/ por Rodolfo Elías /
Hablar de música y de tiempos modernos nos remite irremediablemente a una palabra: fusión. Hoy por hoy las cosas cada vez se mezclan y se fusionan más entre sí. Ahora, si lo ponemos en términos musicales, un nombre viene a la mente: Carlos Santana. El de la guitarra que llora, epitome de fusión, visión y pasión por la música. Con un legado que ha forjado a lo largo de sesenta años de carrera, Carlos nos ha dado música para escuchar, cantar, bailar, meditar; o simplemente para una inspirada sesión de lovemaking.
Hay bandas de rock prominentes por su guitarra. La guitarra de Jimmy Page con Led Zeppelin, el Fleetwood Mac de Peter Green, Jimi Hendrix Experience, Cream y Santana. Irónicamente, la irrupción de Santana en el gran escenario mundial de la música no fue con su distintiva guitarra. Fue el órgano Hammond de Gregg Rolie, antecedido por la sección rítmica (12 segundos de percusiones, batería y bajo), el que nos introdujo a un mundo híbrido de sonidos exóticos, atípicos en el rock de la época. Solo dos minutos más tarde se escuchan las primeras notas de la guitarra y Carlos Santana se da a conocer al mundo en el mítico Festival de Woodstock. La pieza es Waiting, que, como su titulo lo indica, está cargada de anticipación. Una estrella había nacido.
Aparte de su música, la vida de Carlos Santana es también sinónimo de sensibilidad y de hibridez cultural por donde la veamos. Y es que el guitarrista nunca tuvo a menos su condición bicultural de mexicano en los Estados Unidos, sabiendo aprovechar al máximo lo mejor de ambos mundos; factor al que tanto debe su música. Su influencia primordial fueron el blues, el rock and roll y luego el jazz, que fue la cereza en el pastel; para una amalgama de música que creó un estilo sensible e internacional, junto con bandas como Weather Report, Crussaders y el Return to Forever de Chick Corea.
Desde sus inicios en Tijuana, México, cuando tocaba el violín en el conjunto de mariachi de su padre, Carlos se estaba forjando ya un estilo propio, al trasladar el sentimiento extraído del arco y las cuerdas del violín a los viriles rasgueos de la guitarra eléctrica. Recuerdo yo que aún antes de saber que él había tocado alguna vez ese instrumento, por su forma sentida de tocar la guitarra me hacía pensar en el violín de Laurito Uranga en las canciones de Agustín Lara.
Otro dato curioso es el hecho que, aun antes de grabar un disco, el estilo depurado y ecléctico de Santana los llevó al éxito inmediato en el momento que se dieron a conocer al vasto público de Woodstock, en aquel memorable concierto. Hecho que en sí mismo fue un completo acto de osadía, si tomamos en cuenta que la gran mayoría de los músicos que tocaron allí eran músicos consagrados y de gran renombre mundial, entre los cuales figuraban The Who, Jimi Hendrix, The Band y Crosby, Stills, Nash & Young.
La pieza con la que la banda se consagró en Woodstock —con Carlos pasadísimo en ácido— fue Soul sacrifice. Y aunque nunca ha sido una de mis favoritas, la puedo usar como ejemplo del sello musical de Santana, porque epitomiza la fusión del sonido afroantillano —con su abundancia de percusiones— con la música rock. Y las notas de esa guitarra, que lo mismo podía ser agresiva y exaltada o amable y sutil; pero siempre inspirada. Algo parecido a lo que hacía Miles Davis con la trompeta, a quien se le atribuye —a propósito— el ser el progenitor del llamado jazz-rock con su álbum Bitches Brew, que fuera todo un acontecimiento en el jazz moderno.
John Lennon, Paul McCartney y George Harrison fueron compositores y artistas extraordinarios, pero como solistas probablemente no hubieran conseguido lo que lograron con los Beatles. De la misma forma, fue la alineación especial de la banda Santana la que hizo al nombre y al hombre, Carlos Santana. La alineación inicial consistía en Carlos Santana (guitarra y voz), Gregg Rolie (teclados y voz principal), David Brown (bajo), Michael Shrieve (batería), José Chepito Arias (percusiones), y Michael Carabello (percusiones).
Este año, Abraxas, segundo álbum de Santana, cumplirá 55 años de su lanzamiento; un verdadero bombazo. Fue este el álbum que los consolidó como banda y como acto musical de primera clase en la escena del rock. De ahí salieron éxitos como la instrumental Samba pa ti y los covers Oye como va y Black magic woman, que hasta la fecha se escuchan en los estaciones de rock clásico y que mostraron la faceta de la banda como grandes interpretes de covers. Legendarios también son los covers de la canción She’s not there, de los Zombies, y Stormy de los Classics IV. Después vendría la que para mí fue la mejor versión de la bella canción de Junior Walker, What does it take (to win your love).
Verdadero documento musical es la canción Oye como va, de Tito Puente, en la que Santana, siguiendo el ejemplo de Ritchie Valens con La bamba, logró poner una pieza cantada totalmente en español en los anales de la música en inglés —y mundial—, traduciendo el español de la pieza al idioma universal de la música. Ahí consolidó la unión del ritmo latino con el rock, al sustituir los metales de la original por unos enérgicos riffs de guitarra. Y quiero recalcar aquí el magnífico solo de órgano Hammond B-3 de Gregg Rolie —a quien no se le ha dado el crédito merecido por su trabajo con la banda, como músico y vocalista— que es de antología.
Como guitarrista, Carlos Santana no está nada mal. Al punto que nunca se le ha notado timidez o complejo alguno cuando ha compartido escenarios con monstruos sagrados de la guitarra tales como Eric Clapton, Jeff Beck o Paco de Lucía, entre tantos otros. Derroche de alta autoestima, que se debe al hecho de tener un estilo muy propio y una capacidad prodigiosa de decir con su música lo que siente; haciendo esto de una forma concisa al no requerir muchas notas para proyectar lo que siente.
Las notas de su guitarra, que a veces son prolongadas pero nunca excesivas, evocan el sentimiento del violín en melodías como las instrumentales Samba pa ti y Europa. Lo que da testimonio de una sensibilidad extraordinaria y demuestra, además, que no se requiere de toda la pericia y destreza musical para hacer algo con lo que se tiene y proyectar lo que se siente. «Cuando tocas, estás trayendo luz a la oscuridad», dice él.
Por último, quiero acotar aquí que la inspiración de Europa proviene de una de las bandas pioneras de la llamada música grupera en Latinoamérica. Me refiero a los Ángeles Negros, con su canción Y volveré. Quise usar este dato para ilustrar la capacidad asimilativa y apreciación musical tan ecléctica de quien se proclama un ciudadano del mundo. Con esto los dejo.
Imagen destacada: concierto de Santana en Hamburgo, en 1973, fotografiado por Heinrich Klaffs
Rodolfo Elías, escritor en ciernes nacido en Ciudad Juárez y criado en ambos lados de la frontera, colaboraba con la revista bilingüe digital, hoy extinta, El Diablito, del área de Seattle. Sus textos han sido publicados en la revista SLAM (una de las revistas literarias universitarias más prominentes de Estados Unidos), La Linterna Mágica y Ombligo. En la actualidad trabaja en dos novelas, una en inglés y otra en español.

