/ La verdad del cuentista / Antonio Monterrubio /
El sistema de castas de la India ilustra cómo una sociedad entera, incluyendo los más perjudicados, integra como normales y naturales injusticias groseras y aberrantes crueldades. Habitualmente calificado de funesta secuela de determinadas creencias, su persistencia histórica hablaría más bien en favor de intereses sociopolíticos disfrazados con un manto religioso. Su existencia ha reportado sustanciosos beneficios, amén de cierta paz social, a las élites dominantes en el subcontinente, nativas o venidas del exterior. Mogoles y británicos no dudaron en aprovecharlo, a pesar de considerarse eximios exponentes de dos religiones, islam y cristianismo, cuyos principios son incompatibles con la división en castas.
El término sanscrito es varna, que significa «color», una pista impagable para remontarse a las fuentes. Las categorías clásicas eran cuatro. Las más altas, brahmanes (sacerdotes) y ksatriyas (guerreros) eran los dos veces nacidos, la flor y nata. Junto con la tercera, los vaysia (trabajadores, en especial campesinos) constituían el círculo de los señores, los arya. La cuarta, los sudra, estaba formada por la población autóctona subyugada por los invasores de lenguas indoeuropeas. Dicho de otro modo, el lejano origen de esta clasificación es étnico y también religioso, pues las creencias de los conquistadores eran muy diferentes a las locales. Cuando los portugueses del siglo XV entraron en contacto con el mundo indio, dieron a esos grupos el nombre de castas. Nada más lógico, puesto que esa palabra designaba lo más próximo a ese orden social que conocían. Para el portugués y el español de la época, su propia sociedad estaba atravesada por una brecha que la separaba en dos estratos, el superior (cristianos viejos) y el inferior (cristianos nuevos). Difícil era encontrar manera más adecuada de bautizar esa realidad. Es una traducción enormemente afortunada que alude a situaciones atrozmente desafortunadas.
Setenta años después de ser declarada inconstitucional la discriminación por razón de casta, el sistema sigue vivo en la India. Y no se limita a los millares de aldeas diseminadas por el país: es asimismo patente en las ciudades, sobre todo para los últimos de los desheredados, los dalits conocidos en Occidente como parias o intocables. Ellos son sin embargo la piedra angular de la estructura. El despotismo piramidal se sostiene imperturbable durante siglos si en su base hay un colectivo que puede ser oprimido por todos. Cada estrato se somete a los de arriba, a su vez tiraniza a los de abajo, y esto se soporta porque tienen sobre quien descargar su desprecio y su odio sin temer represalias. Este mecanismo requiere que los que solo reciben bofetadas se conformen con su suerte como algo inevitable, y hasta justo. Ahí se hace indispensable el trabajo ideológico, convenientemente revestido de religión. Los dalits «estaban condenados a ser humildes. Sin saber cómo escapar y sin los medios de hacerlo, están hechos para la servidumbre eterna, que aceptan como su destino ineluctable» (Ambedkar: La abolición de la casta en Mishra: «Mil años de servidumbre», The New York Review of Books, 2017).
Hoy «uno de cada seis indios es dalit» (Mishra: ibídem). Eso suma más de doscientos millones de intocables. Si el sistema se perpetúa, es porque beneficia a todas las castas, salvo a la inferior. Una sociedad jerarquizada alcanza su máxima eficiencia cuando consigue que del primero al penúltimo se sientan solidarios en el menosprecio, el abuso y la explotación del último. De ahí la utilidad de minorías étnicas o religiosas para desencadenar las energías sociales frustradas y hacer recaer su violencia sobre el blanco equivocado. Pues no es suficiente, en aras de la cohesión de una sociedad, con una comunidad que ocupe el puesto de chivo expiatorio. Ha de poseer consistencia numérica, se necesita una masa crítica. Gentes excluidas como forasteros, locos, leprosos o mendigos pueden servir coyunturalmente como sumideros de odios o convulsiones momentáneas, pero nada más. Por eso los judíos europeos han desempeñado una y otra vez, en este o aquel país, tan poco envidiable papel. Su alteridad y su número los predestinaban a ello. Ahora son los emigrantes extraeuropeos y sus descendientes los que cargan con el sambenito.
El vaciado manual de las letrinas y fosas sépticas que proliferan en la península es cosa de los dalits. El primer ministro Modi, del muy nacionalista y muy hindú BJP, declaró: «Ese trabajo de limpieza debe proseguirse en cuanto que actividad espiritual interior para los siglos venideros» (cit. en Mishra: ibídem). De nuevo topamos con quienes ven cualidades místicas y redentoras irrenunciables en el sufrimiento… de los otros. En la actualidad hay dalits ricos o que son reputados profesionales, o forman parte de las pujantes clases medias indias. Nada de eso borra el estigma de su casta, aun si ellos no tienen que apurar la humillación hasta las heces. Respecto a los dalits del montón, sus dificultades en obtener empleo o alojamiento siguen siendo enormes. Esto aquí nos sorprende, ya que entre nosotros, como todo el mundo sabe, transexuales, gitanos, parejas homosexuales o inmigrantes con o sin papeles ven extendida ante sí una alfombra roja para conquistar esas metas sin esfuerzo.
Nadie va a mejorar la suerte de los dalits si no son ellos mismos. En 2016, en Gujarat, después de que varios recibieran soberanas palizas a cargo de las milicias de protección de las vacas alentadas por el BJP, las protestas se multiplicaron. Cuando se negaron a seguir realizando ciertos trabajos, la situación llegó a tal punto que el propio Modi tuvo que hablar a las milicias en favor de sus «hermanos dalit» [sic]. Aunque en Occidente es poco conocido, el dalit Ambedkar jugó un papel importante en la independencia de la India. Su sueño era la abolición del sistema de castas, esa máquina de picar carne humana que no se ha detenido durante milenios. Sus compañeros de extracción social alta, como Nehru o Gandhi, eran remisos a revisarlo más allá del mero formalismo legal. La tradición, la costumbre, lo sagrado, la mentalidad del pueblo, esas cosas. Y ahí se mantiene. Poner en cuestión ideologías apalancadas a lo largo de los siglos es difícil, pero se convierte en imposible si no se intenta. La lucha contra los parásitos mentales, incluso a nivel individual, es una labor titánica.
Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Recientemente se ha publicado en un volumen la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) en la editorial Semuret.

