/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /
Cosme estaba sentado en su sofá y hacía ya un buen rato que meditaba profundamente sobre no se sabe qué.
—¡Ya estoy harto de tonterías!
Gritó de pronto y dio un puñetazo sobre el reposabrazos del sofá, que no tenía seguramente la culpa de nada.
—¡Sí, harto del todo, no lo soporto más! Estoy rodeado de idioteces de todas clases y por ahí no paso, ¡ya está bien! Uno tiene derecho a cansarse de las cosas, ¿no? En toda mi vida no he hecho más que el indio y esto se va a acabar como que me llamo Ramón, perdón, Cosme Ramón para ser exactos, sí, eso es, el señor Cosme Ramón Ciruelas está hasta las narices.
Un rato después decidió que, por una vez en su vida, iba a dedicarse a algo serio, y además ya mismo.
—Voy a escribir poesía, he dicho —dijo.
Fue hasta la mesa, cogió papel y lápiz, se arrellanó en su sillón predilecto y comenzó:
—¡Oh…!
—¿«Oh» qué?
—Bueno no está mal para empezar. Los temas serios e importantes siempre han comenzado con una exclamación, al menos que yo sepa.
—Aunque también podría haber comenzado por «¡ay!». Como expresión de dolor… A no ser que algún ignorante piense que estoy diciendo que hay algo. Bueno, dejémoslo.
—Pero a todos los poetas siempre les ha dolido algo. El sufrimiento lo es todo en poesía. Patetismo, dramatismo… Hay que quejarse de algo. Como si te doliera el cuerpo o el alma, o ambas cosas a la vez.
—¿Es posible que te duelan ambas cosas al mismo tiempo? Supongo que sí, aunque eso sería demasiado dramático. Sería toda una tragedia.
—¿Qué me podría doler a mí ahora? Tengo cincuenta años, estoy soltero. No sé si eso es suficiente para empezar con buen pie un poema serio y profundo. Estar sin una mujer puede ser una desgracia, pero también puede ser una ventaja. Por una parte, no puedes ser engañado por ella con otro; y lo que es todavía mejor, no tienes que devanarte los sesos para ver cómo la engañas y que luego tengas que responder a preguntas tales como:
—¿Es que hay otra?,
a lo cual es de tontos no responder.
—¿Cómo que si hay otra? Por supuesto que no hay otra, hay millones de otras, ¿es que no te has dado cuenta? ¿Para que te ha dado Dios los ojos?
—Ah, por cierto, ahora recuerdo cuando me dejó mi última novia. Yo tenía ese día un dolor de muelas monstruoso. Ella vino y me dijo:
—Me largo.
Pero yo estaba en el mismísimo infierno ese día y no sabía qué hacer. Cuando lo dijo tenía los ojos cerrados.
—¿A dónde? —dije sin darle más vueltas al asunto: ya digo que mi cabeza entera era un dolor.
—¿Cómo que a dónde? —dijo enfadada. Abrí los ojos y la miré. Apenas pude notar que su cara era de guerra.
—Uno va siempre a algún sitio —dije.
—No se trata de a dónde, sino de dónde. Me voy de aquí. Hemos terminado.
—¡Ahhhh…! No puedo soportarlo. Creo que me va a dar algo.
—No será para tanto, cariño —dijo esto último con cierta sorna.
—Me duele demasiado, necesito algo fuerte.
—¿Tanto te afecta que te abandone?
—Es la maldita muela, mira mi cara —y le enseñé mi lado derecho, donde lucía un flemón como un campamento cosaco.
Ella se tomó a mal que lo que más me doliera en aquel momento fuera una puñetera muela medio podrida.
—No me digas que vas a tener celos de mi muela en este momento crítico.
—Te digo que me voy y te pones a hablarme de un simple dolor de muelas. Ahí lo tienes. Ese eres tú.
Tuve que ir a Urgencias a que me dieran algo fuerte. Al volver un poco aliviado y aturdido, ella no estaba. Y así acabaron dos años de convivencia. De eso hace diez miserables años en los que he estado haciendo de todo, con tal de que fueran idioteces. Lo sensato lo he dejado para el final. Y ahora voy a retomar la época en que no movía un dedo sin consultar primero con las estrellas, los planetas y hasta con los cometas más a la vista.
