Icono del sitio El Cuaderno

El monedero

/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /

Era una antigua novia a quien no veía desde hacía muchos años. Se presentó de golpe en mi casa.

—¿Cómo estás? —le dije, sorprendido de verla.

—Estoy aquí; es lo único que puedo decirte. Toma, lo he traído para ti.

Era un monedero viejo y gastado, casi cochambroso. Lo miré y no supe qué pensar.

—¿Cómo se te ha ocurrido venir después de tantos años?

—No sé. He dejado a mi marido.

—Vaya, lo siento mucho, ¿por qué?

—Bueno, en realidad me ha dejado él.

—Ya. ¿Qué ha pasado?

—Se ha ido con otra. ¡El muy imbécil!

—Lo siento de nuevo. ¿Puedo ayudarte en algo?

—No. Solo quiero que aceptes mi regalo… En realidad no lo siento, sino que en cierto modo es un alivio.

—Ya… Por el monedero no te preocupes. Lo acepto de corazón si eso te ayuda.

Ella se puso a llorar desconsoladamente. Parece que la vida no la había tratado bien. Aunque ya no era joven, conservaba todavía una sombra del encanto que tuvo.

—¿Tienes hijos?

—Cinco, dos niños y tres niñas.

—¿Y qué vas a hacer ahora? ¿Tienes trabajo?

—No.

—Entonces, ¿cómo vas a mantener a tu familia?

—Voy a ponerme a estudiar. Quiero terminar filosofía. Solo me quedan dos cursos.

—No es mala idea, pero mientras tanto tendrás que alimentar a tus hijos. ¿Te pasa tu exmarido algún dinero?

—Poco.

—Claro. ¿Te has divorciado?

—Estoy en ello.

—Puedes contar conmigo para lo que sea. Ya sabes que siempre te he querido, aunque te casaras con el chorizo de tu ex. Sabía que ibais a acabar así.

—Y si lo sabías, ¿por qué no me dijiste nada?

—Te lo dije pero no me hiciste caso. Te embaucó con su fachada y sus palabras rebuscadas. Supongo que lo habrás pasado mal estos años. Lo que no entiendo es cómo lo has aguantado tanto tiempo.

—Yo tampoco lo entiendo. Pero se me han abierto los ojos. Es triste que para ver ciertas cosas haga falta sufrir tanto.

No sabía qué hacer con el monedero y lo dejé en un cajón. Ella se quedó a comer un pollo que tenía frío. Luego la acompañé a pasear por el margen del río, donde se desahogó de tantas calamidades que había padecido con Perfecto. Se llamaba así: Perfecto Ruiz Cebolla. Era hijo de una familia castellana de Valladolid que aspiraba a la vieja hidalguía sin un céntimo. Pero el hijo tenía mano izquierda para los negocios y había hecho algún dinero con chanchullos y asociándose con allegados y amigos del Ayuntamiento. Sabía manejar a la gente y poseía un fino olfato para detectar la mierda allí donde estuviera, el primero de todos. Cuando el olor se extendía y todo el mundo comenzaba a oler, él ya se había largado con lo más nutritivo y solo había dejado el olor. Luego lo convertía en ganancias, nadie sabe cómo. Ahora le tuvo que dejar la casa a su mujer al quedarse ella con la responsabilidad de la familia.

—¿Necesitas algo de momento para ir tirando?

—No. Tengo algunos ahorros. Al menos para un año más o menos. Luego ya veremos.

—¿Y tus padres?

—Murieron.

—Pero tenías dos o tres hermanos.

—Confío en que puedan ayudarme hasta que salga adelante. Sobre todo mi hermana Juana, que es la que mejor se ha situado.

Luego la besé y nos despedimos.

Por la tarde Perfecto apareció en mi apartamento. No sé cómo se enteró de mi dirección; supongo que se la sacaría a Engracia.

—Hola, ¿qué haces aquí?

—Vengo por el monedero.

—¿Qué monedero? —lo había olvidado, pero lo recordé de pronto.

—Tú ya lo sabes. Te lo entregó Engracia, pero es mío.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo se yo que es verdad?

—Porque te lo digo yo. ¿No es suficiente?

—No.

—Está bien. Volveré, pero acompañado por la policía.

—No me digas que vas a ir a la policía por una cosa así.

—Te lo digo.

—¿Qué tiene ese monedero para que estés dispuesto a todo? Que yo sepa no contiene nada.

—Es un recuerdo de mi familia. Perteneció a mi abuelo, el que emigró a América y regresó con él como única riqueza que pudo obtener. Por eso en mi familia lo apreciamos tanto. La ingrata de mi exmujer no debió regalártelo por mucho que hubierais sido novios hace tiempo.

—Creo que tu mujer no ha sido precisamente feliz contigo.

—Eso no es asunto tuyo. Sé que vino a verte. Pero no intentes hacerte el héroe con ella porque lo lamentarás.

—¿Te vas a encargar tú de que lo lamente?

—No será necesario.

—¿Qué quieres decir?

—Que ella sola se encargará de que lamentes durante toda tu vida tu desinteresado interés por ella. Yo ya estoy a salvo de su persona, pero ahora va a por ti. Eres un iluso si crees todo lo que te cuente.

—¿Y a quien debo creer? ¿A ti?

