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Esclavos de la música

/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /

En la sección de anuncios del periódico venía lo siguiente: «Se necesita esclavo. Condiciones a convenir. El aspirante deberá tener buena presencia, conocer algún idioma extranjero y poseer una mentalidad liberal. Imprescindible tocar el arpa. Interesados llamar al número 3141592».

Hugo no tardó ni diez minutos en llamar. Pasaba por un mal momento y vio en aquel anuncio la oportunidad de su vida. El número era de una agencia de contratación. Después de un par de entrevistas, fue seleccionado entre varios aspirantes. Al parecer iba a trabajar para un particular adinerado que poseía una casa en el campo, adonde debería dirigirse a primeros de mes para tomar posesión del empleo.

La firma del contrato y las últimas formalidades aún lo entretuvieron algunos días más, los cuales aprovechó para actualizar sus conocimientos del árpico instrumento. Por fin llegó el momento en que empezaría su nueva vida. Como esclavo contratado por un periodo de dos años.

Aunque era un oficio nuevo para él, no carecía de cierta experiencia como empleado subalterno en varias compañías. Esto contribuyó a aminorar la ansiedad de todo comienzo. Al principio las cosas fueron bien. Todo era conforme a las condiciones pactadas en el contrato: insultos, humillaciones, golpes y un largo etcétera. Su patrón, el señor Lázarus, un emigrante que poseía negocios de importación en varias ciudades, pasaba casi toda la temporada en su finca del campo.

Al cabo de poco tiempo, el señor Lázarus comenzó a dar señales de irritación y ansiedad. La esclavitud de Hugo no le impedía, sin embargo, aproximarse al señor como a un hombre de bien. Hugo pasaba mucho tiempo oculto en las mazmorras. En el silencio de su habitación podía dejar de odiar a Alexis Lázarus durante cortos períodos de tiempo, durante los cuales se entretenía manejando un arpa que había por allí. Pero los síntomas de insatisfacción por parte de Lázarus iban en aumento, amenazando así su puesto de trabajo. Hugo era un perfeccionista y no se conformaba con hacer las cosas de cualquier manera. Cuando hacía algo, le gustaba hacerlo bien. De ahí que ver flojear la rectitud y la energía de Lázarus le sumiera en profundas dudas. ¿Acaso no estaba satisfecho con su entrega y total disposición? Sabía que no era el esclavo perfecto, pero con ayuda de Lázarus podría ir mejorando poco a poco hasta lograr la excelencia. A Lázarus, en cambio, lo comía la ansiedad, y a veces bajaba a escucharlo tocar el arpa, sin que Hugo supiera de este espionaje. Pero cuando ya no pudo resistir más, se lo contó todo.

—Le he estado escuchando

—Lo siento —dijo Hugo—, pero tengo que tocar el arpa como el ave pájara necesita el horizonte. Además, figuraba en las cláusulas del contrato que debía ser ejecutante de arpa. ¿Qué tiene que reprocharme?

—No, por favor —dijo Alexis Lázarus—. No lo tome como reproche, sino admiración. Es usted un arpista excelente.

—No me gustaría que lo entendiera como falsa modestia, pero soy bastante bueno.

Los latigazos se fueron relajando poco a poco, para hacerse acariciadores. Esto hería a Hugo en lo más íntimo y le hacía sufrir. Veía cómo Lázarus perdía su fe inicial y la confianza que había depositado en él al principio. La esclavitud se convirtió en un juego intranscendente hasta que Lázarus comenzó a amarlo.

Los acordes del arpa eran cada vez más tristes a medida que los sentimientos de Lázarus hacia Hugo sumían a este en un profundo decaimiento. Llegó un momento en que las notas y arpegios lograron encender el fuego de un lirismo sobrecogedor (o quizá sería mejor decir de un arpismo sobrecogedor). La pasión desembocó en la crueldad. Hugo deseaba ser azotado y Lázarus no soportaba que el látigo y las humillaciones a las que sometía cada vez menos a su empleado hubieran llegado a poseer su alma hasta el extremo de exacerbar su melancolía ante la disminución de la intensidad de los castigos. Llegó un punto en que Alexis, cegado por los celos, le privó casi por completo de castigos para castigarlo por su indiferencia. Y cuando Hugo le rogó ser azotado con las propias cuerdas del arpa, Lázarus la apartó violentamente de su vista.

