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¿Con calificativos o con humanidad?

/ Quid novi ex Africa / Alison Posey /

En 2025 resulta evidente que la condición humana de muchos ha dejado de ser reconocida. Basta echar un vistazo a cualquier canal de televisión o red social, y uno se ve abrumado por una enorme cantidad de cifras y eufemismos. Ya no se habla de hombres, mujeres o niños, sino de ilegales y criminales, como si el movimiento humano fuera un delito a la par del asesinato o la violación.

Entre la marejada actual de datos y epítetos en la que se pierde la humanidad de los inmigrantes, el último filme de Matteo Garrone es un salvavidas. Io capitano, de 2023, narra la odisea de Seydou, un adolescente senegalés, desde su Dakar natal hasta los mares italianos. A diferencia de un sinfín de filmes recientes que retratan la inmigración con tópicos racistas (Perdiendo el este, 2018; Lo nunca visto, 2019), con un sentimentalismo desbordado (La voluntaria, 2022), o como hazmerreír (Ocho apellidos marroquíes, 2023), Io capitano cala en la humanidad de sus personajes. Así, el gran acierto de la película de Garrone radica en que muestra a Seydou y a su primo, Moussa —quien lo acompaña en su viaje—, como los jóvenes soñadores que son.

No muy diferente es la estructura de la película, que repite la fórmula algo predecible de filmes como El salto (2024). Io capitano tiene una estructura tripartita, clásica: planteamiento, nudo y desenlace. En el primer acto, Seydou y Moussa parten de Dakar; en el segundo, atraviesan los horrores de la inmigración —tanto los naturales como los humanos— mientras avanzan hacia el norte. Hay varias escenas en las que los protagonistas se salvan por los pelos. En el tercer acto, llegan (o por lo menos se acercan) al destino soñado: Italia.

Es esta última escena la que da nombre a la película. Tras darse cuenta de que ha navegado con éxito, y sin experiencia previa, un barco destartalado desde Libia hasta la costa italiana, el agobiado Seydou se abandona a una celebración exuberante. Se dirige al helicóptero de la Guardia Costera italiana que lo sobrevuela y proclama, en un italiano chapurreado, pero claramente emotivo: «Io, capitano». Aunque el filme de Garrone no evita estar condicionado por una cronología lineal algo trillada, no todo se resuelve en el desenlace: en ningún momento se ve a Seydou pisar tierra firme en Europa. Es una ambigüedad que recuerda, y no poco, lo reacia que se ha vuelto la Italia actual frente a gli illegali.

Otros toques dramáticos ayudan a que la película vaya más allá de los límites de su narrativa tradicional. Una leve saturación de los colores tiñe el drama de una vivacidad que embellece una trama a veces brutal. Los rojos calurosos y verdes frondosos del Dakar que deja atrás Seydou pronto se contrastan con los amarillos y ocres secos del desierto del Sáhara. Esta oposición tonal se complementa con la contraposición de escenas exteriores, de una naturaleza vasta y vacía, con las escenas interiores, diseñadas para provocar claustrofobia. Al mismo tiempo, suscitarán una pregunta perene que perseguirá a Seydou a lo largo de la película: cuando el futuro es incierto y la muerte una posibilidad cada vez más tangible, ¿cuánto sufrimiento vale la pena en la búsqueda de una vida mejor?

El realismo mágico también suaviza algunos de los momentos más duros de una trama jalonada de crueldades. Tras presenciar la muerte de una mujer mayor durante su travesía por el desierto del Sahara, Seydou la imagina acompañándolo, volando a su lado con el largo chal ondeando al viento. La escena atesora una ligereza que choca con la pesadez del cadáver que yace en la arena. La imaginación del adolescente también nos recuerda su plena juventud e inocencia, algo que se irá perdiendo paulatinamente a medida que se acerque al norte. Aun así, es difícil no celebrar la llegada del protagonista a mares italianos, pese a la recepción hostil que lo espera allí.

En ausencia de una resolución clara, la película se une al grupo de filmes de las últimas décadas sobre la inmigración africana que rehúsan participar en la ficción de un desenlace feliz. Fuocoammare (2016) o Atlantique (2019) representan, con franqueza y sin tapujos, la situación precaria que sufren los inmigrantes que tienen la dudosa fortuna depoder desembarcar en tierras europeas.

Si no son deportados de inmediato a sus países de origen, el internamiento llega acto seguido, a pesar de que muchos, como Seydou, tengan familiares y/o amigos preparados para acogerlos en Europa. Muchas veces, los sueños europeos de jóvenes como el protagonista terminan allí, ni más ni menos que en un CIE, donde se pueden pudrir durante meses sin noticia alguna. Al dejar abierto el desenlace de Io, capitano —y, por ende, el destino del joven protagonista—, Garrone refleja la incertidumbre que el migrante soporta a cada instante. Así, nos invita a replantearnos cómo tratamos a los demás seres a los que llamamos inmigrantes: ¿con calificativos o con humanidad?


Alison Posey es doctora en Filología Hispánica y profesora universitaria de literatura española en Estados Unidos.

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