/ por José Manuel Ferrández Verdú /
Tras cinco años esperando la llegada de Godot sin que este se dignara a aparecer, Vladimiro y Estragón estaban un poco hartos y todo lo que hacían era quejarse, requejarse y maldecir. Una mañana, Estragón le preguntó a su compañero:
—¿Sabes por casualidad si fracta mucho para que venga?
—Pero qué dices, animal, ¿qué manera de hablar es esa?
—No sé lo que me ha pasado… Me ha salido así, espontáneamente. He tenido una especie de inspiración. ¿Qué he dicho?
—Has dicho «fracta», en lugar de «falta». ¿Te parece bonito y propio de un mendigo de tu talento?
Justo en ese momento, el matemático Benoit Mandelbroth, el fabricante de fractales polaco, pasaba por allí y los oyó hablar. Entonces, dirigiéndose a ellos, les dijo:
—No es «fracta», sino «fractal», caballeros, y deberían tener más cuidado cuando hablen de cosas que no entienden.
—¿Se puede saber quién es usted?
—Eso es lo de menos. Pero conviene que se enteren de una vez de lo que es un fractal.
—¿Y qué es?
—Una cosa que se repite, pero cada vez más pequeña.
—O sea, como el ajo. ¡Vaya tontería! Eso no sirve para nada, porque, si cada vez es más pequeña, llegará a desaparecer.
—Milagrosamente, nunca desaparece.
—Nosotros llevamos cinco años esperando a que llegue un sujeto y nuestra paciencia se ha terminado, ¿lo entiende?
Mandelbroth sacó una libreta y un boli y se puso a hacer ecuaciones y más ecuaciones hasta llenar varias páginas.
—Eso tiene arreglo —dijo .
—¿De verdad?
—Sigan el sendero aquel —y señaló un fractal que había en medio del campo y que conducía hasta el infinito.
—¿Y qué vamos a encontrar?
—A su amigo, ese que no viene. Creo que no puede llegar, porque debe de andar infinitamente perdido.
—¿Cinco años perdido?
—¡Bah! Eso no es nada: hay quien se ha perdido varios milenios y luego ha vuelto como si nada.
Ellos se miraron.
—¿Qué hacemos? —dijo Estragón.
—Vamos.
—Esto es un laberinto —dijo Estragón cuando llevaban tres cuartos de hora andando—, y creo que conduce hasta un lugar que no existe.
Pronto llegaron hasta la puerta del infinito.
Al abrirla, un viento enorme irrumpió contra ellos y los arrojó de nuevo al principio de los tiempos primitivos, dándose de bruces contra el famoso dinosaurio de la novela de Monterroso.
—¿Sabrían indicarme por donde se va a la literatura hispanoamericana? —les preguntó el dinosaurio, que era un literasaurio monterrosus—. Creo que yo debería estar dentro de una famosa obra literaria y no aquí, en mitad de la prehistoria.
—Por eso no se preocupe —le dijo Estragón—. El otro protagonista está todavía durmiendo un pedazo de siesta de aquí te espero, dos o tres veces más grande que la siesta del fauno de Mallarmé, y el fauno ni siquiera ha empezado a dormir el preludio a dicha siesta que le escribió Debussy. De hecho, el protagonista de la novela de Monterroso no hace más que despertarse, preguntar por usted y volverse a dormir. Según la crítica especializada no piensa despertarse del todo hasta que llegue usted, así que no tenga prisa.
En ese instante apareció Godot, que llevaba en la mano un cojín.
— Perdonen, ¿saben si hay por aquí algún lugar donde dormir una buena siesta a la italiana?
—Precisamente hablábamos de eso. Este bruto anda buscando a uno que duerme una siesta famosa.
—¿Para qué?
—Porque debo asistir al despertar literario del durmiente.
—El despertar literario —dijo Godot como para sí mismo—. Buena cosa es esa. Ojalá yo tuviera esa posibilidad.