Cuando Hugo comprendió que se habían violado todos los términos del contrato, acudió a su enlace sindical. Era una mujer de unos cuarenta años, la cual le aconsejó que lo primero que hiciera fuera abandonar la práctica del arpa, ya que ahí residía gran parte del problema. Hacer algún viaje al extranjero tampoco sería mala idea, y los latigazos podría recibirlos vía Internet, máxime cuando Alexis no podía desconfiar de que Hugo se daría los latigazos con mayor celo que si el propio Lázarus se los diera.

Hugo se marchó con su enlace sindical a París, donde alquilaron una suite y copularon durante varios días. Recibió el látigo y continuó con sus prácticas hasta que al regreso se establecieron en el castillo de Alexis como amantes.

Esa noche cenaron en la gran mesa alargada del antiguo salón gótico. Grandes cortinas de terciopelo raídas y decrépitas flanqueaban las ventanas hasta un techo altísimo y sombreado por oscuras imágenes bastante infrecuentes. El torvo criado les sirvió una cena frugal. Calamares a la romana y tortuga del desierto con pastel de cebollas tailandesas y flan de Siberia. Regaba este ágape una botella de aguardiente de cactus de Arizona. En el brindis, Lázarus pronunció un discurso de homenaje al maestro de cine rumano Aloysius Barcan Marcus, quien pronto llegaría invitado por el anfitrión.

—Viene a hacer una película sobre mí. Brindemos por el rápido fracaso de la empresa.

—¿Hasta dónde va a filmar? —preguntó Hugo.

—Hasta la entraña misma de mi alma. Tú saldrás también, y deberás hacer de ti mismo.

—¿Pero hay que seguir algún guion previo?

—No creo. Si la película intenta reflejar cómo somos en realidad, un guion solo serviría para alejarnos de la verdad.

—¿Y qué filmará, lo que hacemos todos los días?

—Sí, justamente: lo que hacemos a diario.

—Pero en la realidad ya interpretamos papeles, y cada uno asume máscaras ¿no sería mejor un guion que reflejara la verdad?

—Lo real es lo que aparece, no lo que suponemos que hay detrás de lo que aparece.

—Entonces lo que aparece solo significa lo que parece que significa, ¿es eso lo que quieres decir?

—Sí y no

—Magnífico —dijo la enlace sindical—. Eso sí que me gusta.

Aloysius llegó a las cuatro de la mañana y se puso a filmar de inmediato los cuartos de baño, la cocina y algunos rincones interesantes. Poco después de haber entrado a través de la ventana por un procedimiento poco habitual, estableció su base cinematográfica en una habitación lateral que hacía de biblioteca.

Alexis pasaba varias horas al día mirando al más allá a través de un ventanal que daba a una terraza. Desde allí la vista era estupenda. En una posición de firme con la mirada perdida, Barcan Marcus lo filmó durante cuatro horas ininterrumpidas inmóvil en aquella actitud estéticamente impecable. Fijó la cámara en su rostro y la mantuvo quieta como un pollo, hasta que el inalterable rostro comenzara a echar humo.

Barcan Marcus era un hombre de conversación imposible. Apenas se le entendían palabras sueltas en medio de un revoltijo de sílabas y sonidos embarullados.

—Abstienjapo… Mifjqpn los pollos… Qpg pwpapjg’… Falpqep qoñaoi.

La amante de Aloysius, Ruth, llegó a la tarde siguiente seguida de un esclavo profesional y magnífico intérprete de clarinete, Amedeo.

Ruth Barcan Marcus había estudiado en Varsovia. Cuandollegó, Lázarus estaba de pie en medio de la casa. Al verla se quedó mirándola fijamente. Era una mujer de unos cuarenta y nueve años y muy apetecible. Una gran melena castaña y unas piernas rotundas. Miró a Lázarus durante más de media hora a los ojos. Lázarus, durante un tiempo, permaneció mirando a Ruth. Luego la mujer subió a su habitación.

Ruth Barcan Marcus se había especializado en enunciados ridículos. Yo la veía destacando la blancura de su cuerpo contra los ventanales. Aloysius filmó el cuerpo de Ruth de pie en la alcoba durante más de cinco horas. Luego se puso un batín de color manzana verde.

