/ un relato de Jaime Tovar Iglesias /
Fotografía destacada de Alexiou Constadinos
—Mijo, no gaste pólvora en gallinazos. Asegúrese de que esté su cabeza en buen sitio.
Tomás Patrón tose con fuerza, carraspea, lágrimas se asoman por el esfuerzo.
—No deje que nada le robe la tranquilidad —se soba la nariz con un pañuelo—. Mírese, usted es joven, búsquese una noviecita. Pero una buena, no alguien que le monte los cachos cada vez que usted se voltee.
Tito Uribe ayuda a Dorita con las mesas. En la cocina, le echa una mano; trocea las cebollas y pimientos, lava los platos, cacerolas, y esta siempre le ofrece un plato de yuca frita y arroz con frijoles. Melchor el Camello sale a la calle, agarra las sillas, las mete a la cantina. De nuevo, la lluvia bogotana. En la cocina se oye un estruendo de platos rotos.
—¡Tito! —gruñe Dorita—. ¡Mijo, usted desbarata hasta un balín!
Tomás Patrón se ríe.
—Será como la tercera vez esta semana —continúa con una carcajada—. Ya habrá roto como treinta. Pobre Dorita, el palo no está pa’ cucharas.
La tasca de pronto se apaga. Todo oscuro. La música se detiene.
—¡Otra vez! —se queja Melchor.
Tomás Patrón y yo miramos hacia la calle. Las luces se filtran en el bar. Dos clientes se levantan y acompañan a Melchor a la puerta, a los segundos resucitan las bombillas, vuelve el ruido de las máquinas, revive la música de Rafael Escalona de fondo.
Tomás Patrón me mira, finge una sonrisa:
—Esa es otra vaina de la que no nos libramos, joven: los apagones. A cada rato llegan.
—Por lo visto en Cuba hay muchos —añado—, cada vez más. Cuando yo vivía en Dresden, amigos míos cubanos me contaban que la isla estaba envuelta en tinieblas a cada rato.
—Ya lo creo —responde—. Cuba; mi adorada isla. Aún recuerdo cuando viví allá. Solo fueron unos meses; cuando la Dirección Nacional nos mandó para el adiestramiento militar.
—¿Podría hablarme de eso? —me interesé, sacando una libreta.
—¿Tanto interés tiene, sumercé? —pregunta—. ¿Tanto le interesa hablar con un viejo como yo?
Toma un trago, se frota las manos, se las lleva a la cara, se acaricia el bigote.
—Tras la toma de la embajada de la República Dominicana, el comando se movilizó a Cuba —me dice—. Antes de estos episodios marché al pueblo, mi mamá se moría. La pobre viejita, ¿por qué no le hice caso? ¿Usted tiene a sus papás vivos?
—Sí —respondí, instintivo. Sin darle explicaciones de que Fernando no era mi padre, ni que la Sasa y Gonzalete eran los hermanos del segundo matrimonio de mi madre.
—Pues cuide ese tesoro. Agarre cada consejo de sus papás y guárdelo como oro ¿oyó? Míreme a mí ¿de qué me sirvieron las proclamas, la justicia social? ¿qué recibí? golpes, detenciones, miedo. Pero le aseguro, no me arrepiento de nada. ¿Sabe? A pesar de todo, estoy contento. Ahorita, que ya peino canas, me miro y veo que no desbaraté mi vida pagando facturas. Como le contaba. El comando se entrenó en Cuba, y al cabo de los meses regresamos a Colombia. Desde ese episodio volví a creer en Él, en su divina voluntad.
Saca de la chaqueta una cartera de cuero. Observa una estampa del Sagrado Corazón de Jesús.
—Desde ese episodio, dejé de ser ateo.
—¿A qué se refiere, Tomás?
—A las expediciones del Pacífico; aquella aventura en la que volví a nacer. Treinta y cinco compañeros desaparecieron y tan solo unos cuantos sobrevivimos.
Frunce el ceño, cierra los ojos, se acaricia el mentón.
—Teníamos una misión; desde Panamá, adentrarnos en el país por las costas del Chocó, y así fue cómo tras un largo viaje, una columna de compañeros llegamos a la Ensenada de Utría. ¡Si viera! Un paraíso de playas vírgenes, espesos rimeros de árboles apiñados, y tras alfombras de arena blanca, la inmensa selva.
