/ una reseña de Luis Ramos de la Torre /
Es muy de agradecer por relevante, innovador y de algún modo aliviador, en estos tiempos tan tristes y excesivamente faltos de una poética de la alegría necesaria a todas luces como un modo, no solo de defensa de las cosas que verdaderamente importan, sino como una necesidad de implicación en la urgente mejora de lo que nos está pasando, poder leer un libro como La primavera y el titán del profesor y ensayista zamorano Antonio Monterrubio, en el que la presencia y defensa del amor y de la vida se convierte en algo tan importante y urgente como sugerente y central.
A través del uso de la misma técnica de escritura que aparece en la mayoría de sus artículos y ensayos, como ocurre en el caso de su anterior libro Al revés te lo digo, Antonio Monterrubio da relevancia y sentido de síntesis a una frase que aparece en el presente libro, donde aclara que «quien tiene más datos ve más cosas y más claro». Así, entremezclando sus acertadas reflexiones con datos y pensamientos siempre sugerentes extraídos de la claridad que le llega del conocimiento del mundo de la filosofía (Hesíodo, Zizek, Nietzsche, Spinoza, Adorno…), la ciencia (Gleick, Marc Hauser, Hanson y Shalm…), el cine (Lou Ye, Hitchcock, Lars von Trier, John Huston…), el arte (Jacques-Louis David, Otto Dix, Goya, Vermeer…), la literatura (Kafka, Esquilo, Goethe, Musil…) o la poesía (Percy B. Shelley, Paul Celan, Ibn Ezra…), podemos comprobar como, atravesado por un estilo de pensamiento siempre dinámico y fluido, procura acabar con las fronteras interesadas que separan de forma torticera el humanismo de la ciencia, y desbroza las malas yerbas de esta democracia fallida y endeble que sufrimos y malvivimos, cada vez más herida, manipulada y malversada con premeditación y alevosía desde las instancias más oscuras del poder, y ensuciada por una ciénaga virtual capaz de ensordecer, cegar, sodomizar y anestesiar la posibilidad de salir desde la Cultura, el conocimiento y la Ética en pos de un Estado Social limpio y participativo que nos saque del mantra y del pasmo de seguir pensando que «lo peor aún no ha llegado».
No obstante, ante la constatación de este estado de cosas no se puede negar, como bien cita nuestro autor recordando los versos del gran Hölderlin «pero donde hay peligro / crece también lo que salva», y desde ahí, va a recurrir al amor, como ya hiciera en el ensayo antes citado, Al revés te lo digo, donde pudimos leer:
«El que ama verdaderamente saca fuerzas de lo más profundo de sí para elevarse a la altura de quien conmueve sus entrañas. Cualquier sucedáneo no sería más que un pobre consuelo pasajero […] Un gran amor merece arrostrar riesgos […] Cuando se ha conocido a la persona que llena nuestro ser, todo pasa a segundo plano».
Ese riesgo derivado del amor por alguien, por el conocimiento o por la vida, como aquí acertadamente se plantea, es el que toma Prometeo, el titán de nuestra referencia, después de robarles el fuego a los dioses, para entregárselo desde y por el amor a los hombres; y con ello, poder pretender no solo aparecer como una fuerza de choque implicadora, sino como una fuerza y un bastión de resistencia en pro del amor a los humanos, al conocimiento y a la vida en libertad. No olvidemos la idea de que el titán Prometeo, en la mayoría de sus presencias, siempre está abogando por la mejora y el ir más allá en todo lo que viene a ser bueno para los hombres. Conviene por ello no olvidar tampoco el carácter de «intermediadores» que en su Diccionario de símbolos J. E. Cirlot otorga a los titanes como este «nuestro», cuando explica: «La concepción astrobiológica y mítica no podía aceptar, y se hallaba en lo cierto, que del caos a la ordenación cósmica creada por el hombre vencedor de las tinieblas, poseedor de principios espirituales de cultura, no existiese un estadio intermedio». Estadio intermedio ofrecido y en manos, por supuesto, de los titanes, en este caso Prometeo. Es interesante reseñar y recordar también cómo a estos intermediadores, como ocurre con el caso de los amores, Antonio Monterrubio los denomina con el sugerente y abierto nombre de «atractores».
