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La luz que no baja

Swirling sheet music and handwritten symbols forming a paper vortex

Loose pages of musical notation and symbols swirl upward in a dramatic paper vortex.

/ una reseña de Demetrio Fernández Muñoz /

Porque estaba a oscuras, supe.
Vicente Núñez

En diciembre de 2025 el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert publica Idear lo insólito, de Mario Pérez Antolín (Backnang, Alemania, 1964), libro con el que su autor se llevó el I Premio Internacional que la institución dedica a la escritura aforística y del yo. Estrena así el galardón un título de una ambición poco corriente; y conviene tomarse la promesa en serio, porque uno de los aforismos de la primera sección la respalda punto por punto: «Un buen aforismo, como algunos peces abisales, debe lucir en lo más hondo».

La imagen pide leerse al pie de la letra, con su rigor de ciencia natural incluido, porque aquí la zoología argumenta. Al fondo abisal no baja la luz, y el pez que allí luce no lo hace por reflejo de nada, sino por segregación, por fabricación con una química interna capaz de iluminarse por sí misma. De golpe, esa palabra tan sobada en las contracubiertas del género —lucidez— recobra aquí su raíz, su cariz y su exigencia. Y lucir donde la luz no baja, donde más se la necesita, solo puede hacerlo quien es capaz de encenderse. He aquí la toma de postura que gobierna Idear lo insólito y la esencia de su escritura entera: producir la claridad en lugar de esperarla. Todo lo demás —la extensión, los registros, el temple— se sigue de esa decisión.

Trayecto sostenido: del descreimiento a la descolocación

Suman catorce los libros de Pérez Antolín, y no todos son de aforismos, aunque el género marca el centro de gravedad de una producción que lo desborda por varios costados. De aforismos son los libros Profanación del poder(2011), que abrió la serie con un pulso declarado contra lo instituido; La más cruel de las certezas(2013) y Oscura lucidez(2015), que llevaron ese pulso al terreno del conocimiento; Crudeza(2018) y Contrariedades(2020), que hicieron un inventario sui generis del desengaño; y La serenidad por fin(2023), donde el autor pareció firmar un armisticio consigo mismo. Añádase Concisos: aforistas españoles contemporáneos(2017), una apuesta más de fijación entre las muchas antologías y propuestas con que estos años se ha intentado dar asiento a un género desanclado, y en la que a él le tocó ejercer de cartógrafo. También cabe destacar la antología personal Mínima esencia(Thémata y Apeadero de Aforistas, 2024), donde se cribó de toda su obra los aforismos que en «puridad» merecen ese nombre, criba que solo cobra sentido en un autor cuya textualidad aforística de partida es de las más abiertas que el género consiente. Y complétese el cuadro con unas traducciones al árabe, al italiano y al francés que pocos aforistas españoles vivos pueden exhibir. Con ese bagaje, su varilla en el abanico del género no es una más.

El método venía anunciado desde el principio, cuando en Profanación del poder dejó escrito: «A mí no me interesa la verdad, sino su oponente: el descreimiento interrogativo». Quince años después, esa viga sigue en pie y sostiene un tejado más ambicioso. Repárese, si no, en los títulos de su bibliografía. Todos, hasta ahora, eran títulos nominales: nombraban un resultado, aquello que la mirada encuentra ya hecho —el poder profanado, la certeza cruel, la lucidez oscura, la crudeza, la contrariedad, la serenidad—, incluso cuando la palabra guardaba dentro una acción, como en esa profanación que se enuncia consumada. Pero Idear lo insólito, en cambio, conjuga un infinitivo, es decir, una tarea en proceso, inacabada, pendiente, imperfectiva. El desplazamiento del nombre al verbo es el dato más revelador de una madurez que en este autor nunca parece tocar techo, sino que se afianza y sube de libro en libro.