Encallan en la orilla. Chapotean, saltan, ¡ya llegamos!, gritan. La ensenada de Utría: aquellas aguas azules, médanos blancos de arena espesa, los guijarros, los bejucos entre la maleza. Cuarenta combatientes se adentran en la selva. ¿Qué se respiraba? ¿Miedo? ¿Confusión? No había un plan estricto de la expedición, pura improvisación, valentía entre los rumores de la naturaleza, los pájaros, las alimañas, el fragor hostil de la manigua y esa amalgama de peligros verdes; la voz de la Chiqui. Y con ella, siempre su diario. Se adentran. Unos se miran a otros extrañados; los ojos de los guerrilleros, brillantes de fascinación, vigilan con zozobra. «¡Tengan cuidado!», se van ordenando unos a otros. Observan entre las palmeras, las ceibas, los cedros, por el dosel selvático. ¿Estarán allá? Los ojos amarillos de los emberá se escurrían entre los helechos. ¡Pobres indios! ¿Entendían cristiano?
—Teníamos órdenes de ir dirección al oriente —precisa Tomás Patrón—, hacia las cordilleras. Y más allá, la frontera entre Antioquia y Risaralda. Allá nos asentaríamos para abrir un frente.
Tras el horizonte, las cordilleras, los confines de la selva. Columnas de nubes oscuras sobre las montañas rocosas.
—Abrir un nuevo frente de guerra —continúa—. Esperar a los compañeros que habían entrado por el sur del país y reforzar así el avance.
La Chiqui va guiando, camina entre la maleza. Sus ojos libres sobre el rostro tapado, esa voz valiente y decidida, la misma que negoció la liberación de los rehenes en la embajada de la República Dominicana.
—Entramos en la manigua aterrorizados —prosigue—. Era imposible estar de acuerdo. Había discusiones, regañábamos por cualquier vaina. Usted no imagina. ¡Los meses que estuvimos en aquella aventura! ¿Quién iba a dormir tranquilo? repito, usted no imagina el miedo que pasamos: las bestias, los insectos venenosos, los zancudos… Nos turnábamos para vigilar.
Melchor el camello entra en la cocina. Se oyen voces, sale de nuevo con los platos que pasea a las mesas, regresa. La voz de Dorita dirige, ordena, se queja.
—¡Dorita, ya deje la cantaleta! —le dice a su esposa.
—Teníamos miedo de ser atacados por serpientes, por jaguares o por indígenas desconfiados— dice prendiendo un cigarro, fuma, desprende una columna de humo—. Era normal, sumercé. Esa pobre gente, ¿cuántas veces verían aquellos indios a tipos con armas en la selva quemar sus aldeas, degollar a sus peladitos?
Aparta la maleza con el cañón del rifle, aterrorizado mira detrás de sí. «¡Continúe, Zacarías!», le grita Norma, «¡no debemos demorarnos!». Van caminando, cansados, sedientos. En el camino entre los bejucos nace una columna de berrocales. Saltan, se ayudan unos a otros: deme la mano, tome, aguante, avise a los últimos, y así. Había miedo. Van caminando, explorando con sigilo. Los ruidos confusos de la selva los engañan. ¿Qué fue eso? Las ramas se agitan, ¡algo se mueve, apártense! ¡Hacia atrás! ¿Qué sería? Tal vez una boa, un caimán, ranas venenosas.
—Y con ellos dimos —dice por fin—. Con los primeros no hubo problemas. Barrigones, bajo los ojos, en los pómulos líneas azules, las narices anchas. Dos indias se acercaron. ¡Huy! Hermosas, sumercé. Debían ser emberá.
Los observan dos mujeres pintadas de jagua; las caras redondas, los ojos dos lunas negras, los cabellos largos como cascadas.
—Creíamos que estábamos salvados. Nos ayudarían. Pero para nada, sumercé. Nada más lejos de la realidad. Lo peor eran las lluvias; aquello no eran gotas, sino balas. La selva se inundaba.
Las mujeres indígenas huyen. Salen corriendo al caserío, se oyen cuernos lejanos de avisos. ¿Qué ocurría?
—Como le decía, joven—prosigue Tomás Patrón, muy concentrado, mirándome serio, atrapado por los recuerdos de la aventura—. Marchábamos hacia la cordillera. Eran zonas de manigua tupida habitada por indígenas. Esas comunidades hartas de ver a tipos con armas entrando es sus aldeas.
Yo lo miraba absorto, agobiado por querer atrapar esa inédita aventura en mi libreta y resucitar su testimonio.
