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La ecoespiritualidad laica de Jorge Riechmann

/ por Vicent Yusà /

¿Puede hablarse de espiritualidad sin ser religioso? La palabra suscita recelos entre quienes la asocian con la religión, las promesas de salvación o las ofertas de bienestar que proliferan en el mercado. Jorge Riechmann propone recuperar su significado desde una perspectiva laica, terrenal y atenta a nuestra condición de seres vivos. Para Riechmann, la búsqueda de sentido de la existencia humana se enlaza con una pregunta que atraviesa su pensamiento: cómo vivir en un mundo amenazado por la destrucción ecológica sin renunciar al cuidado, al disfrute y a la responsabilidad.

Este filósofo identifica dos componentes fundamentales de la espiritualidad laica: la vivencia de conexión con todo y el descentramiento del ego. El primero implica reconocer nuestra pertenencia a una realidad que nos precede y nos sobrevive. Dependemos de otros seres humanos, de los demás seres vivos y de procesos naturales que hacen posible nuestra existencia. Esa dependencia suele quedar oculta bajo la imagen del individuo autónomo que se basta a sí mismo. La conciencia ecológica permite advertir que todo está interconectado y debe ser respetado.

El segundo componente exige distinguir entre vivir desde nuestra subjetividad y organizar el universo alrededor de ella. No podemos abandonar nuestra perspectiva, pero sí relativizarla («No puedo dejar de vivir egocentrado, pero esto no tiene que implicar ser egocéntrico»). Descentrar el ego supone admitir que las vidas ajenas tienen un valor independiente de su utilidad para nosotros. Por eso la ecoespiritualidad desborda el ámbito humano: invita a ensanchar el «nosotros» y a reconocer a los demás animales y al conjunto de lo vivo como destinatarios de nuestra consideración moral.

En este punto convergen tradiciones que Riechmann pone en conversación, desde ciertas enseñanzas budistas hasta la filosofía entendida como forma de vida. Su interés se dirige a las prácticas que reducen la egocentricidad y cultivan la atención. La espiritualidad laica puede aprender de las religiones sin asumir sus creencias sobrenaturales, conservando la crítica a sus posibilidades de fanatismo y crueldad.

Esta concepción permite reconocer una afinidad con Simone Weil. Para ella, prestar atención exige suspender las proyecciones del yo y disponerse a recibir la realidad del otro, especialmente su sufrimiento. La atención tiene así un alcance moral: permite percibir lo que nuestras preocupaciones ocultan. También su idea de descreación (décréation) guarda semejanza con el descentramiento que propone Riechmann, aunque posee un sentido teológico más radical. Implica renunciar a la pretensión de ocupar el centro del mundo y dejar espacio a una existencia independiente de nuestros deseos. Sin embargo, la coincidencia no borra una diferencia decisiva. En Weil, ese vaciamiento se orienta hacia un bien trascendente y abre a la gracia, que no puede producirse por el mero esfuerzo de la voluntad. Riechmann sitúa su propuesta en nuestra pertenencia al mundo vivo, sin requerir ese fundamento sobrenatural. Su ecoespiritualidad acentúa el disfrute de los bienes finitos y el cuidado de la naturaleza.

La finitud humana ocupa un lugar decisivo. Somos vulnerables y mortales, aunque buena parte de nuestra cultura alimente fantasías de invulnerabilidad. Riechmann cuestiona la huida hacia lo transhumano, hacia la que empujan potentes corrientes de la cultura contemporánea, y la pretensión de resolver mediante la tecnología los rasgos trágicos de nuestra condición. Aceptar la muerte puede orientar hacia el cuidado de unas vidas irrepetibles. Una espiritualidad terrenal no necesita garantizar que el sufrimiento forme parte de un orden superior. Puede encontrar razones para amar y actuar sin esa garantía, precisamente porque lo que existe está expuesto a perderse. Esta aceptación adquiere una dimensión colectiva ante el horizonte de colapso ecosocial que plantea el autor. El posible fin de un mundo (no del mundo) obliga a pensar cómo preservar nuestra humanidad en circunstancias adversas. A las preguntas tradicionales sobre el dolor y la muerte se añade la de cómo responder a la degradación de las condiciones de vida. La ecoespiritualidad busca recursos interiores para sostener esa respuesta, vinculándolos a la acción colectiva. La compasión adquiere así una exigencia concreta: cooperar, solidarizarse y hacerse responsable de quienes pueden sufrir.

