Icono del sitio El Cuaderno

La mina

/ un cuento de José Manuel Ferrández Verdú /

Estaba haciéndose una tortilla francesa con atún cuando llamaron a la puerta. Era una mujer joven, guapa y con un cuerpo espléndido.

—Hola. ¿Qué pasa?

—Vengo porque no sabes hacer una tortilla de atún.

—¿Qué?

—¿Es que estás sordo?

—¿Cómo sabes que estoy haciendo una tortilla de atún?

—Vamos a la cocina —dijo ella.

Fueron a la cocina y ella le explicó que primero se bate el huevo y después se chafa el atún con el tenedor entre el huevo y se echa todo junto a la sartén.

—¿Pero cómo sabías lo que estaba haciendo?

Ella señaló a través del ventanal de la cocina al otro lado del patio de luces, donde desde una ventana un viejo con la cara grande y chupada sonreía con una boca grande donde solo había un gran diente solitario.

—¿Es esa tu casa?

—Sí.

—¿Y quién es ese viejo con cara de felicidad? ¿Tu bisabuelo?

—Es mi marido.

—¿Tu marido?

—Sí.

—¡Pero si tiene casi cien años!

—Ciento dos.

—¡Y tú no tienes ni treinta!

—No.

—¿Entonces qué? Vienes a enseñarme a hacer tortillas de atún y resulta que estás casada con una momia.

—Eso es cosa mía. Es un buen hombre. Sabe hacer unas albóndigas con pelusilla, hígado de ratón y cucarachas machacadas que yo no sé cómo se las arregla. No me gusta verlo cómo las hace, ni lo sé. Pero en mi vida he comido nada igual.

—Eso seguro. ¿Y tú a qué te dedicas?

—Soy ingeniera de minas.

—¿De minas?

—Eso he dicho. Por lo visto te gusta repetir lo que digo. Ahora no tengo trabajo. Terminé las prácticas y no he encontrado nada. ¿Sabes de alguien que tenga una mina?

—Claro que sí —dijo él—. Yo mismo tengo una.

—¿Tú? Pues no lo parece

—¿Por qué?

—El dueño de una mina no se hace tortilla de atún para comer, y menos él mismo. Tendría una cocinera, y una casa enorme.

—Me gusta vivir así. Es asunto mío, igual que tú estás casada con un fósil.

—Vale. ¿Tendrías trabajo para mí? ¿Dónde tienes la mina?

—Aquí mismo. En el dormitorio.

—Eso es absurdo. Las minas están en las montañas y los valles, no en las casas.

—Ven conmigo y te la enseño.

Ella, por no quedar como una mujer antipática, fue detrás de él, que se llamaba José María. Una vez en el dormitorio le preguntó:

—¿Dónde está la mina?

—Eso podemos averiguarlo mientras hablamos un poco.

Ella se fue aproximando lentamente hacia él, y cuando parecía que iba a arrojarse en sus brazos, le arrimó un guantazo que lo arrojó contra la cómoda, donde dio un cabezazo y quedó aturdido.

La joven era guapa, pero también muy fuerte. Tenía unos hermosos brazos muy bien torneados y con una potencia increíble. Fue al salón donde encontró varias botellas de licores y sirvió dos whiskies en dos vasos. Volvió al dormitorio con los vasos y después de despabilarlo dándole unos golpes suaves en la cara, le ofreció uno de los whiskies, que lo despertó del todo

—Caramba —dijo José María cuando pudo hablar—, ¡cómo pegas! ¿Es que practicas boxeo?

—Allá en mi país, Argentina, fui entrenadora.

—¿Y cómo fue venirte a vivir aquí?

—Deseaba prosperar.

—Comprendo. Pero lo de las minas, ¿cómo se te ocurrió? Podrías haber estudiado algo más femenino.

—Es cierto. Pero de pequeña mi padre y sus amigos siempre estaban hablando de minas. Aprendí mucho. Cuando vine a España me matriculé en la facultad y sacaba muy buenas notas. Todos los profesores me invitaban a pasar fines de semana con ellos para ir a ver alguna mina importante. Luego íbamos al hotel y me invitaban a cenar por todo lo alto. A cambio yo tenía que agradecérselo de alguna manera. Pero después de ver la mina y lo grande que era, me parecía poco elegante acceder a sus deseos tan caprichosos y poco científicos y les daba una paliza en la alcoba, ya que todos eran unos cobardes. Al otro día tenía matrícula de honor cum laude y además con un poco de láudano.