—¡Lo tengo! Por fin sé sobre qué voy a escribir mi poema. Claro, es intolerable de tan evidente que es. El último medio minuto. Exacto. El último medio minuto. ¿Cómo no lo he adivinado hace ya décadas? Es un hecho demostrado. A no ser que te caiga un transatlántico en la cabeza, hasta los que se mueren de repente tienen medio minuto de prórroga, como en los partidos internacionales, para arrepentirse de todas las sandeces y mamarrachadas así como asesinatos, robos y adulterios, etcétera, que hayan cometido a lo largo de su vida. ¿Que cómo lo sé? Bueno, es fácil de averiguar.
Abrió su ordenador y escribió: «Último medio minuto».
La inteligencia artificiosa le dijo que, efectivamente, unos frailes que eran teólogos experimentales habían comprobado con millones de cadáveres fresquísimos y con aparatos litúrgicos de última generación que todos los fiambres sin excepción hacían el ruido propio del arrepentimiento durante veintiocho segundos después de muertos. El dictamen era inapelable.
—Ese va a ser el asunto principal de mi poema, el último medio minuto, casi, que todos tenemos antes de perder del todo la vergüenza y sumergirnos en las aguas silenciosas de…, bueno, de lo que sea.
Tras esta portentosa averiguación decidió celebrarlo yéndose al bar a tomarse un buen vaso de vino tinto con cacahuetes.
En el bar estaba ella, su última novia, la que lo dejó durante un dolor de muelas gigantesco, Elsa Gutiérrez, quien durante todos aquellos años había desaparecido como si se la hubiera tragado la tierra. Ahora de repente aparecía de nuevo en el bar de la esquina, y tomaba tranquilamente una cerveza en la botella.
—¡Pero bueno, mira a quién tenemos aquí! ¡Si es aquel novio que me dejó porque le dolían las muelas!
—Hola, guapa, no te confundas. Te fuiste presa de un ataque de celos porque no quise suicidarme al decirme que me dejabas.
—Te invito a una copa.
—Paco, pon dos cervezas más —dijo él—. ¿Cómo te va?
—Maravillosamente mal —dijo Elsa—. Me he casado tres veces en diez años y ninguno me ha durado más de un mes.
—¿Tan dura has sido con ellos?
—Si hubiera sido dura, no me habrían durado ni medio minuto. Al revés. Intenté hacerlos felices de mil maneras diferentes y todos acabaron hartándose de tanta felicidad. Al final, todos emigraron a Alaska.
—No me digas, ¿a Alaska los tres?
—Ya ves, casualidades que suceden a veces. Y a ti, ¿cómo te va?
—Magníficamente. Estoy a punto de escribir un gran poema.
—¿Eres poeta, ahora?
—En realidad, aún no, pero en cuanto comience a escribir versos lo voy a ser como la copa de un pino. ¿Comprendes?
—Claro que comprendo. ¿Y cuándo va a ser el feliz acontecimiento?
—Está al caer. Cuando menos te lo esperes, verás en todos los escaparates del pueblo mi obra.
—¿Y cómo se titula?
—El último medio minuto.
—¡Ja! Eso sí que es una tontería de las tuyas. Yo sabía que eras capaz de hacer cualquier cosa con tal de que fuera una estupidez, no necesitabas confirmármelo.
—Bueno, dejemos el tema. Ya irás comprendiendo poco a poco de quién te alejaste por un dolor capaz de transformar a cualquiera en un Dante y un Quevedo.
—¿Todo al mismo tiempo?
—¿Qué haces ahora que ya no tienes a nadie a quien hacer feliz?
—Intento hacerme feliz a mí misma.
—¿Y lo consigues?
—Por supuesto que no. Estoy acostumbrándome a vivir de cualquier manera.
—Celebro que me lo digas, porque ya tenemos algo en común. Pensaremos en eso juntos. ¿Por qué no guardamos un minuto de silencio, a ver qué pasa?
Al cabo de unos días, se volvieron a juntar con gran pesar de sus corazones, pero al fin habían encontrado no se sabe qué.
José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.

