/ por Luz Requejo Brita-Paja /
Arde el Pinar de Antequera, el pulmón de Valladolid cubre ahora de cenizas el cielo de la ciudad y el humo la hace irrespirable. Se han evacuado los barrios situados al norte de la ronda exterior. Se ha ordenado a la población retirar toldos, persianas y cualquier objeto, por pequeño que sea, que pueda llegar a encenderse en contacto con las pavesas que llueven sobre la ciudad. La población debe permanecer en sus casas, con las ventanas cerradas. Hay toque de queda y controles en las calles, para impedir el acceso a las zonas más peligrosas y no entorpecer el tránsito de los vehículos de emergencias.
Cuando este incendio acabe, deberemos enfrentarnos a un tremendo panorama: la ciudad aislada, rodeada de un paisaje carbonizado, apocalíptico, sin vegetación que nos proteja. Los ríos negros de cenizas, el agua imbebible y los acuíferos que deberían haber sido nuestra reserva de agua potable, contaminados desde hace décadas por los pesticidas agrícolas y los purines ganaderos.
Da miedo, ¿verdad? Pero desgraciadamente no estamos tan lejos de este panorama.
El verano de 2025, en plena ola de calor, mientras en la ciudad las familias se asfixiaban en el asfalto, apenas protegidas por las islas verdes que forman los jardines y las calles arboladas, o se refugiaban en los centros comerciales, huyendo de viviendas mal aisladas que resultaban insoportables, un incendio estuvo a punto de acabar con mi casa. Al menos por unos momentos pensé que podría ser así. Vivo en una urbanización en los alrededores de Valladolid, en medio de un pinar. Al otro lado del río las llamas estaban devorando los árboles de la ribera y un pequeño encinar. Afortunadamente un cambio del viento impidió que el incendio saltase el río y no fue preciso evacuar la urbanización.
Coincidió este incendio con los pavorosos incendios de Zamora y León que han arrasado gran parte de Sanabria, Picos de Europa, La Cabrera… Tantos lugares de mi juventud, de la infancia de mis hijos. Lugares llenos de recuerdos cuyos paisajes posiblemente no podremos recuperar. Y tomé conciencia de que, a partir de ahora, pasaremos miedo todos los veranos, cuando las olas de calor nos asedien, porque el fuego estará cerca de nuestras casas y de nuestras ciudades. Hoy, meses después, este fenómeno se presenta en forma de cambios constantes de temperatura, de un día para otro, y un viento enloquecido que nunca había existido en mi provincia, Valladolid.
Mientras escribía estas líneas, desde mi ciudad castellana, recordando el tórrido verano me asaltaron, de pronto, las noticias del desbordamiento de los ríos y las inundaciones que han obligado a la evacuación de pueblos enteros y al desplazamiento de un gran número de personas en Andalucía, Extremadura y Castilla La Mancha. La sucesión de borrascas y lluvias torrenciales, embalses saturados que deben verter sus aguas en pleno aguacero para no reventar, vientos huracanados en Cataluña, desbordamiento de ríos en Soria, Valladolid, etcétera, llenan los noticieros. En España más de 9000 personas tuvieron que ser evacuadas, una persona ha muerto en Andalucía, dos en Cataluña, y seguimos. En Portugal las borrascas dejaron más de 17 muertos y en Marruecos 37 personas han fallecido, y se da la circunstancia de que estas lluvias torrenciales suceden a 7 años de feroz sequía. Fenómenos que recuerdan a la infausta DANA de Valencia, de 2024, que dejó 237 personas muertas.
De nuevo unos fenómenos meteorológicos se han hecho, abrupta y aterradoramente, presentes en nuestras vidas. Esto es el cambio climático. Aquí cerca, cotidiano, como dramáticamente hemos podido comprobar. Una especie de monstruo que adopta muchas formas, pero todas peligrosas: DANAS y lluvias torrenciales, sequías feroces, incendios incontrolables, inundaciones, vientos huracanados, tormentas eléctricas, mares calientes llenos de medusas … Unos fenómenos climáticos irregulares, en los que pueden sucederse largas sequías y diluvios en un corto espacio.
Tengo la impresión de que, pese a la cotidianidad de los efectos del cambio climático, las acciones que hay que tomar para combatirlo, evitando que empeore aún más la situación y mitigando los efectos que ya sufrimos, son vistos por la mayoría de nosotros como algo lejano, en manos de la política y de las administraciones, en la Unión Europea o incluso más lejos, en la ONU, en gobiernos extranjeros… Y por eso, apenas hacemos nada, ni presionamos para que se haga.
