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Un objeto desconocido

Two hikers talking on a moonlit rural path near a warmly lit farmhouse

Two walkers pause on a country path beneath a bright moon as a warmly lit farmhouse glows nearby.

/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /

Pasó de madrugada por mi casa. Yo vivía solo entonces. Le abrí la puerta, entró y se sentó con confianza principesca.

—¿Estás solo? —dijo.

—Sí, ¿tú quién eres?

—Yo soy ella —dijo.

—Comprendo, ¿quieres tomar algo?

—Sí.

Le di una botella que bebió hasta la mitad.

—No sé ni para qué he venido.

—Yo tampoco.

—Ya tenemos algo en común.

—Desde luego.

—Podríamos ir mañana de excursión a alguna parte.

—¿Por qué no? —dije—. No es mala idea.

—Vale, mañana a las ocho estoy aquí.

Se fue y se llevó la media botella que quedaba.

Al día siguiente a las ocho estaba en la puerta de mi casa como un clavo. Puntualidad.

—¿A dónde vamos a ir? —dijo.

—Donde tú quieras, por aquí hay muchos lugares para visitar. Hay caminos que se pierden entre los bosques de pinos y casas abandonadas y ruinas de ermitas. Podemos elegir o simplemente dejarnos llevar.

—Yo me llamo Flora.

—Y yo, Floro.

—¿De verdad? ¿Qué nombre es ese?

—El corto de Florencio, me llaman Floro.

—El mío no es corto de nada, es así, Flora, como suena.

—Me gusta, no necesito más.

Fuimos andando por un camino que atravesaba unas colinas hacia el este para luego salir a una llanura con casas a lo lejos rodeadas de pinos. Habíamos llevado comida suficiente para un día entero de manera que no teníamos prisa por llegar a ninguna parte ni hacer nada en particular, solo andar por el campo y respirar el aire.

Cuando habíamos caminado un par de horas nos sentamos a descansar. Apareció un viejo que se acercó a nosotros.

—Hola, ¿qué tal por aquí? —le dije.

—Excelente idea —dijo el viejo, que era enjuto y con una barba blanca y los cabellos blancos y enmarañados—. Yo también lo he pensado esta mañana antes de amanecer. En mi choza, que está por allí —y señaló con el brazo—, al levantarme me he dicho «por aquí», y eso me ha bastado para desayunar con apetito. Ahora he salido a caminar y coger algo para comer.

—Es usted un solitario —dijo ella.

—No del todo. Vivo con mi nieta. Pero me gusta hablar con los que andan por aquí, ya que sois jóvenes y sabéis de la misa la mitad.

—¿De qué misa? —dije.

—Me gusta decir una a media mañana sobre alguna piedra del bosque. Las hay grandes como ovejas y sobre ellas celebro el misterio de la eucaristía. Pero lo hago con mi propia carne y sangre. Las transformo en comida fresca.

—¿Eso no era privilegio exclusivo del hijo de Dios? —dijo ella.

—Yo también soy hijo de Dios, mirad. —Y nos enseñó las palmas de las manos. Nada especial había en ellas.

—¿Qué se supone que debemos mirar en sus manos?

—Que soy hijo de Dios, hecho a su imagen y semejanza. Dios tiene manos solo que más grandes y poderosas, pero son iguales que las mías.

—Y que las nuestras —dije yo, y le enseñé las mías.

—Así es. Vosotros dos sois hijos de Dios, afortunadamente.

—Vaya que sí —dije.

—Bueno, os dejo, voy a lo mío, que no es poco. —Y se largó por una orilla. Llevaba un bastón de madera y vestía de cualquier manera.

Después de descansar decidimos comer y mientras tomábamos un bocado vimos tres o cuatro lagartijas y varios conejos corriendo por los alrededores.

—¿Qué te parece el viejo ese? —dije.

—Que está chalado, pero parece feliz.

Terminado el almuerzo, seguimos el camino y en un punto decidimos meternos entre los pinos. Caminamos un rato. La temperatura era agradable y soplaba una brisa ejemplar. Llegamos a una choza en medio de un claro. Estaba construida de piedra y el tejado de materia vegetal.

