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El ChatGPT y el miedo al futuro

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

Hay dos máquinas poderosas que los humanos hemos inventado y utilizado: el astrolabio y el smartphone. El nombre del primero procede del griego y astro significa «estrella», mientras que -labio significa «el que busca». Por lo tanto, la palabra significa «buscador de estrellas». Pero este instrumento tenía otras muchas aplicaciones. En efecto, al principio solo se utilizaba para medir alturas del sol o de los astros, cálculos de posición y cálculos horarios. Posteriormente, se convirtió en una representación de la esfera celeste con la finalidad de responder a cuestiones más complejas. Un astrolabio podía servir para predecir la hora que sale el sol o la hora exacta de la puesta; fijaba el calendario y se convirtió en un instrumento imprescindible para los navegantes y fue utilizado hasta finales del siglo XVIII, cuando finalmente pudo ser remplazado por instrumentos nuevos mucho mas precisos, tales como los relojes.

Por su parte, el smartphone procede del inglés, en donde smart significa «inteligente» y phone significa «teléfono». Surgió también como un simple teléfono y ha ido adquiriendo funciones mucho más complejas, hasta sustituir a los teléfonos, las máquinas fotográficas, las cámaras de filmar, los mapas de carreteras, las enciclopedias, los diccionarios y un largo etcétera. Cada vez descubrimos más funciones. La última es la de instrumento de la inteligencia artificial.

¿Qué tienen en común ambas máquinas más allá de ser poderosos elementos de cambio y de innovación? El miedo que suscitan. El astrolabio llegó a ser considerado como instrumento diabólico por algunos y hoy ocurre lo mismo con la inteligencia artificial. Me estoy refiriendo, como quizás algunos de ustedes ya han adivinado, al ChatGPT. Esta herramienta, de uso sorprendentemente simple, es capaz de escribir textos que pueden compararse a los que podríamos escribir usted o yo. ¡Este mismo texto podría haber sido escrito por una máquina! Está disponible en la red, sin limitaciones (por el momento) y puede escribir un artículo, un texto, una poesía o una reflexión filosófica, de tal forma, que a veces, nos podemos olvidar que en realidad lo ha escrito una máquina.

El ChatGPT suscita miedo en determinados círculos, porque puede contribuir al plagio de artículos académicos. Ante este instrumento, la reacción es siempre la misma: ¡hay que prohibir su uso en las aulas! Y algunos ya lo han hecho. Así, hemos leído como determinados organismos educativos de Nueva York han prohibido su uso o han intentado prohibirlo. La pregunta es: ¿cómo? Los profesores intentan saber si hay herramientas para detectar el plagio a base de la inteligencia artificial; otros reclaman que simplemente se prohíba totalmente su uso… Pero es como poner barreras en el aire o en el agua.

Sin embargo, como ha ocurrido siempre ante una innovación que facilita el trabajo, todo intento de prohibición, sin duda alguna, fallará, será inútil. Esta herramienta es, en el fondo, como Wikipedia, o como las hojas de cálculo de Excel, o como los traductores on line, o simplemente como los programas de corrección ortográfica. Ya no podemos prescindir fácilmente de ellos. Es una herramienta nueva y potente que nos facilitará el trabajo y, como cualquier otra, puede tener uso correcto o uso maligno, al igual que un hacha, un martillo o la energía atómica.

En vez de prohibir, como profesor que he sido, me parece mucho mejor ensañar a usarlo; desarrollar mucho más el pensamiento crítico; mostrar que cada vez es más importante estimular el método científico de análisis en cualquier disciplina, sea una ciencia social o una ciencia exacta y, sobre todo, tener confianza en la capacidad del cerebro humano, que desde hace millones de años ha vencido a todos los desafíos externos. Prohibir, prohibir, prohibir no conduce a un pensamiento crítico ni facilita actuar según una ética responsable. Las prohibiciones en este caso son, simplemente, el reflejo al miedo al futuro; a quedar desnudos frente a una máquina.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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