Se ha instalado la sensación de que es inevitable, pero no es cierto. Podemos hacer muchas cosas; cosas eficaces y efectivas que redundarán en una mejor calidad de nuestras vidas a corto, medio y largo plazo. Medidas que parecen pequeñas, pero que cuando las hacemos todos juntos son tremendamente eficaces: reducir nuestro consumo (¿quién necesita tanta ropa?), evitar productos con envases innecesarios, separar la basura, caminar y utilizar el transporte público, apagar las luces, comprar productos de cercanía que además ayudarán a nuestros agricultores, seleccionar el tren frente al vehículo privado o el avión, comer menos carne…
Debemos presionar a nuestros ayuntamientos para crear redes de carriles bici coherentes que realmente permitan circular sin miedo por la ciudad; peatonalizar de forma sistemática los centros urbanos y de barrio, ampliar y aplicar las zonas de bajas emisiones, y reducir de verdad a 30 km/h la velocidad en las ciudades. Mejorar el transporte público, aumentando itinerarios y frecuencias. Revegetar todos los rincones posibles, calles, plazas, tejados, aparcamientos, de forma que se mejore la calidad del aire y se mitiguen en alguna medida las elevadas temperaturas veraniegas. Prohibir nuevas urbanizaciones aisladas, que obligan a un uso desmesurado del vehículo privado, viajar menos, etcétera.
Es esencial que protejamos nuestros recursos hídricos y nuestro suelo, y para ello es necesaria la prohibición inmediata de nuevas macrogranjas y el control eficaz del uso agrícola de purines, abonos químicos y pesticidas, que contaminan los acuíferos de los que depende gran parte del abastecimiento a la población. De no tomarse medidas drásticas, habremos perdido este recurso que debía ser nuestro último escudo contra la sequía. Proteger los bosques a través de una gestión forestal adecuada, salvar los terrenos fértiles de la urbanización, etcétera, son medidas posibles, al alcance de nuestras manos, que no precisan grandes inversiones ni tecnologías futuristas.
Continuar con la electrificación de la economía y de la movilidad es esencial para reducir la producción de gases de efecto invernadero y, además, nos permitirá garantizar nuestra soberanía energética, pues somos un país rico en sol y viento, pero no en petróleo y gas. La guerra en Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz ha puesto claramente en evidencia los riesgos, no solo climáticos, de la dependencia de nuestra economía de los combustibles fósiles. Quien presuma de patriota oponiéndose a la transición energética simplemente nos está engañando y traicionando.
Es evidente que existen muchísimos intereses en juego y que la transición energética se enfrenta a poderosos enemigos: las gigantes corporaciones petroleras y gasistas y sus Estados, los fabricantes de vehículos de combustión, e incluso las empresas de fertilizantes nitrogenados y las grandes tecnológicas americanas; pero, pese a ello, la utilización de energías renovables ha ido avanzando con paso firme, gracias a las políticas públicas de incentivación, que han trocado el «impuesto al sol» por subvenciones, y a la favorable respuesta de los ciudadanos que han comprendido rápidamente el interés que este cambio tiene para su economía doméstica. Gracias a estas políticas, y a su reconocimiento por la UE a través de la «excepción ibérica», la electricidad en España es mucho más barata que en nuestros países vecinos, lo que se traduce en una mayor competitividad de nuestra economía, como demuestra el mayor crecimiento de España frente a los socios europeos y la mejor posición de nuestro país en este momento de gran incertidumbre económica y política, debido a la guerra de Irán. Y, lo que es igualmente importante, este crecimiento y la progresiva construcción de una autonomía energética nacional se apoya en una electricidad limpia, que no contribuye al cambio climático.
No obstante, aún estamos muy lejos de alcanzar los niveles de reducción de las emisiones de CO2 a los que nos comprometimos en el Acuerdo de París de 2015 (COP21) con el objetivo de mantener el cambio de temperatura global por debajo de los 1,5 °C. Por ello es necesario seguir dando pasos decididos en la reducción del consumo de combustibles fósiles y de gases de efecto invernadero.
Una de las cosas más importantes que podemos hacer es incidir sobre nuestros representantes para que entiendan que la lucha contra el cambio climático no es de izquierdas ni de derechas; que es un desafío colectivo que tenemos que abordar como sociedad. Desgraciadamente, tenemos experiencia en cómo cuestiones esenciales para la población son rechazadas por oportunismo político y convertidas en guerras de trincheras. Todos recordamos lo que ocurrió con la prohibición de fumar en los bares, la reducción del tráfico en las ciudades, o con la prohibición de construir en zonas inundables. No hace tanto tiempo había políticos que aún guerreaban contra estas prohibiciones que han salvado tantas vidas, aunque desgraciadamente no han podido revertir el pasado de nuestras ciudades, tantas veces construidas contranatura, como desgraciadamente nos han recordado la DANA de Valencia y las recientes inundaciones de Andalucía, Castilla La Mancha o Extremadura. Hay situaciones difíciles de revertir, pues las ciudades se han construido a lo largo de siglos, pero nada justifica que, a día de hoy, con el conocimiento técnico que tenemos, se promueva un urbanismo contrario al comportamiento de la naturaleza.
