/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /
Estaba delante de la puerta. Al principio pensé que mi mujer se había hartado de mí, ignoraba la posible causa, y me había dejado en la calle con cajas destempladas, es decir, maletas destempladas en este caso. Pero era una maleta pequeña. De las de viaje. La observé y supe que no era nuestra. Alguien la debió poner allí. Al tocarla se abrió. Dentro había una fotografía enorme de mi mujer y un papel escrito:
Si quiere seguir vivo usted y su esposa, lleve esta maleta a Gaspar Mesa, avenida de los Laureles, 15, y tráiganos su respuesta. Le esperamos.
Fdo. La Mafia China
¡Qué cosa más absurda! La amenaza de muerte no parecía broma. ¿Qué hacía la mafia china dejando una maleta en mi puerta? ¿Qué cojones estaba pasando? ¿Quién era ese Gaspar Mesa y qué tenía que ver yo con él?
Acudí a la dirección aquella. Era un almacén inmenso y vacío. Una gran puerta metálica descorrida dejaba ver el interior. Junto a la puerta había un hombre que comía un bocadillo, sentado en un cajón de madera. Bajé del coche y me acerqué a aquel tipo.
—Hola, ¿es usted Gaspar Mesa?
—Sí, ¿qué pasa?
Le mostré la maleta y la abrí para que la viera. Allí estaba la foto de mi mujer y la nota. Le di la nota.
—¿Qué es esto?
—Estaba en la puerta de mi casa. Léalo. Esperan su respuesta o me matarán a mí y a mi mujer, en ese orden.
—¿Quién espera la respuesta? ¿Por qué quieren matarlos a usted y a su mujer?
—Ahí lo pone, la mafia china, léalo usted mismo.
Leyó el papel. Luego me miró.
—¿Qué es esto?
—Eso ya lo ha preguntado. Quieren su respuesta.
—Aquí no preguntan nada.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿qué quieren que responda?
—Lo que usted prefiera. Pero debo llevarles su respuesta o nos liquidarán. ¿Comprende?
—Lo siento amigo, pero no sé nada de todo este lío entre usted y la mafia china.
—Yo diría que el lío es entre usted y ellos. No me han pedido mi opinión sino la suya.
—¿Mi opinión sobre qué?
—¿Cómo quiere que lo sepa?
En aquel momento llegó un vehículo americano de seis metros de largo y de él bajó una mujer. Debía de tener mucho temperamento.
—¿Qué está pasando aquí? —dijo.
—Aquí no pasa nada.
—Entonces, ¿quién es este caballero? —dijo señalándome.
—No lo conozco de nada.
—¿Qué quiere? —dijo ella.
—Mire —le mostré el papel.
—Ella no hizo caso del papel, pero se fijó en la foto de mi mujer.
—Anda, mira, si es mi compañera Olga del gimnasio.
—Es mi mujer.
—¿Y qué pasa con ella?
—Con ella, nada, pero si lee la nota verá que nos han amenazado si no llevo una contestación de este hombre.
—¿Una contestación a qué?
—Lo ignoro. La maleta estaba con el papel escrito y la foto en la puerta de mi casa. No sé nada más.
Ella leyó la nota.
—La mafia china, nada menos. Menuda broma. ¿No le parece que esto se pasa de rosca?
—Y tanto.
—Por cierto, el gimnasio al que vamos es de varios chinos. A ver si van a ser ellos los que le han enviado la maleta.
—¿Y por qué nos van a amenazar de muerte? Nosotros no hemos hecho nada, y menos a la mafia china. ¿Tengo yo aspecto de estar liado en ese tipo de cosas?
—¿Qué tipo de cosas?
—Las que sean, eso me da lo mismo. Pero debe ser algo gordo.
—¿Y tú qué dices, Gaspy?
El la miró con cara de aburrimiento.
—Estáis todos chalados, tú y ellos.
—Yo, ¿por qué?
—Por liarte con esa gente del gimnasio.
—¿No puedo apuntarme a un gimnasio sin que protestes?