Había allí una niña de unos doce años que se hallaba sentada a la puerta de la choza leyendo un libro.

—Hola —dije.

—¿Qué tal? —dijo la niña.

—¿Vives con tu abuelo? —dijo ella.

—Sí, se ha marchado a buscar comida y a hacer su faena diaria. Yo estoy estudiando.

—Eso está bien. Así aprenderás cosas.

—Solo quiero aprender una. Nada más.

—¿Cuál?

—La teoría máxima.

—Pero eso es muy difícil para tu edad —dije.

—Ya lo sé, pero del resto ya conozco lo suficiente.

—¿Cómo tan joven sabes tanto?

—Porque mi abuelo me lo ha dicho casi todo. Todos los días me dice muchas cosas y así voy aprendiendo. Pero la teoría máxima no la sabe, y yo estoy preocupada de que a su edad no la conozca aún.

—De todas maneras, tu abuelo es sabio, seguramente —dijo Flora.

—No digo que no. Recuerda historias que me cuenta a veces. Sabe lo que ha aprendido con los años. Sabe más de ciento cincuenta historias.

—¿Siempre habéis vivido aquí?

—No. Mis padres murieron. Yo vivía en Plasencia y, al quedar huérfana, me recogió mi abuelo. Él antes vivía en el bosque y después se trasladó aquí.

—¿No tienes hermanos?

—Cuatro. Pero no quisieron venir. Se quedaron con unas tías de Valladolid que son ricas y los recogieron a todos y los educaron bien. Pero ellos son mucho mayores que yo.

—Y seguro que vives a gusto con tu abuelo.

—Sí.

—¿Qué hacía antes tu abuelo, de joven?

—Pues creo que hizo algo. Fue torero, matemático, guitarrista, asesino a tiempo parcial, paseante de perros, futbolista y cura. No sé si fue algo más.

—Un auténtico Leonardo.

—No, mi abuelo no pinta nada.

—Nosotros estábamos dando un paseo cuando nos lo hemos tropezado y hemos hablado con él.

—Le gusta hablar con la gente.

—Este es un lugar tranquilo —dijo Flora.

—Sí.

—Nosotros nos vamos —dije.

La niña hablaba muy seria. No se reía.

Seguimos nuestro camino sin tener una ruta determinada. Llevábamos una brújula para orientarnos. Al cabo llegamos a un riachuelo. Nos sentamos un rato y ella me dijo:

—Todavía no me he enamorado de ti. A pesar de lo bonito que es todo esto y de que lo estoy pasando bien, creo que no puedo amarte aún.

—No te preocupes. No hay ninguna prisa. Eso del amor es un poco inverosímil. Yo creo que sí te amo porque eres una joven agraciada y no te veo ningún defecto, aunque supongo que tendrás un montón…

—Sí, me gusta coleccionar defectos, son mi debilidad. ¿Tú tienes alguno?

—Que yo sepa, no. ¿Me consideras atractivo?

—No.

—Estupendo, creo que no voy a besarte de momento debido a lo que me has dicho. Puede que te bese más adelante si cambias de opinión acerca del amor que aún no me tienes.

—Algún beso no vendría mal, a pesar de todo.

—Es que si te beso seguro que te enamoras de mí.

—Puede ser. Bésame y lo sabré.

Él la besó. Luego ella se quedó pensativa.

—¿Qué? ¿Me amas ahora?

—Sigo sin amarte, lo siento —dijo Flora.

—Bueno, más lo siento yo, que ya te amo en abundancia. Pero no me gusta obligar a nadie; por tanto, seguiremos nuestra excursión como si tal cosa.

—Claro, como si tal cosa. Pero me gustaría amarte.

—En fin, qué le vamos a hacer. Yo ya no puedo hacer nada más. Si un beso no es suficiente, es cuestión de esperar y ya surgirá el amor.