Dilatación: un libro a destiempo del formato

Lo primero que descoloca al lector —y la palabra no es inocente, ya se verá— es el volumen. El aforismo español del último decenio se ha acomodado a un canon extensivo implícito que es también una velocidad acordada: libros de unos doscientos, trescientos o, a lo sumo, cuatrocientos textos, con un ritmo de lectura y casi de escritura que todos parecemos haber pactado sin firmar nada. Hoy así son, sencillamente, la gran mayoría de los libros del género, y no hay reproche que hacerles. Este, sin embargo, es distinto, más ambicioso en su planta, y se dilata sin pedir permiso. Es la tónica de siempre en su autor, cuya escritura fragmentaria y transversal ha funcionado como un diario intelectual antes que como un estuche de piezas escogidas, y un diario no se mide por lo que ahorra. Él mismo lo formula desde dentro: «Aunque la separemos en libros, la escritura es una persistencia unitaria que empieza donde la dejó otro y que terminará donde continuará otro». Quien concibe así el oficio difícilmente va a detenerse donde el formato manda, y en esa negativa hay ya una seña que lo distingue.

Se dirá que el premio algo tendrá que ver, y es cierto en un sentido muy concreto, pues las bases piden libros de, aproximadamente, estas distancias. El certamen alicantino no acota el aforismo puro —o lo que en la actualidad hemos convenido en llamar puro, convención que ya va necesitando revisión—, sino que convoca, siguiendo la estela de Memorabilia, Crónica general o Breviarium vitae, la escritura del yo en sentido ancho, con sus dietarios, sus recuerdos y sus pensamientos sueltos. A ese patrón destilado el propio Pérez Antolín sabe plegarse cuando quiere, y ahí está la criba de Mínima esencia para probarlo, pero su escritura de origen no cabe entera en él. Un libro concebido así no se escribió a la medida de unas bases; sucede, más bien, que las bases pedían justo la clase de libro que este autor lleva veinte años escribiendo. Lo que hay entre ambos es una confluencia, y las confluencias se reconocen porque ninguna de las dos partes ha tenido que forzar el cauce.

El resultado es un volumen que se permite lo que el formato dominante ya no se permite: insistir, volver, tantear otra vez el mismo pliegue con otra luz. Y en esa holgura se oye, mejor que nunca, una voz personal a sus anchas. Pérez Antolín no es un autor de hit, de regate en corto, de sentencia que se agota en el aplauso; su aforismo va por otros derroteros, de mayor amplitud y de mayor fondo, y necesita justamente este espacio para que lo escuchemos respirar. La brevedad absoluta y continua le sentaría como un traje prestado. Por debajo, además, late una razón que el propio libro se encarga de formular.

Claroscuro: una fenomenología intrascendental

Casi de pasada, hacia el final de la segunda parte, el autor enuncia su método con una precisión que uno agradece encontrar dentro del libro y no en el prólogo de otro: «Remover lo asentado para vislumbrar lo incipiente hasta que la novedad se patentice, siendo entonces necesaria una descolocación voluntaria y creativa que vuelva a descubrir sin riesgo a destruir: el principio de una fenomenología intrascendental, la única posible». Remover, vislumbrar, (des)colocar, y volver a (des)colocar en cuanto el sitio nuevo empieza a parecer natural. Fenomenología, sí, pero intrascendental, sin sujeto puro que la avale, sin cielo detrás, sin más garantía que el pulso de quien descoloca.

¿Y por qué hay que descolocar? Porque la realidad no se deja atrapar de otro modo, y el libro lo dice con una imagen que vale por un tratado: «La realidad no se deja conocer fácilmente. Nos pasa con ella como cuando agarramos a un compañero de la manga y echa a correr. Lo vemos alejarse sin la chaqueta porque esta prenda es lo único que queda de él en nuestras manos insatisfechas». Si el pez abisal fijaba la postura —dónde ha de lucir el aforismo y con qué luz—, la chaqueta aporta el motivo. De la realidad solo nos queda la prenda en la mano; describirla ya no es posible, conque no queda más remedio que idearla. La chaqueta vacía es, exactamente, el aforismo.

De ese procedimiento se sigue además una consecuencia que el volumen asume sin dramatismo: «A medida que aumenta nuestro conocimiento de la realidad, más se fragmenta el mundo en mundos». Conocer astilla. La forma que le (co)rresponde no puede ser, por tanto, el tratado, sino esta de las esquirlas separadas por asteriscos, encendida cada una por su cuenta. Rara vez la elección del fragmento queda tan justificada desde dentro; aquí no es herencia de género ni comodidad de escritorio, sino consecuencia epistemológica, y de las que obligan. Hay, por añadidura, un rendimiento moral en el procedimiento: «Las contradicciones de la realidad nos salvan de la lógica aplastante y autogenerada de las ideologías». Quien idea lo insólito queda vacunado contra los sistemas que se alimentan de su propia coherencia, que son los peores.