—Siempre te estás metiendo en jaleos, eres una buscapleitos.
—¿Yo buscapleitos?, y tú un calzonazos que sólo sabes estar ahí sentado esperando que te caiga la breva.
—La breva ya me cayó contigo hace tiempo.
—Pues ya sabes lo que tienes que hacer. La puerta es bien grande.
—Un poco de calma —dije yo—. No he venido aquí para que discutan por asuntos que no sabemos aún en qué consisten.
—Vamos al gimnasio con esa maleta. Me van a oír esos chinos del demonio —dijo la temperamental señora llamada Gloria.
Convencido de que los del gimnasio podrían aclararnos aquel desagradable asunto, subí al coche con Gloria y la maleta y nos dirigimos al recinto gimnástico.
Aparcamos y salimos del coche en dirección a la puerta. Era un edificio en las afueras, en una calle ancha con árboles raquíticos a ambos lados. Al ir a entrar nos tropezamos con Olga, mi mujer, quien salía en aquel momento.
—Hola cariño —dijo Gloria.
—Hola, Gloria —dijo Olga mirándome—. ¿Qué haces tú aquí con ella?
—Veníamos a aclarar lo de la maleta.
—¿Qué maleta?
—Esta.
—¿Y qué le pasa?
—Estaba delante de nuestra casa, junto a la puerta. La he visto esta mañana al salir. No te lo había contado para no preocuparte. Los chinos quieren una respuesta.
—¿Qué chinos? ¿Los del gimnasio?
—A eso hemos venido, hermosa —dijo Gloria—. Esta gente nos va a aclarar qué está pasando con tu foto y la maleta.
—¿Una foto mía?
—Una que venía dentro. Se te ve en traje de baño —dije.
—Me vais a volver loca, no entiendo nada.
—Mira —dije, y le enseñé la nota—. Ella la leyó.
—Pero ¿cómo es posible? ¿Quién es el imbécil que ha escrito esto? Es una barbaridad. ¿De dónde la has sacado?
—Iba dentro, junto con tu foto. Por eso Gloria ha pensado que era cosa de los del gimnasio.
—¿Y por qué has ido a ver a Gloria? ¿No tenías nada mejor que hacer?
—No es lo que piensas. No tengo nada con tu amiga.
—Solo faltaba eso.
—Oye, guapísima, que yo tengo a mi Gaspar —dijo Gloria—, aunque no sé por cuánto tiempo.
—Por mí puedes estar toda tu vida, si te apetece. Pero no quiero que te pases con mi marido.
—No seas malpensada. Yo a tu marido ni lo conocía hasta esta mañana.
—Vale, lo que tú digas… Me voy a casa. Tengo cosas que hacer. Aclarar todo eso de los chinos y ya me lo cuentas. Menudos majaderos están hechos. Mira que amenazarnos. ¿Quién se han creído que son?
—No te preocupes, luego hablamos.
El encargado del gimnasio era un chino de dos metros y una espalda como Manchuria de grande. Se llamaba Chu. Nos hizo pasar a su despacho, un cuchitril polvoriento y oscuro, lleno de trastos viejos.
Le enseñamos la maleta, la foto y la nota escrita. Lo miró todo con calma y nos lo devolvió.
—¿Qué es esto?
—La maleta estaba delante de mi casa.
—Ah, ¿sí?
—Como lo oye.
—¿Y qué quiele de mí?
—Quiero hablar con sus jefes, los dueños del gimnasio.
—No los conozco.
—Venga, vamos, que no somos idiotas.
—Yo tampoco.
—Sus jefes tienen que saber algo de todo esto. No se puede ir amenazando a la gente de muerte porque sí. Es un asunto demasiado grave y hasta que no lo aclaremos no pensamos irnos de aquí —dijo Gloria.
—¿Pol qué piensa que esto es cosa de mis jefes?
—Lo pone en la nota bien claro, o es que no la ha leído.
—Sí, la he leído. Ahí no pone que hayan sido los dueños de este local.
—La mafia china. ¿Qué le parece que es eso?
