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Aquí se ríe poco y mal

/ por Alison Posey /

¿Qué pretende plasmar Yo no soy esa? ¿La nostalgia de una España que ya no existe? ¿La frustración de un amor queer nunca realizado? ¿Una crítica mordaz de los estragos de la globalización? ¿O algo enteramente diferente? No lo sabe su directora, María Ripoll, y quizá no lo sepa nunca su público. La comedia de 2024 se presenta como homenaje al espíritu —clara y decidida— de la canción de Mari Trini de la que se deriva su título. Pero allí terminan las semejanzas. «Yo no soy esa / diciendo sí a todo», entonó la cantautora en el éxito de 1971. Ojalá Ripoll siguiera su ejemplo.

Decir sí a todo pronto se convierte en una de las mayores frustraciones de la película. A primera vista, Yo no soy esa cuenta una historia sencilla: tras una caída por la ventana siendo adolescente, Susana (Verónica Echegui) despierta después de veinte años en coma. Ya adulta, pronto descubre hasta qué punto ha cambiado el mundo, y no ella. Con su optimismo adolescente aún intacto, la protagonista emprende un viaje por la nostalgia y el amor en una Barcelona futurista. ¡Pantallas! ¡Móviles! ¡La moda! ¡La nueva masculinidad! Para Susana, todo eso es igual de maravilloso, si no incomprensible. Volver a entablar amistades (y no pocos amores) con los miembros de su cuadrilla adolescente se convierte en su meta principal. A Susana, el mundo en el que se encuentra le inspira tanto entusiasmo como confusión.

Pero la comedia de Ripoll no tarda en desviarse de esta historia. A través de los ojos inocentes de Susana, Yo no soy esa intenta hacer una crítica contundente de la globalización y de cómo ha perjudicado a los españoles en particular. ¿O es la tecnología lo que quiere reprobar? ¿La pandemia? ¿El turismo? ¿El sexo? En el presente «se folla poco y mal», afirman varios personajes.  La sátira de Ripoll dispara contra una amplia gama de absurdeces de la vida contemporánea, pero no logra acertar en ninguna. Es una pena, porque en la actualidad hay más que criticar que nunca.

Un buen ejemplo: cuando Susana se aloja con su antigua amiga Bárbara (Silma López), esta le avisa de que tiene inquilinos de Airbnb. A pesar de trabajar a tiempo completo en un museo de arte —además de tener dos carreras— Bárbara no es capaz de llegar a fin de mes. Claramente, la situación económica precaria del personaje pretende hacernos reflexionar sobre la grave falta de empleo digno para los jóvenes españoles. La cabezonería de Bárbara en hablar castellano con los turistas que se hospedan en su piso evoca la frustración de toda una generación que se queda desplazada por unos guiris forrados.

Pero los inquilinos no se representan de ninguna manera que fomente la reflexión. De hecho, Yo no soy esa simplemente los convierte en objeto de burla racista. Tras un encuentro inesperado con una inquilina china —un personaje que, a pesar de su supuesta otredad, habla un castellano perfecto y se viste como cualquier otro español— Susana empieza a soltar insultos racistas. Aunque finalmente Bárbara consigue hacerla callar, aconsejándole que no hable, los insultos quedan sin cuestionar. Lo que se da a entender es que la mejor España es aquella en la que no se cuelan los otros, sean turistas o inmigrantes.

¿Plantea Ripoll realmente un regreso al pasado? Aunque está ambientada en el presente, la película se pierde muchas veces en la nostalgia edulcorada de Susana. Pero ¿qué España, exactamente, añora Yo no soy esa? Con el quincuagésimo aniversario de la muerte de Franco recién pasado, es una pregunta que debe hacerse. Y aunque no resulta difícil de entender su posición frente a la actualidad —un momento que se representa una y otra vez en Yo no soy esa como egoísta, miserable y superficial—, sí cuesta entender cómo una directora con las capacidades de Ripoll no pudo comunicarla claramente.

El problema se agrava cuando Ripoll intenta entrelazar varias tramas dispares. Ninguno de los varios triángulos amorosos es capaz de convencernos de su importancia. Será porque los personajes con los que coquetea la protagonista no son nada agradables. Bárbara se presenta como una defensora del siglo XXI (aunque sea, como ella misma afirma, una mierda total), mientras Pepo (Daniel Grao) es un amalgama de todo lo que hay de criticar en un hombre supuestamente moderno: es interesado, frívolo y toma demasiados selfis. El personaje de Raúl (Adam Jezierski) tiene, quizás, el arco con más posibilidades, pero es difícil superar una temprana escena en que él presiona repetidamente a Susana —aún muy vulnerable tras el coma— para que se acueste con él.

Entre estas y otras tramas (que abarcan el alzhéimer, el paro y la identidad queer), Yo no soy esa se pierde y no sabe encontrarse. Aunque es natural esperar más de la directora de Rastros de sándalo (2014) y Ahora o nunca (2015), a lo mejor hay que fijarse en los consejos sabios de Mari Trini. En fin, como aconsejó en su canción «Al fin y al cabo», «las esperanzas queman las manos».


Alison Posey es doctora en Filología Hispánica y profesora universitaria de literatura española en Estados Unidos.

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