—Sí, esperaremos. De todas maneras, existe otra posibilidad. Podemos ir a más…

—Sí, claro, es posible ir a más…

—Bueno, pensándolo bien, creo que, si un beso no ha suscitado el amor, tampoco lo va a hacer lo otro…

—Sí.

—Y yo lo que quiero es amarte. Aunque también me gustaría lo otro. Siempre da gusto.

—Claro. Entonces ¿qué hacemos? —dije.

—No sé. Si me atacas puede que…

—Bien, voy a atacarte. Prepárate —le dije seriamente.

Floro la atacó y ella se dejó atacar. Pero cuando la estaba atacando apareció el viejo, que pasaba por allí y los encontró a ambos desnudos y atacados.

—¡Caramba, cuánta alegría!

Ellos se quedaron avergonzados y no sabían qué decirle al viejo.

—No hace falta que me digáis nada. Es natural siendo jóvenes. Yo me voy y os dejo.

—Gracias, jefe —dijo ella.

Por la tarde estuvieron recorriendo una pequeña laguna que había por allí cerca, donde había algunos patos y gansos que nadaban en busca de peces y a veces desaparecían bajo el agua.

Luego se dieron cuenta de que estaban muy lejos de la casa de Floro y emprendieron el regreso, pero la oscuridad los sorprendió en medio del bosque, de manera que se prepararon para pasar la noche a la intemperie.

Sin embargo, vieron brillar una luz. Era la choza del viejo y su nieta, de manera que fueron hasta allí. Los recibieron con espíritu colaborativo.

—Se nos ha hecho tarde, ¿podríamos quedarnos a dormir aquí?

—Claro. Hay una habitación que no usamos, con una cama. Pero es un poco estrecha. Tendréis que dormir abrazados.

—¿Abrazados a qué?

—A lo primero que se os ocurra.

—Vale, ya se nos ocurrirá algo —dijo Floro.

—Podéis llamarme Pánfilo y mi nieta se llama Pánfila.

Por la mañana desayunaron todos en una mesa de madera. Cuando acabaron de desayunar ayudaron a fregar los platos. El agua llegaba a la choza desde el riachuelo, en una parte más alta, donde el viejo había hecho una conducción. Y la electricidad mediante un generador de gasoil. Después se sentaron a charlar un poco. Pero, tras varios minutos, llamaron a la puerta. El viejo fue a abrir. Era un paquete que traía un hombre para Floro. Este se sorprendió, pero recogió el paquete y el repartidor se despidió. Había venido en una motocicleta todoterreno, y se fue dando saltos entre las piedras que rodeaban la choza.

—¿Cómo es posible que haya recibido aquí este paquete? —dijo.

—Cosas más raras se han visto —dijo Pánfilo.

—¿Vas a abrirlo? —dijo Flora.

—Sí —dijo, y lo abrió. La sorpresa fue mayor al comprobar lo que había dentro del paquete. Era un artefacto extraño. Traía unas instrucciones, pero estaban en chino. No consiguieron ninguno de ellos averiguar qué podría ser aquello. Era una especie de aparato hecho a base de madera, metal, vidrio y plástico, todo ello formando una estructura incomprensible.

—¿Recuerdas haber hecho algún pedido? —dijo Flora.

—Sí, suelo hacer alguno de vez en cuando. Pero ignoro qué pueda ser esto.

—Pues menuda gracia tiene la cosa —dijo el viejo, mirando con ojos muy abiertos aquel extraño objeto.

—Es todo un misterio —dijo la niña.

—Tendré que comprobar, cuando llegue a mi casa, qué pedidos he hecho últimamente.

—¿Y qué piensas hacer con eso? —dijo ella.

—Pues si no consigo saber lo que es, no tendré más remedio que devolverlo. ¿Para qué me lo voy a quedar si no sé cómo funciona ni para qué sirve?

—A lo mejor no funciona —dijo la niña.

—Pues si no funciona, razón de más para devolverlo.

—Quiero decir que puede que sea algo artístico. Un adorno para la salita o algo así.

—Tienes razón. Es muy bonito —dijo Flora—. Además, ya lo habrás pagado. ¿No sabes los pagos que has realizado hace poco?