—Fue un error adentrarnos —se lamenta—. Más que un error, una locura. Eran lugares inhóspitos y desconocidos. Además, en aquella época, la organización estaba incompleta, pues habían detenido a muchos compañeros. Eran los tiempos del Estatuto de Seguridad, y el respeto a los derechos humanos por el Ejército, ya se imagina usted. Nos costó muy caro. Fue una masacre. Le comentaba antes sobre las fieras de la selva o los bichos venenosos, los peligros que nos rodeaban, pero ninguno como la brigada del Ejército que los atrapó.
Yo, sentado frente a él, en la Negrita Guajira, esa tasca que ya era nuestro habitual lugar de reunión, tomaba nota de nombres de compañeros, de lugares en los que acampaban, le preguntaba con interés cómo le hacía frente a los peligros, entrando en una confianza y motivación que hacía olvidarme de mi desmoralización, de mi historia con Ilse, por la que había acabado en Bogotá.
—Y digo que los atrapó, porque yo estuve dos días perdido —me explica—, a punto de que me devorasen las alimañas. Pero eso me salvó la vida.
Tito Uribe se acerca a la mesa y nos interrumpe. Saluda a Tomás Patrón, me mira y me lanza una venia de saludo. Tomás le invita a sentarse y Tito Uribe lo rechaza con amabilidad:
—Ya marcho —le dice—. Mañana nos vemos. Acuérdese, Tomás: el sábado lo espero en la mañana.
—Descuide, Tito, acuérdese de comprar pintura azul. Mejor dos que uno y yo se lo dejo pintado, todo preparado para el domingo.
—Listo —responde.
—Todo esto que le cuento no son viejas historias de aventuras —regresa a mí arrastrando recuerdos—. Esto lo viví yo, amigo Andrés. Una vez más el Ejército nos aplastó. Ahorita aún ni se sabe dónde están los compañeros, vaya usted a saber dónde estarán los cadáveres. Los aniquilaron. Yo corrí durante días entre columnas de árboles. Ni recuerdo cómo llegué a parar a aquel sitio, solo recuerdo la sed que tenía. La sed me hizo olvidar el dolor de los pies, las picaduras de los zancudos, el cansancio, lo apestoso que estaba. Si viera.
Aquella aventura que Tomás Patrón me contaba había sido uno de los episodios más oscuros. La Operación Córdova del Ejército contra una columna de combatientes del M-19. Días después, investigando, pude leer artículos y estudios del escritor y politólogo Darío Villamizar, que en aquel momento estaba escribiendo un fabuloso y extenso ensayo sobre la columna Calarcá, desaparecida en las selvas del Chocó. La misma columna en la que estuvo Tomás Patrón.
—La Chiqui era una mujer de carácter —prosigue, recordando a una de sus compañeras de aquella aventura—. Una mujer que negociaba con valentía, con brío. Jamás se achantó ante los militares y respetó en todo momento a los rehenes cuando estuvimos en la embajada de la República Dominicana. Aclaró las negociaciones. Y el gobierno de Turbay Ayala cedió. Nos pusieron el avión de una aerolínea cubana y marchamos a La Habana, donde liberamos a los diplomáticos, garantizándoles la seguridad prometida. El viaje fue supervisado por la OEA. Al entrar al avión, ¡si la viera! Tan poca cosa, pero con tanto carácter. Con la nueve milímetros apuntando a los rehenes, guiándolos hasta que montamos. Jamás le faltó el respeto a ninguno. Pidió la liberación de presos políticos, cuestionó el sistema democrático, denunció las violaciones de derechos y que los tribunales civiles recuperasen la competencia para juzgarnos, no los militares. Pero esa valentía le costó caro. En el Chocó no sobrevivió.
Tomás el muerto cada vez daba más detalles de aquellos capítulos de su vida y de manera indirecta reconocía que en nombre de la paz empuñó, apuntó y secuestró.
—No consiguió la plata, los cincuenta millones de dólares que exigimos al gobierno, es cierto. Tampoco la liberación de los compañeros presos por todo el país, pero hizo temblar al estado, hizo que se retirase la Fuerza Pública y que la violencia de nuestro país se conociese en todo el mundo.