Indudablemente, todos estamos implicados en el mantenimiento de la situación actual. Muchos puestos de trabajo, muchas inversiones e intereses y la lógica inercia en el funcionamiento de cualquier negocio dificultan el cambio. La modificación de los modos de producción siempre ha generado resistencias y reticencias, del invento de la rueda o la incorporación de la máquina de vapor a la informatización de los negocios o el aprovechamiento de la inteligencia artificial. Sorprendentemente, se acepta mejor que sea el mercado, es decir, la competencia de otros negocios los que obliguen a cambiar esos procesos, antes que la apelación al bien común, que implica un beneficio colectivo, ya sea en salud, calidad de vida o futuro. No obstante, hoy día en nuestra sociedad hay políticas públicas que han demostrado su eficacia para paliar los posibles perjuicios económicos que lleva inherente cualquier reconversión, como demostraron los ERTES durante la covid-19, las ayudas de la PAC a los agricultores, los fondos Next Generation, etcétera, y siempre será menos traumática una reconversión paulatina, empujada entre otras cosas por los cambios de hábitos de los ciudadanos, que la abrupta incursión del monstruo climático, arrasando nuestros negocios en forma de DANAs, incendios o sequías. ¿Cuánto aguantará el sector turístico levantino con la sucesión de olas de calor, un mar infectado de medusas por el calentamiento del Mediterráneo, la desaparición de las playas o la masificación brutal de las ciudades? ¿Tenemos que esperar a que pase? Y, en el interior, ¿cómo redundará en nuestra calidad de vida la desertificación del territorio, la desaparición de nuestros bosques por los incendios y la sequía y la carestía de agua debida a la sobreexplotación agrícola y a la tremenda contaminación que ya padecen nuestros acuíferos subterráneos? El panorama es preocupante, y estoy hablando del presente, no de un futuro hipotético. Todos estos fenómenos se están produciendo ya. Nos afectan a todos y debemos tomar medidas de forma inaplazable.
Antes que nosotros han existido sociedades que se han extinguido porque, a sabiendas de que su forma de actuar los llevaba al colapso, no fueron capaces de imponerse a sus élites y consintieron que los llevase a la catástrofe. Nosotros estamos en esa tesitura. Es evidente que hay muchos intereses para seguir manteniendo un sistema económico que nos lleva al caos, porque sus adalides sacan ingentes beneficios de su mantenimiento. Pero no es nuestro caso. Vivimos razonablemente bien, y queremos seguir haciéndolo y para ello tenemos que rectificar la manera en que se están abordando estos problemas. En este mundo de usar y tirar, imponer un poco de cordura a nuestro consumo es una medida revolucionaria, pues parece incontrovertible que solo una paulatina reducción de la producción de bienes y del consumo desbocado inherente a nuestro sistema económico puede tener un efecto significativo sobre el calentamiento del planeta, el agotamiento de materiales y el subsiguiente colapso ecológico. La electrificación de la economía debe venir acompañada de una racionalidad del consumo, o no conseguiremos nada.
Tenemos que lograr que la lucha contra el cambio climático se incorpore a la agenda común de los partidos políticos españoles, o al menos de la mayoría, y evitar convertirlo en una cuestión partidista. Creo que es posible, porque afortunadamente la mayor parte de las personas somos capaces de juzgar los hechos al margen de trincheras ideológicas. Ojalá consigamos trasladar al universo político nuestra tolerancia como sociedad, y nuestra capacidad de análisis, porque la urgencia climática no puede esperar.
Luz María Requejo Brita-Paja (Valladolid, 1956) es geógrafa, especialista en ordenación del territorio y medioambiente. Ha desarrollado su carrera profesional tanto en la empresa privada como en la administración pública, lo que le ha permitido tener una visión amplia de los mecanismos de intervención en el territorio y de los problemas inherentes al desarrollo económico y su coste humano y ambiental. Ha participado en la redacción de normas y estrategias de ordenación del territorio y urbanismo, en la evaluación del impacto ambiental de proyectos industriales, urbanísticos y de energías renovables en todo el territorio nacional y, en los últimos años, en la planificación de las normas de ordenación y gestión de los espacios naturales de Castilla y León. En todos estos trabajos ha prestado especial atención a los mecanismos de participación ciudadana, propiciando en la medida de sus posibilidades la inclusión de la voz de los habitantes del territorio en la toma de decisiones sobre la ordenación y gestión de sus recursos.