Todo ello desemboca en el aforismo que cierra la segunda sección y que a mi juicio es el centro secreto del libro: «Mirar con los ojos lo perceptible y mirar, mucho más lejos y más claro, sin ellos lo invisible. La luminosidad que enceguece dará paso a la oscuridad que vislumbra». Vuelve el abismo y vuelve invertido el tópico ilustrado, pues aquí la claridad ciega y la tiniebla deja ver. Es, punto por punto, la poética del claroscuro, esa tierra de nadie donde el aforismo contemporáneo reniega por igual de la luz moderna y de la brumosidad posmoderna, y confieso que pocas veces la he visto formulada con tanta economía y tanta lucidez por quien la practica. Ahora bien, una cuestión es la luz y otra las lámparas. Sabido ya de qué material está hecha esa claridad fabricada, falta recorrer las formas concretas en que se enciende, porque este libro no se conforma con una sola.

Más allá del pentagrama: Pérez Antolín como aforista multiinstrumentista

Quien abra el libro esperando un registro único va a encontrarse desmentido casi en cada página. Convive aquí, para empezar, el aforismo clásico, de redondez asertiva y cierre de campana, que suena y calla: «Pierde la vida el que solo se gana la vida». Lo acompaña el epigrama moral con filo de navaja y juego de raíz al fondo: «Me gustan las obras inacabadas de escritores acabados». No falta la disquisición estrictamente filosófica, con su terminología sin rebajar: «Mientras vivimos, la ipseidad y la otredad se igualan, pero, cuando morimos, el para-mí se diluye en el para-ellos». Y asoma la inversión teológica de una sola vuelta de tuerca: «Dicen que Bach hacía música para Dios. Yo más bien creo que Dios hacía música para sí mismo sirviéndose de Bach».

Pero junto a esas piezas cerradas late otra familia, más ancha y más rota, donde el texto se abre y admite el excurso, la digresión, la escena. Sirva de muestra el que toma la nieve por asunto. Empieza como declaración estética, «Me disgusta la nieve porque tiene la capacidad de embellecer lo terrible», se ilustra con un poblado de chabolas convertido en estampa navideña y desemboca, sin aviso, en herida propia: la nevada del día en que ella se fue, los copos flotando alrededor de un cuerpo que llama atractivo y dañino. Tres saltos en seis líneas y ninguno es gratuito.

Estamos, se ve ya, ante un aforista multimodal, y conviene decirlo sin rodeos, porque dentro del filósofo trabaja también un poeta. En los textos de asunto amoroso o filial la mano se le suelta y el resultado no roza el poema en prosa, lo es. Léase, si no, el que recuerda la espera de un hijo, con esa criatura imaginada muchas veces antes de llegar y ese apego «que se mete dentro de tu cuerpo hasta llevarte a otro cuerpo más tuyo que el tuyo». O el brevísimo «Esta dulzura consanguínea de cereza tierna que tienen tus labios cuando besan los míos», pura materia lírica que bastaría disponer en versos para leerla como el poema que ya es. Él mismo se adelanta al reparo con una ironía que le honra: «Yo no mido mis palabras, por eso soy un poeta en verso libre».

La frontera más arriesgada de todas es, para mí, la que linda con la materia narrativa, y también la cruza. Hay aforismos en este libro que se dan la mano con el cuento, por ejemplo, y no la sueltan. Uno arranca en presente —un hombre tendido en la calle, la ambulancia, un papel escrito en el bolsillo, un inspector molesto— y termina con el narrador en el calabozo por«activismo lírico no autorizado». Otro levanta en pocas líneas el retrato entero de una mujer que pudo haber sido libertaria y poeta radical y que, sin embargo, tuvo el acierto de «brillar en lo mínimo como si fuese lo máximo». Otro más convoca a una trotamundos pelirroja que atraía tormentas y que una noche, con voz arcana, le profetizó que algún día él escribiría cosas inexactas sobre ella. La narración, que por definición es lo contrario del aforismo, entra en estos textos, avanza lo justo y se corta en seco, sin la cortesía de un desenlace. El corte es el aforismo. Nada de esta convivencia resulta caprichoso, y en la coda de esta reseña intentaré que se vea el porqué.

