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¿Es mala la globalización?

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

Es bien conocido que el siglo XV —el Quattrocento italiano— trajo un cambio decisivo en la historia del arte. Los descubrimientos e innovaciones de la generación de Brunelleschi en la región de la Toscana «elevaron el arte italiano a un nuevo plano, separándolo del resto de Europa», en palabras de Gombrich. En aquel lejano siglo, los artistas florentinos pusieron fin al arte que hoy llamamos medieval, introduciendo nuevos métodos, técnicas sacadas de la geometría y del estudio científico de la anatomía y del arte clásico. Todo ello iba a cambiar la piel estética de una gran parte del mundo. Si aquel grupo de artistas se propuso cambiar el mundo, ciertamente lo consiguieron, y casi un siglo despues, los artistas de fuera de Italia siguieron su ejemplo.

Pero, en la misma época, también ocurrían cambios entre los artistas del norte de Europa. Apareció un estilo arquitectónico diferente del anterior, al que llamamos gótico flamígero, que vemos en Flandes, el norte de Alemania o Inglaterra, como edificios tan singulares como la capilla del King’s College de Cambridge. Y la pintura y la escultura, en estos países, hicieron un recorrido similar al de la arquitectura. Sorprendentemente, los artistas del norte, como Van Eyck, tenían objetivos similares a Botticelli: querían que sus obras de arte, sus pinturas, fueran una especie de espejo de la naturaleza. Querían aproximarse al máximo a la realidad visible. En el norte de Europa esta aproximación se hizo mediante el detallismo, la reproducción exacta de las flores, de las hojas de los árboles, de los detalles, con una finura y una precisión sorprendentes. Era su forma de pintar, ya que no conocían los secretos de la perspectiva, y tan solo los intuían.

Tanto unos como los otros, con la excusa de representar escenas bíblicas, se preocupaban de mostrar el paisaje, la naturaleza, obsesión esta de la que carecían los maestros que les precedieron. Pero sería un error creer que estas diferencias de estilo revelan que ambos grupos de artistas trabajaran aislados. Cada grupo conocía las producciones del otro, puesto que las gentes del norte, nobles y plebeyos, viajaban alguna vez en la vida a Italia, sobre todo a la Roma papal, y se daban cuenta de lo que allí se cocía en el tema artístico. También algunos artistas hicieron este viaje, como Rogier Van der Weyden, que fue en peregrinación a la Ciudad Santa en 1450.

Hubo un hecho, un descubrimiento en aquel siglo XV, que produjo grandes efectos y aceleró los contactos en Europa: nos referimos a la proliferación de grabados. En efecto, muchos artesanos descubrieron que si tomaban un trozo de madera dura y se ejecutaba un dibujo en una de sus superficies planas, y con un cuchillo se sacaba todo aquello que no debía aparecer en el grabado, el dibujo, de esta forma plasmado en la madera, se podía reproducir. Es decir, todos los huecos o espacios del dibujo que tenían que aparecer en blanco se extraían de la madera con el cuchillo, mientras que el dibujo quedaba formado por los finos salientes. Luego, con aceite y negro carbón, se fabricaba una mezcla, la tinta, que, impregnada en la madera, reproducía el dibujo, al igual que hoy hacemos con los sellos de caucho. ¡Era maravilloso! Se podian hacer cientos de copias sobre papel. Se trataba de estampas religiosas o profanas, lecciones de vida dibujadas, y todo ello se podía hacer de forma fácil. Luego aprendieron que si los mismos dibujos los hacían sobre una chapa de cobre con un buril o punzón, el trazo podía ser mucho mas fino. En este caso, se entintaba la lámina grabada y luego se limpiaba muy bien la superficie con un paño. La tinta solo quedaba en los surcos del buril, y se podía hacer una impresión casi perfecta. Esta técnica de grabar no solo se utilizó para fines religiosos: también aparecieron panfletos, hojas insultantes y blasfemas, que atacaban a los poderes existentes, de los reyes al papado. Era casi imposible controlar la explosión de imágenes que aparecían cada día.

Todas estas innovaciones precedieron a la imprenta de Gutenberg. Los artistas se habían adelantado a la imprenta, las imágenes precedieron a los textos y, desde aquel momento, la circulación de imágenes aumentó notablemente. El resultado al cabo de un siglo fue el desarrollo de una estética global en el viejo continente, que se extendió hacia el hemisferio americano: lo hemos llamado Renacimiento. Desde entonces las ciudades del mundo tienen fachadas con pilares dóricos, jónicos o corintios adosados; las ventanas tienen frontones triangulares encima y los artistas han pretendido imitar la realidad, y esto ha ocurrido hasta comienzos del siglo XX, en que todo pareció cambiar. Fue la primera globalización importante que conocemos, y a pesar de que hubo nostálgicos que añoraban los tiempos antiguos, el camino del arte y las ideas estuvo trazado durante quinientos años. Este mundo que globalizaba ideas también fue un mundo convulso, en donde el choque ideológico dio lugar a los movimientos de reforma religiosa, con la consiguiente contrarreforma, y las guerras de religión que asolaron a Europa durante mas de un siglo, así como las luchas entre el Imperio y las nuevas potencias que despertaban. Al final, los europeos aprendieron la tolerancia religiosa, apreciaron las ventajas de todo ello y también a convivir con largas etapas de paz.

Rememoro esto porque soy del parecer de que hoy ha ocurrido algo parecido. Innovaciones e invenciones sorprendentes han permitido hacer un gran salto hacia la globalización, y esta es una auténtica globalización, porque incluye desde China e India hasta el continente africano, y ningún rincón del planeta resulta excluido. Las innovaciones ya empezaron con la radio y la televisión, siguieron con Internet y hoy avanzan con la IA. No sólo el arte se globaliza: ¡se globaliza el mundo entero! Y todo esto no tiene por qué ser malo, aun cuando, en las costuras de cada cultura, aparecen roturas y agujeros. Muchas personas utilizan las redes para difamar, para insultar y para mentir, igual que ocurrió hace quinientos años con los primeros grabados. Pero de la misma forma que estas innovaciones en el siglo XV permitieron avanzar hacia la revolución científica, hoy permiten avanzar en la lucha contra el cáncer o en la física cuántica. Los humanos aprenderemos también de esta nueva globalización como hicieron los hombres y mujeres del siglo XV.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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