En este acertado ensayo, el autor deja claro su interés por recordarnos que Prometeo —al contrario que su hermano Epimeteo, «el que piensa después»— es «el que piensa antes», el que provee y asegura el conocimiento y la necesidad de luchar desde una resistencia férrea por el conocimiento, el diálogo y la estructura social, haciendo de la palabra una de las claves de acción necesarias.
«La primavera y el titán», además de aparecer como el título del libro, es uno de los apartados que lo constituyen y que se complementa con el primero de ellos, que viene a ser como una especie de introducción a lo que va a ir llegando después, titulado «Ahora Prometeo», y con el penúltimo apartado «El previsor y el mensajero». Se trata de un texto importante en el que se defiende la vida y la necesidad del hombre, la naturaleza de la regeneración y la lucha por conservar el medio ambiente contra el calentamiento global y el desastre climático antropogénico; artículo muy relevante, pues no nos queda otra que reconocer con Cirlot que «todos o la inmensa mayoría de los símbolos de la vida lo son también de la muerte. «Media vida in morte sumus», decía el monje medieval, y la ciencia moderna le responde: «La vie c’est la mort» (Claude Bernard)».
Y toda esta conciencia de vida y de muerte sobre todo lo que importa, sobre todas las primaveras posibles, tanto sociales como políticas, éticas o poiéticas, se están transformando y agotando no solo por una simple inacción de apariencia inocente, sino también por un sentido de pertenencia equivocado y asumido con respecto a la dormición pactada en una Sociedad Anestesiada o un Tinglado, como lo denomina Monterrubio, caracterizado por el tan presente como dilatado individualismo y pérdida del sentido de lo ciudadano y común, por la vigencia constante de la prisa, junto a la excesiva monetarización de los gustos y los afectos, el continuo abuso de lo publicitario en los medios de formación de masas, ayudado todo ello por la vigencia y presión de las redes sociales y las pantallas cada vez más inscritas a fuego en el ADN de las gentes. Pero de igual forma, no podemos olvidar que esta vinculación con las trampas, las tramas y el engaño total define unos vínculos altamente asimétricos con los detentores del poder que marionetizan un Sistema —el Tinglado— en el que los individuos dibujan y perpetran, llevados de la mano por la insensibilidad del hipnotizado, un No Lugar cada vez más triste definido por la desidentificación, el consumo, la inautenticidad de lo humano perdido en este turbocapitalismo desbocado y sin frenos que tanto nos minimiza.
En todo este desaguisado social y político, estético y económico, en este cúmulo de despropósitos que se anuncia y se denuncia en los diferentes apartados de este atrayente ensayo, observamos cómo, después de recurrir a la memoria de textos y fragmentos necesarios para esclarecer el camino de la reflexión, se plantea la posibilidad de una salida desde el diálogo y el debate por lo común, un agujero —por pequeño que sea— que aparece en la línea de flotación del Tinglado, junto al sincero y necesario legado de amor que nos llega desde Prometeo y desde su primavera sencilla llena de vida, legado que se ubica en la urgente lucha por la vigencia de un Estado Social que, a través del amor y la poesía, se abra frente a la cerrazón y ceguera ultracapitalista. Recordamos aquí aquellos sentidos versos sobre la fuerza del amor ante el mundo del gran poeta Miguel Ángel Velasco: «Donde el mundo / no hace pie; da una / de cal, otra de mezcla; da, de sesgo, / lo que vela y antorcha, sin cordura, / y el solo cuerdo allí, el amor, sigue batiendo / por los muros de fiebre y de sanguina». Por ello, el futuro ha de estar cargado de poesía y de conocimiento, nos vuelve a recordar Antonio Monterrubio en cierto momento clave de sus reflexiones. Cercano a esto cobran vigencia y actualidad las palabras de Nietzsche, quien en sus Fragmentos póstumos escribía: «No hay olvido. La operación de la visión y del conocimiento es demasiado compleja para que sea posible cancelarla».