Aloysius bajó con su cámara hasta las mazmorras donde estaba Hugo. Tocaba el arpa con una mano y con la mano restante tocaba un pedrusco. Aloysius filmó a Hugo, su mano derecha acariciando las cuerdas y sus dedos enlazados entre los arpegios. La sindicalista elogió con dialéctica marxista la ejecución de Hugo. Aloysius filmaba estos episodios con su cámara y al cabo de un rato pensó en decir algo, pero los demás se opusieron rotundamente.

Ruth Barcan Marcus se había especializado en enunciados ridículos acerca de todo tipo de flores.

—No hay nada —dijo Lázarus durante la cena, mientras olisqueaba una copa de vino añejo—. Hemos sido olvidados por el príncipe…

—¿Eso significa, acaso, que el príncipe no va a anunciar su llegada inminente?

—Ni inminente ni nada —dijo.

—Ese no es el estilo del príncipe.

—Pero es el nuestro —dijo Lázarus—. Somos expertos en el arte de no ser nadie.

—Como Ulises —dijo Hugo.

Estaban en el salón, de pie sobre el suelo de pergamino. Permanecían unos frente a otros formando un círculo, una estrella de cinco puntas. Hugo miraba en la dirección de Ruth, la cual se sintió aludida y se creyó obligada a responder.

—Esta es mi cruz —y, tomando a Hugo, lo arrastró hasta la enorme mesa donde jugó con él al billar, mientras los otros tres quedaban en silencio. La sindicalista clavó los ojos en la espalda de Hugo…

Aloysius Barcan Marcus había traído con su equipo una máquina tomavistas que filmaba no solo la superficie de las cosas, sino la estructura lógica del mundo, el sinsentido de los fenómenos y el absurdo de los sinsentidos y de las situaciones. Era una máquina perfecta, construida con materiales exóticos, por una firma de estetas reunidos, PANDILLASA, y la ingeniería de la máquina era un secreto. Tenía una tecla Shakespeare, y otra Ibsen, otra Beckett, y algunas más. Con cada una de ellas, al filmar, lo transformaba todo, sin dejar de ser lo que fuera cada cosa, en dramas de cada uno de los autores a los que correspondía la tecla. Además, si le daba a la tecla Chéjov, por ejemplo, al enfocar el tomavistas a los personajes, estos actuaban, sin saber cómo, del mismo modo que los de la obra Tío Vania, pongamos por caso; o bien de otras del dramaturgo sudanés. Con el foco se les infundían unas radiaciones poético-dramáticas que insuflaban en las mentes de aquellos actores las palabras y expresiones de sentimientos del drama. Era como un apuntador telepático que se introducía en el celebro de los actores y los hacía actuar como el personaje oportuno.

Ruth Barcan Marcus quería hacer un experimento con flores. Reunió a todos en el salón y entregó a cada uno una flor diferente. Luego los llamó por sus nombres, pero ellos lo habían olvidado. De todo ello dedujo unas consecuencias que se hicieron famosas y son las «47 consecuencias de Ruth».

Amedeo deseaba que su clarinete estuviera situado en un rincón de la misma manera que el arpa de Hugo estaba en un rincón de la mazmorra. Pero todos los rincones de la casa estaban ocupados por libros o muebles o gatos o máscaras o cuadros o perfumes o vidrios o jarrones o instrumentos musicales.

—Estos rincones han permanecido ocupados por sus actuales ocupantes desde hace doce generaciones, por lo que sería terrible apartarlos ahora, traicionando así la confianza depositada en ellos por los antepasados.

—Si colocamos el clarinete en aquel rincón donde hay un astrolabio, cuyos ángulos han medido el firmamento y cuyos círculos y bisectrices han dirigido las estrellas con una precisión de milenios, entonces toda esa astronomía penetraría y el influjo del firmamento soplaría como un viento del cosmos a través de la caña, la música de las estrellas le dará pasión y flujo y virtud armónica, y melodía, y los compases y ritmos llenarán la oquedad del tubo.

2.ª consecuencia de Ruth:

«Cualquier flor nos puede conducir hasta el olvido».

Consecuencia décimo quinta de Ruth:

«Ninguna flor tiene forma lógica».

Ruth Barcan Marcus se encerró en un gabinete cuya puerta se ocultaba tras unas gruesas cortinas, flanqueadas a su vez por dos columnas de mármol negro y verde. Pero al ir a salir, comprobó que la puerta ya no daba al mismo vestíbulo, sino a otro distinto. Era el gabinete de la puerta cambiante. En el interior de la puerta figuraba la siguiente inscripción: puerta para salir aquellos que no hayan entrado.