Tomó una pausa. Se levantó y fue al baño. Yo estaba atiborrado de datos, de nombres, y tomé notas para investigar aquel episodio de las selvas en el que Tomás Patrón junto a muy pocos compañeros había logrado sobrevivir. También me causó expectación cómo él pudo estar en la toma de la embajada de la República Dominicana en febrero de 1980, negociando con el Gobierno de la Nación la liberación de rehenes. Sin embargo, hoy, cuarenta años después de aquellos sucesos de la historia reciente de ese país, allí estaba, conversando conmigo en un bar de mala muerte de Bogotá. Ese hombre que después de legalizarse el M-19 regresó a Boyacá, que luego estuvo preso y que trabajó vendiendo frutas. Aún no podía creer la casualidad de que este viejo fuera el hombre al que Ilse vio de niña salvarse de un rayo. Yo le preguntaba sobre sus aventuras, le pedía la aclaración de algunos modismos que no entendía y, conforme nos veíamos más a menudo, entablamos confianza.
—¿Usted ha leído a Julio Verne, a Emilio Salgari, a Defoe? —enumera—. Las novelas de aventuras son mis favoritas. En prisión leí cientos de ellas. Casilda me traía libros y tabaco. Todas, obritas de aventuras.
—A mí también me gustan las novelas de aventuras —respondo—, desde niño. Pero usted con la vida que tuvo ha debido vivir más aventuras de las que haya podido leer, Tomás.
—Pues la que le voy a contar no ha salido de ninguna pluma, joven. Esta ocurrió de verdad.
Se inclina hacia mí, baja la voz y con un manifiesto tono de emoción me pregunta:
—¿Ha oído hablar del Karina?
—¿El Karina?
—Era un buque que intentó entrar en las costas del país cargado de armamento para la guerrilla. Fue meses después de la operación en el Chocó.
—¿Usted participó?
—Huy, no. Para nada. No soy tan valiente. Además no estaría para eso en aquel momento.
—Hábleme de esa expedición —le pedí, tambaleando de curiosidad.
—Como le decía, yo no estuve en el Karina. Los compañeros que sobrevivieron fueron juzgados, pero los salvaron. Fue hundido por un buque de la Armada en las costas del Valle del Cauca. El Karina quería entrar al país por las Bocas del río San Juan.
El buque de la Armada ARC Sebastián de Belalcázar, cargado con artillería especial, estaba al mando del entonces teniente Eduardo Otero Erazo. En la cabina se recibió un telegrama:
—A sus órdenes, mi comandante —obedeció el teniente del navío.
—Fueron lo menos tres horas de combate —dice Tomás Patrón.
—Debemos partir hacia la isla Gorgona —ordenó el teniente—. Es una orden del comandante.
—Les avisaron de que había un buque sospechoso cerca de las inmediaciones del cabo Charambirá —precisa.
—Hay que reunir al personal de oficiales —continuó—. Se trata de una operación secreta.
—Han detectado una embarcación que va muy cerca de la costa —anunció el teniente de fragata Fernando Camacho.
—Aquella noche el mar estaba embravecido —refiere Tomás Patrón.
—No hay tiempo que perder. Preparen la unidad para zarpar —apuró el teniente—. Se trata de una operación secreta. Máxima discreción, ¿oyeron?
—A sus órdenes, mi teniente —respondió el suboficial.
Los dos tenientes se encargaron de liderar la unidad. Debían esperar la ayuda del comando del Ejército. La noche era oscura. Las aguas del Pacífico chocaban gélidas contra la proa del buque de la Armada. El viento tundía y golpeaba con furia.
—No se ve nada —decía el oficial—. Todo está oscuro.
El ARC Sebastián de Belalcázar iba apagado. Avanzaba sinuoso sobre las arriesgadas manos del mar. Comenzó una lluvia agitada que embestía con fuerza.
—¡Todos a zafarrancho! —exclamó el teniente, hoy capitán, Eduardo Otero.
El buque se movía entre las tinieblas.
—¡Todos a zafarrancho! —repitieron los oficiales al unísono.
—¿Cómo se explica que tras un viaje tan largo, después de una travesía tan peligrosa justo al intentar entrar al país, fue cuando los atraparon? —comenta Tomás Patrón—, ¿no le parece increíble?
—Mi teniente, deberíamos prender las luces de la cubierta —sugirió el oficial.
—Debemos permanecer a oscuras —lo atajó el teniente Eduardo Otero—; son órdenes.
—Pero, mi teniente…
—¡Se trata de una operación secreta! —lo interrumpió.
—¡A la orden, mi teniente! —obedeció el oficial.
—Aquella noche de noviembre, el buque de la Armada Nacional al mando del capitán Otero retomó la maniobra —detalla Tomas Patrón. Agarra la botella, bebe, hace una pausa—. Hicieron bien su trabajo, joven.
—¡Es un barco que viene de Panamá! —afirmó el hoy capitán Eduardo Otero—. ¡Vienen cargados de armas!