—No sé, ¿qué le palece a usted?
—Pues que unos dueños que no se dejan ver, no son trigo limpio, y todo esto me huele mal. Además, de dónde iban a sacar una foto de mi esposa en bikini.
—Eso no es cosa mía. Ya le he dicho que no conozco a los dueños. No sé ni cuántos ni quiénes son. Eso no es delito. Lálguense de aquí antes de que tenga que echarlos de otla manela.
—Está bien. Pero esto no va a quedar así. Al menos podrían haber dicho a qué tiene que responder el señor Gaspar —dije.
—Si es usted tan amable como parece, haga el favor de preguntar al dueño qué es lo que quiere saber, y si mi Gaspy lo sabe se lo dirá, pero para eso no hace falta ir diciendo a la gente que se la van a cargar.
—Vale. Lo halé.
—¡Ah, canalla! ¿No dice que no los conoce?
—Pelo puedo esclibirles a un teléfono que tengo. Es lo único que puedo hacel pol ustedes.
Le di a Chu mi número de móvil para que me enviara la pregunta y nos fuimos.
Dos días después, aún no tenía noticias de Chu. En la puerta de mi casa había otra maleta parecida a la anterior. Dentro había otra foto grande de mi mujer junto con otra nota.
Lo sentimos, ha habido un lamentable error. No se trata de Gaspar Mesa, sino de Gaspara Armario Tejado, para sus amigos, Gasparsilla, de ahí la confusión. No se preocupe, porque al empleado que metió la pata ya le hemos metido plomo suficiente para cerrar las minas de Almacén.
La nueva dirección es calle el Olivo, número 16, octavo J. Cuando tenga la respuesta le rogamos que nos la envíe a la siguiente dirección
Calle del Carro, 7 octavo M izquierda.
En caso de no tenerla en nuestro poder dentro de diez días, usted y su mujer tendrán plomo.
Un abrazo
La Mafia China
PD. Las dos maletas se las pueden quedar como compensación por las molestias.
Punto final. Menuda carta. Más maletas. Seguro que quien la envió tiene una tienda donde las vende. Debe tener docenas, o centenares. ¿Y a santo de qué tanta foto de mi mujer con poca ropa? A alguno de aquellos orientales seguro que le había gustado. ¿Cuándo se habría hecho todas aquellas fotos?
Olga se puso histérica. Llamó a Gloria y le contó las novedades. Quedaron a tomar café y ver qué se podría hacer. Había que volver a hablar con Chu.
—Siguen sin preguntar nada. ¿Qué respuesta les vamos a dar?
—Nosotros ninguna. Tiene que dársela esa tal Gaspara, o Gasparsilla, o como se llame. Puede que ella sepa de qué se trata. Tendré que ir a verla… Por cierto, ¿de dónde habrán sacado tantas fotos tuyas casi sin nada?
—¿Cómo que «tantas fotos»? Solo han sido dos, que sepamos… No tengo ni idea. Como no sea cuando hicimos un festival en el gimnasio y fueron unos tipos que estuvieron haciendo fotos toda la tarde… Seguro que me sacaron esas sin que me enterara.
—En ese caso, esos fotógrafos hijoputas están en el ajo. Deberíamos preguntarle a Chu que de dónde salieron y hacerles una visita. Pero creo que voy a contratar a un detective. Todo esto me viene grande. Alguien que se encargue de hablar con Chu, con los fotógrafos y con esa tal Gasparsilla.
Espinilla era un detective colegiado que me recomendó Gloria, quien por lo visto ya había tenido que echar mano de sus servicios en más de una ocasión. A saber la vida que llevaba la tal Gloria.
Por la tarde, mientras Olga y Gloria tomaban café, acudí a la oficina de Carlos Espinilla. Le expliqué todo el asunto.
—Está bien —dijo—, no tiene de qué preocuparse. Tengo contactos con la mafia china y voy a informarme de qué está pasando con el asunto de las maletas. Iré a ver a Gaspara Armario y me daré una vuelta por el gimnasio. Pierda cuidado.
Me fui un poco más tranquilo.