Desde el vestíbulo adonde salió, solo se podía acceder a otra habitación a través de una puerta donde se leía:

Puerta para los que no quieren salir

Y al salir entró de nuevo en el gabinete de la puerta cambiante. Ahora se leía:

Puerta para personas poco importantes

La abrió y salió a un patio interior que solo tenía dos puertas. En una se leía:

Puerta para entrar donde no se desea entrar

Y en la otra ponía:

Puerta para no entrar donde se desea salir

Ruth se quedó pensativa con aquellos títulos.

—Esta es una puerta kafkiana —se dijo a sí misma—. Seguramente un guardián la protegerá como a la puerta de la ley, para que nadie pueda entrar, y luego dirá a todos, en el último día, que estaba destinada a cada uno para no ser franqueada. Ese día la cerrará dando un portazo.

Sin embargo, al atravesar la puerta encontró a un hombrecillo arrinconado en una habitación.

—¡Eh! Oiga —le preguntó al viejo—, ¿no será usted por casualidad el encargado de no dejarme entrar?

El viejo la miró con ojos vidriosos y soñadores. Tenía una botella de oporto en la mano.

—Puede ser que no la deje salir… Es posible que se lo prohíba —dijo—. Pero aún no.

—Sepa que mis encantos son muchos y puedo seducirlo para que me franquee el acceso a todo el castillo. De hecho, el conde Lázarus desea recibirme para disfrutar de mi compañía y complacerse conmigo…

—El conde Lázarus es muy generoso con sus invitados, pero he recibido instrucciones de dejar pasar tan solo a quienes no hagan lo que yo les recomiende.

—En tal caso, yo seré la primera en pasar a ver al conde, ya que siempre hago caso omiso de los hombrecillos arrinconados.

—Pues pase, dijo el vigilante, distraído.

Pero al ir a abrir la puerta, la detuvo, porque no cumplía los requisitos.

—¿Qué es un enunciado ridículo? —le preguntó una voz en off, al cabo de un rato, durante el que permaneció echada en un sofá y mirando al techo. Ella miró en todas direcciones y, al no ver a nadie, pensó que tal vez fuera el propio conde Lázarus el que la interrogaba desde el Menos Allá.

—¿Quién eres? ¿Acaso eres Lázarus?

—Solo soy la voz de Lázarus. Lázarus me ha dado libertad de expresión.

—Tonterías —dijo Ruth.

—El príncipe acaba de llegar —dijo la voz—, y todavía no sé lo que es un enunciado ridículo.

—Aquel que es tan ridículo que prácticamente da risa en do mayor.

La llegada del príncipe fue considerada como un prodigio y un principio de solución al problema de la ubicación del clarinete

—¿Qué debemos hacer? —le preguntó Alexis Lázarus.

El príncipe reflexionó primero mirando un cuadrito que representaba un viaje larguísimo de invierno. Luego dijo:

—En el año setenta y cuatro regresé del extranjero, adonde había ido a estudiar logaritmos. Entonces yo confiaba en la prudencia de los cuadriláteros. Tales sentimientos los expuse a un esteta a quien conocí en medio de una conversación.

—“Confía en mí”, me dijo —contó el príncipe—, “y pon punto final a tus tranquilidades. De ahora en adelante deberás hacer lo mismo que yo”. “¿Y qué vas a hacer?”, le pregunté —dijo el príncipe—. Nada de nada dijo el esteta con voz de esteta.

—¿Y qué significa esa historia? —preguntó la del sindicato—. ¿Que vamos a quedarnos parados mientras Hugo recibe cada día menos latigazos de los expresados en el contrato y el rincón que ocupa su arpa es cada vez más hermoso? Además, existe el problema de Amedeo: ¿dónde va a poner su clarinete?

El príncipe pidió que le mostraran el clarinete, estudiándolo a conciencia, y luego recorrió la estancia hasta detenerse justo delante del astrolabio.

—Con un poco de buena voluntad —dijo—, podríamos correr un poco a la derecha el astrolabio, de manera que sus ángulos y vértices siguieran señalando las más hermosas constelaciones, y en cambio haríamos un breve pero suficiente espacio al clarinete.

Esto lo dijo el príncipe acompañado de gestos muy elegantes que delataban su origen estéticamente perfecto

—¿Hay algún mendigo en la casa? —preguntó de nuevo el príncipe.