—¿Cómo es ello, cuál es su problema?
—Que yo debería haber acudido a una obra de teatro y sin embargo desconozco el lugar y el momento apropiado para hacer acto de presencia y aparecer así en el marco de la literatura universal. Sería como mi despertar literario al mundo y a la vida.
—¿Y por qué no va?
—Ya se lo he dicho: no sé dónde se celebra. Lo único que sé es que hay dos idiotas esperándome hace ya mucho, y eso me pone nervioso. Estoy desesperado.
—¡Anda, carajo! —dijo Vladimiro—. ¿No se llamará usted Godot, por casualidad?
—Sí, ¿por qué?
—Permítame que me presente. Me llamo Vladimiro y mi amigo Estragón, y somos los dos idiotas que lo estamos esperando desde el final de la guerra, y maldita la gracia que nos hace. Usted se queja, pero me gustaría verlo en nuestro lugar. La obra lleva representándose en París desde hace décadas y ni un solo día se ha dignado usted a aparecer por allí, ni siquiera de incógnito, como espectador. Creo que a eso se llama «abusar», ¿no?
Godot se quedó mirándolos y, al ver su aspecto andrajoso, se rio a carcajada batiente.
—¡No me digáis que sois vosotros los que me esperabais! Y yo preocupado por si se trataba de alguien importante. Maldita sea mi estampa. ¿Y se puede saber para qué tanta monserga de espera si solo sois dos pordioseros?
—Eso se lo pregunta a Sam, que es quien nos recomendó que lo esperásemos.
—De modo que ha sido el maldito Sam quien me ha metido en todo este lío, y a vosotros también.
—Y le dieron el Premio Nobel por eso mismo —dijo Estragón.
Por otra parte, el durmiente de Monterroso era una joven sureña de ojos infinitos y tez morena, cabello negro como la pez y esbelta figura. Se la veía feliz en una cama situada en medio del campo, rodeada de árboles y arbustos de todas clases. De vez en cuando se removía sobre las sábanas. Un tal Gómez que paseaba por allí y vióla, creyó que la joven acaso no tuviera un hogar donde proteger sus anhelos y pensó que podría ayudarla, de manera que dirigióse hasta ella, pero un guardián insospechado se interpuso entre él y la doncella y, con una rapidez sobrehumana, levantó un muro alrededor de la joven durmiente.
—Esta joven es la ley y tú no puedes entrar aquí.
—¡Pero si solo pretendía ayudarla!
—Eso dicen todos.
—¿Es que han venido otros?
—No, solo tú.
—¡Cáspita!
—Esta joven está aquí solo para ti y para un dinosaurio que tiene que venir para estar aquí cuando despierte.
—Pues si está solo para mí, ¿por qué me impides aproximarme hasta sus encantos?
—Es solo para ti, es decir, para que tú seas el único que no la consigue; ella es la ley. Y no intentes sobrepasarme, porque detrás de mí hay once mil guardianes más poderosos que yo. Fíjate que yo soy el más benévolo y no te liquido aquí mismo. Con el siguiente, tendrías que pasar un curso de nueve años sobre el idealismo alemán y el posterior te leería sin parar a Proust hasta agotar tu paciencia. El otro pondría a prueba tu sensibilidad leyéndote durante tres semanas seguidas poesía moderna durante las veinticuatro horas del día, y cada uno peor que el anterior, así hasta once mil que están deseando cumplir con su deber.
Ante tanta brutalidad, Gómez decidió continuar su camino. Se dirigía al infinito, porque le habían hablado bien de él y allí quizá podría saciar su deseo desatendido por la ley.
Godot y el dinosaurio prosiguieron juntos en busca de la durmiente. Al cabo de varios días, dieron con un fauno que estaba tumbado sobre una cama de hojas de laurel, dormido en los laureles.
—Eh, tú —dijo Godot—. ¿Puedo acompañarte a dormir?
El otro se despertó y, al ver a aquella pareja de seres, quedó pensativo.
