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La perdida magia del cine

/ por Eduardo García Fernández /

Cuando los cines estaban en las ciudades —y no en el extrarradio, dentro de las grandes superficies comerciales—, sucedía que paseando por la calle, o de camino al trabajo o los estudios, uno podía ver los carteles de las películas varias veces antes de decidirse. Su presencia dentro de la ciudad conseguía que en torno a ellos vivieran bares, cafeterías, pubs e incluso bocaterías o pizzerías; pero, además, generaba unas relaciones sociales más fluidas y fáciles, pues las propias colas del cine se hacían obviamente en la calle. Así coincidían y convivían los que pasaban por ahí, de camino, con los que hacían cola; y así eran más posibles los encuentros casuales con amigos y conocidos. La longitud de la cola incluso hacía que uno se detuviera —aunque fuera por mera curiosidad— para averiguar qué película suscitaba tanta afluencia. Además, si eras asiduo, lo más probable era que quien trabajara en la taquilla, o el acomodador, se permitieran hacer algún comentario sobre la película.

La propia entrada estaba hecha de cartón y tenía cierta consistencia, cuerpo. A veces, si te gustaba la película, la guardabas al menos durante un tiempo. Los horarios eran más humanos en sesiones de tarde y noche. Las películas estaban varias semanas en cartel, de forma que no había prisa por ir a verlas, e incluso dejabas pasar un tiempo, para que algún amigo o conocido te diera su opinión, y así decidirte a ir o no. Probablemente fueras al cine caminando y te identificaras con los bares y cafeterías próximos, porque acudías a ellos antes o después del cine, e incluso podían ser lugar de encuentro para quedar con alguien antes de ir.

No quiero que esto suene nostálgico —que quede claro—. Pretendo hacer solamente una descripción de lo que hace unos años era acudir al cine; cómo constituía un acto más social y cultural que en la actualidad. Los cines con varias salas en los que emiten diferentes títulos se ubican en el centro comercial, lo que quiere decir que, de entrada, el cartel ni lo conoces. Probablemente te has enterado de lo que allí ponen a través de Internet, aunque a veces el periódico te informa de un horario; e Internet, de otro muy distinto. Y acudir al cine en un centro comercial es para muchas personas un acto que se realiza después de hacer la compra dentro del mismo centro, para rellenar tiempo, o porque, ya que se está allí, se va.

Cierta magia del cine murió enterrándola en las grandes superficies comerciales. Al acudir a ver una película, tienes que coger casi seguro un medio de transporte, la relación con quien te expende la entrada es prácticamente inexistente; a veces ya no existen ni colas, porque muchos sacan las entradas por Internet; el trabajo de acomodador no existe y es menos probable el encuentro con amigos y conocidos que cuando el cine estaba en plena ciudad. La entrada se parece al ticket de la compra en formato y letra, así que muchas veces es indescifrable. Todo parece un mero acto de consumir cine. Incluso ciertas películas de buena calidad tienen menos pases y desaparecen pronto de la cartelera, a veces reduciéndolo a uno o dos pases al día. Hay más variedad de películas, pero menos cine; más abundancia y menos calidad.

Al cine se le ha matado, sí, parte de su magia y su condición de ritual. Como sostienen Gilles Lipovestsky y Jean Serroy en su ensayo La estetización del mundo: vivir en la época del capitalismo artístico,

«al ser un sistema más dominado por un ánimo del lucro sin otro fin que el mismo, la economía liberal ofrece un aspecto nihilista cuyas consecuencias no son únicamente el paro y la precarización del trabajo, las desigualdades sociales y los dramas humanos, sino también la desaparición de las formas armónicas de vida, la evaporación del encanto y del gusto de la vida en sociedad, un proceso que Bertrand de Jouvenal llamaba «pérdida de amabilidad»». 

Lo que se ha perdido es precisamente la amabilidad. Parafraseando la famosa frase de Blade Runner, «yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He visto inmensas bolsas de palomitas más allá de Orión. He visto brillar pantallas de móvil y tablets en los momentos más cruciales de una película. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como el sudor en la lluvia. Es hora de reír». Y lo realmente interesante es que todo esto no parece molestar a nadie. Se vive con un grado de tolerancia inimaginable.


Eduardo García Fernández (Oviedo, 1968) es licenciado en psicología clínica y máster en modificación de conducta. En 1999 abrió una consulta de psicología clínica en la que aborda todo tipo de patologías y adicciones. Entre sus aficiones se encuentran la literatura y el cine. Y acostumbra a vincular éstas con su profesión dando lugar a artículos con un enfoque diferente. Ha realizado y participado en programas de radio en Radio Vetusta, ha colaborado con la revista digital literaturas.com y en la actualidad colabora esporádicamente con artículos y reseñas en el periódico La Nueva España.

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