 Alexis y Hugo se miraron con complicidad.

—Tenemos uno —dijo Alexis—, pero está un poco usado. No sé si aún conservará sus atributos mendicantes.

—Que venga —dijo el príncipe.

—Está en un cuarto gótico. Muebles góticos, vajilla gótica, literatura gótica, códices góticos, vitrales góticos y un etcétera gótico y florido —dijo Alexis—. Además, es un cuarto inaccesible. Solo podrían entrar a traerlo los que fueran disfrazados de falsos mendigos.

—En tal caso, quiero que se presente aquí de inmediato.

—¿Y qué pasa con Hugo? —interrogó de nuevo la sindicalista.

Pero el príncipe no quería entrar en esa cuestión, por el momento.

—Hugo es un excelente arpista. Que toque.

Trajeron el arpa de Hugo y mientras rozaba las cuerdas con sus dedos hermosos de esclavo, hicieron venir al hombrecillo arrinconado, que hacía las veces de mendigo, o de falso mendigo, porque eso nunca se supo.

—Veamos lo que sabes hacer —le dijo el príncipe llamado Ahooo Rastrojas de la Simiente Mugiente.

El anciano se puso a bailar una jota aragonesa al son del arpa del esclavo. Lo hacía estupendamente. Luego dijo de memoria una larga égloga de Horacio en latín clásico. A continuación, recitó algunos versos de la Edda Mayor y del poema geroico «La ducha de Eijjshffissllddsleusjd», para a continuación hacer juegos malabares, varios trucos de cartas y un pastel de huevos de ornitorrinco con ramas de sauce de Alaska, y celebrar dos cumpleaños a la vez en francés de dos desconocidos.

—¡Basta! ¡Basta! —dijo Ahooo—. Me has convencido. En adelante, todos te llamarán príncipe de Venezuela y recibirás trato de perro ortodoxal.

El anciano se había sentado a respirar. Las palabras del príncipe no parecían haber hecho mella en su ego.

—No se preocupe, su señoría, que yo estoy muy bien así. Se hacerlo casi todo. Solo me falta aprender a hacer cine.

—¡Brsldfhaavo! —dijo Aloysius—. ¡Brawrupervísimo! —y tomó su máquina tomavistas para empezar a filmar, pero el príncipe le contuvo.

—Modérate, Barcan Marcus. Por cierto, ¿dónde está tu mujer?

—Estaba conmigo —dijo el anciano, resoplando todavía—, pero creo que tenía cosas importantes que hacer. Iba a echar de comer a los pollos y después quería estirar las piernas.

—Tengo muchas ganas de verla actuar.

—¿Y no sería mejor que arregláramos primero lo de Hugo? —dijo la agente sindical—. Me parece que la cosa se está pasando de la raya.

—Está bien —dijo el príncipe—, ¿qué pasa con Hugo?

—Véalo usted mismo. En su contrato había de todo, pero ahora lo único que hace es tocar el arpa.

—Eso es absurdo —dijo el príncipe—. A ver, ¿dónde está Hugo?

—Aquí —dijo Hugo.

—¿Y cuál es el problema? —preguntó otra vez el príncipe, como si no lo supiera ya.

—Mi problema no es nada en comparación con el de Amedeo. Él todavía no ha colocado su clarinete. Yo, en cambio, tengo mi arpa bien situada en un rincón oscuro de la mazmorra…, y del alma.

Entonces intervino Amedeo por vez primera:

—Caballeros —dijo—, he amado la música desde que tengo uso de locura. No soy un buen clarinetista, aunque envidio la música. El alma del clarinete, como la del hombre, se forja en la soledad y el desierto. Es preciso abandonarlo y olvidarlo por completo. Solo cuando empieza a sentirse olvidado de su pareja. Solo cuando empieza a sentirse olvidado sufre, y su interior va adquiriendo las virtudes de la modulación, las cualidades que le harán vibrar y expresar la emoción de la música, y no soy buen ejecutor porque mi debilidad espiritual no me ha permitido nunca abandonarlo y echarlo totalmente al olvido. Cuanto más próximo a la agonía y la muerte, mejor sonará, ya que solo el clarinete que ha sufrido puede expresar la belleza. Y durante el tiempo del abandono, es crucial el lugar. No es lo mismo olvidar un clarinete junto a un astrolabio que hacerlo en una tienda de jamones, aunque sean de Jabugo.