—¡Son ellos! —dijo el teniente de fragata, hoy capitán Camacho—. ¡Son la guerrilla!
—¡Prepárense para la maniobra! —ordenó el teniente Otero.
El silencio se sofocaba en el espantoso rumor de las olas. Allí estaban; la tripulación de la Armada, oteando entre la espesa bruma nocturna la amenaza guerrillera. ¿Cuántas armas llevarían? ¿Lo menos mil? ¿Se agarrarían a cañonazos, a morteros? ¿Lograrían agarrar a esos bandidos harapientos del Eme? Hacía frío. El viento zurraba en la cubierta. El oficial Armilla divisó a lo lejos. Se retiró los prismáticos, dio aviso a los oficiales.
—¡Avisen al teniente! —alertó.
El buque de la Armada adelantó al Karina por la proa. El barco era un esqueleto. Un foco se prendió sobre las aguas. La luz se arrastraba sobre la cubierta que permanecía con un aire fantasmal. El fogonazo recorría la silueta del navío y se divisó en mayúsculas: KARINA.
—¡Deténganse! ¡Paren la máquina! ¡Somos el buque de la Armada ARC Sebastián de Belalcázar! ¡Venimos a requisar! —avisó con el altavoz el capitán Camacho.
El Karina se inclinó a babor.
—Dieron con ellos —dice Tomás Patrón—. Los interceptaron cuando no estaban ni a doscientas yardas. Fue para la tripulación de la marina una experiencia inesperada. El capitán Camacho, que ya está muy mayor, estaba entonces a cargo del departamento de ingeniería. Estaban en acuartelamiento en primer grado, hasta que les llegara ayuda del Ejército.
El buque Karina se resistía girando y continuando la marcha.
—¡Prepárense para la maniobra de abordaje! —dictó el capitán Eduardo Otero Erazo.
El objetivo de los guerrilleros era entrar por el río, encallar el buque y descargar el armamento. El teniente Camacho observaba frunciendo el ceño entre la niebla, adivinando con un veloz acierto:
—Hay que impedir que lleguen a la bahía. ¡No habrá marcha atrás!
—¡Están girando a aguas internacionales! —se anticipó el teniente Lesmes.
Armilla daba órdenes a los suboficiales desde la mura de la Popa. La embarcación guerrillera había tomado rumbo al Pacífico interior. La Armada prendió los reflactores y alumbró de nuevo al Karina. Los guerrilleros saltaban tras el costado de estribor, otros se escondían. La tripulación estaba armada y en defensa. La brisa sacudía áspera, fría, enemiga, y entre el silencio tronante de la tempestad, se oyó el estallido de los fusiles. Dispararon desde el Karina. Tras apagar las luces, el barco enemigo volvió a lanzar una segunda ráfaga. Dañaron el radar del buque de la Armada. Los disparos alcanzaron las bitas de amarre, la cubierta. Comenzó la batalla en alta mar, sobre el reino de los peces y tiburones, las criaturas de los abismos y las cuencas, los coloridos corales y fondos rocosos.
El capitán Otero ordenó de inmediato:
—¡Betancourt, váyase al cuarto de máquinas!
El Karina avanzaba ahora implacable hacia el Sebastián de Belalcázar. El oficial tomó una maniobra en sentido contrario para evitar la colisión.
—¡Malditos! —exclamó Armilla.
La tripulación del Karina seguía disparando sin tregua. Desde el Sebastián de Belalcázar lanzaron el iluminante y el cielo de pronto se alumbró.
Betancourt salió del cuarto de máquinas, se dirigía exasperado hacia la cubierta.
—¡Deténgase! —lo frenó el teniente de corbeta.
—Aquello fue plomo por todos lados —dice Tomás Patrón.
La tripulación de la Armada detectó al Karina calculando la distancia de ataque. Lanzaron un cañonazo.
—Y les dieron —añade Tomás Patrón.
—¡Les dimos! —dijo agitado el teniente de corbeta, al cabo de unos minutos—. ¡Les alcanzamos!
El buque guerrillero comenzó a inclinarse lentamente. El agua se colaba a raudales en el interior. Fueron dos cañonazos directos y precisos. Desde la cubierta se oían gritos de la tripulación del barco que venía desde Panamá:
—¡Auxilio!
El Pacífico embravecido engullía a los hombres que caían al agua.
—¡Auxilio!
Los oficiales y suboficiales de la Armada se colocaron en sus puestos. Las voces de los insurgentes se oían, desgarradas:
—¡Ayuda, ayuda!