Uno de esos recursos necesarios es la lentitud. Ya en su concepción de la vida buena, Riechmann defendía la atención al presente y las actividades valiosas por sí mismas (autotélicas). La aceleración deteriora la escucha y la capacidad de percibir. Multiplicar experiencias no garantiza vivirlas con intensidad. La amistad, la lectura o la contemplación necesitan tiempo disponible. Recuperarlo tiene una dimensión política: una sociedad que nos lo arrebata nos priva de posibilidades fundamentales de realización humana.

Siguiendo la recuperación de los ejercicios espirituales antiguos realizada por el filósofo francés Pierre Hadot, Riechmann propone prácticas accesibles: caminar, detenerse, leer, conversar, cultivar la gratitud. Sentarse bajo un árbol puede ayudarnos a experimentar nuestra pertenencia al mundo vivo. Recordar los microorganismos (microbioma) que habitan nuestro cuerpo cuestiona la ilusión de autosuficiencia. Llevar un cuaderno de agradecimientos permite advertir bienes cotidianos que solo apreciamos cuando desaparecen. Cualquier actividad realizada con atención puede transformar nuestra relación con la existencia.

La poesía merece un lugar particular. Su lectura puede acoger la alteridad, nombrar lo que se resiste al lenguaje habitual y reconstruir una vida interior empobrecida por la distracción. Vivir cerca de la poesía significa también percibir lo cotidiano sin reducirlo a su rendimiento. Una conversación, una comida o un paseo pueden contener un disfrute que no depende de adquirir nuevas mercancías. Este aprendizaje enlaza con la crítica al consumismo: para moderar el deseo de acumulación necesitamos otros deseos capaces de movilizarnos, orientados hacia vínculos y experiencias que valoramos por sí mismos.

Con todo, Riechmann insiste en que el trabajo sobre uno mismo resulta insuficiente si deja intactas las relaciones económicas que generan destrucción y desigualdad. Tampoco Weil separaba la atención de la justicia: su reflexión se alimentó de la experiencia del trabajo fabril y de la preocupación por los oprimidos. En Riechmann, esa exigencia adopta una orientación ecosocialista explícita: transformar las relaciones de producción y organizar justamente el decrecimiento material y energético. Una sociedad más frugal necesita condiciones compartidas que permitan vivir dignamente. La serenidad individual pierde alcance si se desentiende de las instituciones y de la distribución de los recursos.

Queda la pregunta por la esperanza. Riechmann propone un pesimismo activo: actuar sin exigir una promesa de éxito, hacer lo que debemos porque reconocemos su valor. La incertidumbre sobre el futuro no elimina nuestra responsabilidad hacia los demás. Su ecoespiritualidad reúne así la búsqueda de la vida buena y el compromiso ecosocialista en una misma orientación. Aprender a disfrutar de existir, aceptar nuestra vulnerabilidad y desplazar el yo del centro puede ayudarnos a cuidar un mundo común cuya continuidad no está asegurada. Quizá una espiritualidad laica comience en esa conciencia de pertenencia y se haga efectiva en lo que hacemos por preservarla.


Vicent Yusà es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud pública de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene estudios de filosofía. Además de múltiples publicaciones científicas en revistas de alto impacto, es autor del ensayo Ascenso a la Torre: apuntes para una filosofía de proximidad y de las novelas: Otro fin del amor es posible, Obra abierta, El común desorden del amor y Lo que no se escribe.

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