—Son ideas notables —dijo el príncipe—. Hay sólidos argumentos para que el clarinete repose en el mismo rincón que el astrolabio. Adquirirá así el tono y el misterio que brilla en sus confluencias.

Después de resolver el problema del clarinete, el príncipe decidió mejorarse personalmente. El anciano mendigo de Alexis se llamaba Hierónymus, y el príncipe pensaba que ya era hora de que abandonara aquellas habitaciones en las que había permanecido recluido desde que las olas comenzaron a conquistar al príncipe, lo cual había ocurrido varios años antes en un país extranjero. Por este motivo, rogó al anciano que en adelante viviera alrededor del gran castillo, paseando normalmente en los días soleados o refugiándose en una torre adyacente donde estaba el gallinero de los pollos, a los cuales le confería el privilegio de echarles de comer.

Esto molestó a Ruth, la cual argumentaba, no sin razón, que no había estudiado lógica de enunciados ridículos en varias ciudades de Macedonia y Bulgaria para que ahora un mendigo de tres al cuarto que ni siquiera tenía el título y que había aprendido deprisa y corriendo a hacer cuatro cosas de nada le disputara ese derecho agropecuario. Cierto día que acudieron ambos arrojar granos a los pollos, sostuvieron el siguiente diálogo, seguido de una pelea, y trabándose ambos en un revolcón de lucha liberal:

—Estos pollos me han sido confiados y conferidos por el príncipe —dijo el mendigo.

—Dile al príncipe que los pollos no son de su propiedad, y Alexis y yo teníamos un acuerdo de manutención de los pollos según el cual mi persona era en todo momento la persona ideal para los pollos.

—No me gustaría haber pasado dieciocho años metido en el cuarto de los inconvenientes y las puertas exquisitas para que ahora se me pongan obstáculos con respecto a los pollos… Estos pollos me han venido preocupando durante mucho tiempo. Necesitan los cuidados de alguien muy sensible, y me considero la persona más adecuada para sostener su sustento y mantenerlos con vida.

—Eso está por ver —dijo Ruth—, y le arrimó un guantazo al viejo que lo dejó frito.

Luego el anciano Hierónymus se levantó y la agarró por los brazos y la zarandeó hasta que se le revolvió toda la melena y parecía una leona despeinada. Ella a su vez cogió al anciano por el cuello y quería morderle en el cogote, pero este se tiró a un lado y, revolviéndose, la cogió por la barriga y apretó hasta que a ella casi se le salen los calostros. Luego ella le arrimó un tortazo y el anciano cayó tumbado a sus pies, arrojando en el último instante un puñado de maíz que llevaba en el bolsillo hasta el gallinero. Este se hallaba en lo alto de una torre circular de siete metros de altura y toda la pelea tuvo lugar en la plataforma de madera que había en lo alto de la torre, junto a los gallineros generales.

Después de la pelea, el anciano Hierónymus comenzó a padecer un proceso de conquistamiento por parte de una serie de olas marítimas que de una forma espectral comenzaron a cubrirlo de poesía y harmonía.

Al cabo de un tiempo, el clarinete de Amedeo se convirtió en un instrumento musical lleno de intensidad harmónica. Alexis tuvo que despedir a Hugo, ya que no consiguió que este se acomodara a las evoluciones de su temperamento.

Aloysius y Ruth Barcan Marcus hicieron una película acerca de un clarinetista que, empujado por las circunstancias, se ve obligado a emprender un largo viaje en busca de un famoso clarinete que había pertenecido a un músico que tocaba jazz en una taberna de Asia central. Allí conoce a la que después será su acompañante y confidente en la banda que va a formar con algunos mongoles aficionados al jazz. Ella se llama María Mariónova.

El príncipe se había visto obligado, después de depositar el clarinete junto al astrolabio, a cerrar a cal y canto las grandes puertas del salón, para lo cual utilizó tres candados de oro, dos de cobre, uno de plomo, tres de berilio, dos de osmio, seis de rutenio y cuatro de zinc. Con todas estas llaves, más tarde, se haría un lío tremendo y fantástico.

Al cabo de tres semanas de soledad y abandono, cuando Amedeo y el príncipe ya estaban convencidos de las cualidades nuevas del clarinete, se abrieron de nuevo las grandes puertas.

