/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Yo no he viajado nunca a China. Pero dicen que, entre el año 2000 y hoy, China ha multiplicado por 20 su PIB. Nosotros, los europeos, en este tiempo tan solo lo hemos triplicado. Su tasa de crecimiento, desde ese mismo año 2000 hasta hoy, es de un 8 % anual; la nuestra apenas alcanza el 2 %. En este crecimiento, el mundo digital, la economía derivada de la digitalización, representa, dicen, el 35 % del PIB. China es, desde hace 20 años, la fábrica del mundo. Las zonas más industrializadas de China, singularmente la costa, son impresionantes por su crecimiento. Pero el interior agrario también se está transformando: ya no hay analfabetismo, se ha erradicado la miseria, no hay hambrunas y la agricultura china está en proceso de mecanización.
La cuestión de fondo no es si China encaja con nuestras categorías tradicionales de comunismo o capitalismo, sino cómo ha combinado planificación estatal, mercado, control estratégico y educación masiva para producir una transformación económica sin precedentes.
¿Cuáles son las causas de esta transformación brutal, que hace que el hijo de un campesino hoy diseñe robots? Muchos analistas afirman que el secreto de este crecimiento está en que el Partido Comunista Chino ha dejado de ser comunista y se ha vuelto capitalista. Pero ello requiere algunas reflexiones y algunos datos: lo primero que hay que decir es que las empresas estatales contribuyen entre el 23 % y el 28 % de la producción económica de China; el sector privado es el principal motor de la economía china, pues contribuye con más del 60 % del PIB, más del 70 % de la innovación tecnológica y el 80 % del empleo urbano. Pero las empresas estatales (SOE, por sus siglas en inglés) siguen siendo un pilar fundamental del modelo económico chino. Su importancia no se mide solo por su porcentaje en el PIB, sino por su control estratégico en sectores clave, como la energía, la banca, las telecomunicaciones, el transporte ferroviario, la aviación y la industria pesada. Además, las diez empresas más grandes de China son estatales, y una gran mayoría de las empresas chinas incluidas en la lista Fortune Global 500 —como 97 de 142 en 2025— son de propiedad estatal. En resumen, la realidad es un sistema híbrido en el que el sector privado genera la mayor parte del valor económico y del empleo, mientras que las empresas estatales aseguran el control estatal sobre los sectores estratégicos y sirven como instrumentos clave de la política económica del gobierno.
Otro factor importante es que no hay propiedad privada del suelo; además, casi todas las universidades públicas están muy bien financiadas. Según los datos más recientes de 2026, de un total aproximado de 2952 universidades, unas 2112 son públicas, lo que representa alrededor del 71,5 % del total. La base de acceso a la universidad china es la meritocracia.
También la sanidad se basa en un seguro médico básico casi universal y obligatorio; la mayor parte de la atención sanitaria real es prestada por hospitales de propiedad estatal. Sin embargo, no es un sistema de sanidad gratuita, ya que los ciudadanos deben cotizar y asumir una parte de los costes de los servicios que reciben.
Sin embargo, el auténtico secreto del modelo chino de desarrollo ha sido la educación. El sistema educativo es, sin duda, uno de los pilares más desarrollados y estratégicos del modelo chino. China ha construido el sistema educativo más grande del mundo, con más de 440 000 escuelas y 280 millones de estudiantes. Pero su verdadera fortaleza va más allá del tamaño: es un sistema diseñado como herramienta de movilidad social, desarrollo económico y fortalecimiento nacional.
El gran logro del sistema chino es haber universalizado la educación básica. Desde 1986, la educación obligatoria de nueve años —seis de primaria y tres de secundaria— es gratuita y obligatoria. Hoy, la práctica totalidad de los niños en edad escolar está matriculada en este nivel. Para acceder a la universidad hay un examen nacional de acceso, el gaokao. Es una prueba única y estandarizada que determina el futuro académico de millones de estudiantes, y es famosa por su exigencia y por su papel como motor de la movilidad social. Mediante este sistema selectivo, la tasa bruta de matriculación en la universidad alcanzó el 60,8 % en el año 2025. Este sistema educativo tiene como objetivo producir el capital humano necesario para sostener el crecimiento económico de China y su ambición de potencia. Y hay que reconocer que la calidad de la educación universitaria china está a punto de superar a la de las universidades de Estados Unidos y de Europa. Harvard es todavía la universidad líder en el mundo, pero las dos que la siguen están en Tsinghua y en Zhejiang.
Así, mientras nosotros, en Europa y Estados Unidos, decidimos desindustrializar y deslocalizar para concentrar el capital en pocas manos, ellos han planificado y han hecho de la educación el auténtico motor de su crecimiento. Mientras la educación superior y secundaria en China tiene una financiación potentísima, nosotros destruimos nuestro sistema educativo —vean el informe PISA— al tiempo que nos empeñamos en que nuestros adolescentes sean analfabetos digitales; los suyos construyen robots y, de esta forma, ya hemos perdido el tren de la tecnología. Nuestra diferencia tecnológica con China es enorme… ¿Son comunistas o capitalistas? Yo no lo sé. Decidan ustedes.
Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

