Descendimiento, de Ada Salas
/una reseña de Carlos Alcorta/
El libro posee dos partes bien diferenciadas, la primera de ellas es una prolongada écfrasis: «Lo que pintó Van der Weyden/ es/ la verdad de la muerte./ Y no el lamento. El acto. El acto/ de morir/ el acto/ de sufrir/ que no son tan pasivo/ como/ pudiera parecer», aunque, en un arduo proceso de transformación que se comunica espacialmente con la segunda parte del libro, la autora se mira en el lienzo como si este fuera un espejo y se convierte en protagonista del cuadro, hasta el punto de que pretende renunciar a su nombre e incluso asumir la identidad del cadáver que Van der Weyden ha querido pintar : «Ser yo ese cadáver», escribe. No cabe duda de que esa trasmutación conlleva un proceso de disolución identitaria ciertamente arriesgado, por eso, suponemos, a la autora no le queda más remedio que pensárselo dos veces y reconocer con estas palabras tal desequilibrio: «Lo que digo es más grande que yo».
No sólo El descendimiento de Van der Weyden —cuadro que se puede contemplar en el Museo del Prado— es objeto de este desmenuzamiento lingüístico. Otras obras de arte cobran vida en las palabras de Salas, como, por ejemplo, Caravaggio y su Martirio de Santa Úrsula: «siente // que no en el esternón/ sino en el pensamiento/ se ha clavado esa flecha», pero es la obra del flamenco la que se verbaliza en las mayoría de los versos. En dicho lienzo las miradas parecen perdidas en un espacio interior, miran hacia dentro, por eso Ada Salas escribe: «Nadie mira hacia nadie./ todos los ojos son/ el ensimismamiento». Un ensimismamiento que repele y seduce a la vez, que aplaca, pero, sobre todo, incita a proyectarse en él: «Tocarlo es lo que quiero entrar en él/ ahogarme en esas lágrimas/ dejarme /desmayar/ de mi propio descenso». Este proceso ecfrástico tiene su culmen en el poema titulado «(Écfrasis —ahora sí—. Inventario)», un poema que, a modo de resumen, de inventario, abarca la totalidad de la representación. Después de esto, el espectador, inundada su retina y su conciencia por la vastedad de la imagen retenida, «aparta ya los ojos».
La segunda parte del libro, titulada «Descendimiento», adopta la forma musical de un Oratorio (las citas que preceden a lo poemas son muy explícitas en este aspecto) y, por tanto, participan en su desarrollo el coro y los respectivos solistas, pero no debemos olvidar que, en su origen, tal denominación se refería a una reunión de carácter espiritual en el que se leían pasajes de la Biblia y se entonaban cantos de alabanza. Una mezcla de ambas intenciones integra esta sección, aunque predomine el enfoque puramente religioso porque el musical se fundamenta, no en la estructura —con una melodía cercana a lo atonal por la fractura rítmica de muchos de los versos que la integran—, sino en esa música inaudible, silenciosa, mental que imaginamos gracias a las referencias a, por ejemplo, Tomás Luis de Victoria, Bach o Haendel. El coro nos pone en situación, describe de forma general el momento que han inmortalizado los pinceles. Funciona, en cualquier caso, a modo de obertura, tarea que comparte con Nicodemo, un rico fariseo miembro del Sanedrín que se convierte al cristianismo y que aparece representado en otras obras ayudando a mover el cadáver (en la Pietà de Miguel Ángel, por ejemplo). Nicodemo establece un diálogo con Jesucristo plagado de interrogantes que, en los versos de Ada Salas, se concentran en este poema: «Hombre hijo de Dios por qué quieres/ encerrarte en el barro/ qué imán/ te lleva hacia la tierra./ Responde qué hay de noble en/ la soledad qué hay de sagrado/ en/ el sufrimiento // qué de hermoso en la muerte». La leve repetición heptasílaba se ve quebrada por imprevistos métricos de tres, de cinco, incluso de dos versos, lo que acentúa esa fractura rítmica de la que hablábamos más arriba. Quizá el carácter visionario —y, por tanto, fuera de la lógica de la conciencia— que posee en cierta medida esta poesía se acomode mejor a esa imprevisibilidad métrica que a los ritmos tradicionales.
Además del coro escuchamos las voces de solistas como María Cleofás, María («Qué tiene/ la belleza/ que la hace tan triste…», se pregunta), María Magdalena, María Salomé o el mismo Jesús, que ante el lamento de las mujeres o las lágrimas de su madre, dice: «Tu llanto no me moja/ tus/ caricias no me tocan // —escucha madre/ nunca/ rompimos la membrana»). Cualquier lector familiarizado con la doctrina católica posee las suficientes referencias como para comprender estas poesías; y sin embargo, la oscuridad expresiva conduce en muchas ocasiones hacia un inquietante hermetismo reflexivo que no siempre encuentra pie en el argumento conocido. Por otra parte, como sabemos, aunque el lenguaje poético y el lenguaje artístico, el del pintor en este caso, obedecen a impulsos similares, su proceder es distinto. El primer plano narrativo de una imagen estática crea una necesidad de comprensión que la mente convierte en palabras, lo cual no implica que el resultado obedezca a las leyes de lo discursivo. La minuciosidad con la que están pintados los personajes, fieles a servidumbres de orden estético, no se compadece del todo con los versos de Ada Salas, más atentos a la aflicción, al sufrimiento sobrehumano que Todos cantan al final de este libro hermoso y desasosegante que, sin embargo, trasmite una gran serenidad meditativa: «El tiempo es la raíz/ del sufrimiento./ Y es amarga y largo/ su sabor. Y siempre sobrevive a/ lo que se va. Una lámina/ roja un resto/ que hace lija la lengua./ Y ahora preguntamos/ quién/ nos hizo personajes de este drama. Un poco/ de piedad. El canto de algún mirlo el sol/ de Galilea».
Descendimiento
Ada Salas
Pre-textos, 2018
100 páginas
15,20€