—Joder, menuda carrera debiste de hacer más brillante. ¿A tu marido lo conociste en la facultad o en alguna excavación arqueológica?

—En la mina donde hice las prácticas. Había venido desde Bulgaria con su único gran diente. Yo trabajaba en una mina de oro. Mi marido, llamado Piraautas Barafostos, quería ponerse un diente de oro junto al suyo para poder ligar y tener éxito con las mujeres. Le dijeron que bajara hasta el fondo de la mina, a ciento cincuenta metros de profundidad, donde corría el rumor de que había una pepita parecida a su diente. Yo lo acompañé y entre los dos pudimos arrancar la pepita que tenía forma de diente búlgaro. Después se la até con hilo dental al gran diente propio, y se puso tan contento que me propuso matrimonio. Y aquí estamos, yo sin trabajo y él hecho un galán de noche.

Desde aquel día, José María invitaba a la pareja a tomar café algunas tardes en su casa. Una de las veces vinieron acompañados por una mujer llamada Atanasia que tenía tres hijos con un minero de Linares. Ella vino acompañada por sus hijos, dos niños y una niña, que se metieron por todas las habitaciones y lo revolvieron todo. Rompieron varias cosas; lámparas, figurillas, bolígrafos y varios dibujos que había sobre una mesa y que José María había realizado en sus ratos libres. Todo con la excusa un poco infantil de excavar en las interioridades del apartamento.

José María deseaba que el viejo se muriera para casarse con Alfonsina, que era el nombre de la ingeniera. Pero el bueno de Piraautas era muy resistente.

Estuvo dándole vueltas a la cosa y decidió liquidarlo de una vez. ¿Pero cómo? La verdad es que le caía muy bien el anciano. Era comunicativo y sabía chistes búlgaros, que son los mejores chistes de Europa, y quizá de América. Incluso llegó a pensar pedirle a ella que engañara a su zarrapastroso marido con él. Pero ella se opuso en redondo, y le explicó que el viejo era también un minero excelente, pero no había tenido suerte. Entonces, José María no tuvo más remedio que plantearse un asesinato en toda regla.

Un día le pidió al marido que lo acompañara a dar un paseo por el campo y al llegar a un puente lo empujó, haciéndolo caer más de veinte metros contra los pedruscos de un riachuelo. Luego le dijo a ella que al asomarse para ver el agua, se le había caído el diente de oro que llevaba atado al suyo y se arrojó para rescatarlo, creyendo que habría agua suficiente en el cauce.

Después de aquello, la chica encontró trabajo en una mina de cobre y le dijo a José María si quería ir con ella. Cuando llegaron a las instalaciones mineras no vieron a nadie.

—¡Qué extraño! —dijo José María.

—Estarán todos abajo. Es mejor que bajes tú primero y les digas que he venido. Mientras, yo voy a comprobar que todo está en su sitio, para asegurarme de que no haya ningún accidente

José María bajó al fondo de la mina, donde encontró a Atanasia con toda su familia. En un cuartucho mal iluminado lo invitaron a comer una tortilla de atún.

Su marido había venido desde Linares para asistir a la cena.

—De manera que te gustan estas tortillas según me ha contado mi esposa —le dijo Humberto, el marido de Atanasia.

—No sabes hasta qué punto. Sería capaz de matar por una buena tortilla francesa con atún.

Al rato bajó también Alfonsina y trajo con ella dos botellas de un vino dulce que los puso a todos a tono. Pero una vez acabada la cena, Humberto le dijo a José María que tenían que excavar para sacar al menos un par de toneladas de cobre porque había hecho un contrato con la compañía.

—Pero yo no soy minero, no tengo ni idea de extraer cobre.

—Es muy sencillo. ¿Ves aquel pico? No tienes más que cogerlo y seguirme. Tú haz lo mismo que me veas hacer a mí.

Eso hizo, y después de extraer las dos toneladas del mejor cobre del mundo, estaban sudorosos y cansados.

Sin embargo la ingeniera ya nunca volvió a bajar a casa de José María y cada vez que lo encontraba al entrar o salir del edificio de apartamentos procuraba hablar lo menos posible.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.

Salir de la versión móvil