—Sí, lo último que pedí me costó veinte pavos, pero no recuerdo qué era.

—Pues no es mucho para algo tan bonito. Yo me lo guardaría. Si te lo guardas puede que me enamore de ti.

—Qué bien —dijo la niña—. Eso sería el colmo.

—En tal caso lo guardaré. ¿Pero estás segura de lo que has dicho?

—Sí.

—Está bien. No se hable más. Por veinte miserables monedas no voy a tirar a la basura un gran amor.

—¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por eso? —dijo Flora.

—Por lo menos veintinueve.

—Vale, pero al menos guárdalo y me trasladaré contigo y despreciaré al resto de los hombres.

—No hace falta que te lo tomes así —dijo el viejo—. Yo no haría tonterías con esa cosa…

—¿Qué pasa? —dijo Flora.

—Eso, que no me lo quedaría. No creo que sea bueno para el santo matrimonio.

—Para el santo puede, pero nosotros solo somos amantes.

—Bueno, sois jóvenes. Haced lo que os apetezca, por mí podéis iros a tomar viento —dijo el viejo.

Entonces escucharon de nuevo el ruido de la moto del repartidor. Cuando le abrieron la puerta dijo:

—Lo siento, tendrán que perdonarme, pero se ha cometido un error de bulto.

—¿Qué significa eso? —dijo ella.

—Que el paquete que he traído no era para este destinatario.

—¿Y cómo es posible cometer un error como ese? —dijo Flora.

—Los errores se cometen, lo contrario sería terrorífico.

—Todo esto es muy raro —dijo Floro—. Ahora que lo he abierto y que esta mujer me ha prometido su amor si me lo quedo, viene usted a fastidiarme.

—¿Qué quiere que le diga? Se han equivocado en la central.

—Además, ¿cómo sabían que yo estaba aquí? Esta no es mi casa.

—A mí me han dicho que lo trajera aquí.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Alguien de la central.

—Pues me gustaría hablar con ese alguien. De todas formas, creo que es un abuso que se lo lleve ahora.

—Si no es suyo, no tengo más remedio que llevármelo.

—No te preocupes —dijo Flora—, que se lo lleve. Ya pedirás otra cosa igual. Por eso no sufras. Esperaré.

—¿Y cómo sé yo a quién lo debo pedir y qué es esto? —Y miró primero a Flora y luego al repartidor.

—No lo sé. Yo solo reparto. Pero puede que en el envoltorio diga de dónde viene y qué es.

Entonces miraron el envoltorio. Estaba en chino.

—Iremos al pueblo de al lado. Creo que hay un comercio chino. Que nos traduzca —dijo la niña.

El pueblo estaba a más de seis kilómetros. Fueron en una furgoneta C-15 Citroën que tenía el viejo aparcada detrás de la choza. Pánfilo se dirigió a sus menesteres.

El chino leyó con parsimonia lo que había escrito allí.

—No pone qué emplesa lo vende ni qué cosa es esta. Lo que hay esclito es una flase del Tao que significa:

«Tleinta ladios lleva el cubo de una lueda; lo útil pala el calo es su nada» —dijo después de leerlo, pasando el dedo por las letras escritas en chino mandarín.

—Muchas gracias —dijo Floro—. Ha sido usted muy amable.

Luego compraron unas cervezas para todos y volvieron a la choza. El repartidor dijo que tenía que marcharse porque era tarde.

—Dígale a su jefe que cuando ha vuelto a buscarme ya no estaba —dijo Floro, y le dio un dinero.

—Está bien. Pero me harán volver otra vez. No pararán hasta que consigan recuperar la entrega. Los conozco y un error suyo puede significar mala prensa.

—Pues que se acostumbren, o que busquen ellos de dónde ha venido esto y que lo pidan por su cuenta —dijo Flora.

El repartidor se fue, aunque no muy convencido, pero se llevó el dinero.

Floro y Flora se marcharon con el objeto recibido, que era la causa del amor de ella, y buscaron una casa pequeña cerca del pueblo, en medio de un bosque de pinos, donde establecerse y darse mutuamente cariño y amistad.