—¿Alguno de vosotros es un dinosaurio?
—Yo —dijo el dinosaurio.
—Bien, pues ya está.
—¿Ya está qué?
—El preludio. He oído decir que, en cuanto llegaras y me despertara, podría ir a cobrar.
—¿Pero de qué preludio hablas, cabeza de chorlito?
—El de Debussy, el preludio a mi siesta.
—Pues ya puedes empezar a dormir la siesta.
—Joder, estoy de dormir hasta arriba. Total, para cobrar una miseria.
—Eso no es asunto mío. Más vale que pongas atención o no te vas a enterar de nada. Quien tiene que despertar cuando yo llegue es el que duerme en la novela de Monterroso, ¿lo entiendes ahora?
—Supongo que sí. En tal caso, muchachos, voy a seguir con lo mío —y se tapó de nuevo, para seguir durmiendo después de comprobar el orinal.
—Creo que iré a través de aquellos hermosos fractales de colores que veo por aquel lado —dijo el dinosaurio—. ¿Vienes conmigo?
—Espero que me esté esperando alguien que merezca la pena.
Retomaron el camino y cuando estaban acercándose apareció la figura de Dios, que, cerrando la puerta del infinito detrás de él con un fuerte portazo de indignación, se dirigió a ambos con estas terribles palabras.
—¿Se puede saber qué hacéis aquí a estas horas?
Ellos se miraron mutuamente y Godot le preguntó a Yahvé:
—¿Qué hora es?
—¡Ninguna! —exclamó colérico el supremo hacedor.
—¿Entonces cuál es el problema?
Dios se mesó las barbas tranquilamente, con la dignidad que su semblante exigía.
—Está bien, hablemos de otra cosa. Tengo que juzgaros o, de lo contrario, me van a poner de vuelta y media entre los medios y las fake news. Vamos a ver, ¿cómo os declaráis?
—Hemos venido siguiendo el curso de un fractal.
—¿Habéis intentado entrar en el infinito?
—No, que yo sepa.
—Nosotros sí —dijeron los mendigos, que llegaban rendidos desde la prehistoria—, pero un viento poderoso nos arrastró hasta el principio de los tiempos .
—Seguro que era el Espíritu Santo, que salía en ese momento a dar una vuelta. Es un poco exagerado para sus cosas, pero no se lo tengáis en cuenta: no lo puede evitar. ¿Queréis ver el infinito de verdad?
Ellos no sabían qué contestar: tenían un poco de miedo.
—No os vayáis a rajar ahora. Además, yendo conmigo nadie se va a atrever a meterse con vosotros.
Dios abrió la puerta y pasaron los cinco. Había una campiña muy agradable que se extendía muchos kilómetros, tal vez infinitos, de prados ondulados y pequeños grupos de árboles y trigales moviéndose al viento del atardecer.
—¿Y esto es el infinito? —dijo Godot.
—¿Qué esperabas?
—Pues no sé. Algo mucho más raro, más grande, enorme…
Continuaron caminando hasta llegar a un pueblo donde había una plaza y entraron a un bar de tapas. Había tantas sobre el mostrador que se perdían en lo profundo de la barra.
Pidieron unos caracoles, y cuando intentaron comerse uno, se les atragantó y hubo que llamar al arcángel Gabriel, que lo extrajo con una trompeta de superficie infinita. Se lo había tragado con cáscara y se le clavó una asíntota de la espiral.
Pidieron la cuenta.
—La traerán dentro de ocho milenios —dijo la divinidad.
—¡Cáspita! ¡Sapristi!
—Y si intentáis pagar antes de veinte siglos se pondrán nerviosos y os llevarán a magistratura.
Un poco más allá estaba Aquiles hablando con Borges y el griego extendía los brazos totalmente para explicarle al escritor cómo era de grande la distancia que lo separaba de la tortuga. Borges le dijo que, dado el resultado de la carrera, más le valía apuntarse a un gimnasio, a ser posible lleno de espejos y tigres. Seguro que aprendía a correr más deprisa.
