Buzón de cumbre
Atardecer en Tebrandi
/por Pablo Batalla Cueto/
La penumbra hablaba todos los dialectos escarlatas y púrpuras del idioma antiguo del crepúsculo. Nubes abreviadas y cenicientas malenvolvían, como cendales delicuescentes, la indescifrable esbeltez de los picos, las torres y las peñas que quebraban la lejanía. El Picu, emperador del horizonte, supervisaba nuestro descenso por una empinadísima pradera del Cuera; un sendero frágil gobernaba entre el herbazal nuestra caminata tardía en dirección a la majada de Tebrandi. Y era un andar moroso el que nos movía; una intermitencia de avances y detenciones maravilladas a fin de aprehender las embriagueces últimas del paisaje: los trazos lineales del carmesí en el lienzo azul grisáceo de la bóveda celeste; la refulgencia obstinada del blanco de los neveros moteando la ya negra como la tinta silueta de los Urrieles, la gasa alargada que había ido posándose sobre el fondo del valle como un sudario de muselina, el calmoso ceremonial del encendido de las farolas al ritmo del progreso de la noche en el rosario de poblaciones distinguibles en lontananza, como una coreografía de diminutas luciérnagas: habían prendido ya sus fanales las orientales, pero no todavía los pueblos de Occidente, cuyo cielo exhalaba aún los estertores finales del naranja. El Sol se había marchado por detrás del Tiatordos; y justo en aquel momento, liberada del sátrapa que la sojuzga durante el día, una agremiación de ventoleras incipientemente gélida vino a recordarnos, inscribiéndonosla en el rostro, la vecindad del invierno.

