Icono del sitio El Cuaderno

Espacios comerciales múltiples

People reading, writing, and talking in a warm bookstore café with bookshelves

People enjoy reading and chatting in a cozy bookstore café filled with books.

/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /

Los desafíos a los que se enfrenta el pequeño comercio en la actualidad proceden de la concentración de las grandes superficies y la organización de centros comerciales con sus franquicias y una estructura que permite conciliar las compras con el ocio familiar y la restauración. Esto ha creado islas de consumo, en muchas ocasiones en la periferia de las ciudades con un fácil aparcamiento, y ha afectado a los hábitos de consumo de la mayoría de la población.

Frente a los grandes comercios y los centros comerciales, el casco antiguo de las ciudades y su pequeño comercio ofrecen la posibilidad de unas compras relajadas, entre paseo y paseo. Aun así, es cierto que se deben añadir alicientes que fidelicen a los clientes, y eso explica que muchos locales hayan encontrado la solución creando espacios en los que se ofrecen varias cosas a la vez.

En particular, estoy convencido de que la cafetería es el complemento perfecto para una librería, y más aún si se trata de una librería de lance, en la que la oferta se multiplica por los años pasados. En mis locales favoritos, como Shakespeare & Co en París o la librería Dantés, en el barrio de Leblon de Río de Janeiro, ofrecen a los clientes la posibilidad de sentarse a hojear o leer sus fondos y, en el caso de Shakespeare & Co, su propietario ofrecía su mousse de chocolate. Añadir una cafetería permite completar el placer de visitar una librería interesante y rentabilizar la estancia y el confort de los clientes. En el caso de las librerías modernas, que tienen la suerte de disponer de un espacio amplio, exponer y vender la obra gráfica o las esculturas de nuevos creadores puede ser un negocio complementario; a la vez que contribuye a la decoración del espacio y ofrece nuevas posibilidades a los artistas emergentes además de los circuitos convencionales. La novela de Agnès Martin-Lugand La gente feliz lee y toma café es un buen ejemplo de la conexión librería-cafetería de la que les hablo.

Probablemente, una coctelería añadiría un plus de glamour a una boutique de ropa, y no dudo en recomendar a los nuevos diseñadores de moda que, al igual que lanzan nuevas colecciones, ofrezcan a sus compradores el cóctel del mes o de la temporada que atraiga la atención del público hacia sus trabajos.

Es preciso que los pequeños comerciantes se reinventen y mantengan sus negocios abiertos en las ciudades para no provocar la desertización de estos espacios convirtiendo los bajos comerciales que animan e iluminan los centros de las ciudades en espacios habitacionales para incrementar la especulación inmobiliaria, mala práctica que se adoptó en Valencia y ha dado en crear lugares inhabitables y contribuye a degradar el espacio público. También en esto debemos ser conscientes de que cuando cierra una panadería, una boutique, una cuchillería o un local dedicado a la numismática, incluso un cerrajero, una costurera o una lavandería, todos perdemos servicios importantes y, por ello, no debemos esquivar la obligación de apoyar al pequeño comercio, a la frutería del barrio o a la tienda especializada en cualquier producto; porque las calles de una ciudad sin comercio son solo lugares de paso y no de paseo.

Como habrá visto el lector, en una ciudad que cierra librerías y abre bares, no dudo en recomendar la incorporación del café a los espacios comerciales, y otro tanto ha ocurrido con muchos mercados municipales que se han convertido en espacios gastronómicos en los que poder disfrutar de quesos, embutidos, frutas y pasteles acompañados de bebidas; y ahí están lugares míticos como el Mercado de San Miguel de Madrid o el éxito incuestionable del Central Bar de Ricard Camarena en el Mercado Central de Valencia.

Recuperemos el centro de las ciudades y apoyemos las iniciativas de los comerciantes que tratan de sobrevivir a un incremento desmesurado de los alquileres y nuevos hábitos de consumo, sobrevenidos de otras culturas y localidades en las que se ha perdido la posibilidad de pasear a pie y dejar el vehículo fuera de nuestros hábitos. Vale la pena, por ellos y por nosotros.

Salir de la versión móvil