Retórica: la picadora de la agudeza

Nada de lo anterior se sostendría sin una atención al idioma que en Pérez Antolín es instrumento de conocimiento. Escribe bien porque piensa, y también piensa porque escribe bien; esa reciprocidad, que tantos aforistas proclaman y tan pocos verifican, aquí se comprueba renglón a renglón. Él lo confiesa sin rodeos: «Solo me convencen los pensamientos que escribo, los otros pasan por mi cabeza como centellas conceptuales que no consigo moldear. Uso la grafía contra el desvarío aunque no siempre funcione». El pensamiento, para este autor, no existe hasta que se pone en aforismo. Lo demás son chispas sin fósforo que las prenda.

De ahí que la retórica trabaje siempre con carga cognitiva. Una paronomasia le basta para una diagnosis política entera: «Vivo en un país donde los nuevos validos (ahora llamados jefes de gabinete o consultores políticos) pueden ser unos auténticos inválidos intelectuales». Un juego de raíz encaja en una despedida: «Una vida plena debe acabar con este pleonasmo: “Al fin el fin de un sinfín de infinidades”». Y un quiasmo estructura su autorretrato de escritor: «También lo impensable tiene cabida en mi racionalidad poética y en mi sentimentalidad analítica».

A mi juicio, el momento de mayor bravura retórica llega cuando el libro se pregunta qué es la agudeza, esa moneda corriente del género que casi nadie se detiene a acuñar. Pérez Antolín responde con una demostración semibarroca, que podemos asimilar prácticamente en vivo: «Este cortocircuito es un parpadeo naranja que deja ver y ciega en una milésima de segundo. Neuronas de cristal rompiéndose como cubitos de hielo dentro de una picadora. Chispas y más chispas sobre alfileres congelados: la agudeza». El texto no explica el fenómeno, lo enciende y se apaga con él. Lo hace, además, como cita en otro aforismo, con conciencia de límite: «He descrito muchos paisajes que merecían, seguro, mejores frases que las mías. Para nombrar un rosal, de entrada, la palabra rosal se queda corta». Aun así insiste, para recordarse que también sus limitaciones forman parte del boceto. Y todavía se permite ponerse la zancadilla: «Poco discurre el que escribe lo primero que se le ocurre, como me acaba de pasar a mí con este aforismo».

Experiencia: lo que no admite suplantación

Conviene reparar, por último, en una inquietud que recorre el libro por debajo y que a mí, como lector, me ha resultado decisiva; confieso que buena parte de esta reseña se ha ido escribiendo a su luz. Por ejemplo, Pérez Antolín juzga aristas del entorno que nos acontece y anota la noticia de un programa informático capaz de imitar el estilo de los novelistas y resume el proceso en tres peldaños: «De la tecnodependencia al cibersometimiento, pasando por la suplantación computacional». O escribe también el acaparamiento de macrodatos como magnum opus del capitalismo, esa oferta que se anticipa al deseo porque ya conoce nuestras preferencias. Anota, con una brutalidad doméstica que da frío, que «Google te conoce mejor que tu propia madre, pero, a diferencia de ella, Google siempre traicionará tus secretos». O diagnostica un aula donde conviven «unos alumnos que son ya nativos digitales con unos profesores que son todavía herederos de Gutenberg».Del martillo de Nietzsche, de Marx y de Foucault se acuerda solo para constatar que el martillo contra la digitalización holística está aún por nacer.

Frente a esa amenaza, el libro opone la única defensa que ningún sistema podrá sintetizar jamás: lo vivido. Lo que le ocurrió a uno y solamente a uno, en un lugar y a una hora que no se repiten. Las ideas son de todos, circulan, se copian, se imitan cada día con más soltura; la experiencia, en cambio, no tiene copia posible, no admite suplantación, y por eso es el patrón oro de esta escritura auténtica en todas sus letras. El texto que a mí me sirve de emblema quizá no sea el mejor aforismo del libro, pero pocas páginas me han hecho pensar tanto en todo esto: «Mientras escribo, junto al río, un sesudo texto sobre la cognición, una nutria se me acerca cautelosa. Me mira con sorpresa. Ella es más sagaz que yo. Ha conseguido colarse impunemente en este escrito y refutar, con su sola presencia, varios postulados de la filosofía analítica». La anécdota no ilustra la tesis, la desarma. Y el lector, que no estaba en aquella ribera, sale de ahí convencido, que es el mecanismo más difícil de fingir en este oficio y el más difícil de imitar por una máquina, porque exige haber estado.