Floro vendió su casa anterior y ella no, porque vivía con sus padres, los cuales, al enterarse de que se había enamorado de un muerto de hambre, porque Floro no tenía oficio ni beneficio, comenzaron a preocuparse por su futuro imperfecto.

Enviaron a un hermano mayor que ella para que hablara con la pareja. Se llamaba Pepe.

—¿Qué hacéis aquí?

—Estamos enamorados. Vamos a quedarnos aquí a vivir.

—¿Y cómo viviréis?

—De la manera más normal y sensata posible.

—Ya, pero vuestros recursos, ¿de dónde van a salir?

—De la tierra. Voy a sacar todo lo que pueda de la agricultura. Viviremos y tendremos pollos y pavos.

—Bueno, en tal caso me voy a decírselo a nuestros padres y hermanos.

—No tenemos hermanos.

—Era solo una manera de hablar —dijo Pepe.

—Diles que ya iremos cuando podamos —dijo ella.

Floro arrendó un trozo de tierra y comenzó a cultivar lechugas y rábanos. Luego puso melones y nabos. De esta manera iban tirando. Tuvieron que comprar un pequeño tractor para arar y algunos utensilios. La tierra no era muy buena, pero daba suficiente para vivir. Las verduras se vendían bien en el mercadillo del pueblo, y aunque no iban a hacerse ricos, podrían mantenerse a flote.

De vez en cuando llegaban amigos. Floro sabía chistes, hablaban de infinidad de chorradas. Compraron una tele.

Una mañana se presentó allí un individuo.

—Hola, soy Pit.

—¿Qué tal? —dijo Floro, que estaba en la puerta de su casa descansando a media mañana.

—Vengo a llevarme vuestro objeto, que era para mí.

—¿Qué objeto? —Había pasado casi un año y Floro no recordaba lo que los había llevado hasta allí.

—Uno que os trajeron por equivocación.

—Ah, sí, ahora recuerdo. Pero no fue por equivocación. Yo lo había pedido a la empresa y me lo trajeron.

—Pues en la empresa me han dicho que no era para vosotros. Que hubo un error de bulto y lo entregaron mal.

—Pues no sé nada de eso. Pero, si no te lo entregaron, deberías reclamar a la empresa, no a mí.

—Lo he hecho y, sin embargo, no he conseguido nada; solo me han dicho que hablara contigo porque lo recibiste tú.

—Sí, yo lo recibí, pero, como te he dicho, lo había pedido. ¿Por qué no vuelves a pedirlo?

—Porque ha desaparecido la compañía que los fabricaba. Y ahora ya no hay existencias en el almacén. Es imposible encontrarlo a no ser que algún comercio conserve alguno. Pero es muy difícil averiguarlo ya que la fábrica estaba en China y ¿cómo voy a saber si quedan en algún lugar?

—Bueno, hay sistemas poderosos para rastrear objetos comerciales. Todo el mundo está conectado a una red y si rastreas puedes enterarte de si lo tienen.

—Pero hay un problema.

—¿Cuál?

—Que no saben cómo se llamaba ese objeto.

—¿Cómo que no lo saben?

—Hubo un incendio y ardieron unos archivos donde estaban precisamente los pedidos de esos objetos.

—¿Y no tienen un registro electrónico?

—Sí, pero, como no saben el nombre, ¿cómo lo van a buscar?

—Pues haz una foto al mío y que la difundan por todo el mundo civilizado.

—Bueno, si no hay otra opción.

—Qué otra opción va a haber. Yo no puedo desprenderme del mío porque gracias a él me ama Flora.

—Qué interesante, ¿y si no lo tuvieras, dejaría de amarte?

—Sí.

—Pues menudo amor es ese.

—De lo mejor. Pero con esa condición.

Pit acabó haciéndose su amigo y los ayudó durante un tiempo en el cultivo de lechugas y nabos. Un día se cansó de tanto trabajar y se fue en busca de aventuras.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.

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