—Haz lo que quieras, allá tú. Pero entrégame lo que es mío. Tú no tienes derecho a poseerlo.

—Es un regalo de Engracia.

—Me da igual. Es un regalo envenenado.

—Bueno, vale. No voy a discutir más contigo por un monedero que además está que se deshace de viejo.

—¿Ves la clase de regalos que hace ella? ¿Te das cuenta ahora?

—Según tú, es muy valioso.

—Solo sentimentalmente, para mí y mi familia

Antonio fue al cajón donde lo había dejado, pero el monedero no estaba. Estuvo revolviendo en otros cajones por si acaso se había equivocado, pero no lo encontró en toda la habitación. También buscó por toda la casa sin que el zarrapastroso monedero apareciese ni siquiera por ensalmo o milagro.

—No lo encuentro.

—No me vengas ahora con idioteces. Si te lo ha traído esta mañana, no es posible que no esté en tu casa. ¿O es que te lo has llevado a alguna parte?

—Lo guardé en ese cajón —y señaló un mueble con cajones—, pero ahora no lo veo por ninguna parte.

—Eso es imposible

—Imposible, pero cierto. Lo volveré a buscar, pero ahora no puedo dártelo aunque quiera, porque simplemente no está en ningún sitio. Se ha esfumado.

—Las cosas no se esfuman.

—No sé lo que puede haber pasado, te lo juro. ¿Para qué quiero yo algo así?

—Vale. Te llamaré para quedar y que me lo entregues de una vez. No intentes escabullirte, porque sé cómo encontrarte y tengo amigos que están dispuestos a lo que sea.

—Bien, ya solo falta que me pegues un tiro por esa porquería de monedero.

—Me voy, adiós.

Perfecto salió de la casa y Antonio quedó pensativo intentando averiguar qué demonios podría haber pasado para que desapareciera así como así aquélla basura de monedero estúpido.

Al otro día lo llamó Engracia para decirle que Perfecto la había amenazado con quitarle la custodia de sus hijos si no recuperaba el monedero de su abuelo.

Luego se acercó a su casa donde estuvieron buscándolo ambos sin éxito.

—Se puede saber qué coño hiciste con mi regalo.

—Lo puse en ese cajón, pero luego no estaba.

—Eso es imposible.

—Lo mismo dijo tu marido.

—Y ¿qué le contestaste?

—¿Qué le voy a contestar?

—¡Yo qué sé!

—El que no sabe nada de nada soy yo. Tú vienes y me entregas un monedero que está en las últimas y luego viene él y me amenaza si no se lo doy, y luego te amenaza a ti con la custodia de tus hijos. ¿Qué pinto yo en todo esto?

—Ah, claro, tú no pintas nada. Te quedas con el monedero y ahora quieres escurrir el bulto.

—Me lo quedé para no despreciar tu regalo, ya que te vi hundida por causa de tu separación. ¿Es eso un crimen?

—Y entonces ¿por qué no lo tienes? ¿No será que lo has tirado a la basura y ahora quieres salirte por la tangente?

—Si lo hubiera tirado a la basura estaría en la basura. Ya hemos escarbado en el cubo y no hay ni rastro. ¿qué más quieres que haga?

—Igual fuiste por la tarde y lo tiraste al río o a cualquier papelera de la calle.

—Por la tarde no salí. Primero vino tu exmarido y luego estuve meditando más de una hora sobre el asunto. Te digo que no salí en toda la tarde, pero, aunque lo hubiera hecho, no tenía intención de deshacerme de algo que me habías regalado en un estado de profunda aflicción. ¿Acaso crees que soy un ser totalmente insensible?

—Yo no creo nada, ya. No sé que hacer. Voy a tirarme al río si no se soluciona esto. Lo único que me queda son mis hijos y si me los arranca me voy a suicidar, te lo juro —y comenzó a llorar con un llanto amargo y terrible. Yo intenté consolarla, pero me apartó como se aparta a la causa de tus males. Fui a la cocina y saqué la botella de whisky.

—¿Quieres?

—Sí.

Serví dos vasos hasta la mitad y le entregué uno a ella. Le dio un sorbo y luego otro. Yo me lo bebí de un trago. Aquello me estaba afectando. No sabía cómo acabaría todo el asunto. Por una tontería, aquellos dos seres estaban al borde de hacer una barbaridad. Y yo me veía a mí mismo como un títere en medio de un drama grotesco que nada tenía que ver conmigo.

Pasaron varios días sin que tuviera noticia de ninguno de los dos. Incluso llegué a olvidar todo aquello mientras vivía mi propia vida. Acudía al trabajo y por la tarde intentaba localizar a alguien para tomar una cerveza y pasar el día hasta la hora de dormir.

Una semana después, fui demandado por el exmatrimonio por robo de objetos sentimentales. Me encarcelaron en un penal sentimental y fui obligado a asistir a infinidad de charlas sobre sentimentalismo barato, antiguos recuerdos de familia, importancia de casi todas las cosas pequeñas, intimidad y cariño, etcétera.

Cuando cumplí mi condena de dos años, me trasladaron a un manicomio, donde me comí mi propia mano en señal de protesta. Nunca más he vuelto a hablar de monederos con nadie.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.

Salir de la versión móvil