/ Quid novi ex Africa / Alison Posey /
En un corto reciente, los de Vaya Semanita se mofan de lo presente que está Glovo en España. Uno de sus repartidores aparece en un quirófano con un órgano para el trasplante —y unas alitas de pollo para los cirujanos—. Pero tras esta escena absurda se plantea una pregunta importante: ¿quiénes son los repartidores de los que dependemos cada vez más? En el drama social francés de 2024 L’histoire de Souleymane («La historia de Souleymane»), dirigido por Boris Lojkine, conocemos a uno de los miles de repartidores que nos traen todo lo que nos da pereza ir a buscar. Souleymane es un veinteañero guineano que corretea por las alborotadas calles de París para traernos lo imprescindible: unas pizzas de queso o un plato de arroz frito del local chino del barrio. Cosas sin las que no podríamos vivir nuestras cómodas vidas, claro.
A cambio de agotarse día tras día, de sol a sol —subiendo tramos de escaleras empinadas, luchando contra la lluvia y el frío, esquivando a conductores agresivos—, recibe solo 250 euros. Y, para colmo, tampoco puede quedarse con todo lo que gana. Souleymane debe entregar la mitad de sus ingresos irrisorios al dueño de la cuenta de la aplicación, ya que, como inmigrante irregular, no puede abrir una a su nombre. En la película de Lojkine se plasma el vértigo de esta marejada de vida mediante saltos entre tomas rápidas en las que Souleymane está en movimiento constante. Apenas hay banda sonora; acompañan al agobiado repartidor en sus recorridos el bullicio callejero y el ronco sonido de su respiración. En este ambiente de ajetreo sin fin, las tan famosas luces parisinas no tardan en marear. Al enfrentarse a su entrevista para solicitar asilo, Souleymane —hambriento, extenuado, desesperado— pierde por completo el norte.
A diferencia de muchos otros filmes en que se retrata la inmigración africana hacia Europa, como Io, capitano (2023) o Fuocoammare (2016), al director de L’histoire de Souleymane no le interesa mostrar el ya familiar calvario del sur hacia el norte. Es más: su drama se distingue por hacer hincapié en cómo la precariedad del joven inmigrante africano no se resuelve al pisar tierras europeas. Lojkine retrata con franqueza los límites del gran sueño europeo. A diferencia del protagonista de Io, capitano, Souleymane no se enfrenta tanto a la intemperie salvaje del desierto del Sáhara como a un peligro aún más grave: la vorágine de la indiferencia humana.
Para el actor que hace el papel de Souleymane, el guineano Abou Sangaré, arremeter contra esta indiferencia no es nada nuevo. Como el personaje que representa, Sangaré también emigró sin papeles de Guinea a Francia, donde encontró una existencia sumamente precaria en la capital. Para el actor, ganar toda una serie de premios en el Festival de Cannes, los César y el Festival del Cine Europeo no podría haber llegado en mejor momento: aunque vivió en Francia desde 2017, solo en 2025 recibió el permiso necesario para vivir y trabajar legalmente en el país, tras varios rechazos por parte del gobierno.
Es con un profundo realismo, entonces, que Sangaré retrata la extrema precariedad de Souleymane. Al repartir sus pocas ganancias entre el dueño de la app, el coach de inmigración que promete ayudarle a clavar su entrevista de asilo y su madre en Guinea, los ingresos del joven repartidor no le bastan ni para un café. Si tiene suerte, Souleymane encuentra cama en un albergue para personas sin hogar, en una de las muchas literas que amontonan a los desvalidos de París. Si no, se refugia en los pasillos de los edificios donde hace repartos. En el filme de Lojkine, el sueño europeo es como las luces parisinas, hechizante pero artificial. Y es en la profunda oscuridad de la noche parisina cuando Souleymane empieza a cuestionar por qué se arriesgó tanto por tan poco.
Este realismo negro —si no pesimismo— en torno a la inmigración no es la única diferencia de L’Histoire de Souleymane. Es habitual retratar en los dramas a los inmigrantes como extraordinariamente solidarios, como si para ellos existiera un compañerismo especial; pero esta representación armónica tapa la realidad en que la inmigración es, en la experiencia de muchos, un juego de suma cero. Al fin y al cabo, cada país establece cupos para la inmigración; el permiso de residencia de uno, entonces, es el rechazo del otro. Lojkine cala en las grietas de esa solidaridad, mostrando la otra cara de mirada optimista hacia la ayuda mutua de las comunidades inmigrantes. Algunos de los que más se aprovechan de Souleymane son otros inmigrantes, como el dueño de la cuenta de la app e incluso el coach de inmigración con quien trabaja el joven repartidor. La historia que el coach manda a Souleymane memorizar para aprobar su entrevista de asilo es la misma que han memorizado muchos otros. Tantos, de hecho, que cuando Souleymane la empieza a contar a la funcionaria francesa su historia durante su entrevista de asilo, ella lo interrumpe, quejándose. «Ya he escuchado esa historia dos veces esta semana».
Efectivamente, la historia de Souleymane —por lo menos, la que intenta contar en la entrevista— es inventada, para obtener más fácilmente un visado francés. En lugar del refugiado político que él y los demás han fingido ser, Souleymane es solo un joven desesperado que se enfrentaba a la enorme pobreza y a la falta de oportunidades en su Guinea Conakry natal. Pero no es eso lo que le empuja hacia Francia, sino la pura necesidad de cuidar de su madre. Debido a su enfermedad mental, algo no muy entendido por su entorno, la han echado de su casa y la han acusado de brujería. Entre la espada y la pared o, en este caso, la mentira y la verdad, Souleymane acaba contándolo todo a la funcionaria, sin que sepamos de la resolución de su caso. Es una ambigüedad frustrante, pero necesaria, para que sigamos interrogándonos ante historias como la de Souleymane.
Alison Posey es doctora en Filología Hispánica y profesora universitaria de literatura española en Estados Unidos.

