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Preguntas sin respuesta para después de una guerra

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

Cuando se estudia la guerra de los Treinta Años en Europa (1618-1648), uno se da cuenta de la extrema violencia y brutalidad con la que los europeos se pelearon entre sí. Aldeas completamente destruidas, cosechas incendiadas, ciudades arrasadas y la más completa destrucción de cualquier resquicio de civilización. Los testigos de aquella violencia brutal narran escenas de jóvenes freídos en sartenes, ensartados en palos de asar, mujeres desventradas y viejos a los que les asaban los pies. Aquellas escenas, que incluso fueron dibujadas por artistas coetáneos como Jacques Callot, nos hablan de una guerra sin reglas, sin normas, sin ningún tipo de humanidad, en donde el más violento era el mejor.

Los ejércitos, que usaban mercenarios, devastaban regiones enteras, provocando unas hambrunas realmente apocalípticas que, junto a las enfermedades epidémicas que se desataron, provocaron que la población de Centroeuropa llegara a descender en más de una tercera parte. Solo en lo que hoy es Alemania los ejércitos de Suecia destruyeron alrededor de treinta mil pueblos y ciudades. La saña y el odio con que se conducían los ejércitos, una vez vencían u ocupaban una ciudad, se traducía en decapitaciones masivas, empalamientos y torturas sin límites. No quisiera aquí tratar ni tan siquiera enumerar las complejas causas del conflicto, en la base de cuyo odio mutuo estaba el tema de la crisis religiosa nacida de la Reforma y la Contrarreforma.

Pero toda guerra termina, aun cuando esta duró treinta años, que no es poco. La paz se firmó en Westfalia y desde entonces se impuso un nuevo sistema basado en la secularización de la política, acabando con las luchas religiosas. Se desarrollaron las primeras ideas de la soberanía nacional y surgieron  las identidades de los pueblos basadas en cuestiones lingüísticas, fundamento de los futuros nacionalismos, y desde entonces empezó la tarea de intentar basar las relaciones entre los pueblos en normas y leyes aceptadas por todos. Desde entonces surgieron en Europa ideas y propuestas para «humanizar la guerra» como la de Immanuel Kant (1724-1804). Para él, hay un imperativo de acabar con la guerra, cualquier guerra, y, en todo caso, mientras esta dure, al menos hay que humanizarla. No sé si las ideas de Kant en este tema realmente influyeron en el tratamiento de los conflictos, pero desde entonces hubo intentos serios de acotar la barbarie en caso de guerra. Y todo ello culminó con la Convención de Ginebra y sus protocolos adicionales, que fueron el núcleo duro del derecho internacional humanitario. Asimismo, despues de los brutales conflictos mundiales últimos, se acordó la creación de tribunales internacionales de justicia y organismos para garantizar la paz. Cierto que todo ello no ha impedido nuevas guerras. Solo en el siglo XX, después de la segunda guerra mundial he contabilizado un mínimo de ochenta grandes conflictos armados.

Ante tanta guerra viene a cuento el pensamiento de Erasmo de Rotterdam (1466-1536), cuando afirmaba que «la paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa».

En los conflictos recientes que hemos contabilizado, a veces el derecho humanitario se incumplió, hubo masacres y violencia gratuita, pero nunca como ahora se había despreciado el derecho internacional con total impunidad. Sus actos criminales, los genocidios, no tienen ninguna consecuencia; muchos gobiernos ignoran e incluso desprecian las sentencias de la Corte Internacional de Justicia y prosiguen la guerra contra toda lógica humanitaria. ¿No les parece que estamos retrocediendo medio milenio? ¿Nos hemos olvidado de lo que fue una guerra sin reglas? ¿Vamos a utilizar a la población civil como rehenes en medio de la pelea, tal como ocurría en la guerra de los Treinta Años? ¿Vamos a deshumanizar a los otros como si fueran ratas, para exterminarlos fácilmente después? ¿Estamos justificando la barbarie por el color de la piel? ¿Por qué el color de la piel es más importante que el color de los ojos? Estas son preguntas que hoy no tienen respuesta. Parece como si hoy una nube negra se cerniera sobre nosotros, fuera nublando el sol, y nadie supiera cuándo volveremos a verlo lucir.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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