Al rato entró Joseph K. y saludó a Dios.
—¿Cómo va eso? —dijo K.
—Vamos tirando. ¿Y lo tuyo? ¿No se sabe aún nada del proceso?
—He recibido una carta de un conde, Drácula creo que se llama, rogándome que fuera a su castillo. Lo más seguro es que quiera ayudarme. Un tal Orson Welles también me ha llamado para darme ánimos.
Tu proceso se está alargando demasiado y tal vez no te dé tiempo a terminarlo antes del juicio final.
—¿Otro juicio? —dijo K.
—Este es el último.
—Creo que voy a perder el juicio como siga sin aclarar lo mío.
—¿Qué tonterías dices? —dijo Dios.
-—Mi proceso, a mi juicio, es desesperante. Cuando pregunto por el origen de mi culpa, me remiten a la ley, y allí solo hay gente poco leída que no cree nada de lo que les digo. Hay un tipo tirado en el suelo como un ocho dormido.
—Me da lo mismo ocho que ochenta —dijo Dios—, pero el que la hace, la paga, no faltaba más. ¿Ves a estos? Pues van a ser juzgados por faltar a la ley de enjuiciamiento criminal, que prohíbe terminantemente atravesar la puerta del infinito, y ni siquiera llegar hasta ella, sin la debida documentación.
—¿Qué documentación?
—Una documentación infernal. Hay que solicitarla directamente al séptimo círculo del infierno. Solo un ser perverso y protervo podría rellenarla sin ignominia —dijo el ser supremo.
—Cantor ya estuvo aquí hace tiempo —dijo K—. Recuerdo habérmelo encontrado mientras paseaba. Él tenía sus propios puntos de vista sobre el infinito, que, por cierto, no eran muy extensos. De hecho, no creía que el infinito fuera tan grande ni estuviera tan lejos como decían todos. Cuando yo le dije que mi proceso tal vez fuera infinito, se puso a reírse y me invitó a un tequila.
—Mira, muchacho —me dijo mientras bebíamos—, que no te confundan los abogados. Que no te influya su número, sino su indefinición. Cuando los veas dudar de tu asunto, explícales que un conjunto de abogados y jueces siempre es numerable y que los vas a eliminar a todos de una manera biunívoca, poniéndolos en correspondencia biyectiva con un conjunto prieto y compacto de números reales. Cuando te oigan hablar de correspondencia, se van a echar a llorar. Lo que más temen en el mundo es recibir cartas desde la realidad; esto los hace temblar, y se les caen de las manos los legajos y las estipulaciones. Háblales de Peano y Russell y los verás salir corriendo como perseguidos por Aquiles.
—¡Ja! —dijo K—. Menudo perseguidor. Ese no es capaz ni de alcanzar a una tortuga clásica sin deconstruir el espacio como si fuera un plato alternativo.
—Quedas avisado.
Después de eso, todos menos Dios se internaron en el bosque en busca de la ley. Al llegar, vieron al guardián y se asomaron por los laterales para ver lo que había por allí. Así vieron a la joven a quien Godot tomó por la bella que lo esperaba desde siempre. Gómez intentó de nuevo convencer al gigantesco guardián con ayuda de los dos mendigos, Godot y el dinosaurio, el cual también lo urgió para que lo dejara entrar o, de lo contrario, la joven se despertaría erróneamente cometiendo un disparate literario.
—No vaya a cometer la tontería de equivocarse.
—Si dejo entrar a Gómez, K se enfadará; y si no dejo entrar al dinosaurio, el que se va a poner nervioso será Monterroso. Y usted no pinta aquí nada —dijo dirigiéndose a Godot.
De manera que el monstruo pudo pasar mientras desde afuera los otros veían como la joven despertaba en compañía de la bestia, y los mendigos aplaudieron al ver tanta felicidad literaria.
José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.

