/ por David Barquín /
«Todo parece como suspendido. La roca, el hielo, la nieve, la montaña misma, todo allí está en equilibrio entre la realidad y la imaginación»
Walter Bonatti: Montañas de una vida, Madrid: Desnivel, 2024, p. 24
La montaña, ajena a su propia existencia, no precisa de la palabra para ser en sí misma. En puentes de nieve y voladizos, el vocablo pesa, más aún si este se piensa para ser dicho abajo, en el valle, donde pierde su valor y vigencia. ¿Para qué la plúmbea palabra si lo vivido es indecible? A lo sumo, esta tendría la importancia que la montaña quisiera darle, esto es, ninguna. Sublime insignificancia.
En el valle, en el mundo del ruido, todavía encontramos palabras «que provienen del mundo del silencio mas, como antiguos tesoros excavados en la tierra, estas pertenecen a un mundo diferente» (Picard, 1964, p. 213; traducción nuestra). Así es. La palabra deglaciación proviene de arriba, de la alta montaña. Se trata de un término etéreo, desprovisto de propósito. Evidencia, esto sí, nuestra vulnerabilidad.
La montaña, con su escala diferente, es altamente activadora —en ocasiones, abrumadora—. El contacto directo con ella, sin mediación, guía la mirada hacia el interior, acallando el yo que, achicado, descubre grietas, recovecos de nieve y cristal, ocultos a simple vista. El alpinista estático alcanza, precisamente, la parte de adentro de la montaña —no la cima—, pues repara en las «simas verticales interconectadas», en los «caminos incomprensibles de luz turquesa atravesando hielos» (Elizegi, 2010, p. 113), depósitos de memoria de un tiempo geológico ajenos a la lógica mercantil. De esta forma, transformado un poco en montaña, el alpinista estático presta atención a los matices cromáticos del verglás — universo transparente—, escucha, en silencio, el crujido del hielo, traza «la historia de una simple gota de lluvia» (Muir, 2021, p. 139), aprecia la draba, una flor minúscula «que se mantiene con las sobras del tiempo y el espacio que no quiere nadie» (Leopold, 2017, p. 79) o admira, de regreso al valle, un campo de cardos alpinos violáceos, recios habitantes del piedemonte. En suma, el alpinista estático contempla la montaña dejándola intacta y esta, por su parte, le facilita el instante en el que contemplar la propia vida, una suerte de misticismo naturalista occidental.
De camino hacia las nubes, el usuario-cronómetro asciende decorados al aire libre en estilo más-arriesgado-más-rápido, para lo cual explora, con optimismo tecnológico, la propia «frontera entre la vida y la muerte» (Batalla, 2024, p. 81) —también la ajena, en caso de rescate—, y lo hace muy rápido, impidiendo de esta forma la asimilación de cualquier matiz. La fotografía de cima, inmediatamente compartida en redes sociales —como si a alguien de verdad le importase—, refuerza «el concepto que tiene de sí mismo» (Elizegi, 2010, p. 61), si bien abajo, en el valle, crece la grieta que lleva dentro. El usuario-cronómetro, convertido en producto, ha perdido la capacidad de estar atento y arriba, en la montaña, le ha faltado «tiempo de ajuste» (Næss, 2001, p. 179) para recuperarla.
El alpinista estático, como el glaciar, retrocede, menguando así el valor poético y metafísico de la montaña. El usuario-cronómetro, en cambio, avanza y con él irrumpen la competición —compañera de cordada de la voluntad de dominio— y el bullicio de altura, inconciliables con el silencio ambiental y la capacidad de perderse uno mismo, sin necesidad de contarlo.
Agradecimientos: Eider Elizegi y Jorge Riechmann, guías de montaña.
Imagen: Cardos azules. Óleo sobre lienzo. Bernardo Lara, 2018.
Referencias bibliográficas
Batalla, Pablo (2024). La virtud en la montaña, Gijón: Trea.
Bonatti, Walter (2014). Montañas de una vida, Madrid: Desnivel.
Elizegi, Eider (2010). Mi montaña, Madrid: Desnivel.
Leopold, Aldo (2017). Una ética de la tierra, Madrid: Catarata.
Muir, John (2021). Cuaderno de montaña, Madrid: Volcano.
Næss, Arne (2001). Ecology, community and lifestyle, Cambridge (Reino Unido): Cambridge University Press.
Picard, Max (1964). The world of silence, Chicago (Estados Unidos): Henry Regnery Company.
David Barquín Gómez (Madrid, 1971) es licenciado en derecho (UCM), graduado en estudios ingleses (UNED) y máster en filosofía de la historia (UAM). Actualmente, cursa estudios de doctorado.

