/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
El ministro español Albares ha reconocido que en la conquista de México hubo dolor e injusticia por parte de la España de entonces. No seré yo quien discuta los motivos políticos de la presidenta de México para exigir perdón, ni los del Gobierno español para darle satisfacción. No puedo esconder que me causa cierta perplejidad, aun cuando comprenda las razones. Ya sé que Bélgica también lo hizo por la brutal conquista del Congo, y el Papa de Roma por la Inquisición, por motivos parecidos a los del rey de los belgas. También sé que cada caso es diferente y requeriría un análisis específico.
A mí se me ocurre que España, Francia, Portugal, Marruecos, Bélgica, Inglaterra, Grecia y todo el Próximo Oriente deberían exigir al presidente de la República Italiana que se disculpara formalmente por el sufrimiento, los genocidios, la esclavización de pueblos enteros que significó el largo y brutal dominio romano sobre todo este extenso territorio. Ni que decir tiene que la Ciudad de México debería pedir perdón por la multitud de pueblos que dominaron y que sacrificaron, como Cempoala, Quiahuiztlan, Chalco, Xoximilco, Azcapotzalco, etcétera. Debido a esa violencia, no resulta sorprendente que, cuando Cortés atacó finalmente Tenochtitlan, el grupo dirigido por Pedro de Alvarado contara con 18 ballesteros españoles, 150 peones con espada, 30 caballos y 25.000 tlaxcaltecas. Las fuerzas de ataque de Pedro de Olid tenían una fuerza similar de españoles que la anterior, pero 20.000 tlaxcaltecas; las fuerzas del capitán Gonzalo de Sandoval disponían de 24 caballos, 4 escopeteros, 13 ballesteros, 150 peones de espada y 30.000 aliados de Cholula y Chalco. La tropa de Hernán Cortés era la única que solo tenia españoles: unos 13 bergantines con unos 325 hombres en cada nave, o sea, un total de unos 4.200 soldados. Si los suman todos, se darán cuenta que los que conquistaron México no fueron más de cinco mil españoles, acompañados de 75.000 guerreros oriundos de las regiones vecinas. ¿Quién conquistó, en realidad, Tenochtitlan?
No cuento esto para justificar las masacres, genocidios y violaciones de las guerras de conquista, sino para poner de manifiesto que la historia no es tan simple como a veces quisiéramos. Cuando hoy oigo a algún ministro del Gobierno afirmar que hay que «descolonizar los museos» españoles, no entiendo muy bien qué es lo que quiere decir. ¿Se refiere a borrar las huellas del colonialismo español del pasado? ¿A retornar lo apropiado injustamente? Entonces deberíamos plantearnos devolver el Palacio Real de Madrid (¿con qué plata se construyó?), la mayoría de los edificios monumentales de Sevilla (¿con qué plata se construyeron?), la práctica totalidad de los edificios modernistas de Barcelona (¿con qué plata se edificaron?), etcétera, etcétera.
No: la historia no se construye a base de devoluciones. Los monumentos del pasado romanos o griegos, cuando cambió el ciclo histórico, cambiaron de significado. Siempre pasa. Vean, si no, la famosa Columna Trajana de Roma, levantada en honor de un conquistador —¡es decir, un «saqueador»!—. Pasados unos siglos, se le colocó una imagen de la Virgen en la cúspide, confiriéndole un significado nuevo. Si seguimos, por el contrario, el camino de borrar el pasado, de juzgar a los hombres y mujeres del pretérito con criterios del presente, llegará un día en que los trabajadores egipcios exijan demoler las Pirámides, como reza el poema de Bertolt Brecht titulado «Preguntas a un obrero». Allí el poeta se preguntaba: «¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas? En los libros aparecen los nombres de los reyes. ¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?; […] ¿En qué casas de la dorada Lima vivían los constructores? […] ¿Quién cocinó el banquete de la victoria? […] ¿Sobre quiénes triunfaron los Césares?».
En fin, ruego que mis amigas y amigos del otro lado del Atlántico no se ofendan por mis opiniones, pero yo soy de aquellos que no soportan a los demagogos, vengan de donde vengan, ni aun cuando sean amigos.
Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