Los tres guerrilleros que agonizaban de terror en las aguas fueron rescatados por la tripulación del Sebastián de Belalcázar. El comandante de corbeta Juan Manuel Lesmes, llevó al suboficial Restrepo herido de bala a la enfermería. El entonces teniente Camacho ordenó atender a los guerrilleros caídos en combate.
—Así ocurrió aquella historia en la que el Karina fue hundido en las costas del Pacífico —concluye con tono trepidante Tomás Patrón.
El ARC Sebastián de Belalcázar alcanzó en alta mar la victoria sobre el navío cargado de munición.
—Cuatrocientas toneladas de armas se hundieron con el buque —indica—. Fue uno de los golpes más duros para el M-19.
—¿Qué ocurrió con los supervivientes? —pregunté embelesado.
—Tan sólo fueron tres —me responde—. Bueno, al menos que se sepa.
El barco Karina, derrotado, se hundió con toneladas de armas en las profundidades del mar. La cubierta se descomponía en el océano junto a los corales, abrazado por las algas, atravesado por cardúmenes hambrientos.
—A los tripulantes de la Armada los condecoraron —añade—, pero no tuvieron mucho más reconocimiento. Casi ni los sacaron en los periódicos, ni en las televisiones, unas medallitas por parte del gobierno de la Nación y poco más. Así es este país, hasta con ellos mismos se andan con cantaleta.
Aquella historia del buque guerrillero Karina no se trataba de una ficción. El periodista Germán Castro Caycedo reconstruyó en un obra inédita la historia de ese barco a través de testimonios directos, visitas, y una larga investigación que concluyó en un libro periodístico. Tomás Patrón me lo recomendó, y a modo de curiosidad también me informó de que ese mismo periodista estuvo conversando con Jaime Bateman en un secuestro de veinticuatro horas para ser liberado de inmediato y dar así un mensaje.
—Ya le dije: nuestro movimiento era distinto —presume—. No tenía un origen rural, no éramos campesinos los que formábamos sus filas, como sí lo fueron en las FARC. El Eme era mucho más urbano, académico. No es mi caso, pues yo no fui a la universidad, pero los compañeros, muchos eran instruidos, no solo en las armas, sino en los libros. Carlos Pizarro por ejemplo, a él no le gustaba que se lo dijeran, sumercé —mira a la mesa, lo recuerda, esboza una sonrisa—. Pero él era un intelectual. Siempre leía, siempre preocupado por la cultura, hasta cuando la dejación de las armas y la firma de la paz, hasta cuando fue candidato presidencial; incluso, si me apura, hasta cuando lo mataron.
Hace un silencio sepulcral, deja la mirada perdida.
—Era un gran comandante. Dejó grandes ideas, una hija chiquita y un país confundido.
Tomás Patrón devuelve la mirada hacia mí.
—¿Sabe? Al día de hoy recuerdo mucho a los comandantes. Fueron un dominó de muertes, mejor dicho, de asesinatos; los mataron a uno detrás de otro. A todos los conocí. Y de todos fui un gran amigo. Especialmente de Jaime Bateman. «¿Qué era la paz, Zacarías?», me decía. Sí. No se lo dije, yo era Zacarías: ese era mi alias. Era una pregunta que a menudo lanzaba a los periodistas. ¿Qué era la paz, que estuviéramos bien nosotros, los guerrilleros? ¿O ustedes, los señores de la república? No. La paz era que los niños no cayesen en más matanzas, que los mendigos no pidiesen en las escalinatas de las plazas, que la plata de las armas fuese a comedores sociales, a escuelas en las selvas. La paz era la justicia social. ¿Era un utópico? Desde luego, pero ¿qué éramos nosotros sino eso; la vanguardia del pueblo?
Tomás Patrón vuelve a beber, hace un gesto de alivio, se seca con la manga de la chaqueta. Dorita se acerca, apresurada, respondiendo a su marido que hace caja en la barra, nos mira fisgona:
—Señores, apúrense vamos a cerrar ya.
Jaime Tovar Iglesias (Cáceres, 1993) es graduado en derecho por la Universidad de Extremadura y realizó el máster de acceso a la abogacía. Es jurista, pero su vocación es la escritura y el ejercicio periodístico. Ha colaborado en otras revistas como La Trastienda Infinita y ha publicado relatos como «Las flores no mueren en Orihuela», «El aquelarre de los ciervos» o «Entre el verbo y la guerra», entre otros. Actualmente está inmerso en su primer proyecto de ficción.

