literal, un cruce de caminos entre Europa y el resto del mundo. Su despoblación—en 2015, la isla tenía menos de 7.000 habitantes—y su clima inhóspito dejan claro cómo Europa lleva años cerrando los ojos al sufrimiento de otros, sobre todo en países que antes fueron sus colonias. ¿Es la naturaleza, o más bien la indiferencia humana al sufrimiento ajeno, lo que conduce a la desaparición de tantos en la vorágine de las olas?
El movimiento constante del documental entre Samuele y los migrantes se asemeja al balanceo de un barco. El contraste es incesante, hasta el punto de parecer que cada imagen del entorno de los sicilianos encuentra su opuesto. La abuela de Samuele cuenta cómo, de niña, miraba las batallas marítimas de la segunda guerra mundial; los cohetes de la armada encendían el mar de noche, como si ardiera. En otra escena, un joven negroafricano yace aturdido en el fondo de una lancha de rescate. Tiene la piel llena de quemaduras graves provocadas por la gasolina utilizada por los traficantes en sus embarcaciones. Su dolor es palpable, mientras agoniza sin pronunciar palabra.
A su alrededor, varios hombres con trajes blancos de plástico, mascarillas y gafas protectoras se preparan para realizar un examen médico. En 2015, el público aún no estaba acostumbrado a estos trajes anticontaminación, que más tarde se volverían demasiado familiares durante la pandemia. Ante los inmigrantes, los italianos aparecen como extraterrestres, criaturas de otro planeta encerradas en plástico. No parecen humanos.
Y, aunque los italianos claramente están brindando ayuda humanitaria, hay que reconocer que reciben una representación marcadamente más humana que los migrantes. Aunque protagonizan la mitad del documental, apenas se muestra a los inmigrantes hablando, o haciendo otra cosa que no sea llorar en desesperación o pedir rescate. Es evidente que el simpático médico isleño, Pietro Bartolo, los atiende con suma atención, pero su manera de expresarse —en cifras y términos médicos—acaba reduciendo a una población heterogénea a una masa indistinta.
Luego hay que tomar en consideración las cuestiones éticas. El realismo brutal del documental requería que el equipo técnico se acercara a los inmigrantes en algunos de sus momentos más vulnerables. Así, no es de sorprender que Fuocoammare esté repleta de escenas angustiosas. Pero ¿se explicó, en algún momento, por qué el equipo estaba grabando los momentos más patéticos de la vida de alguien? ¿Se pidió el consentimiento de los que aparecen en el documental? ¿Habría sido posible que optaran por no participar? Dada la enorme brecha lingüística entre los italianos, que no parecían haber contado con intérprete alguno, y la gran variedad de lenguas habladas por los inmigrantes, la respuesta parece ser un no rotundo.
Esta falta de consentimiento dificulta la crítica que Rosi intenta articular en una de las escenas más impactantes del documental. Se filma la bodega de un barco abarrotado de cadáveres de jóvenes migrantes. Según los marinos, en la ruta centro-mediterránea se solía dividir a los pasajeros en tres clases. Los de primera y segunda clase, que habían pagado 1.000 o más euros, viajaban en el exterior de la lancha o balsa. Quienes no podían reunir semejante suma eran hacinados bajo cubierta o en la bodega, donde la asfixia era común.
El documental se detiene varios minutos en la bodega. Frente a este espectáculo horrendo, cuesta reconocer la humanidad de los individuos que conforman el montón de cuerpos sin vida. En su lugar, las personas se reducen a extremidades—un brazo enjuto, una rodilla hinchada—totalmente desconectadas de lo que se considera un ser humano. La crítica de Rosi resulta evidente: la desconexión de Europa respecto de su pasado colonial y sus políticas migratorias aislacionistas han conducido a muchas muertes innecesarias.
Pero uno tiene que preguntar: ¿cómo permitimos que se llegara tan lejos? ¿Qué dice esto sobre el fracaso de la Unión Europea como proyecto de solidaridad? ¿Sobre todo, qué dice sobre el valor mismo de representar el sufrimiento ajeno en la pantalla? A fin de cuentas, diez años más tarde, las costas europeas siguen siendo el destino tanto de barcos de inmigrantes como de muertos.
Alison Posey es doctora en Filología Hispánica y profesora universitaria de literatura española en Estados Unidos.