Gaspara era una mujer de mediana edad y aspecto agradable.
—Vengo porque a mi cliente le han dejado en su puerta esta nota —y le mostró el segundo papel. Ella lo leyó con detenimiento. Estaban en la puerta de la casa de ella. Ni él pidió entrar ni ella lo invitó. Era una calle ancha y con pocos edificios.
—¿Dónde están la maleta y la fotografía?
—Las tiene mi cliente. ¿Cómo lo sabe?
—Porque era lo pactado.
—¿Y para qué las necesita?
—Eso es cosa mía.
—En ese papel pone que mi cliente puede quedarse con la maleta.
—Aquí habla de dos maletas.
—También habla de que hubo un error en la primera.
—Necesito las dos con las fotos, o no habrá respuesta ni pregunta.
—Muy bien, hablaré con mi cliente y la llamaré.
Aquel primer encuentro con Gaspara fue decepcionante para Espinilla y para mí. Que para emitir su contestación necesitara las fotos de Olga así como las maletas, que la nota aseguraba que podía quedármelas, me pareció injusto. Decidí actuar por mi cuenta y fui a la dirección donde debía entregar la respuesta de Gaspara a un asunto que no terminaba de estar claro.
La calle del Carro, 7, era un edificio cochambroso de catorce plantas que no contaba con ascensor. Las escaleras se hallaban atestadas de gente que hacía de todo, desde orinar hasta dormir la siesta, fumar marihuana, jugar a las cartas, como si en el interior de las viviendas no hubiera espacio para todo eso. Pero los inquilinos preferían preservar sus espacios íntimos y pasar el tiempo en sociedad. Después de subir a pie ocho pisos esquivando toda clase de peligros, allí estaba frente a la puerta M. Llamé y salió a abrir un hombre sin afeitar con una guitarra y con aspecto de haber estado bebiendo un rato para entonarse. No parecía chino, ni siquiera indochino.
—¿Es a usted a quien tengo que traer la contestación?
—Ha acertado —dijo con voz pastosa después de mirarme un rato antes de decidirse a contestar.
—¿Y por qué no van ustedes mismos, ya que saben dónde vive, y se lo preguntan directamente, en lugar de amenazarme a mí y a mi mujer que no la conocemos de nada, y de enviarme dos maletas con fotografías de mi esposa en bañador?
—Cuando dice «ustedes», ¿a quién se refiere? Aquí solo vivo yo.
—Me refiero a la mafia china.
—¡Ah! Eso… Menuda idiotez.
—Entonces todo este estúpido asunto se lo debemos exclusivamente a su imaginación…
—La de mi esposa: ella es el alma de toda la operación.
—No sé si llorar o reírme. ¿Sabe que nos ha tenido una semana con el alma en pena o en vilo, con el corazón en un puño? ¿No se le ha ocurrido pensar que amenazar de muerte a la gente no es una cosa honorable?
—No, si ya se lo dije yo a Natacha, que me parecía exagerado hablar de liquidarlos a ustedes. Se lo dije varias veces sin ningún resultado.
—Y por qué dice la señora Baltasara o como se llame que quiere las maletas y las fotos. En la carta decía que nos las podíamos quedar, y, la verdad, nos vienen muy bien para hacer un par de viajes que queremos hacer…
—Eso es cosa de ella. Su novio tiene una tienda de maletas que ha usado para hacerles un poco de publicidad. Si la cosa estallaba y se hacía pública, eso podría ser un éxito para la tienda del novio, un tal Domingo. Y no es Baltasara: es Gaspara.
Por supuesto, las maletas no las devolví.
Pensaba que todo estaba aclarado. Por la tarde apareció Espinilla en mi casa. Vino a traer sus honorarios de los cuatro días que había estado trabajando para mí. De paso me dijo que había ido al gimnasio y que allí no había ningún Chu. Había desaparecido. En su lugar contrataron al novio de Olga, que era un hombre no demasiado aficionado a la gimnasia, pero que sabía dirigir todo aquello como un profesional.
José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.