Frente a este estado de cosas, alentadas por un capitalismo galopante y exacerbado, y la pérdida de libertades sociales, y desde la presencia ejemplificadora de los titanes, en el apartado titulado «El previsor y el mensajero», nuestro autor deja una puerta abierta, un aire de posibilidad contra la trama —contra el Tinglado— que nos mutila y limita, y defiende que solo en una profundización y radicalización necesaria de la democracia, centrada en los tres pilares: libertad, igualdad y fraternidad, puede anidar la esperanza para los posibles proyectos de emancipación del individuo, la comunidad y la humanidad entera. Por ello se coloca del lado de Spinoza, al que define como pensador de la alegría caracterizado por «no resignarse ante lo existente […] de no someter la razón a la realidad».
Así, ante todo ello, para salvaguardar esta primavera vital a la que se refiere a partir del propio título del ensayo, y como bien se encarga de abundar y proponer el autor, responder desde la palabra y la acción social, y no mirar hacia otro lado, se convierte en algo necesario y urgente. En este sentido, nada como las palabras de León Tolstói contra la estulticia con la que el Tinglado nos quiere rodear a fin de salir a la luz de la sinceridad y la razón: «Cuanto más soberbio es un hombre, más tonto lo consideran quienes lo utilizan, y no se equivocan, porque lo engañan de manera más obvia, y él no lo ve. Soberbia es sinónimo de estupidez».
Desde aquí, comprobamos que nos encontramos junto a un ensayo y unas reflexiones que, como se indica en la contraportada del libro, implica y pide una reivindicación de este tipo, pues «el aplastamiento de la verdad por el embuste y de la razón por la fuerza pone en peligro derechos duramente adquiridos y que creíamos consolidados». En este sentido, Antonio Monterrubio abre una vía de conocimiento y de lucha centrada de momento en la palabra necesaria. Esta vía abierta desde el conocimiento, el pensamiento y la alegría vuelve a recordarnos la importante presencia del amor, la vida y la muerte en este libro, al estilo en que aparece en el estupendo poema de José Ángel Valente cuyo primer verso «Mientras pueda decir» utilizamos en su momento para titular uno de nuestros libros de poemas, y donde Valente escribe: «Mientras pueda decir / no moriré. // Mientras empañe el hálito / las palabras escritas en la noche / no moriré. // Mientras la sombra de aquel vientre baje / hasta el vértice oscuro del encuentro / no moriré. No moriré. / Ni tú conmigo».
Bendita la vida y la fuerza que llega desde ensayos como La primavera y el titán. Entren en él, déjense llevar, las puertas están abiertas.
Antonio Monterrubio
Marciano Sonoro, 2024
256 páginas
18 €
Luis Ramos de la Torre (Zamora, 1956) es doctor en filosofía, escritor y músico. Es miembro fundador del Seminario Permanente Claudio Rodríguez y especialista en su obra. Ha escrito los siguientes libros de poemas: Por el aire del árbol y De semilla de manzana (2002), Entre cunetas (2015), Nubes de evolución (2017), Del polen al hielo (2017), Lo lento 2019), El dilema del aire (2020), Urgencia de lo minucioso (2021), el libro de sonetos Mientras pueda decir (2022), La serena estrategia de la luz (2023) dedicado al pintor zamorano José María Mezquita, La densidad de los números (2023) y Lo que funda el silencio (2024); los ensayos El sacramento de la materia (Poesía y salvación en Claudio Rodríguez) (2017) y Hacia lo verdadero (Cercanías a la vida y al arte en la poesía de Claudio Rodríguez) (2022). También el libro de relatos Con los ojos del frío (2021). Creador y miembro de Proyectos y Espectáculos Poético Musicales sobre diferentes poetas, como ENTRE CUNETAS (2018-19), DURADERO (2020) o AIRANTA (2024), ha grabado los discos La canción que cantábamos juntos (Madrid, 2001) y Por arroyo y senda (Madrid, 2003), además de El aire de lo sencillo (Urueña, 2007) sobre poemas de Claudio Rodríguez.