Lo mismo ocurre con el recuerdo del padre invitándolo a su primera cerveza entre parroquianos, y con esa camaradería inusual que solo se explica horas después, en el telediario de la noche, con la muerte de Franco. O con el traspaso generacional resuelto en una línea: «Envejezco: he dejado de ser, en favor de mi hijo, el protagonista de mis expectativas». Uno lee eso y se sorprende sabiendo algo que creía saber y no sabía. Ese es el servicio que presta un aforista de verdad, y no el de decirnos con gracia lo que ya suponíamos. Desde qué posición se dice, lo aclara él al comienzo del volumen: «Se está bien al margen, sin nada que decir y sin nada que proponer, viendo cómo los otros pugnan por una tribuna o por una recompensa. Antes de que me aparten, ya me aparto yo». El margen, se comprende ahora, no es solo un temperamento, es el puesto de observación donde la vida todavía sucede sin que nadie la haya previsto, y donde por tanto sigue habiendo materia insólita que idear. Ahí, de momento, ningún algoritmo ha llegado antes que la nutria.

Coda: la pureza de la mezcla de lo distinto

Un libro que se propone idear lo insólito no puede permitirse un final redondo. Guarda para el cierre un aforismo que es toda una declaración de intenciones y, más aún, una declaración de pensamiento, de esos textos que formulan con las palabras exactas lo que todos sabíamos sin haber acertado a decirlo, y que lo mismo parecen destilados de una experiencia que aplicables a cualquiera de las nuestras. Léase como arte poética retrospectiva: «La máxima cohesión se consigue entre partes heterogéneas que se consolidan. No hay nada más compacto que la mezcla de lo distinto». Es la definición del volumen entero, formulada por el volumen mismo en el momento de despedirse. Lo que el lector ha venido atravesando sección tras sección —sentencia moral, poema en prosa, cuento cortado, retrato, recuerdo de infancia, disquisición ontológica, diagnóstico tecnológico, juego verbal, chiste sobre el propio oficio— no era dispersión, sino argamasa, el procedimiento mismo con el que este autor compacta. La heterogeneidad sostiene aquí la estructura, igual que un buen hormigón necesita áridos de calibres distintos.

Y obsérvese que ese aforismo terminal no cierra. Abre. Acaba hablando de unidades abiertas a la pluralidad y de estructuras que superan el simple equilibrio, es decir, señalando hacia fuera cuando ya no queda libro por delante. Es coherente hasta el final: una escritura que ha renunciado a la trascendencia y ha montado su fábrica de luz en lo más hondo no tiene por qué prometer ningún puerto. A lo sumo, y con humor de barra, se compara con los pinchos: «Los aforismos son a la literatura lo que los pinchos a la gastronomía: una surtida degustación de exquisiteces efímeras y repentinas».

Efímeras, sí. Pero el libro sabe sobre qué fondo destellan. «Un fogonazo. La vida se reduce a un fogonazo tras una amplia y perdurable opacidad». Contra esa opacidad ancha y duradera trabaja Pérez Antolín, arrancándole uno a uno los chispazos que componen el volumen. Ninguno alumbra el mar entero, y ninguno lo pretende. Al pez abisal le basta con encenderse allí donde el sol no llega, y con que su breve resplandor deje ver, siquiera un instante, lo que de otro modo seguiría a oscuras. Después la luz se retira, aunque nunca del todo, porque este género sabe como ninguno seguir ardiendo en la cabeza del que lee con el libro ya cerrado. En la mía, mientras remato estas páginas, todavía no se ha apagado.


Idear lo insólito
Mario Pérez Antolín
Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2026
168 páginas
10 €

Demetrio Fernández Muñoz (La Vila Joiosa, 1987) es doctor en Estudios Literarios, profesor de secundaria de Lengua Castellana y Literatura en el IES Vicent Castell i Domènech, y profesor asociado en la Universitat Jaume I. Dirige el portal de aforística española contemporánea de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Es autor de La lógica del fósforo, estudio sobre la poética y la historia del aforismo español, y de los libros de aforismos Plancton (Premio Artemisa de Aforismos 2022) y Éter. También ha llevado a cabo la antología Puntales de la brevedad, dedicada a los aforistas españoles de la actualidad. En el ámbito de la poesía es autor de Carrera de relevos (Premio Valencia Nova 2023).

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