La habitación se hallaba sumergida en una luz espectral. Los crepúsculos habían obrado el milagro. Ante uno de los ventanales hallaron colocado el sillón principal de gran respaldo mirando hacia el horizonte, y a su lado, sobre una mesa de madera oriental, reposaba dormido el clarinete, junto al cual, sentado en el sillón y con la vista perdida en los lejanos paisajes otoñales, el anciano mendigo inmóvil yacía con la cabeza ligeramente ladeada y apoyada en el saliente del respaldo, muerto.

—Bien mirado, el asunto parece una cuestión para la policía.

—La policía artística.

—Ha deseado la música y la ha conseguido. El clarinete ha sido llevado hasta el cenit de la expresión musical, hasta el centro del alma humana. Lo ha matado el clarinete.

—¿Y cómo es posible si no sabía ejecutar? —propuso Amedeo.

—No lo sé —contestó el príncipe Aohoo Rastrojas de la Simiente Mugiente.

—¿Y por qué un anciano que lo sabía hacer casi todo, que había estado encerrado en una habitación llena de escrúpulos y de silencio durante tantos años, de pronto se interesa por un casual clarinete jazzístico?

—Tal vez el clarinete haya muerto también —dijo Amedeo, y tomándolo lo hizo sonar. Lo que oyeron Rastrojas, Amedeo y Aloysius fue una melodía que los dejó inextensos.

Al otro día habían muerto Amedeo y Aloysius.

La sindicalista había denunciado los hechos relativos a la relación entre Alexis Lázarus y Hugo, ya que ni siquiera el príncipe Rastrojas se había molestado en atender las súplicas de Hugo y de ella misma.

Las olas que al principio se habían introducido entre las costillas del cronista luego propiciaron que, cuando el príncipe Aohoo Rastrojas fue avisado por la seguridad social para considerar los términos del contrato entre Lázarus y Hugo, ese mismo oleaje afectara también al príncipe, encaminándolo hacia la orilla del mar. Allí, debajo de unas palmeras que habían crecido entre las dunas, sostuvo una conversación con Hugo en estos términos:

—Me parece que no has sabido aprovechar tu situación con Lázarus, sino que te has dejado llevar por la vanidad. Yn ejecutante como tú no debería haber puesto remilgos a los buenos tratos del mejor conocedor de los secretos de la música que tenemos en el barrio.

—Sí, pero yo soy muy puntilloso…, y no podía soportar ver a Alexis cada día más enamorado de mí, y olvidar así sus obligaciones contractuales. El amor es importante pero yo no era el indicado.

—De todas formas, podrías haber hecho mucho más de lo que has hecho por complacer a Lázarus. Ahora ya todo da igual, pero no vas a encontrar nada parecido a lo que tuviste con él.

—Me importa un rábano azteca. He quedado citado con mi enlace sindical y me voy con ella hasta el fin del mundo.

Hugo y la sindicalista, de nombre Magda, abandonaron la residencia de Lázarus, llevándose consigo el hermoso clarinete que había pertenecido al difunto Amedeo. En Lugo hicieron un recorrido por los barrios viejos tocando el clarinete y haciendo proclamas de protesta social y sindical contra el abuso de los poderosos. Las olas de Lugo quisieron penetrar en sus costillas, pero ellos se protegieron con parte de la muralla romana y metiéndose entre los palacios de los nobles de Lugo. Los poderosos les arrojaban piedras y pasteles desde las ventanas de los palacios para obligar a Hugo a entrar dentro y tocarles a ellos el clarinete, ya que algunos de los poderosos eran grandes amantes del jazz, sobre todo del jazz de los poderosos.

Uno de los palacios se hallaba justo a la orilla de una playa muy extensa, y el agua llegaba prácticamente al pórtico de manera que, al abrir la puerta principal del palacio, si sacabas un pie te mojabas en el agua océana. En ese palacio melancólico tomaron extraños licores que luego les hicieron acometer la música con un ímpetu doloroso y melodramático. Al final se casaron y se embarcaron hacia Normandía, donde Ruth Barcan Marcus había puesto una escuela privada de consecuencias.

Cuando llegaron a la escuela de Ruth, esta no tenía ningún alumno, a pesar de que dicha escuela estaba situada en una playa solitaria llena de dunas y yerbajos de las dunas. Ellos fueron los primeros en matricularse y así pudieron seguir con total tranquilidad un curso invernal acerca de olas y flores.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.

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